Debate: Viso, Urbaneja, Alcalá

El #1 de Válvula, diseñado por Ariel Toledano

 

A la publicación, en el Nº 1 de Válvula (diciembre de 1984), de una conferencia inédita de Arturo Úslar Pietri (La comunidad hispánica en el mundo de hoy, Santa Cruz de Tenerife) junto con un artículo del suscrito (La verdad que no podemos eludir), se añadió las respuestas de Ángel Bernardo Viso, Hermann Roo, Ángel Padilla y Diego Bautista Urbaneja a un cuestionario sobre la tesis de fondo de ambos trabajos. Se reproduce a continuación el texto único remitido por Viso y las respuestas de Urbaneja, que incluyeron una alusión directa que justificara una ulterior respuesta mía. En esta última, también reproducida al final, puede encontrarse una contestación indirecta a la escéptica postura de Viso quien, no obstante, escribió en una de las cartas (fechada en Madrid el 2 de abril de 1990) de sus Memorias marginales: “Los americanos de origen español debemos recordar quiénes fuimos para estar en capacidad de decidir quiénes queremos ser”.

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SOBRE LA UNIDAD HISPÁNICA

Fernando VII de España

Los países hispanoamericanos, y aún la propia España, son los restos de un naufragio ocurrido hace casi ya dos siglos: la desaparición violenta del imperio español, debido a la incapacidad de la monarquía borbónica de dar una respuesta positiva ante el embate de Napoleón, de las ideas revolucionarias francesas, y de las tendencias centrífugas nacidas en nuestros países. Preguntarse si es posible resucitar nuestra unidad política tiene tanto sentido como inquirir si se puede reanimar un sistema solar extinto desde un planeta que ya dejó de recibir la luz y el calor de una estrella ya muerta.

Desde luego, el mundo de la historia es más complicado que el de la astronomía: algo del calor común subsiste y es por eso que tenemos la inevitable tendencia a tratar de dar vida al viejo modelo, a resucitar el imperio perdido. Es el mismo impulso que llevó a Carlomagno a hacer el esfuerzo de reconstruir el imperio romano, y a muchos hombres del Renacimiento a creerse en los tiempos de la antigüedad clásica. Son inagotables los ejemplos de “renacimientos”, pero todos están condenados de antemano al fracaso, porque ni a los hombres ni a los pueblos está dado reencontrar el tiempo perdido: como Adán y Eva, tenemos prohibido regresar al Paraíso.

Eso no significa que condene la idea de cultivar los rasgos comunes de nuestra herencia: el lenguaje, la religión, las costumbres. Pero debemos hacerlo a la manera de los nietos dispersos que se encuentran en el cumpleaños de la anciana abuela, o como los griegos se reunían en las fiestas de Olimpia, poniendo de relieve cuanto tenían de semejante y de diverso.

Para reunir de nuevo nuestras casas, construidas sobre las mismas bases, pero con estilos disímiles, tendríamos que tener una fuerza centrípeta capaz de superar a la otra, a la dispersadora, obra irreversible de la vida. Y esa fuerza tendría que nacer como nacen las cosas en la historia, de las invasiones, conquistas o anexiones. En cambio, pretendemos que la unidad nazca de unos cuantos espíritus románticos…

No. Nunca los ideales basados en nobles sentimientos han servido para construir países, federaciones o imperios. La realidad económica, geográfica y política nos condena a vivir separados. Al menos, enviémonos cartas o postales de tiempo en tiempo.

Ángel Bernardo Viso

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1.  ¿CREE UD. QUE LA TESIS DE UNA UNIÓN POLÍTICA DEL MUNDO HISPÁNICO ES UNA TESIS CORRECTA?

Urbaneja: Supongo que es correcta en cuanto que, si se lograra, resolvería algunos problemas importantes de los “hoy” países soberanos. Pero en este momento no descubro bases de corrección más importantes. Cierto es que hay varios elementos—historia, cultura, religión, lengua– que hacen una idea como ésa intuitivamente muy deseable. Bellísima, dicho esto sin ninguna ironía. Pero intuyo que la pregunta está mal planteada. No veo que se pueda adelantar mucho diciendo “sí, sí es correcta”. Seguramente que hay otras tesis equivalentes igualmente “correctas”.

Sospecho que la pregunta podría haber sido, “tal tesis, ¿es la más correcta?” En este caso me habría inhibido explícitamente de responder a la pregunta, por incompetente, en vez de elegir la forma disfrazada de inhibición que constituye la respuesta que estoy dando.

Formúlesela como se la formule, en todo caso, la pregunta me parece presuponer respuestas a preguntas previas. Por ejemplo, “correcta” ¿en relación a qué actor? ¿Para cada uno de los países eventualmente miembros de tal unión? ¿Para tal unión misma?

¿Qué entender, en el primer caso, por “país”? Porque posiblemente para distintos sectores de él haya diferentes tesis “correctas”. Veamos un caso extremo: Puerto Rico. Suponiendo que pudiese escoger: ¿qué sería más correcto para Puerto Rico? ¿Ser miembro de la Unión Hispánica 0 de la Unión Norteamericana? ¿Y para quién en Puerto Rico?

¿No habla uno, al hablar de estas cosas, dando por sentados hechos y valores buenos para la retórica, pero que la historia y los acontecimientos han debilitado gravemente en la realidad?

Una reflexión final a propósito de ciertas políticas españolas y expresión de otra duda más. ¿Qué puede inspirar, por ejemplo, la decisión española de mirar hacia Europa más que hacia Iberoamérica? ¿No será que España quiere vincularse a un mundo que la “hale” hacia adelante y no a uno que ella tenga que “halar” o que la “hale” a ella, pero hacia atrás? ¿No será que quiere escapar a la maldición que le infirió el siempre y por otra parte admirabilísimo Unamuno —“¡ que inventen ellos !”—o al dicho de Luis Felipe Vivanco, “España, esa eterna retrasada en Dios”?

Sea pues cual sea la respuesta que quienes se sientan capacitados den a la pregunta, habrá que sortear el riesgo de que la “unión de los retrasos” se haga de tal forma que ella sirva para basar alguna forma de adelanto, y no para la consolación de que nosotros, Unamuno y Rodó, todos unidos ahora, sí sabemos de fines y valores, mientras “ellos” inventan.

 

2. EN CASO AFIRMATIVO, ¿CUÁL PIENSA UD. QUE PUDIESE SER LA FORMA MAS RÁPIDA DE LOGRARLA Y CUÁNTO TIEMPO CREE UD. QUE TARDARÍA EN CRISTALIZAR?

Urbaneja: (Se abstuvo de contestar a esta pregunta, lo que justifica en su contestación a la siguiente).

 

3. ¿CUÁLES CREE UD. QUE SERÍAN LOS PRINCIPALES OBSTÁCULOS A LA REALIZACIÓN DE UNA COMUNIDAD POLÍTICA HISPÁNICA O IBÉRICA?

Simón Antonio Bolívar

Urbaneja: La existencia o no de obstáculos depende de la respuesta que tenga la siguiente pregunta: desde el punto de vista de la racionalidad acotada de los actores involucrados, ¿es racional apuntar hacia la creación de tal comunidad política? No sé que respuesta daría cada actor, pero sí sé que de esa pregunta depende todo.

Soslayé la respuesta a la pregunta dos porque poco tenía que decir y lo que tenía que decir lo puedo poner aquí. Las medidas a tomar para la realización, si la respuesta definitiva a la primera pregunta es afirmativa, deben ser tales y de tal gradualidad que vayan haciendo por lo menos “casi sensato” a los distintos actores—sean ellos los que de hecho sean—irlas adoptando o aceptando. Contando desde luego con el “plus” de decisión que en estas cosas corresponde a los gobiernos pero sin olvidar que éstos están sometidos a presiones a veces decisivas.

Si se soslaya esa condición de la “cuasi-sensatez”, la implicación política de la respuesta afirmativa a la primera pregunta sería desastrosa: la factibilidad de una cosa tan deseable dependería de la existencia de una constelación de dictaduras manejadas por minorías ilustradas coincidentes en el punto de la Unión Hispánica.

Tratando de responder, todavía en un plano general, con un poco de más precisión, diría que existe una amplia gama de oposición y diversidad de intereses, de actuación y efectividad inmediatas sobre los países y sus sectores, que constituyen componentes de mucho peso en el cuadro de acción que enmarca las decisiones de los actores. Sólo una consideración aparentemente de muy largo plazo—y ella misma muy discutible- cuyo tipo es de escasa gravitación en los modos habituales de decidir que tenemos por aquí, podría inspirar una política unionista consistente y central. Lo que sí parece poder hacerse es una línea marginal de políticas que apunte consistentemente en un sentido unionista y cuya existencia imponga al resto de las políticas globales el deber de compatibilizarse con esa política marginal que entonces, desde luego, no lo sería tanto.

(Nota final sobre grandiosidad y realismo. Luis Enrique Alcalá acostumbra decir que en Venezuela llamamos realista a quien es capaz de oponer la lista más completa de obstáculos a cualquier idea audaz. Digamos, por extensión, a quien es capaz de valerse de esos obstáculos para echar por tierra en la práctica toda idea grandiosa. Bolívar, el grandioso. Páez, Santander y Flores los realistas, es decir, los mezquinos. Gran Colombia contra “patriecitas”.

José Antonio Páez

En este tema tiendo a jugar el papel de realista. Tengo presente los obstáculos más que la línea abstracta de razonamiento que, concluyendo en una supuesta necesidad de la Unión Hispánica, añade: “luego hay que hacerlo, sin más cuestión”.

Sólo diré aquí que Bolívar en 1830 estaba errado, no Páez. Y que, si acaso, sólo después que Páez y todos los Páez hayan podido desplegar su razón, serán posibles los sueños de Bolívar. Lo cual no bastará para que, amantes de la grandiosidad, digamos siempre que Bolívar tuvo siempre razón, y Páez nunca).

Diego Bautista Urbaneja

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LA IMPROBABILIDAD DE LAS PROPOSICIONES

Respuesta de Luis Enrique Alcalá a Diego Bautista Urbaneja

La directa alusión de Diego Bautista Urbaneja me permite ejercer el derecho a replicar.

Urbaneja hace el más moderno de los análisis en relación a mi tesis. Su enfoque tiene mucho de metalingüístico, puesto que casi no se refiere al contenido de las preguntas sin hacer un cuestionamiento de las mismas. Pero, en general, por el tono de sus observaciones se podría colegir que Urbaneja casi habría preferido que no le hubieran hecho esas preguntas. Y ya que él tuvo la confianza de incluir algo que es como un juego privado entre nosotros, yo voy a hacer uso de información privilegiada que apoya la tesis de su incomodidad con las preguntas.

En efecto, Diego ha dicho muchas veces que éste es un año de indecisiones, y en un período de indecisión una persona tan escrupulosa como él exige que una tesis sea, en efecto, la tesis más correcta.

Yo le digo que no existe la tesis más correcta, si por esto se entiende una tesis que no sea superable por otra. Cualquier tesis dejará un cierto número de problemas por resolver, problemas para los que no tendrá respuesta porque no se propuso resolverlos o porque los problemas irresueltos ni siquiera eran percibidos al formular la tesis de que se trate. Ya vendrá otra tesis a desplazar la vigente cuando sean demasiados los acertijos que ésta no resuelva.

Pero es que es más que una tesis. En este caso se trata de una causa, lo que exige muchísimo más que una mera tesis explicativa o interpretativa. Yo creo conocer pocas personas que son tan intelectualmente escrupulosas como Diego Urbaneja. Más de una vez he sido testigo de la agonía por un sinónimo en alguno de sus importantes artículos. Pero Diego es también noble y generoso. Así que la corrección de la tesis es para él la justicia de la causa. Así trasluce cuando pregunta ¿correcto para quién?

Diego comienza diciendo que si la tesis se lograra resolvería algunos problemas importantes que padecen los miembros de una tal confederación. Ante esa declaración, la calificación de más correcta le cabría si no fuese posible concebir otra tesis que resolviera los mismos problemas a un menor costo o resolviera más problemas. A menos que se comprobase, aun en ausencia de tesis competidoras, que la tesis propuesta incurriese en costos mayores que los beneficios que obtiene.

