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Era el año de 1964. Como todos los años, como en todas las universidades, la comunidad estudiantil de la Universidad Católica Andrés Bello se aprestaba para elegir las directivas de sus centros de estudiantes y de su federación de centros. Por aquella época el editor de esta publicación era independiente, aunque de tendencia socialcristiana. Algún trabajo hecho por mí en el seno del Movimiento Universitario Católico de las universidades de Mérida y Central de Venezuela, llevó a Eduardo Fernández, entonces Secretario General de la Juventud Revolucionaria Copeyana, a pedirme que coordinara un comité de cinco personas que manejaría la campaña de los candidatos copeyanos en esas elecciones de la UCAB de hace treinta años.

Por aquella época el grado de participación de la “base” en las decisiones de COPEI era bastante menor que la que es posible hoy, por lo que la determinación de quién sería el candidato del partido a la Presidencia de la Federación de Centros de Estudiantes estaba prácticamente en manos del Secretario General de la JRC. Cuando faltaban cuarenta y ocho horas para el cierre de la inscripción de planchas, COPEI todavía no había determinado la persona que sería presentada como candidato a esa posición de dirigencia estudiantil y tampoco existía ni una sola línea escrita o pensada respecto del programa que ese candidato inexistente presentaría al electorado como su oferta de trabajo.

Ante esta situación reuní en mi casa paterna, en Las Delicias de Sabana Grande (relativamente vecina a Punto Fijo, la casa de la familia Caldera) a dos de los miembros del comité copeyano de coordinación electoral de la UCAB, los hoy economistas Alejandro Suels y Rafael Peña. (Los restantes dos jamás trabajaron en nada). Allí les planteé que a mi juicio constituía una irresponsabilidad del partido presentar un candidato a última hora e improvisar a toda prisa, en la última madrugada del plazo, un programa de actividades. Eso era, dije, muy poco serio y por tanto contrario a toda ética política o, por lo menos, a la ética política que COPEI, en tanto partido demócrata cristiano, decía sustentar. Mi argumentación resultó persuasiva, por lo que Alejandro y Rafael estuvieron de acuerdo con mi siguiente proposición: que COPEI se abstuviera de presentar candidato a la Presidencia de la Federación de Centros, restringiéndose a presentar candidaturas a los centros de estudiantes de cada facultad, donde sí podía hablarse de un trabajo meritorio y una preocupación real por los problemas estudiantiles.

Al conocerse esta decisión en la jefatura de la JRC, naturalmente estalló una reacción inusitada. Comenzó a verse por los pasillos de la UCAB la figura de dirigentes copeyanos que no la visitaban desde hacía más de un año: Luis Herrera Campíns (a la sazón coordinador de las fracciones universitarias de COPEI), Edecio La Riva Araujo, y varios otros. Quien definitivamente no apareció por allá fue el Secretario General de la JRC, Eduardo Fernández. En cambio, ordenó la celebración de una asamblea de militantes copeyanos de la universidad, que presidió Adel Muhammad, como medio de buscar una salida a la crisis planteada.

Muhammad, quien hoy funge como Secretario de la Cámara de Diputados y antes como Presidente de CORPORIENTE durante el gobierno de Herrera Campíns, identificó el origen del problema en que Alejandro Suels y yo tendríamos una “concepción beatífica de la política”. Pedí la palabra, mientras blandía en una mano el libro de Enrique Pérez Olivares, Principios de la Democracia Cristiana. Expliqué que COPEI me había pedido que yo impartiese cursos sobre este tema principista a nuevos militantes del partido, y que en tales cursos el libro de Pérez Olivares era el libro de texto. Busqué en el capítulo de “principios para la acción” y leí lo correspondiente a “moral política”, moral sin la cual una organización demócrata cristiana no lo sería. Recuerdo también haber preguntado en esa reunión de hace treinta años, retóricamente: “Si no se hace caso a este principio de moral política, ¿qué diferencia entonces a COPEI de Acción Democrática?”

