Solsticio de invierno


 

El sol se encaramó sobre las cumbres de las colinas para asomarse sobre el valle. Todavía escondido, observó por un instante su descanso. Vio cómo las flores dormían, cómo dormían los animalitos de la granja, sin que ninguno hiciese caso de la serenata del riachuelo que, como una flauta alargada y bruñida, cantaba murmullando.

El sol pensó: “¡Qué flojos!” De inmediato, tuvo ganas de hacer una travesura, una que hacía tiempo había pensado llevar a término. Despertaría a todos echándoles encima baldes de su pintura dorada, brillante y caliente. Riéndose, mientras imaginaba la sorpresa del gato, la atónita cara de la vaca y los rebuznos asustados del burrito, fue trepando silenciosamente.

Pero el asustado fue él. Cuando ya estaba a punto de derramar los baldes por las laderas, el gallo blanco, que siempre lo vigilaba, lanzó su kikirikí de alerta por toda la llanura. Pobrecito sol. Fue tanta su sorpresa que volteó el primer balde sobre su elegante traje rojo pintándolo todo de dorado y dándose, de paso, una quemada de padre y señor mío.

Al canto del gallo, todos los habitantes de la granja comenzaron a abrir los ojos, dándose cuenta de los pesares del pobre sol. Entre bostezos y risas se despertó el araguaney, en un coro de flores amarillas. Por supuesto, reírse bostezando no es muy recomendable y a las flores del araguaney les dio hipo, por bobas. Tantos fueron los hipidos, que los sapitos del arroyo pensaron que sus primos habían venido de visita y se pusieron a contestarles, de modo que en un segundo se armó un grandísimo barullo de croar y de hipo.

Turdus rudigenis: Paraulata ojo de candil

Desde el conuco voló la paraulata, quien cantaba a carcajadas tratando de acercarse al sol para fastidiarlo. Éste se puso tan bravo que comenzó a subir por el cielo, alejándose, a lo que la paraulata se reía todavía más.

Al becerrito le dio lástima el sol, y mugiéndole le decía: “Sol, sol, solecito. No te vayas. Quédate a jugar con nosotros”. Pero el sol no quería atenderlo. Seguía subiendo y subiendo, hasta que se sentó sobre una nube a secarse las ropas.

Por debajo de él, subida a las colinas, apareció la brisa. El sol le llamaba: “Brisa, ven y sopla sobre mí para secar mis ropas.” La brisa creyó que el sol estaba muy mal educado para ordenar las cosas así, en vez de pedirle el favor. Y por eso, la brisa lo dejó solo y se puso a silbar hacia el araguaney y las flores de éste danzaron el primer vals, y los animales vinieron a bailar también a su alrededor.

Vals de las flores

El sol estaba furioso. De hecho, estaba lo que se dice calientísimo y quería acabar con la fiesta a fuerza de rayos de calor. Mas la nube no se lo permitía.

Al finalizar un baile, el becerrito llamó a los animalitos y a la brisa a conversar al lado de las flores. Cuando los tuvo a todos reunidos les mugió dulcemente, en secreto para que el sol no pudiera escucharlo, aunque éste estaba tan lejos, que si el becerro hubiera mugido en alta voz tampoco lo hubiese oído. El becerrito, poco a poco, los convenció a todos para que trataran de calmar al sol y lo invitaran a la fiesta.

No fue fácil. Las flores no querían interrumpir el baile. A fin de cuentas, se habían puesto hoy su mejor vestido. Y el gato, siempre suspicaz, advertía: “Si lo invitamos a la fiesta, nos va a achicharrar a todos”. Pero la brisa decidió que subiría hasta la nube a soplar sobre el sol para enfriarle el mal humor. Así que hasta allá fue, mientras los demás llamaban al sol con las manos.

Todo fue cuestión de unos minutos. La brisa sopló sobre él hasta ponerlo seco y fresquecito. Cuando lo tuvo así le sopló las plantas de los pies y el sol, que como es muy sabido es bastante cosquilloso, no tuvo más remedio que reírse.