Pero discutamos primero lo primero. Veamos, antes de preguntar si hay ofrecidas tesis alternas, cuál es la lista de problemas a los que la tesis de la confederación iberoamericana da respuesta.

Hacia una escala mayor

Primero: el problema económico. El problema de escala de todos los países que entran dentro de la calificación iberoamericana, incluyendo a Brasil y España. En España, por ejemplo, se va a una “reconversión” industrial que tiene la mira puesta en el mercado de los países de la OECD, empezando por los de la Comunidad Económica Europea en la que aspira a entrar a pesar de, como he leído, la insultante condición de impedir el libre tránsito de españoles por los países de la comunidad por un “período de prueba” de varios años. La reconversión podría ser un poco menos drástica si sus industrias se orientaran, casi que como están, a un mercado que aún tiene mucho que construir dentro de necesidades de “segunda ola”.

También en lo económico, seguramente obtendríamos un mejor tratamiento de parte de los acreedores de nuestras deudas por mera agregación a una escala mayor.

Para nosotros, en particular, la posibilidad de contar con un mercado petrolero y de hierro y acero mucho mayor que al que ahora tenemos acceso, el que permitiría por tanto, a mayores escalas de producción, costos operativos menores que permitieran mantener y aun superar los niveles absolutos de beneficio, con precios menores que pudiesen ser pagados por este mercado hasta ahora tenido a menos.

Tiene que tenerse en cuenta, para toda discusión de lo económico, que se estaría trabajando con la ventaja de una nueva moneda única para esa inmensa zona de circulación, como Hans Neumann, entre otros, ha sugerido que sería altamente beneficioso.

Segundo: resuelve un problema de alivio de tensiones interiberoamericanas. Argentina y Chile han tenido que buscar un árbitro hacia una entidad supranacional de la que ambos participan para dirimir el diferendo del Beagle: han tenido que recurrir al campo católico, un campo religioso, porque no han tenido un común campo político en el cual acordarse. Así como Diego Urbaneja suele decir que dentro de una confederación ibérica o hispánica la solución al conflicto centroamericano sería más “dulce”, así también se dulcificaría el término del diferendo colombo-venezolano y los de otros estados iberoamericanos del continente.

Tercero: resuelve un problema de escala para mejorar nuestra posición en discusiones tales como Gibraltar, las Malvinas, Guyana, Centroamérica (entendida en este caso en relación con las intervenciones ruso-norteamericanas, otánico-varsovistas, norteñas en Centroamérica). Cuando Shlaudeman dice que Contadora no es suficiente no está diciendo que si se añade uno o dos artículos técnicos al Proyecto de Tratado o se firma tal o cual protocolo los Estados Unidos suscribirán gustosos, sino que, a lo Stalin refiriéndose al Papa, está insinuando que nada más que cuatro países iberoamericanos no tenemos suficientes divisiones.

Cuarto: resuelve un problema de amortiguación o aplacamiento, por neutralidad, de la peligrosísima situación del terrorífico equilibrio nuclear. Situación que no creo mejore con el aumento que la U.R.S.S. dará a su presupuesto de “defensa”: 12%.

Comienzo de un invierno nuclear

Mucho se ha pensado, en una especie de convicción de invulnerabilidad final muy acusada en nuestro pueblo, que una conflagración nuclear en países del Hemisferio Norte (OTAN-Varsovia), si bien nos afectaría grandemente por el lado económico, al menos nos sería leve en cuanto a lo físico, a los daños por los efectos mismos de las explosiones, entre otras cosas por distancia y por factores naturales tales como el pulmón del Matto Grosso. Pero los modelos más recientes de meteorología nuclear nos muestran cómo nos veríamos directa e impensablemente afectados por un invierno artificial de proporciones cataclísmicas, que incluiría la traslación, por inversión de los ciclos eólicos normales, de nubes de hollín y polvo que harían barrera a más del 90% de la radiación solar incidente (con lo que muy pronto la superficie terrestre descendería a temperaturas de subcongelación) y de nubes intensamente radiactivas. (Para un caso base de un intercambio de 5 .000 megatones, equivalente a la mitad del arsenal actual. Ackerman, Pollack y Sagan, Scientific American, agosto de 1984).

Quinto: nos ubica en posición más favorable para tener acceso a las tecnologías y modificaciones profundas de una Tercera Ola.

En resumen, resuelve un problema económico crucial (la escala), un incómodo problema de política interna (los diferendos interiberamericanos), un importante problema de soberanía ante, fundamentalmente, los sajones (Gibraltar, etc.), un definitivo problema de seguridad del sistema mundial (moderación) y un problema esencial de significación futura (la nueva modernización).

Desde el punto de vista venezolano, por ejemplo, debemos darnos cuenta de que, después de un intento de emancipación opepístico, la arteria petrolera y la vena de la deuda, la aorta y la cava de nuestro sistema económico, están ahora más controladas por el exterior. Dentro de nuestro actual perímetro, podemos combinar y recombinar política económica tras política económica sin que podamos modificar la verdad de un petróleo en demanda norteña declinante—con lo que se nos agota lo que el IESA ha reconocido como aquello que nos ha permitido el lujo de una aversión al conflicto—o la verdad de un mercado interno no sólo pequeño, sino depauperándose entre las pinzas del desempleo y la inflación.

Estos son, entre otros, problemas que la “tesis” de la confederación ibérica o hispánica resuelve. Por tanto la declaración de tesis correcta debe darse sólo si no hubiese otras tesis que resolvieran el mismo conjunto de problemas. Acá no cabe otra cosa que invitar a la proposición de esas tesis alternas. Me gustaría mucho poder escucharlas, pero hasta ahora no conozco ninguna. Creo que Diego Urbaneja tiene razón en llamar importantes a estos y otros problemas. E importantes significa, justamente, que hay que buscarles solución. No podemos ignorarlos.

Esa es la justificación interna, la justificación de lo correcto para “tal unión misma”. No conozco “daños” sociales que esa confederación pudiera inflingir a los estados miembros que resulten superiores a los beneficios que pudiera reportar a cada uno. En lo de Puerto Rico casándose con los Estados Unidos de Norteamérica, en lo de España entrando en la OTAN o el Mercado Común Europeo, creo que si se vislumbrara la posibilidad de la unión política iberoamericana las cosas se verían diferentes, del mismo modo que un elector promedio en Francia dice que votará por la oposición en las elecciones legislativas de 1985 porque no tiene otra opción. Nuestra inveterada tendencia a disminuirnos y la propaganda de los países herramentistas que nos ha hecho identificar el progreso con una mayor cantidad de herramientas, llevan a que se suponga que el ingreso de España en un club armamentista o en un mercado en el que se le condiciona el título de comerciante y se le niega el de ciudadano es “halar hacia adelante”, mientras puede ser visto como “halar hacia atrás” la reunión de los activos iberoamericanos.

Hay que ser realmente muy poco valorador de uno mismo para pensar, por otra parte, que nuestro desarrollo pudiera ser negativo para otros, pero, si aun así lo fuera, se trataría de elegir entre un desarrollo de los otros que hasta ahora nos ha sojuzgado o un desarrollo nuestro sin intención alguna de dañarles.

Estos debieran ser argumentos suficientes. No creo que necesitamos, siendo las cosas así, una justificación histórica. No se trata de “reconstituir” un imperio ni de justificarnos como museo en una eterna reiteración adoratriz de los panteones. El futuro no es historia todavía, por lo que una justificación por el futuro difícilmente puede justificar históricamente nada.

Pero a mayor abundamiento tenemos esa historia, y esa lengua y esa religión y esa cultura que Diego reconoce como factores de una hermosa intuición.

Pregunto, ¿qué tiene de malo que la idea de la unión iberoamericana sea, como él lo declara, bellísima? La pura racionalidad, actuando sobre contenidos incorrectos, es perfectamente capaz de producir locuras. Por esto no es nada despreciable, aun desde un punto de vista estrictamente funcional y utilitario, la estética política. ¿Qué tiene de malo que sea “intuitivamente muy deseable? Los calificativos no los he puesto yo; es Diego Urbaneja quien ha elegido decir que los problemas que se resolverían son importantes, que la deseabilidad de la unión es mucha y que la estética de la idea es superlativa.

Pero hay un sentido profundo en el que la tesis, o más que la tesis la causa, puede ser declarada como correcta. En política la corrección final la confiere el entusiasmo del pueblo. ¿Por qué no consultar el asunto con él? ¿Por qué no preguntarle a los habitantes del área? Ese sería un experimento corroborador o falsificador. No tengo dudas de que si se expusiera la idea correctamente formulada los habitantes de Iberoamérica responderían positivamente, como negativamente los españoles están respondiendo al referéndum sobre el ingreso definitivo a la OTAN.

Luego viene, por supuesto, el terreno de la corrección por factibilidad. Por eso preguntamos por los obstáculos. Por eso inquirimos por la improbabilidad. Lo que me lleva a discutir el asunto con la intención de referirme a la nota final de Diego Urbaneja sobre “grandiosidad” vs. “realismo”.

Hay un cierto grado de improbabilidad. Toda la que se derive de nuestras tendencias a presumir de cabeza de ratón. Todo lo que tendría que ser el esfuerzo adaptativo de nuestras actuales políticas, formuladas en términos de perímetros locales, para el ensamblaje del conjunto. Todo lo que sean malinterpretaciones de lo que en verdad se está proponiendo.

Los Artículos de Confederación

Por ejemplo, hay un documento de la historia política no muy conocido: los Artículos de la Confederación de los Estados Unidos de América, los que fueron redactados con antelación a la constitución norteamericana. En ellos se estipula (Artículo Segundo), que cada Estado retendrá “su soberanía, libertad e independencia, y cada poder, jurisdicción y derecho, que no sea por esta Confederación delegado a los Estados Unidos reunidos en Congreso”. En lo que se propone, pues, no se va más allá de justamente la misma previsión de los norteamericanos. No se va en contra de facultades actuales que no sean, por ejemplo, el derecho de practicar la guerra contra terceros, cosa que no creo sea muy interesante o práctica para ningún miembro de la confederación que se postula.

No es éste el espacio para delinear lo que serían unos artículos de la Confederación Iberoamericana, pero se trataría en todo caso de cosas tales como la mencionada de la guerra y en general la diplomacia, el establecimiento de una moneda general del ámbito, la fusión de las deudas externas, el libre tránsito y comercio de los nuevos ciudadanos. Cosas, por ejemplo, como una policía federal, más potente, concederemos, que nuestras policías locales ante la vigente realidad de un crimen transnacionalizado.

Que esto sea improbable es una perogrullada. El trabajo del hombre es precisamente la negación de probabilidades, la consecución de cosas improbables. Esto no se dará por arte de magia, de una mano histórico-telúrica. La Confederación Iberoamericana, Dr. Urbaneja, es ciertamente improbable. De eso justamente se trata. Su improbabilidad es la que llama nuestro esfuerzo. Pero ese esfuerzo no puede ser “casi sensato”. Esto estaría muy bien si los otros, si los interlocutores sajón y ruso se comportaran “sensatamente”, si tuviéramos todo el tiempo del mundo. No lo tenemos.

Y, finalmente, de la necesidad de un ritmo “insensato” hay que pasar a comentar lo de la “grandiosidad”. Es interesante constatar lo cargado de la comparación, pues Diego no opone realismo, término positivo que usa para describir su postura, a grandeza, sino al término degenerado de grandiosidad que emplea para describir la mía. Es también muy sesgado oponer lo concreto de los obstáculos a lo que él llama una “línea de razonamiento abstracta” la que, en todo caso, no sería más abstracta que la de él. Comencemos por esto último.

Mi discurso no ha versado sobre una geometría, sobre un sistema gramatical teórico o alguna estructura algebraica. Yo creo que pocas cosas tienen más concreción que los problemas a los que nos hemos referido. Por lo contrario, casi que el peligro es sólido. Eso por lo que toca a la acusación de “abstracto”, añadiendo, tal vez, que tan concreto como un obstáculo es un recurso y tan exigente es una amenaza como una oportunidad.