Sorprendentemente, un joven copeyano, que décadas más tarde ocuparía un puesto de Director en el Ministerio de Transporte y Comunicaciones del gobierno, otra vez, de Luis Herrera Campíns, (no lo identificaré en vista de la enormidad de lo que sigue), se levantó para proponer una solución práctica al problema. Su proposición consistía en redactar, reproducir y distribuir al estudiantado ucabista un comunicado en el que debía decirse que el retraso en la presentación de la candidatura copeyana se debía a maniobras obstruccionistas en el seno de la Comisión Electoral de la UCAB (su Consejo Supremo Electoral), la que estaría controlada por los oponentes. (Por aquellos años sólo había en la UCAB dos movimientos de cierta importancia: COPEI o Plancha 4, y la Plancha 2, de tendencia neoliberal y propiciada por Pedro Tinoco y la Electricidad de Caracas de la época, entre cuyos más notables miembros se encontraban los hoy doctores José Antonio Abreu y Marcel Granier. El candidato de la Plancha 2 a la Presidencia de la Federación de Centros era el bachiller Roberto Wallis Olavarría).

Obviamente, lo propuesto por el astuto protofuncionario de Herrera Campíns era una patraña, una vulgar calumnia, pues no otra cosa que la desidia copeyana era la razón del retraso en la postulación. En vista de la proposición pedí de nuevo la palabra para decir que si tal comunicado se redactaba y repartía yo mismo tomaría un megáfono para vocear por toda la universidad la falsedad del documento. Acto seguido, me retiré de la asamblea y pocos días después hice saber de mi apoyo a la candidatura de Roberto Wallis.

Este comunicado, por supuesto, nunca llegó a redactarse. COPEI presentó a su candidato a última hora, quien, como era de esperarse, resultó a la postre derrotado. Lo sintomático, sin embargo, era que un militante de COPEI pudiera con total libertad hablar en una asamblea del partido y proponer una cosa tan contraria a los principios de su doctrina sin que a nadie se le ocurriera pedir su pase inmediato al Tribunal Disciplinario.

 

“Lo único inmoral es no ganar”

Hace ya treinta años, pues, se presentaban en COPEI episodios de una dolencia que sus dirigentes no supieron nunca resolver, como nunca pudo ningún otro movimiento político en Venezuela y en muchas otras partes del mundo: la suplantación de la política por la polémica, la identificación de política y combate.

En otra parte relato una entrevista con Oswaldo Álvarez Paz, a comienzos de 1983, durante la campaña que Jaime Lusinchi ganara a Rafael Caldera:

Álvarez Paz me recibió una tarde en el cuartel general de la urbanización El Bosque. Acusaba el impacto de los traumáticos anuncios del 18 de febrero, más brumario que aquel 18 francés. Su saludo consistió en las siguientes palabras: «Luis Enrique, dime cómo vamos a ganar esta campaña, porque así como anda vamos a perder con toda seguridad». Repetí las escuetas líneas de mi análisis: estamos a las puertas de una profunda crisis que debe ser asumida por Rafael Caldera; Rafael Caldera confrontará un problema principal de campaña en su relación con el gobierno del presidente Herrera; habrá que decidir un curso radical ante este asunto, o defensa decidida o deslinde completamente claro. Quedamos en que desarrollaría por escrito esos conceptos, así como también describiría un nivel más operativo compatible con la lectura estratégica, en la que no diferíamos grandemente, salvo en el punto de la viabilidad de la defensa del gobierno. En su opinión, una mejoría en la imagen del gobierno no favorecía en nada a la candidatura de Caldera, aunque un deterioro de la imagen gubernamental sí le afectaría negativamente. Le recordé que una reciente encuesta en el Área Metropolitana de Caracas todavía mostraba una muy considerable proporción de entrevistados que eran renuentes a calificar la actuación del Presidente como mala o muy mala. (La encuesta en cuestión, de marzo de 1983, arrojó los siguientes resultados: opinó que el gobierno era «muy bueno» el 4% de los encuestados, «bueno» el 14%, «malo» el 17%, «muy malo» el 14% y «regular» casi el 50%. Claramente, sólo un 31% había cruzado la raya hacia el juicio definitivamente negativo). Allí había un punto de partida para una enérgica acción de viraje en el planteamiento de campaña, hasta entonces centrada en el  prestigio de Caldera, el que hacia 1981 había alcanzado niveles cercanos a un 80% de venezolanos creyentes en él como el mejor presidente de la etapa democrática. Durante esta entrevista llegué a pensar que Álvarez Paz, quien mostraba cierta renuencia a aceptar la totalidad de mis planteamientos, pudiera estar convencido de la indignidad del gobierno de Luis Herrera. Así se lo pregunté. Fue la primera vez que Oswaldo Álvarez Paz me dijera: “Lo único inmoral es no ganar”.