Los animales aplaudían, contentos, y continuaban llamándolo para reanudar la fiesta. Al fin, el sol comenzó a bajar por el otro lado de la cuesta un poco sonrojado de vergüenza, pero pronto se le olvidó todo cuando comió con los demás un poco de dulce de arco iris que la nube enviaba de regalo.

¿Me concede esta pieza?

Y así continuó el baile. La brisa silbando, los sapitos croando, la paraulata y el gallo cantando, mientras la nube se mecía y el becerro tomaba de la mano al sol formando un corro con el gato y el burrito, y las flores bailaban, coquetísimas.

Tras largo rato de danza el sol tuvo que despedirse, pues su casa quedaba un poco lejos, detrás de las colinas, más allá del mar. La nube lo iba a acompañar por el camino para que no se fuera solo. Y todos los animalitos le decían adiós con la mano y le anunciaban que lo estarían esperando al día siguiente. Y al desaparecer el sol con la nube tomada de la mano, se puso todo muy oscuro.

La fiesta los había cansado a todos, y pronto empezaron a fugarse los bostezos. Todavía las flores, las muy fiesteras, dieron unas cuantas vueltecitas, pero lentamente se fueron durmiendo una a una. Los animalitos se tumbaron sobre la grama, muertos de cansancio y de sueño. Únicamente el burrito, más dormido que despierto y todo confundido, se metió a dormir en el establo de la vaca, quizás soñando que era becerro.

Pronto, pues, todos quedaron dormidos y ninguno se dio cuenta de que la luna había venido a cuidarlos junto con un grandísimo lucero. La luna y el lucero se guiñaron el ojo. Se rieron la luna y el lucero. La luna extendió su falda por la grama. El lucero se acercó en puntillas hasta la entrada del establo, y extendiendo uno de sus rayitos hacia adentro tomó una mano chiquitica, una mano que esa noche se estrenaba. De la mano trajo afuera un Sol más brillante que el que hacía rato se había ido. La luz se regó sobre la frente de los animales y se le metió a las flores por debajo de sus sabanitas de rocío. Todos despertaron sobresaltados. Y pensaron que el sol había vuelto de noche para jugarles alguna mala pasada.

El Sol recién nacido

El gato maullaba: “Yo se los dije. Les dije que no debíamos invitarlo a que jugara con nosotros”. Pero el nuevo Sol le miró a los ojos y le sonrió con una sonrisa que ellos no conocían. Entonces vieron que era un Sol recién nacido.

La vaca había salido del establo, despierta por los maullidos temerosos del gato. Todos estaban alelados. La vaca vio al Niño Sol y le dijo: “¡Niño! ¡Jesús! ¡Si debes estar muerto de hambre”. Y ella le sirvió una tacita de leche de sus ubres, y el Niño Sol la tomó y todos los animales supieron su nombre.

Ya ninguno tenía miedo, porque verlo sonreír era más dulce que el dulce de arco iris. Y el becerrito se le acercó primero, y luego vino el gallo y también la paraulata y los sapitos, y el burrito terminó de asomarse viniendo detrás de su hocico, y hasta la brisa se acercó desde donde se había quedado conversando con el riachuelo, que nunca duerme, y las flores le lanzaban perfume de madrugada.

Y el gato remolón se acercó al fin y le preguntó por qué no había venido antes. El Niño Jesús le explicó que había estado inventando un cuento muy lindo. Entonces todos le pidieron que se los contara.

Él empezó a contar: “El sol se encaramó sobre las cumbres de las colinas para asomarse sobre el valle. Todavía escondido, observó por un instante su descanso. Vio cómo las flores dormían, cómo dormían los animalitos de la granja, sin que ninguno hiciese caso de la serenata del riachuelo que, como una flauta alargada y bruñida, cantaba murmullando”.

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Mi esposa enseñaba en el Centro Infantil Altamira, un instituto preescolar que admitía a la vez alumnos de barriadas y urbanizaciones, cuando comencé a pretenderla. Con ánimo de impresionarla, compuse el 13 de noviembre de 1977 el cuento que antecede para resolver un acto navideño de los niños en el que fue escenificado. Mala idea; tardó quince largos meses para darme el sí. LEA

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