Por lo que respecta a la denuncia de “grandiosidad” lo que puedo decir es que el tamaño del problema no ha sido determinado por mí. Con todos mis pecados, puedo probar que no soy el mayor “responsable” de la crisis. Ella está allí afuera, delante de nosotros en toda su inmensa dimensión. Y por lo que concierne a lo que parece ser la ineludible referencia a Bolívar y a los que fueron sus opositores, llegaría a decir que Páez tuvo razón y Bolívar también. La diferencia está en que Bolívar tuvo una razón más grande.

La razón de la indecsisión

Este es, en verdad, un período de indecisiones. Pero es en gran medida un período de indecisión porque es un período de indecidibilidad; porque, como ocurre cada vez que un esquema, una tesis, una doctrina prevaleciente, queda rebasada por los problemas, parece trabarse y ser incapaz de ofrecer la posibilidad de decidir. Dentro de un paradigma ya agotado, el problema es que encontramos proposiciones contradictorias para las que carecemos de regla de decisión. Dentro de un paradigma que ya se nos trabó, nos es imposible conciliar la idea de la validez de la emancipación americana con la de una nueva reunión. En cambio, en un punto de vista desde el que pasear la mirada ya no reconoce, entre otras cosas, la realidad ya muerta de un sojuzgamiento por parte de España, es posible seguir declarando la grandeza de la epopeya de Bolívar y la altísima conveniencia de la confederación.

Suelo decir que lo importante rara vez es urgente. En cuanto a la certificación de importancia me basta con la que una persona tan especial como Diego Bautista Urbaneja ha emitido al comienzo de sus respuestas. Lo que quiero proponer es que el momento de la identificación entre importancia y urgencia ya ha llegado. LEA

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La Comunidad Hispánica en el mundo de hoy

El #1 de Válvula, diseñado por Ariel Toledano

Es para mí sumamente grato venir hoy a esta casa, en el corazón mismo donde palpita el espíritu y la labor de este conjunto humano tan valioso y tan significativo que es el pueblo canario, para dirigirles algunas palabras sobre un tema que a todos nos une, que a todos nos preocupa y que debe constituir el tema central del examen de conciencia que hoy más que nunca los hombres que pertenecemos a la vasta familia de los pueblos hispánicos tenemos que hacer sobre nosotros mismos, y también, de una manera cada vez más penetrante y objetiva, sobre las posibilidades que se nos abren y sobre los desafíos que se nos presentan en el mundo de hoy.

Me complace decir estas palabras aquí en Tenerife, en el corazón del pueblo canario; me complace como venezolano, me complace como hispanoamericano, me complace como hombre que pertenece y reconoce su raíz profunda dentro del conjunto de la familia de los pueblos hispánicos, me complace porque estas Islas—lo he dicho muchas veces y no es ninguna novedad—tienen una función muy peculiar: han sido la puerta de América por mucho tiempo, fueron un barco de piedra 0 varios barcos de piedra que navegaron hacia América mucho antes de que los barcos de madera llevaran a los hombres que iban a realizar el descubrimiento y han sido el puente natural entre eso que se llamó el Nuevo Mundo, un poco arbitrariamente, y el Viejo Mundo de Occidente; puente en que se mestizaron y se mezclaron, en un encuentro sin término, esas influencias y esos aportes y que no solamente por las necesidades de navegación de la época, sino por lo que yo llamaría una especie de cámara de descompresión, sirvió para que lo americano entrara en Europa un poco más digerido y para que lo europeo llegara al nuevo continente un poco más aclimatado.

El auditorio de Úslar Pietri

Esa función no ha cesado, por más que ya no vamos en veleros a la aventura del Atlántico y, desde luego, no solamente no ha cesado desde el punto de vista de la comunicación, sino que no ha cesado en la presencia activa de la hechura de ese Nuevo Mundo. Yo vengo aquí como venezolano, desde luego, y no podría hablar de otra manera, pues para ningún venezolano es extraño el pueblo canario. Cuando he llegado aquí—lo he dicho ya—no me he sentido en una tierra desconocida. Aunque es la primera vez que a ella vengo, todo me resuena a lo mío, todo me recuerda a mi país: los rostros, los nombres, las gentes, los acentos, las maneras de ser. Y no es un simple milagro de coincidencia. Es porque, en verdad, en el fondo somos la misma gente, es porque en la hechura de ese país que se llama Venezuela está la presencia canaria de un modo impresionante; en todas las formas, en todos los aspectos de la actividad del país. En los últimos trescientos años la presencia canaria ha sido fundamental y al aporte canario hemos debido muchas cosas: hemos debido el desarrollo material del país en muchos aspectos, hemos debido el aporte de brazos y energías para labrar la tierra, hemos debido también y recibido con orgullo y complacencia el aporte de la mente, de la voluntad y aún del espíritu creador y heroico que llegó a encarnar en grandes personalidades venezolanas cuyas raíces están en estas Islas, como en el insigne caso, para no citar sino uno, de Francisco de Miranda. Todo nos une a canarios y venezolanos y no nos cuesta ningún trabajo sentirnos aquí en casa propia. Decía yo ayer, cuando visité la casa de Venezuela y hube de escribir una pequeña frase de recuerdo de la visita, que me complacía mucho “estar en la Casa de Venezuela en Canarias, porque por lo contrario, la casa de los canarios del otro lado era Venezuela entera”. Y no he hecho sino confirmar este sentimiento en esta visita.

Vengo hoy a hablarles de un tema que me parece importante y que trataré de abarcar de la manera más rápida, para no fatigarles ni aburrirles. El tema es simplemente éste: ¿qué papel podemos hacer las naciones hispánicas, los pueblos nacidos de ese gran acontecimiento histórico, en este mundo de hoy, caracterizado por muchos aspectos peculiares? Este planteamiento que ha sido oportuno siempre y que muchas veces, desgraciadamente, hemos tratado superficialmente, nos es hoy muchísimo más oportuno y urgente porque en este momento España está reemprendiendo su viejo camino, está reencontrándose con ella misma, está buscando su rumbo en este complejo mundo, y ese reencuentro de España con ella misma no puede ser completo ni puede dar todo su fruto si no es simultáneamente un reencuentro con toda la vasta familia de los pueblos hispánicos, porque es juntos como podemos emprender y realizar las grandes tareas que nos impone y nos exige este duro, difícil, peligroso, pero cuajado de posibilidades mundo que nos ha dado la historia de nuestro tiempo.

Podemos apreciar esa situación del mundo hispánico de hoy si nos referimos a algunos aspectos muy sencillos. Vivimos en un mundo globalizado, lo hemos oído mucho, pero realmente resbalamos sobre la palabra, no nos damos cuenta de lo que significa.

La globalización como oportunidad

Por primera vez en la historia, por primera vez desde que el hombre ha tomado conciencia de su situación existe realmente una situación global. Ya hemos dicho; y lo he oído decir muchas veces, que no hay país interdependiente, que no hay país aislado, que lo que pasa en alguna parte del mundo tarde o temprano repercute en la más lejana. Y eso es cierto, fue cierto hace mucho tiempo y ahora lo es de un modo más evidente y dramático. Nos olvidamos de que vivimos en un mundo que ha llegado a conectarse de un modo tan estrecho que constituye la realización a escala global de lo que antes no era posible sino en un espacio sumamente reducido. Hemos llegado a eso que uno de los investigadores de la modernidad ha llamado con una frase feliz “la aldea mundial”. Somos todos habitantes de la aldea mundial. El hombre de la aldea primitiva no necesitaba periódicos, ni radio, ni siquiera pregonero, porque era partícipe y testigo de todo lo que ocurría en la aldea, estaba al día en todo, no tenía más remedio que estar al día. De modo que era una vía participativa completa, de comunicación total. Eso se rompió y se perdió o se redujo a dimensiones geográficas muy insignificantes, cuando el mundo creció y se complicó y cuando surgieron las nuevas estructuras políticas y sociales. Ahora hemos regresado, de un modo inesperado, a la aldea, a la vida de aldea; una aldea que en lugar de ser el asiento de un millar o dos millares de personas, es el asiento de cuatro mil millones de seres humanos y será dentro de quince o veinte años probablemente de seis mil o siete mil millones; pero que están tan cerca, tan estrechamente vinculados, como estuvieron los habitantes de la aldea. Eso lo demuestran las comunicaciones: el mundo está hoy en día intercomunicado de un modo completo.

Nosotros hemos presenciado, hace pocos años, yo no diría el milagro del primer hombre que llegó a la Luna, sino el milagro no menos grande y, a mi modo de ver, muchísimo más significativo de que ochocientos millones de personas hayan presenciado en el mismo instante ese milagro que se producía. El milagro de las comunicaciones en ese caso fue verdaderamente inconmensurable y no , lo medimos, no nos damos cuenta de lo que eso significa: que en la redondez total de la Tierra hubo la emoción de ser testigos del momento en que, en fracaso o en triunfo, el primer hombre ponía el pie sobre una superficie Hoy se construye estadios grandes en que entran doscientas, trescientas mil personas, pero son muy pequeños, porque existe un estadio mundial en que de pronto un juego de fútbol o un campeonato mundial de boxeo lo presencian simultáneamente doscientos, trescientos o cuatrocientos millones de espectadores. ¿Qué significa esta dimensión nueva? ¿Qué impacto tiene esta dimensión en todos nosotros? Esto nos hace partícipes, solidarios, miembros del acaecer.

Una guerra televisada y protestada

Hemos sido testigos en nuestro tiempo de grandes sucesos. Todos recordamos el eco que despertó en el pueblo americano la guerra del Vietnam. Yo no creo que la guerra del Vietnam haya sido la peor guerra que se haya librado en el mundo. No la voy a defender tampoco, pero no creo que se hayan cometido allí las peores atrocidades que el hombre ha cometido. El hombre ha cometido atrocidades desde la época de las cavernas y lo que ha aumentado es su capacidad de acometerlas, pero no la voluntad ni el deseo de hacerlas. ¿Qué tenía la guerra de Vietnam, que no tuvieron otras guerras anteriores, para provocar aquella reacción poderosa en el pueblo americano que llevó a una crisis política y a cambios de rumbo muy significativos? ¿Cuál es el hecho nuevo? No el de que era una guerra cruel. Fue muy cruel la guerra de los Bóers a fines del siglo pasado; las guerras coloniales fueron de una gran crueldad, la Primera Guerra Mundial fue espantosa, la Segunda infinitamente más y no provocaban reacciones revulsivas. ¿Qué es lo que cambió?

Cambiaron las comunicaciones. El hombre que compraba un periódico a fines del siglo XIX y leía una noticia de cuatro, cinco o seis días anteriores que venían del Sur de África dando cuenta de alguna operación de la guerra estaba leyendo una noticia fría, un hecho que ya había ocurrido, estaba leyendo historia. En cambio, el hombre que en su casa con la mujer y el niño en el hogar encendía el televisor en los Estados Unidos para saber qué pasaba, se encontraba de repente catapultado, literalmente, al escenario mismo de una guerra espantosa, y su reacción no podía ser la misma del viejo lector de periódico, del hombre que leía la noticia como historia, sino la del hombre que la vivía como acontecimiento, que quisiera o no, estaba participando en aquello porque no tenía otra manera de escapar del horror inmediato y directo que estaba presenciando en el lugar en que se refugiaba para tener paz y tranquilidad, en su propio hogar.

