El Diario

¿De cuánto tiempo dispone el Presidente de la República? En los últimos meses su estabilidad como gobernante de Venezuela ha entrado claramente en crisis.

Los sajones entienden las crisis de un modo distinto a los que pensamos castellano. Nosotros las imaginamos como un punto, como un instante a partir del cual el paciente empeora o mejora. Ellos creen que más bien es la fase de un proceso al cabo de la cual lo que sigue es irreversible. Mientras la crisis no ha culminado es posible que se resuelva en uno de varios posibles desenlaces.

El Presidente tiene opciones todavía, aunque es probable que no por mucho tiempo, porque se trata de una crisis.

Una crisis que desde enero no ha hecho sino crecer dramática, tal vez trágicamente. Todos recordamos la secuencia principal. Pero son tantas las cosas que cuando recordamos alguna cualquiera pensamos que aconteció hace ya muchos días.

Es posible que el Presidente pudiera, en su admirable capacidad de acomodación y su tenacidad, concluir su período. Pero no deja de ser posible que muy pronto tuviese que echar mano del 240 de la Constitución del 61 y suspender las garantías, en un intento por prolongar su mandato. Probablemente eso sólo aceleraría su deposición.

Pudiera ser también que llegara a tener pronto solamente una alternativa. O tratar de permanecer en el Palacio de Miraflores, o producir la condición jurídica de falta absoluta del Presidente de la República. El Presidente puede renunciar.

Nuestra Constitución dice que al producirse tal falta absoluta seguiría habiendo un presidente, en la cabeza del Presidente del Congreso de la República, quien gobernaría por un mes mientras una sesión conjunta de las cámaras legislativas elija un Presidente de la República que complete el lapso faltante del actual período presidencial. Así el gobierno recaería en la persona del actual Presidente del Senado, hombre del partido del Presidente, y quien en un mes puede hacer mucho porque a éste se le trate con consideración.

El Congreso debería elegir entonces a un venezolano o venezolana que mejor pudiera presidir, como un gran juez, y durante los años inminentes, la necesaria etapa de justicia. Es difícil señalar a una persona más idónea que Rafael Caldera Rodríguez.

Nuestro Senador Vitalicio, el pacificador de fines de los años sesenta, el experimentado estadista, conocedor como pocos del reparto de la escena política nacional, el hombre mesurado y discreto, parece ser el escogido para satisfacer tan delicada necesidad de la República. Los que no han estado en su tolda política saben que siempre los respetó. Y el que se halle ahora distanciado de los que sí están significa que poco pesarían sobre él las tentaciones de favorecer a copartidarios. Caldera sería garantía, como lo ha demostrado una vez más recientemente, de que las clases populares, eufemismo que denota nuestra pobreza, se mantuviesen lejos de la desesperanza. Caldera es el político hecho a la medida del problema. Caldera es el antirobespierre que necesitamos, que el Presidente necesita.

Porque el Presidente requiere garantías de un sucesor equilibrado.

Es más, si el Senador París Montesinos no desease asumir la Presidencia por un mes, se da la buena fortuna de que, de una vez, el Senado de la República puede elegir Presidente a uno de sus más ilustres miembros: el doctor Rafael Caldera.

Luego de que culminase el período que le habría tocado concluir al Presidente, dentro de unos dos años, ya estabilizado por la mano experimentada del Senador Caldera, el país podría optar nuevamente entre varios candidatos a presidir su gobierno.

El Presidente, desentendido ya del abrumador acoso que pesa sobre su sueño, seguramente podría encontrar otros modos de ayudar al país, como, por ejemplo, favoreciendo de manera decisiva la integración latinoamericana. Más de una vez habrá sentido fuerte molestia al revertir decisiones que en su anterior gobierno le causaron orgullo. Seguramente nadie como él lamenta la marcada pérdida de soberanía nacional en su segunda oportunidad como Jefe de Estado. Nadie podría afirmar que el Presidente no ha trabajado muy intensamente, buscando salidas.

Pero la cuestión ahora es si el Presidente la tiene. Pudiera argumentarse que el caso es afirmativo. Pero no parece fácil. Por problemas menores que los que enfrenta el Presidente, Isaías Medina fue derrocado. No pudo nunca recuperar sus derechos políticos. En cambio, Richard Nixon todavía influye en la política mundial y de su país, porque tuvo la sabiduría de, por menos que lo que acongoja al Presidente, renunciar a la presidencia de los Estados Unidos.

El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal.

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