Pocos años después, ya con Lusinchi en el poder, Álvarez Paz se destacaba por sus declaraciones en la prensa en las que abogaba por una remoralización de COPEI, aduciendo que había que regresar a los orígenes del partido, lo que venía a ser una añoranza arquetípica de una supuesta edad de oro copeyana.

Una formulación casi idéntica se constituyó en lema del Congreso Ideológico de COPEI del Distrito Federal, en 1986, clausurado el 20 de septiembre de ese año por Eduardo Fernández, como Secretario General del partido. El lema del evento, que antecedió por pocos días al Congreso Ideológico Nacional, era “Al rescate de la diferencia”. En términos escuetos, la tesis resumida en el lema aludido era la siguiente: COPEI se ha “adequizado”, se ha pragmatizado. Ha abandonado los principios en favor de los resultados en términos de poder obtenido. Es preciso rescatar los principios que diferencian a COPEI de Acción Democrática. Es necesario rescatar la diferencia.

Sin embargo, ocho días después el propio Eduardo Fernández clausuraba otro evento interno, esta vez una reunión de profesionales copeyanos, en la que proponía que COPEI definiera de una vez quién sería su candidato presidencial porque Acción Democrática ya tenía la candidatura de Octavio Lepage en la calle, no sin antes haber exhortado a los profesionales y técnicos de COPEI a desarrollar “una vida gremial activa”, a pesar de que un año antes había dicho en la COPRE que la presencia de los partidos en los gremios y otras “organizaciones intermedias” muchas veces desvirtuaban los fines de éstas.

Obviamente, Lepage no era el candidato presidencial de su partido en ese momento ni lo fue nunca, era sólo un precandidato. Bastaba que Fernández dijera que presentaría a los copeyanos su candidatura a la candidatura presidencial copeyana, si es que contaba con profundas razones para creer que tal declaración se hacía necesaria por el hecho de que Lepage hubiese mostrado sus intenciones. Nada de eso era necesario, como tampoco el dispendio de la campaña desatada horas después de esa declaración, en afiches en color colocados en varias partes de la geografía venezolana; en cuñas televisadas actuadas; en la insistencia en identificarse con la imagen, concepto y asociaciones mentales de un tigre. Este solo hecho de su identificación tigresca como proposición primera, horas antes de inaugurarse un congreso ideológico nacional, tenía que inducir a Rafael Caldera a graves sospechas sobre la forma de priorizar de Eduardo Fernández, si es que por ese entonces Rafael Caldera no tenía motivos explicables para negar a Eduardo Fernández el derecho a postularse.

Eduardo Fernández eligió un pésimo creativo de campaña en Luis Alberto Machado, el que, si no fue el inventor del símbolo del tigre, por lo menos su predicador más afirmativo. Todo a pesar de que Conciencia 21, organización de asesoría política del ámbito copeyano, realizó sesiones de grupo—focus groups—sobre las asociaciones animales que Eduardo Fernández producía en los asistentes, en las que los felinos brillaban por su ausencia y en cambio más de una vez se mencionaba a conejos y morrocoyes.