Las comunicaciones son las que han cambiado la situación del mundo y lo han globalizado de un modo que no existió nunca antes. Y ese hecho, que nos hace a todos participes de todo, nos ha hecho mucho más dramática la vieja noción de que todos somos interdependientes en lo que ocurre en cualquier parte del mundo. Esta situación nos lleva también a considerar que hoy existen muchos problemas universales que no existían antes. La dimensión normal en que se veían era la nacional, a lo sumo en términos regionales. Pero hoy el mundo está confrontando problemas que escapan a la dimensión nacional. Para no citar sino de paso a algunos, el problema de la población es uno que ningún país puede resolver aisladamente, es un problema planteado en términos universales y que no tendrá solución sino en términos universales. O el problema monetario. ¿Qué puede hacer un país hoy ante la inflación galopante y el desajuste financiero y monetario del mundo por sus propios medios y dentro de sus propias fronteras por grande y poderoso que sea? Prácticamente nada. Si el mundo va a encontrar un nuevo orden monetario, si el mundo va a lograr frenar el desbocado caballo de la inflación que abarca el globo entero, tiene que hacerlo por medio de una política global que implique a todos los países del mundo. El problema de la alimentación que tanto nos preocupa ningún país lo puede resolver por sí solo.

¿Qué vamos a hacer con el lecho oceánico? ¿Cómo vamos a utilizar y aprovechar esa última frontera de recursos no tocados que le queda abierta a la humanidad? ¿Es que algún país por sí solo puede acometer eso? O, lo que es aún peor, ¿sería deseable o aceptable que lo acometiera? ¿O nos están imponiendo las circunstancias mismas la necesidad de ponernos todos de acuerdo para ver entre todos qué hacemos con esa última herencia que la naturaleza nos ha dejado intacta hasta ahora? De modo que en toda cosa que tropezamos estamos encontrando que la dimensión nacional ha sido sobrepasada; por donde lo miremos las grandes cuestiones escapan a la esfera nacional y tienen que ser consideradas en otra forma.

La guerra misma era antes una noción limitada, reducida geográficamente. Peleaban dos países, peleaban varios países y era posible que alguno fuera neutral, era posible que zonas enteras y continentes enteros permanecieran fuera de los grandes conflictos armados y fueran afectados en forma muy limitada. Pero hoy estamos en la época de la guerra global. Si mañana en el mundo—Dios no lo quiera y espero que los hombres no lo querrán tampoco y harán lo posible porque no ocurra—estallara el gran conflicto nuclear bajo cuya amenaza vivimos desde hace treinta o más años, no hay neutralidad, no hay refugio, no hay quien pueda salvarse. No son los sesenta u ochenta millones de seres humanos que morirían en las primeras horas de un conflicto de esa magnitud; es la disolución, la destrucción de todo lo que hace posible la vida de cuatro mil millones de seres humanos las comunicaciones, la producción de medicinas, los socorros, los alimentos. La humanidad entera caería en la más espantosa situación de escasez, de violencia, de miseria y de barbarie.

¿Qué hago yo en mi patriecita para sacar mejor provecho de esta situación? Todo ha revestido esas magnitudes que imponen que no podamos ya seguir pensando en términos nacionales. Eso ocurre en la magnitud de los problemas, y si tuviéramos que verlo más lejos, lo veríamos en los hechos mismos. En lo que ha sido, por ejemplo, y para decirlo con una palabra que hay que decir valientemente, “la decadencia de Europa”. Hace medio siglo, a la cabeza del mundo estaban naciones europeas, la primera entre ellas, la Gran Bretaña. Una cuarta parte de la humanidad se gobernaba desde Londres, la seguridad de los mares estaba garantizada por la Gran Bretaña, la policía mundial de la paz la ejercía ella con dos o tres naciones importantes. Eso ha terminado y desaparecido. En el mundo hay dos superpotencias y nada más, dos inmensos superpoderes que abarcan dimensiones globales. Y esos superpoderes tampoco están aislados. Cada uno de ellos constituye el centro de combinaciones sumamente extensas de países y de organizaciones que lo complementan. Es muy fácil ver, lanzando una mirada al mapa, esas organizaciones: la OTAN, el Pacto de Varsovia. ¿Todo eso qué significa? Que el mundo está globalizado mentalmente, económicamente, culturalmente y políticamente.

La economía planetaria

Si nos reducimos a la actividad económica, nosotros seguimos repitiendo lo que recibimos del pasado. Los conceptos del capitalismo reflejan una visión decimonónica y victoriana de lo que éste era en el siglo XIX: una exportación de capitales, una venta de manufacturas para cambiarlas por productos primarios. Pero eso ha desaparecido prácticamente. Hoy estamos ente el fenómeno de las transnacionales. Y ¿qué son las transnacionales? ¿Son la invención diabólica de algún grupo de conspiradores? No, es simple y llanamente la consecuencia de la dimensión mundial de la realidad. Son organizaciones económico-financieras que no podrían operar en el marco nacional, que rigurosamente—y ésta es una verdad que no hay que olvidar—no pertenecen a ningún país, que no tienen patria, que son globales, que trabajan con capital del mundo entero y con trabajo del mundo entero y con mercados del mundo entero; que producen en España para los españoles o para gente de afuera con trabajo español y con dinero español, pero con dirección transnacional y que trabajan en China de la misma manera y en la Unión Soviética. (En la Unión Soviética existe una planta de Coca-Cola y una fábrica FIAT). Y esto no significa sino que ese fenómeno va mucho más allá no sólo de las barreras políticas, sino de las barreras ideológicas y es fruto del mundo en que vivimos. ¿Cómo enfrentar el fenómeno de las transnacionales, qué puede hacer un país aislado, qué pueden hacer Francia o España, qué puede hacer Venezuela, qué pueden hacer los propios Estados Unidos? Gran parte de los desajustes económicos del mundo, financieros y monetarios, se deben a las traslaciones inmensas de fondos y a la creación inmensa de capitales que estos gigantes económicos están obligados, por su propia magnitud, a crear y a desplazar. ¿Cómo ponerle freno? Un país aislado podría tal vez tomar medidas, pero esas medidas serían tanto como cortarle la punta de un brazo a uno de esos pulpos monstruosos que tienen centenares de brazos. Les afecta poco, siguen funcionando con los demás y a lo mejor ese brazo les vuelve a nacer dentro de poco tiempo. Frente a ese fenómeno de la transnacionalidad económica y financiera hay que pensar que el enfrentamiento, el control, el freno, tienen que venir de una reglamentación igualmente transnacional, de formas de cooperación internacional que enfrenten ese problema. No para destruirlo, porque ninguna creación del hombre es gratuita—lo que el hombre ha hecho siempre es anticiparse o darse cuenta de las posibilidades que existen en un momento—sino para defenderse, sabiendo que ese fenómeno existe por una necesidad, que no va a desaparecer, pero que hay que reducirlo a normas, limitarlo en su poder y disminuir sus aspectos negativos.

También podemos ver que el mundo de hoy, grosso modo, está dividido por dos grandes clivajes de poder. Entre el Este y el Oeste se alza la vieja línea ideológica que surgió agudamente después de la Segunda Guerra Mundial y que enfrenta los países del régimen llamado socialista, los del Este, a los países llamados de mercado libre o de política pluralista, capitalista, o liberal, los del Oeste. Y el clivaje que es viejo, pero no la conciencia de que existe, que divide al mundo también en dos mitades, Norte y Sur. El Hemisferio Norte ha concentrado casi todo el poder industrial del mundo, el poder tecnológico y científico y casi todo el poder financiero y económico y, desde luego, el poder político. Y en el Sur están los países llamados con eufemismo “en vía de desarrollo”, que son los que están en un nivel completamente distinto de aquel otro, en su capacidad económica, en su capacidad de acción, en su poder real y que está luchando por todos los medios de modificar esto para crear lo que se llama un nuevo orden económico mundial. Lo que no va a ser fácil y que requerirá que los habitantes de la aldea global se pongan de acuerdo para atenuar esas diferencias entre los distintos mundos de que tanto se habla: un Primer Mundo, un Segundo Mundo, un Tercer Mundo. (Hay quienes hablan de un Cuarto Mundo y hasta de un Quinto Mundo en la escala descendente de la miseria.)

Dirán que yo peco de intelectual, lo cual no es tan grande pecado, pensando que la cultura tiene mucha importancia. Y cuando yo digo cultura no me estoy refiriendo a lo que comúnmente llamamos con ese nombre que no es sino una parte de la cultura. No es cultura solamente la popular, la folklórica: los bailes, las danzas o los cantos que los distintos pueblos han creado y que son muy disímiles. O la cultura superior: el techo de la Sixtina, la Novena Sinfonía, el Quijote, los místicos españoles. Todo esto forma parte de la cultura, pero sólo una parte de la cultura. La cultura es la manera de ser del hombre. Todos los hombres somos iguales biológicamente, pero somos infinitamente diferentes culturalmente y es la cultura la que cuenta, porque es el vestido, y el alimento, y el lenguaje, la creencia y los valores. Y eso es un hecho social de primerísimo orden, porque la economía es un efecto de la cultura, como lo es también la técnica. La invención del arado romano es un hecho cultural, como lo es la invención del motor de explosión. Y no podemos olvidarnos de que eso existe y de que se están creando en el mundo, y se han creado de hecho, grandes familias de pueblos unidos por la afinidad cultural.

Veamos a una de esas familias, tal vez la más poderosa en el mundo de hoy, la anglosajona, que está distribuida en cinco continentes, pero que une efectivamente a los ingleses, a los norteamericanos, los canadienses, los de Australia y Nueva Zelandia y los de Africa del Sur. ¿Qué los une, dispersos por el mundo como están? Los une la comunidad cultural, una misma manera de entender al hombre, de entender al mundo, de entender el destino y de entender la sociedad. Y eso es un hecho cultural. También la familia eslava, que es una inmensa familia y que está representada por la Unión Soviética. Y tenemos igualmente, las grandes agrupaciones asiáticas, ese inmenso espacio cultural que es la China, y la India.

La extensión de nuestra cultura

Si eso es así y si ese hecho es evidente y fundamental, ¿por qué no volvemos un poco la mirada hacia lo que somos nosotros, hacia esta familia cultural que es la del mundo hispánico? Esa familia cultural tiene su unidad. Cuando decimos, por ejemplo, Europa u Occidente, nos olvidamos de las diferencias que se dan en ellos. Europa está partida como por una cruz, por el clivaje Este-Oeste y por el del Norte-Sur. La Reforma no fue una ruptura cultural. Lutero fue la expresión de una mentalidad, de una peculiaridad, de una realidad social y mental diferente de la de los países del Sur; y por eso la comunidad europea que mal que bien se mantuvo hasta el final de la Edad Media, se rompió irremediablemente.

¿Quién la rompió? ¿La voluntad de un hombre, la idea de un monje herético que decidió un día repudiar al Papa? Sería muy sencilla la historia si fuera el producto de los caprichos de unos cuantos que un buen día se les ocurre hacer algo que no se les había ocurrido a los demás. La historia tiene una mecánica mucho más compleja, fuerte y sólida, y los hombres, después de todo, no podemos llegar a aspirar a más que a ser los intérpretes de eso que está ocurriendo, y la personificación de esas realidades subyacentes, pero no inventamos las circunstancias ni las podemos inventar. Hay un hecho cultural debajo de toda situación de poder, política o geográfica. Ante eso, ¿qué es la comunidad hispánica? ¿Qué es la comunidad ibérica? Es una comunidad extraordinariamente , importante y grande, y debería ser mucho más importante y grande y pesar mucho más en el mundo de lo que pesa.

Vamos a ver rápidamente algunos de sus aspectos, porque desde luego no nos da tiempo para detenernos mucho. Podemos contar, en primer lugar, un espacio geográfico. De esas familias unidas, la única que tiene prácticamente una continuidad geográfica es la hispánica. Los pueblos anglosajones están repartidos en los cinco continentes. En cambio, la unidad hispánica va de la península más suroccidental de Europa hasta el inmenso espacio continental de la América del Sur, desde la frontera sur de los Estados Unidos hasta la Tierra del Fuego y la Patagonia, hasta los hielos del Océano Antártico. Semejante unidad de espacio geográfico no la tiene ninguna otra.

