Una entre ellas


 

Bastantes años hace que en mi cuarto, recostado sobre el lecho y fijos los ojos en algún punto de la habitación, ese punto me decía algo. Me gritaba que tenía una forma especial y única, lo que le daba derecho a ser visto, a ser amado por al menos una mirada y registrado al menos por una memoria.

Me he cruzado muchas veces con los mismos reclamos. Reflejos en la cóncava pared de una copa, minúsculos granos de ceniza que adoptan una presuntuosa disposición, una hoja disimulada entre muchas que la esconden…

Dejo de lado las cosas obvias, las que todo el mundo ve, aquellas de las que todos hablan y dicen que son bellas. Las que me han llamado con urgencia, rogándome que las preserve en mi memoria, no son de las que pueblan poemas y canciones: alguna llave huérfana que ignora su puerta, una piel que nunca visitará la tersura, una sombra aun menos hermosa que su dueño, el cuadro de un pintor sin talento, una media rota, una ventana siempre clausurada.

Todas ellas, y muchas más que no he visto, componen nuestro universo junto con las que siempre son cantadas. Tengo la tenue esperanza de que las que yo no haya notado puedan exigir alguna vez los ojos de un viajero. Y de no ocurrir ese accidente imprescindible, guardo un último deseo: que mi rostro refleje para otro esos recuerdos antes de que mi tránsito termine.

LEA

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