Tenemos, igualmente, una población numerosa. Hoy los hombres que hablamos el español como lengua materna pasamos de doscientos millones de personas y vamos a ser seguramente trescientos y tantos millones de personas para el año 2000. Si a eso añadimos los lusoparlantes, de los que nos separa prácticamente un matiz de lenguaje, seriamos hoy trescientos millones y el año 2000 quinientos o seiscientos millones de seres humanos, que es bastante más que los millones de angloparlantes que no van a crecer al mismo ritmo y que, desde luego, ya en ese terreno no se pueden comparar con ninguna otra colectividad de pueblos. ¿Por qué no se pueden comparar, me dirán ustedes? Y se los voy a decir: porque la lengua española—o la lengua portuguesa en este mundo ibérico—no es una lengua superpuesta sino que es una lengua compartida. Hay lenguas que cubren teóricamente una masa de humanidad. mayor. Cuando uno toma las estadísticas encuentra que en ellas, que generalmente están hechas de un modo objetable y a veces no del todo inocentes, aparecen como las mayores lenguas del mundo: el chino, con 800 millones; el inglés con 369; el ruso con 246 y el español con 200. Estas cifras no son exactas, o lo que significan no es lo que parecen significar. En primer lugar, no es cierto que 800 millones de seres humanos hablen chino, no se habla chino en toda la China; la lengua de Pekín, el mandarín, se habla en una pequeña parte de la China, de tal modo que un habitante de Pekín no puede ir a Cantón y hacerse entender hablando y eso ocurre en toda la extensión de China. Lo que los unifica es algo providencial, es que tienen una escritura ideográfica y no una escritura fonética. Si fuera fonética los dividiría, en cambio el ideograma lo leen los chinos de todas las lenguas sin dificultad ninguna, porque el signo que significa casa lo entienden todos, aun cuando al leerlo emitan una voz totalmente distinta. O el caso del inglés: si uno suma la población de la Gran Bretaña, la de los Estados Unidos, la del Canadá, la de África del Sur, la de Australia y Nueva Zelandia, llegaríamos a esa suma como lengua materna. El caso del ruso es semejante; la Unión Soviética tiene 246 millones de habitantes, pero la mayoría de ellos no lo tienen como lengua materna. El ruso es lengua materna de sólo una parte de la Unión Soviética. En la Unión Soviética se hablan más de 100 lenguas y se publican libros en más de 70 de ellas. El ruso es una lengua de comunicación para la mayoría, una lengua de cultura superpuesta a las lenguas locales y nacionales que tienen.

Idiomas del planeta (2010)

Si eliminamos el chino porque no es una lengua común de 800 millones de seres, y eliminamos el ruso, después del inglés con 569 millones, el español es la segunda lengua del mundo. Lo hablamos hoy cerca de trescientos millones de habitantes y lo van a hablar dentro de 15 años muchos más, y si sumamos a esto el mundo lusoparlante constituimos una familia de pueblos casi lingüísticamente unida, que representará dentro de quince o veinte años 500 o 600 millones de hombres. Éste es un hecho muy importante; estoy hablando con ustedes una lengua que no me es extraña, que es mi lengua materna, que es tan materna para mí como para el hombre de Valladolid o para el de Buenos Aires o para el de Méjico. No tengo otra, las otras que tengo las he aprendido como lenguas auxiliares, de comunicación. El español no es una lengua de comunicación para mí, es mi lengua, por más que la pronuncie de un modo distinto, por más que emplee algunas palabras que en otras regiones hispanoparlantes no me las entienden como yo no entiendo muchas de las que dicen en otras partes. Pero fundamentalmente yo creo que esta tarde, aquí no tenga ningún problema de comunicación lingüística. Ése es un haber extraordinario, esa unidad lingüística de lengua materna y no superpuesta es única. El francés no es lengua materna de nadie en África, es lengua de comunicación. El inglés y el francés se han extendido como lenguas de comunicación.

Esa situación de la lengua es un hecho capital, porque quien dice lengua dice cultura. Es imposible pensar que la divergencia de lenguas que hay en el mundo, y en el mundo existen cerca de diez mil lenguajes diferentes, hayan sido otra cosa que el producto del aislamiento cultural, de la evolución distinta, de pueblos distintos, de circunstancias distintas y por lo tanto expresan un hecho cultural diferente. El hecho de hablar, como lengua materna, una sola lengua doscientos millones de hombres, revela que participan de una cultura común, es decir, de una visión común del mundo, de unos valores comunes.

Tenemos un espacio geográfico inmenso y una suma de recursos inmensa, porque si sumamos lo que representa la América Hispana entera desde Méjico hasta la Argentina tendremos una inmensa porción de los recursos del mundo, recursos vegetales, hidráulicos, el más grande reservorio de agua y oxígeno que la humanidad tiene en el espacio amazónico, todos los climas, una parte enorme de la tierra arable, todo lo que representa una suma de recursos que muy difícilmente se dan en otra parte. Y sin embargo seguimos separados, partidos en una veintena de países, cada uno pretendiendo tener un estilo nacional distinto.

Esta realidad del mundo nos obliga a los miembros de la familia de los pueblos ibéricos e hispánicos a replantear nuestra situación y a definir lo que queremos hacer en el mundo. ¿Vamos a dejar que nos lo sigan dirigiendo los anglosajones y los eslavos? ¿Vamos a seguir comprando el radio de transistores que ellos fabricaron? ¿Vamos a seguir copiando la tecnología que ellos inventan? ¿Vamos a resignarnos a vivir en un mercado de segunda mano a perpetuidad? ¿Vamos a reducirnos a un papel de usuarios y de espectadores? ¿O vamos a resolvernos a entrar en el primer rango de la escena a jugar un papel de protagonistas? Todo este inventario de posibilidades poblacionales y de recursos naturales está allí. Ahora habría que sumarlo de un modo que nos asegure muchas cosas.
Nos asegure, en primer lugar, una cooperación realista. El gran enemigo con el que vamos a tropezar aquí, y hemos tropezado con él muchas veces, es lo que pudiéramos llamar la tendencia a lo utópico, al “todo o nada”, a pensar que es posible mañana o pasado mañana decretar la unidad política, cultural y económica de esa familia de pueblos, lo cual es imposible. Hay que partir del hecho existente: somos una pluralidad de estados independientes, tenemos cosas distintas, no somos ciento por ciento la misma gente, pero sí somos los mismos en lo que importa y cuenta. Vamos a respetar ese hecho cierto de la identidad política de cada Estado y vamos a comenzar, de un modo pragmático y modesto a ponernos en común y de acuerdo en las cosas que en común y de acuerdo podemos hacer mucho mejor que aisladamente.

Hay varios campos que se ofrecen de una vez de un modo muy claro: podemos hacer una cooperación económica—eso es obvio—mucho más amplia y efectiva que la que estamos haciendo hasta hoy. Podemos lograr una cooperación política, ir a los grandes foros internacionales con una posición común. Va a ingresar España en la Comunidad Europea, pero, ¿va a olvidarse España de todo eso que está allí y a pensar que es sólo un país europeo más? Sería una mengua que lo hiciera. Yo no me opongo a que España entre en la Comunidad Europea, entiéndase bien, y creo que hace muy bien en entrar. Pero que no entre olvidando su peculiarísima condición que le permite poder estar en los dos lados del océano, poder participar en una acción gigantesca de humanidad y de porvenir como muy pocos otros países europeos lo pueden hacer.

Esa cooperación está abierta en lo económico y en lo político. Podemos ir juntos a los foros internacionales a defender ciertas cosas en que podemos estar de acuerdo con un peso extraordinario y podemos y debemos cooperar igualmente en el aspecto cultural, científico y tecnológico.

Aquí está el hueso de la cuestión, porque hoy hablamos como si estuviéramos en el siglo XIX: de los ejércitos que tienen los países, de la población que tienen. La verdad es que hoy ni lo uno ni lo otro son causas sino efectos. Tener una gran población no es una ventaja, como lo demuestran muchos países asiáticos. Es una inmensa desventaja, es un grave problema. Yo creo que más próspera que Madagascar es la pequeña Holanda o la pequeña Noruega y que, desde luego, pesan más en el escenario mundial. Tener recursos materiales es importante, pero tampoco es todo. Allí está el Japón que demuestra de un modo impresionante lo que pueden hacer unos hombres que no tienen más nada que sus brazos y sus cabezas. El Japón no tiene prácticamente ni tierra arable, ni recursos materiales, ni petróleo, ni hierro, ni carbón y es una de las dos grandes potencias económicas y financieras del mundo. El Japón no tiene fuerzas militares. Alemania Federal no las tiene y sin embargo nadie negará que es uno de los países más importantes y poderosos y que su voz es oída con mucho respeto.

Homo tecnologicus

¿Dónde reside ese núcleo de poder, esa ciudadela del poder mundial? Está, sencillamente, en un solo punto: en la ciencia y en la técnica. Cuando decimos la ciencia y la técnica pensamos que el problema es muy sencillo, que se trataría entonces de escoger algunasgentes capaces e inteligentes, mandarlas a los grandes centros a formarse y obtener los mejores matemáticos, los mejores físicos, los mejores químicos, los mejores ingenieros y traerlos a nuestros países para que ya estuviera resuelto el problema. No es cierto, la que vamos a aprender es una técnica que en el momento mismo que la aprendemos es una técnica de ayer y la que vamos a aprender es una ciencia que en el momento mismo que la aprendemos es la ciencia de ayer. La ciencia de hoy no la vamos a aprender porque se está produciendo y si nosotros no podemos entrar a esa producción y a participar en ella por nuestra cuenta, no participamos en esa ciudadela del poder. Esa ciudadela del poder no se ha creado por un deliberado hecho. Se ha creado por unas circunstancias históricas y está hoy concentrada geográficamente de un modo elocuente en un puñado de países e incluso de zonas de países. Está en los Estados Unidos, en la Gran Bretaña, en cierta forma en Francia, en la Unión Soviética. Esto ha sido el resultado de una confluencia. Es decir, en esos países por circunstancias históricas ha habido una acumulación de recursos materiales, de espíritu de investigación, de facilidades para trabajar en este sentido, de un clima favorable para que estas actividades se desarrollen, de convergencias de técnicas, de especialidades y de ciencias, que permiten a cada uno trabajar por su lado y encontrar finalmente lo que buscaba. Lo que se encuentra aquí beneficia allá y sirve para alcanzar lo que se está haciendo más allá. Es decir, lo que empleando una frase tomada de la física nuclear podríamos llamar “la creación de una masa crítica”. Y es en esa masa crítica donde se produce esa explosión creadora. Nosotros podemos comprar una bomba atómica o un satélite, lo difícil es que la produzcamos, lo difícil es que produzcamos la bomba atómica de mañana, porque estaremos condenados a hacer la bomba atómica de ayer o la maquinaria atómica de ayer o el cerebro electrónico de ayer, porque el de hoy se está haciendo solamente en esos lugares que constituyen la ciudadela del poder mundial.

¿Cómo podríamos nosotros tener acceso a esa ciudadela que requiere inversiones enormes y apoyos de toda índole? Esta empresa requiere una concentración de recursos y de cerebros que muy difícilmente la podemos hacer a escala nacional. Pero si los pueblos hispánicos, si esos doscientos 0 trescientos millones de hombres de hoy o los quinientos o seiscientos de mañana resolviéramos hacer eso que llaman en inglés un pool, resolviéramos crear dos o tres grandes centros donde reuniéramos lo mejor de nuestra capacidad de investigación, lo mejor de nuestros recursos, todo lo que podamos tener para por nuestra cuenta participar en la creación de la tecnología y la ciencia de mañana, nuestra perspectiva histórica común cambiaria radicalmente. Pasaríamos de ser usuarios a ser actores y pasaríamos de participar de una manera ancilar en las grandes decisiones del mundo a participar como socios a parte entera en el diseño del futuro de la humanidad.

Una mirada penetrante

Eso está en nuestras manos, y eso es lo que yo creo que impone la conciencia de todas estas circunstancias que nos inducen, que nos reclaman, que nos imponen dar este paso. Sería mengua que no lo viéramos mucho más hoy en que las circunstancias parecen favorecer ese reencuentro de España, de Portugal y de América Ibérica, de sus pueblos entre sí con su pasado y frente a su futuro.

Faltan pocos años para 1992. Ese año celebraremos el Quinto Centenario del Descubrimiento de América. ¿Cómo lo vamos a celebrar? ¿Con los discursos tradicionales, con los desfiles que hemos hecho siempre, con un gran jolgorio, llenándonos la boca con las glorias pasadas? ¿O lo vamos a celebrar quietamente, sólidamente, orgullosamente diciendo: a los quinientos años del Descubrimiento hemos creado realmente una nueva circunstancia mundial, nos hemos puesto de acuerdo y desde ahora, en las grandes familias de pueblos, al mismo nivel de la familia anglosajona, de la eslava o de la asiática, está la familia de los pueblos ibéricos y está desempeñando un papel de primer orden?

Esa sería la celebración digna del Quinto Centenario del Descubrimiento que nos aguarda dentro de escasos años. Es una invitación a que trabajemos para ello, a que desde hoy nos quitemos las telarañas de los ojos, a que pensemos menos en la dimensión nacional y regional y más en la global. Yo vengo aquí a estas Islas que son puente natural entre América y Europa y que están como una lección viva de lo que puede hacerse y debe hacerse para estar en las dos orillas, a recordarles estos hechos que conocemos pero que tal vez por familiares olvidamos. Y a invitarlos a esta gran empresa que es la más grande ofrecida y abierta a esta familia de los pueblos poseedores de la cultura ibérica.

Arturo Úslar Pietri

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La verdad que ya no podemos eludir

 

El #1 de Válvula (diciembre de 1984), diseñado por Ariel Toledano

El #1 de Válvula (diciembre de 1984), diseñado por Ariel Toledano

Hacia la segunda mitad de octubre [de 1984] Andrés Sosa Pietri llamó a mi casa una mañana. (…) Me pidió que le “sacara” el número de diciembre de la revista de sus empresas. (…) No fue hasta mediados de noviembre cuando se pudo arribar al concepto de lo que fue el primer número de la revista Válvula. (…) Se decidió publicar un número dedicado a un solo gran tema: el conjunto de los pueblos hispánicos. Yo tenía la posibilidad de armar rápidamente un texto con lo que había escrito a Arturo Sosa y lo que había dicho en Filadelfia. Se decidió pedir a Arturo Úslar Pietri que escribiese algo. No le fue necesario. Tenía a la mano el texto inédito de una conferencia suya en Tenerife de varios años antes y de una gran actualidad. Contactado Ariel Toledano, un extraordinario diseñador venezolano, y Editorial Arte, una noble y excelente imprenta, estuve más confiado con el tiempo de que disponíamos: convencí a Andrés para que solicitáramos críticas a cuatro personas a quienes se les hizo llegar el texto del Dr. Úslar Pietri y el mío. Pedimos su opinión a Hermann Roo, Ángel Padilla, Ángel Bernardo Viso y Diego Urbaneja. (…) Por otra parte, una poderosa razón para sentirme inflado fue, simplemente, que el Dr. Úslar Pietri consintiera en aparecer junto conmigo en una publicación en esas condiciones. Me sentí como un novillero a quien el gran maestro de los matadores le diera la alternativa en una corrida mano a mano.

Krisis: Memorias Prematuras

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Ante la crisis nacional muchas explicaciones han sido ofrecidas que son ciertamente partes de la verdadera explicación, al tiempo que diversas proposiciones se han orientado en la dirección de la correcta solución sin aproximarse lo suficiente. Cuando se han atrevido más han chocado contra el muro, presuntamente infranqueable, de conceptualizaciones en apariencia correctas y se detienen y dan vueltas, como esos peces que se han acostumbrado a peceras tabicadas y que cuando se les retira el tabique suponen que aún existe.

Pero de que es crisis es crisis. Es un tipo clásico de crisis. “O corremos o nos encaramamos”. No tenernos salida intermedia. O hacemos lo que tenemos que hacer y entonces tenemos un futuro brillante, más brillante de lo que antes nadie haya propuesto, o permanecemos en un estado que significará la ruina y la insignificancia.

Lo que hay que hacer es sorprendentemente factible. No exigirá demasiados de nuestros recursos y se asienta en tendencias e intuiciones del venezolano, pues, como hemos dicho, ya en varios e importantes puntos de nuestra inteligencia colectiva se ha barruntado las direcciones que nuestros esfuerzos deben asumir.

Es necesario. por supuesto, resolver un manojo de problemas. Pero por debajo de esos problemas se desplaza y se agrava un problema más central y básico, más profundo y trascendente. Es más, resuelto este último, las soluciones a los demás problemas se hallan con más facilidad, pues todo casa en una nueva estructura de la percepción y de las posibilidades. Resuelto el problema fundamental, nuestra capacidad habrá aumentado de tal modo que el enjambre de angustias que hoy nos acucian entrará de súbito dentro de los límites de una fácil gobernabilidad.

EL SEMPITERNO PETRÓLEO

Petróleo, como siempre

No sólo de pan vive el hombre, pero esta crisis tiene, sin duda, un efecto demasiado oneroso para la vida cotidiana como para comenzar el asedio del problema por un lado distinto al económico. La primera referencia es, pues, una obligada consideración de lo que resulta ser la base actual de la economía venezolana.

Nuestro petróleo, referido a sus mercados tradicionales, tiene como futuro más probable el de la declinación. Apartando los reajustes a corto plazo, las sociedades del Norte han adoptado con fuerza de irreversibilidad, un rumbo de progresiva sustitución de los hidrocarburos como fuente energética. De aquí en adelante, y, como decimos, apartando repuntes momentáneos de demanda, el curso de nuestro negocio petrolero en esos mercados será de declinación. Ése es el mediano plazo, pues al verdaderamente largo plazo, el agotamiento ineludible de los yacimientos encontrados y por encontrar, impondrá universalmente un suministro energético de fuentes distintas. Pero no es preciso ahora actuar para acomodarse a tan largo plazo. Queda suficiente tiempo de uso de nuestro recurso petrolero si somos capaces de colocarlo en mercados que sí pueden ir a la expansión. Esos mercados existen. Son más grandes, potencialmente, que los mercados que nos hemos acostumbrado a servir. Y son mercados que, a diferencia de los tradicionales, justifican una tasa de crecimiento significativa, mientras que los viejos, por hallarse más cerca de las tasas de consumo límite, por estar ejecutando reales y serios programas de ahorro y sustitución y por favorecerse de una reciente eclosión—no totalmente agotada todavía—de nuevos yacimientos petrolíferos, ostentarán una tendencia a tasas de crecimientos inferiores a las vegetativas. (Por lo menos en lo que respecta a petróleo de la OPEP o, más específicamente, a petróleo venezolano).

Pero hay algunos que piensan que Venezuela no debe poner el más mínimo interés en el “mercado del Tercer Mundo”, y creen que de él deben ocuparse los árabes, que a fin de cuentas serían, como me ha sido dicho, los “mercaderes” de la antigüedad y de siempre.

Por lo que respecta al petróleo, necesitamos encontrar, antes de que los efectos de la gran conversión energética que ya ha comenzado desvanezcan el valor económico que aún tienen nuestras reservas petrolíferas, un nuevo mercado de tamaño congruente con lo que será nuestra enorme capacidad ociosa. Ese mercado, hoy en día, no luce atractivo porque, pobre como es y abrumado por tanto compromiso financiero, escasamente está en capacidad de pagar sus actuales niveles de consumo petrolero, mucho menos un incremento significativo en su consumo, a los precios actuales. Pero sí podría consumir y pagar una mayor cantidad de lo que hoy en día usa si los precios fuesen marcadamente menores.

Por ejemplo, tomemos un mercado como el del mundo hispánico, de trescientos millones de personas. El consumo de ese mercado a un nivel per cápita equivalente al venezolano—que es por supuesto el más elevado de ese conjunto—representaría un ingreso doble del actual ingreso petrolero venezolano si se pagase a un tercio de los precios internacionales de hoy. Dejemos, por ahora, lo que acabamos de decir, como ejemplo solamente, dibujado a un muy grueso triazo y naturalmente susceptible de precisión. Ilustra una escala, un orden de magnitud y un enfoque que puede aplicarse en muchísimas direcciones. Pero este concepto de adquirir o crear mercado por la vía de precios menores es absolutamente clave en una época en la que pocas cosas parecen surtir efecto contra la inflación. Para que sea posible, claro, el tamaño de los mercados es la variable importante. De allí lo profundamente lógico de una estrategia venezolana de exportación. Después de todas las vueltas que se quiera darle, el mercado venezolano, creciendo a tasas que admita la gobernabilidad de la sociedad, nunca podrá alcanzar el tamaño requerido para que la producción permita a su vez un nivel de precios que incorpore al consumo a la mayoría de la población. En cambio, las economías de escala, a las que da origen la exportación a un mercado mayor, pueden llevar los costos unitarios por debajo del umbral de adquisición para grandes contingentes humanos, boy impedidos de contribuir a la formación de la demanda global. Pero aún sin exportación, para algunos sectores de producción en Venezuela, y en conjunto con programas de transferencia por parte del sector público, es perfectamente factible aumentar sus ingresos netos globales con una estrategia de menores precios e incorporación de segmentos en situación de “subasequibilidad”.

LA AGRICULTURA, OTRA VEZ

La riqueza agrícola

Si continuamos en lo económico, y más allá del petróleo, precisamente se trata de hacer cosas distintas de la extracción y comercialización de recursos agotables, en general, y de hidrocarburos en particular. ¿Cómo vamos a hacer eso? ¿Cuáles son los sectores de actividad económica a los que debiéramos crear y permitir el paso?

Cabe acá nombrar algunos sectores cuya defensa es ya, más que un clisé, una perogrullada. La agricultura, por ejemplo. Sí, ya sabemos que importamos más de la mitad de nuestros comestibles. Sí, ya sabemos que debemos “sembrar el petróleo”. Eso ha sido dicho hasta la náusea. Y hasta el vértigo se ha invertido dinero, una gigantesca suma de fondos en una siembra que no sólo no da resultados sino que nos ha colocado en una precaria situación de vulnerabilidad alimenticia. Hasta ahora, sin embargo, nuestra agricultura sigue sin beneficiarse de las necesarias escalas de explotación, sin las que, nuevamente, el bajo precio que universaliza el consumo no puede darse. Así nos enfrentamos otra vez a la rígida disyuntiva del subsidio que abruma al Estado o los precios que se hacen ya onerosos y en el futuro prácticamente prohibitivos.

En efecto, lo que en la época de Betancourt se concibió como necesidad política y social produjo muchas decisiones cuyos costos ya no tienen hoy ningún sentido. La Reforma Agraria de Betancourt tuvo como efecto colateral principal la de condenar el sector agrícola a la improductividad, al pautar como escala promedio de la explotación agrícola el tamaño del súper-conuco. Es como si se quisiera resolver el problema de improductividad de una gran fábrica metalmecánica con capacidad ociosa, mediante el expediente de fragmentarla en talleres-conuco cuya propiedad fuese adjudicada a los obreros. Para explotar el campo venezolano se necesita, por lo contrario, escala de gran tamaño en la unidad productiva típica. Escala que admita la utilidad de la tecnología pertinente y que autorice la magnitud de una explotación que, otra vez, exporte y alcance un piso de costos sobre el que un precio atractivo sea no obstante inferior a lo que el venezolano pueda pagar con comodidad. Y en el campo venezolano también ha operado el prejuicio anticapitalista, y se ha aplicado en él la red de entrabamiento permisológico y por eso algún posible coloso del agro ha tenido que urbanizarse y hacerse banquero.

EL HIERRO

La riqueza férrica

¿Es la siderúrgica un sector que puede diluir la vulnerabilidad de nuestra dependencia del petróleo? La respuesta es nuevamente afirmativa si se considera un mediano plazo en los términos del que consideramos antes para el petróleo. La estructura del problema del hierro y del acero es, por lo demás, parecida a la situación petrolera en varios aspectos.

Para comenzar, hoy en día existe lo que Business Week (20/3/ 84) define como “the enormous glut in world steelmaking capacity”. No es de extrañar si, como registra esa publicación, en la última década las naciones del “Tercer Mundo” han más que doblado su capacidad. Luego, hay que considerar que, en el mundo industrializado, “a return to the high steel-consumption growth rates of the 1960s looks very unlikely”. (Palabras del Secretario General del Instituto Internacional del Hierro y del Acero. Desde 1970 la cantidad de acero consumida por unidad de producto nacional bruto ha tenido un descenso anual promedio de 3% en los Estados Unidos, Europa y Japón. Por esto los economistas de ese Instituto creen que la demanda no crecerá para nada en el mundo industrializado de 1985 a 1990. En cambio, Chase Econometrics está pronosticando un crecimiento de 5 a 6% interanual para la demanda de acero del “Tercer Mundo” para la próxima década).

Nuevamente se da un futuro en el que el crecimiento sólo puede esperarse fuera de los países ya industrializados al tiempo que confrontamos una acelerada proliferación de productores del “Tercer Mundo”, léase competencia. Y es competencia formidable: Corea del Sur, Taiwan, Brasil, China. (“Today, newcomers to the steel business can buy state-of-the-art equipment and hire the Japanese to teach them how to use it. At Nippon Steel’s Kimitsu Works, several hundred Chinese are now being trained to run a mill that their government is building With Nippon Steel’s help”. Business Week).

¿Podemos imaginar la respuesta a esta situación y sus perspectivas?

UNA RECIENTE ADMONICION

Felipe González

A raíz de una exitosísima aparición de Felipe González en la televisión venezolana se generó un entusiasmo con lo que de sus decires fue menos importante, habiéndose descuidado o pasado por alto la más penetrante de sus admoniciones. Felipe, al comienzo mismo de la entrevista, ubicó el reto verdadero, el reto realmente decisivo, en el reto de la modernización. Por eso hablamos de medianos y de largos plazos. De lo que Octavio Paz, aceptando la fórmula francesa, llama procesos de “cuenta corta” y de “cuenta larga”. ¿Cuánto tiempo querremos ignorar a Toffler, a Naisbitt, a Servan-Schreiber, a Úslar Pietri, a Escovar Salom y ahora a González?

Todos ellos nos han alertado sobre esa necesidad de modernización. Y a largo plazo, ni la siderúrgica actual, ni mucho menos el petróleo, como industrias de “segunda ola”, podrán darnos vida en el arranque definitivo de la gran “tercera ola”. Lo que pasa, claro, es que viendo el tamaño de nuestro Estado y la altura de la vara se concluye que no nos será posible superarla. Eso debiera quedar para otros que puedan. No para nosotros, que ni siquiera hemos dominado las tecnologías de la segunda ola. Pero entonces estaríamos condenados a la insignificancia. Y de lo que se trata, exactamente, es de cuál va a ser nuestra significación.

No se trata solamente se salvar el apremio de la deuda de nuestro país. Los problemas reales son los de la capacidad de pago futura, la que sólo dependerá de la posibilidad, no sólo de “reactivar” nuestra economía, sino de hacerla progresar y expandirse. Pero ¿cómo puede progresar y expandirse una actividad económica que continuaría estando sujeta a las principales limitantes estructurales de hoy? Está claro que por un tiempo podrá contarse con una cierta disposición, en el sector público, de proteger la actividad privada. Pero no es la actividad empresarial privada la que, en el lapso que tomará volver a llegar al momento de pagar la deuda, va a generar el flujo de fondos necesario.

Esa actividad privada, aún con una exportación mayor—lastrada por la viscosidad permisológica de un sector público muy alejado de la mentalidad aliancista del MITI japonés—seguiría arrojando productos de “segunda ola” para un mercado superindustrial, cuyo crecimiento más significativo se daría en consumo de “tercera ola”, y un mercado del “Tercer Mundo” con las características que ya vimos: en crecimiento, con poca capacidad de pago y altamente competido por ofertas de decenas de países en la misma necesidad que la nuestra. A mediano plazo, cuando vuelva a madurar el pago de la deuda, deberán salir los dineros de las actuales fuentes de divisas, del petróleo. Y ya vimos cómo puede llegar a estar la cosa petrolera.

LOS GRANDES INTERLOCUTORES

La obra de Toffler

Y ahora para la “cuenta larga”. Felipe tiene razón. Las sociedades que no encuentren la voluntad y la forma de modernizarse, de informatizarse, de cabalgar la “tercera ola”, van a quedar descolgados. Ahora bien, la “tercera ola” no es sólo la informatización, el espacio exterior o la bioingeniería. En el nivel político, más que nunca la “tercera ola” será una discusión de grandes interlocutores. Y hasta ahora sólo parece que conversarân los sajones, los eslavos, los europeos dependientes de los sajones y los dependientes de los eslavos, los chinos y los japoneses, los hindúes. Es decir, unidades políticas de centenares de millones de personas.

Los demás no “conversamos”. Los demás hacemos ruido, proceso de por sí inorgánico y sin dirección. Los demás hacemos un telón de fondo abigarrado y cacofónico. Que, por supuesto, puede llegar a forzar, en ocasiones, la mano de los grandes interlocutores, con el lacerante aguijón del terrorismo, con la posibilidad de la huelga o el boicot. Y que, no menos obviamente, puede convertirse en cataclismo social global, si aceptáramos para nosotros el papel de proletarios globales ante esa nueva configuración de señores.

Son señores ante los que Venezuela, una población y no un pueblo, con sus quince millones de habitantes, ni siquiera tiene sentido. Quince millones de habitantes no son más que la cifra oficial de hispanoparlantes que hay en los Estados Unidos de Norteamérica. (La población mexicana de Los Ángeles sólo es superada por la de Ciudad de México, y Miami es dos tercios cubana).

¿Qué son, entonces, 15 millones de habitantes? No son un mercado económico, no son el soldado de gran cerebro que es Israel, no son el gerente especializado que es Suiza. No son, es claro, interlocutores válidos para los grandes actores de la “tercera ola. Así, no debe sorprendernos que la primera parte del discurso de Felipe sea recibida como que si no fuera con nosotros, porque forzar la definición de Venezuela como si fuera un pueblo lleva de inmediato a la conciencia de que somos enano ante gigantes.

Venezuela no es un pueblo. Es tan sólo la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo hispánico. Ésta es la verdad que ya no debemos eludir. Un pueblo es un conjunto que sí puede ser, como lo exigía Toynbee, un “campo inteligible” para el estudio histórico.

UNA INTEGRACIÓN CON SENTIDO

Una integración inconclusa

Hemos incurrido en dos errores de óptica cuando hemos pensado en la integración. El primero, error de operación, ha consistido en suponer que la integración económica es menos difícil que la política, cuando comenzar por lo económico es comenzar por la competencia. El segundo error, error de construcción, error más grave, ha sido pensar en integración sin pensar en España, en integrar solamente a la “América Latina”. Y, como ha sido dicho antes, no estaremos completos sin España.

Hemos escrito América Latina entre comillas porque América Latina no existe. América Latina tampoco es un pueblo. Es la población que del continente americano, hecho físico, hizo el pueblo hispánico. Por eso, tampoco la población hispánica de la península ibérica es algo más que parte de un pueblo que un día tuvo que separarse pero ya no necesita permanecer desunido. Aunque aún no lo entienda, como lo muestra la Historia de España Alfaguara que, en seis tomos, pretende eludir el tema dedicando sólo ocho páginas al proceso de emancipación de las antiguas colonias.

Cabe preguntarse, por ejemplo, qué haría España en la Comunidad Económica Europea. Allí donde tantas trabas le ponen, donde quieren someter a prueba de varios años la “calidad humana” del español antes de franquear su libre tránsito. O qué haría en la OTAN, que la convertirá en blanco de cohetes rusos, violentando hasta el dolor personal de sus actuales gobernantes sus sentimientos más ancestrales.

Somos peces en pecera de tabiques móviles. España peninsular se dirige hacia los francos y sajones porque se sabe también pequeña. Es también una población en busca de un pueblo. Quisiera acercársenos más y lo hace tímidamente, Pasa vacaciones en América y protege a Contadora y defiende las Malvinas. Pero no es capaz de imaginar que nosotros pudiéramos reconocernos sus hermanos, como ya estaba declarado para 1810: “…cuando ya han sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional… ” (Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810). España peninsular, que todavía se siente madre, no se ha percatado que no es otra cosa que hermana. Hermano mayor, sí, el más adelantado, el que más nos puede enseñar de industria. Hermano.

Nosotros también lo intuimos, pero parcialmente. Lo ha procurado Ángel Bernardo Viso sin llegar a proponerlo. Lo viene sugiriendo Úslar con prudente insistencia. Pero todavía no terminamos de entender que reunirnos con Iberia no significa representar al hijo pródigo, lo que no queremos. Ya no volveríamos a una madre patria. Ahora iríamos al encuentro de un hermano.

Casi lo postula Cambio 16: “Si Argentina y España consolidan sus regímenes democráticos, resuelven sus apuros económicos actuales y empiezan a andar por la historia con normalidad, en muy poco tiempo tocarán a su fin dos siglos de impotencia en el área de lo que fue el viejo imperio español. (Juan-Tomás de Salas. Editorial de junio de 1984. Subrayado nuestro).

Equivoca el ámbito, por cierto, y elige sugerir la unión de las dos democracias más incipientes, sin tomar en cuenta la doble dificultad que significaría la asociación de “dos mochos para rascarse”, la casi imposibilidad de lograr el equilibrio por la fusión de dos inestabilidades. Y dice Juan-Tomás: “Pensando en grande, pensando así, la suerte del Presidente Alfonsín en Argentina es, de algún modo, nuestra propia suerte. Si allí se consolida la libertad, la nuestra se fortalece de inmediato; y si Argentina fracasa, nosotros fracasamos también. Bien conviene no olvidar esta verdad cuando escuchemos las palabras del presidente Alfonsín en este su primer viaje de Estado a Europa. Quijotismo no, pero ayudar lo que se pueda”. Habrá que recordar a Salas que quijotismo es un doble desvarío, que no consiste en enfrentar gigantes. Consiste, sí, en enfrentarlos solos. Y dos contra los gigantes también es poco. Consiste, también, en ver gigantes donde sólo hay molinos, que son máquinas.

NOSOTROS Y LOS OTROS

El esquema hegeliano

Es la máquina de las civilizaciones glorificadoras de la máquina lo que nos abruma. La sociedad sajona que uno de sus psicólogos, Skinner, explica como reflejo condicionado, como mecanismo. Es el poder del ruso, que también Pavlov explica como lo explica Skinner—no por coincidencia, si recordamos a Tocqueville, quien entre otros percibió en el ruso y el norteamericano las similitudes. Es la sociedad que no sólo se aliena como dijeron Hegel y Marx y Feuerbach, pues ya no sólo es que habrían creado su dios y luego le adoran, sino que son creadores de máquinas y se conciben luego a sí mismos como tales. Es el molino de McLuhan, para quien “el medio es el mensaje”. Es la pura herramienta, que ciertamente invita al uso. Es la herramienta sin destino.

Para el puritano, fabricante sin cesar de la herramienta, no hay otro camino que el ensanchamiento de los medios, pues su religión le dice que no puede haber fines porque el fin ya está predestinado. Así fue suplantado el predominio del mundo hispánico, el que experimentó una sensible declinación después de su época de oro en el siglo XVI. Su predominio mercantilista fue sustituido por las nuevas fórmulas de desarrollo nacional que emergieron como causa y efecto de la Revolución Industrial. El análisis de Hegel en su Fenomenología del Espíritu sigue siendo muy pertinente para la comprensión del proceso en sus líneas más generales. En la obra mencionada Hegel elabora un esquema explicativo del desarrollo de la conciencia humana. Para la fase que nos interesa es particularmente iluminadora su famosa discusión de la dialéctica del señor y el siervo. Esta dialéctica surge del enfrentamiento de dos conciencias (autoconciencias, en la terminología hegeliana) y de la rendición de una ante otra. Así se establece la relación de dominación del siervo por el señor, relación en la que ambos términos resultan interdependientes. El señor se ocupa del mundo de los valores, no del mundo del trabajo. Su comunicación con el mundo del trabajo se establece a través del siervo. Éste, a su vez, renuncia al mundo de los valores. Su único valor es ahora el señor y su esfera de actividad la del trabajo. Este trabajo, reiterado a lo largo de los siglos, no ocurre sin efectos. De hecho el mundo es transformado por esa labor, fenómeno que es advertido por el siervo. El mundo ya no es el mismo. El siervo lo ha cambiado y provoca ahora la caída del señor, quien no ha participado en la construcción.

El esquema es aplicable, y en verdad era la preocupación principal de Hegel, a la comprensión de los fenómenos políticos. La obra es posterior a la Revolución Francesa: es concluida en Jena por los mismos días en que Napoleón ocupa la ciudad, a quien Hegel llegará a ver como la encarnación del Weltgeist o espíritu del mundo, como la punta política del despliegue de la conciencia de la humanidad.

En todo caso, el ejemplo español queda comprendido por el esquema hegeliano de modo muy claro. Se trata de un señor caído. Son los países del mundo anglosajón los que emergen con una nueva tecnología del trabajo, y desarrollan en dos siglos el impresionante esfuerzo técnico y material que caracteriza a las naciones más desarrolladas. Es el mundo inductivo, del derecho por jurisprudencia y análisis casuístico, en contraste con el mundo nominalista, de derecho deductivo y apelación a principios generales.

Pero esta vigente avenida de desarrollo es, sin ninguna intención despreciativa, producto de una cultura de “siervos” en el sentido hegeliano de la palabra. Esto es, de una cultura no habituada a tramitar valores, sino problemas concretos de realización. De allí la experiencia de esta civilización como un proceso divergente, en el que todo puede ocurrir, desde una mujer astronauta hasta el reciente lobby inglés y norteamericano en pro del sexo libre de los niños. Es una cultura orientada al know-how que experimenta dificultades a la hora de dilucidar las finalidades y los sentidos. Es una cultura en la que se llega a declarar, como hemos visto, que el medio es el mensaje. Maquiavelo habría dicho “el medio es el fin”.

Y son esos gigantes con atavismo de esclavo los que ahora apilan cohetes y coleccionan probabilidad de muerte. La pura herramienta que, ciertamente, invita al uso. Al uso por parte de un presidente militarista que hace chistes con cataclismos inminentes o por parte del colosal tirano ruso, a quien ya empieza a vislumbrársele el derrumbe. Y no hay holocausto más peligroso que el de un tirano cuando se desploma.

LOS TABIQUES YA NO EXISTEN

Pedro Grases, el mejor amigo de Andrés Bello

Por esto es que más allá de las necesidades nuestras, más allá del gran mercado que sí habría que proteger, y de los precios y las inflaciones, nos toca el deber de ser la gran cuña de paz, neutral y sin cohetes de la hispanidad reconstituida.

Venezuela resultaría aplastada si pretendiese interponerse entre el Kremlin y la Casa Blanca, como quedaría reducida España dentro de la OTAN y de la Comunidad Económica Europea. Pero fuera del pueblo hispánico no hay otro candidato a ese papel amortiguador, porque no lo es China y no lo es la India ni el Japón y porque Europa es sólo un posible campo de batalla y de los demás ningún otro tiene el tamaño requerido.

Y entonces sí seríamos un mercado enorme, en el que alcanzaríamos la dimensión necesaria a una verdadera industrialización. Entonces sí podríamos salir de la inflación.

Entonces lo que debemos entre todos se tornaría en arma poderosa. Entonces sí podríamos decir a soviéticos y norteamericanos que el conflicto de Centroamérica va a ser digerido en nuestro seno. Entonces la Guyana ya no sería el contendor indespreciable que es para Venezuela, sino lo que Hong Kong es a la China para una federación hispánica. Entonces sí podríamos emprender la senda de la informatización y la modernidad.

Entonces seríamos protagonistas de la “tercera ola”. Lo suficientemente significativos como para proponer incluso la reconstitución de una hermandad más temprana, la del español y el portugués.

Habrá que despejar suspicacias. Habrá que explicar que nuestros Estados conservarían su autonomía ante un gobierno federal democráticamente electo—“constituido por el voto de estos fieles habitantes”. (Acta del 19 de abril). Habría que asegurar que permanecerían las peculiaridades vascas, catalanas, peruanas, mexicanas, canarias, uruguayas, panameñas, colombianas, venezolanas, castellanas.

Habría que darse cuenta de que contaríamos con un tribunal propio y eficaz para dirimir los diferendos territoriales entre nuestros Estados—como los Estados norteamericanos acordaron un procedimiento para dirimir los suyos—y de que entonces sí nos arreglaríamos para explotaciones conjuntas de yacimientos comunes y que ya no tendríamos, por esto, que alienar nuestra voluntad a jueces alemanes o ingleses reunidos en La Haya. Esto es perfectamente posible. El estilo estructural de la nueva democracia española lo permite y lo alienta, como puede colegirse del tratamiento diseñado para los distintos componentes de la nación peninsular: catalanes y vascos, por ejemplo. En efecto, los recientes cambios en la estructura política española facilitan la convergencia con los latinoamericanos, quienes vemos con alivio y alegría la entronización de la libertad en el territorio de la Península.

Es necesario que cesen los partidos y se consolide la unión. El Maestro Grases demostró a la Generalitat catalana cómo el Bolívar tardío, como lo fue el originario, era un Bolívar hispano. Cómo su último sueño era la democracia en la Península que hasta ahora ha sido que Juan Carlos y Adolfo Suárez y Felipe González han podido completar. Sueño al que hubiese dedicado otro juramento si las fuerzas no le hubieran faltado. Él no pudo regresar a la casa paterna puesto que las leyes de la vida le exigían la emancipación. Nosotros sí podemos convocar a todos los hermanos.

Alguien dijo una vez: “Los proletarios no tienen otra cosa que perder que sus cadenas”. Ahora se puede afirmar que los hispanos no tenemos otra cosa que perder que los tabiques. Y éstos, si miramos con atención, ya no están allí. Procesos de actualidad están impulsando una nueva conciencia en este sentido, la que no contradice históricamente el proceso de emancipación de las colonias de la antigua corona española. El interlocutor y hermano peninsular de los latinoamericanos de ahora no es el mismo que combatimos en las guerras de Independencia.

La situación centroamericana es un caso muy claro y contundente. El actual conflicto se resuelve de un modo en el contexto de la tensión entre superpotencias y de un modo distinto dentro de un contexto hispánico. En el primer caso la salida pudiera muy bien ser la detonación de un conflicto de extensión mundial. En el segundo, el marco hispánico puede admitir sin contradicciones regímenes políticos de signo ideológico diverso, pues para él las distinciones entre doctrinas políticas se supeditan al de la unión de un mundo con historia y lengua que sólo adquieren pleno significado en un espacio máximo, más allá de un espacio andino, centroamericano o aun latinoamericano. No estaremos completos sin España.

De allí, por ejemplo, el apoyo que el gobierno español brinda a las iniciativas del Grupo Contadora en relación con la crisis centroamericana y el llamado de atención que ha enviado a las grandes potencias para que se abstengan de considerar a la zona en cuestión como territorio para dirimir disputas que nos son ajenas. Asimismo habrá que entender que hay cuestiones internacionales ante las que los  hispanoparlantes asumiremos posiciones coincidentes, como expresión de una conciencia unificada frente a problemas que reconoceremos como propios.

MISIÓN PARA UN PUEBLO OLVIDADO

La lengua común

En su edición del 15 de noviembre de 1982, la revista Newsweek publicó un extenso informe especial sobre el tema del idioma inglés como lengua de comunicación internacional. Luego de señalar que después del chino—hablado sólo por los chinos y fragmentado en varios grupos lingüísticos—el inglés es hablado por unos setecientos millones de personas en el mundo entero, pasa a considerar otros idiomas. Dijo Newsweek: “Sólo otro idioma, sin embargo, ofrece un serio reto como lengua para la comunicación mundial: el francés. De acuerdo con las más generosas estimaciones de París, hay 150 millones de francoparlantes en el mundo”. En el resto del artículo el idioma castellano es ignorado por completo. Curiosamente, la revista eligió olvidar, voluntaria o involuntariamente, a un conjunto de trescientos millones de almas que hablan una sola lengua y que ocupan una extensa zona del planeta que se extiende desde la frontera sur de los Estados Unidos de Norteamérica, se aloja en el continente europeo y alcanza al continente asiático en las Islas Filipinas. Se trata de trescientos millones de personas que hablan español, trescientos millones de personas no tomadas en cuenta por Newsweek.

Han sido los trabajos lingüísticos de Sapir y Whorf los que han destacado con mayor fuerza los diferentes marcos mentales, las diversas metafísicas que los distintos lenguajes imponen a los parlantes. Hay cosas formulables en un idioma que resultan impensables en otro. Se piensa distinto en español que en inglés o en chino. El efecto es profundo y a veces indetectable. Esto significa que hay trescientos millones de personas que piensan parecido porque hablan el mismo idioma: el español. Los pueblos que hablan español están ligados, por supuesto, por razones históricas. Pero si cada una de las naciones del mundo hispánico no hubiese tenido relación con ninguna otra y hubiese inventado el idioma castellano independientemente, esto bastaría para hacerlas muy similares en enfoques y percepciones de las cosas. Efectivamente, es el lenguaje un fenómeno profundo y radical. Es por esto que aunque no tuviésemos razones históricas para considerarnos un solo pueblo, la comunidad metafísica del lenguaje nos presenta la unión como la más sensata opción de futuro.

Pues el hecho lingüístico tiene importantes consecuencias para la época que atraviesa ahora la civilización humana. La característica más notable de la próxima fase en la evolución del hombre estará, como lo confirma una miríada de acontecimientos, asentada sobre el uso extenso e intenso de las tecnologías de comunicación e información. Las formas cotidianas de la dominación, por ejemplo, serán las de dominación por posesión de información. La información se superpone a lo económico como lo económico se superpuso a lo militar. En estas circunstancias, la uniformidad que representa un idioma común es un activo de considerable poder. Para la crisis actual, en la que una excesiva preocupación por el know-how, por las señales y por los medios ha desplazado la preocupación clásica por las finalidades, los contenidos y los significados, la emergencia de una nueva realidad geopolítica con un  lenguaje común y una inclinación acusada hacia el mundo de los valores representa una esperanza.

Una vieja leyenda alemana afirma que en el origen del mundo había dos clases de hombres: los héroes y los sabios. Cada mañana, los héroes partían a correr las aventuras que les son propias: doncellas que rescatar, castillos que conquistar y dragones que matar. Al final de la jornada encaminaban sus pasos hacia las cuevas que habitaban los sabios—quizás las cuevas de Altamira—para que éstos les explicaran el significado de lo que habían hecho durante el día. Es un esquema parecido al de Hegel, y en todo caso, distante del temperamento español, el que exigiría conocer los significados antes de acometer sus aventuras. Tal vez la historia española se escribe antes de que ocurra.

En 1968 Jorge Luis Borges pasó un tiempo en Cambridge “on the Charles” para enseñar en las aulas de Harvard. Por ese tiempo se le hizo un conjunto de entrevistas muy iluminadoras de su pensamiento. En una de ellas dice diferenciarse de Unamuno en que a éste le angustia la trascendencia y la inmortalidad, mientras que a él, Borges, no le importa si ya no sigue siendo Borges, si no hubiera sido nunca Borges, si no hubiera nunca sido. Es claro que Borges es un redomado mentiroso. Si a alguien le preocupan esas cosas es a Borges, que no cesa de escribir del infinito, de los espejos y de sus dobles. En el fondo, no puede haber hispano a quien no interese la trascendencia. Es de la trascendencia del hombre, esgrimida contra la posibilidad apocalíptica y maniquea de su eliminación, de lo que precisamente se trata. LEA

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