¿Qué podía pensar el país de un político que considerase que en 1986, cuando ya el poder adquisitivo del bolívar se había reducido al 58% del valor de 1984, lo más importante y lo primero que debía hacer un protocandidato presidencial era gastar mucho dinero en el intento de convencernos de su parecido con un tigre?

El timing, por lo demás, evocaba la secuencia de Pearl Harbor, cuando el gobierno japonés instruyó a su embajador para que enterase al gobierno norteamericano de su declaración de guerra media hora antes del ataque a miles de kilómetros de distancia. Acá Eduardo Fernández proponía su candidatura veinticuatro horas antes de la avalancha de su exhibición publicitaria, la que obviamente había sido preparada con bastante anticipación. Para el animista asesor de Fernández, el ex ministro de la “inteligencia” de, otra vez, Luis Herrera Campíns (y antes Secretario de la Presidencia de Rafael Caldera), el tigre comería por lo ligero. Ese fue, sin duda, un punto muy bajo en la política copeyana determinada por el Secretario Nacional de COPEI de 1986. En las campañas de Caldera, sobre todo en la de 1968, que ganó, se había colocado énfasis en los “técnicos copeyanos”, que naturalmente indicaba una preocupación por lo programático. Ahora se estaba en una época en la que lo más importante era el “mercadeo político”, el manejo de imágenes y la manipulación descarada de la psiquis de los Electores venezolanos.

Estas no habían sido las únicas instancias de un estilo de Realpolitik. Previamente el episodio del “maletinazo” con el que se dijo se habría comprado votos para la candidatura presidencial de Lorenzo Fernández, había manchado el hasta entonces relativamente impoluto historial verde de ética política. Personajes herreristas de la época del gobierno de Luis Herrera Campíns admitían en privado que prácticas parecidas habían sido empleadas por el ala no calderista con ocasión de elegir a Pedro Pablo Aguilar, cercano por ese entonces a Herrera, como Secretario General de COPEI durante el primer gobierno de Rafael Caldera.

No es fácil, pues, establecer quién tiró la primera piedra en este juego de pragmatismo maquiavélico. Lo cierto es que ya para la campaña de Eduardo Fernández en 1988 COPEI disponía de un “laboratorio de guerra sucia” como componente importante del aparato. Allí se propuso, por ejemplo, elaborar una lista de “homosexuales adecos” con fines de descrédito y hasta llegó a redactarse una “carta de Piñerúa” por la época en la que este personaje había dejado entrever que enviaría un documento denunciador de corrupción en Acción Democrática al CEN de su partido.

En la campaña de 1993, seguramente los métodos se hicieron más sofisticados. Un personaje afecto a Oswaldo Álvarez Paz confesó cándidamente a este editor que las oficinas que un equipo de programa de la campaña de Caldera usaba en el edificio Tecoteca de la avenida Francisco de Miranda estaban siendo intervenidas y “monitoreadas”, en el mejor estilo Watergate. Lo interesante es que su comentario se ofrecía con gran alegría, en busca de mi aprobación por tan “astuta” conducta.

 

Los planos de mediación

Si el estilo inconfundible de la Realpolitik, de la política del poder por el poder, pudo entronizarse en tal grado en la práctica de la dirigencia copeyana, eso fue posible gracias al anquilosamiento de la función ideológica socialcristiana. En términos sobresimplificados, el esquema de actuación del político copeyano, en especial de su dirigencia, consistía en conocer los principios de la democracia cristiana—contenidos, como se ha explicado aquí antes, en el libro de Pérez Olivares y en la obra posterior de Rafael Caldera: Especificidad de la Democracia Cristiana—, procurarse un adiestramiento retórico y de oratoria y manejarse dentro de los estatutos y reglamentos del partido, anotándose en alguno de los “ismos” determinados por el liderazgo de alguna figura en particular: calderismo, herrerismo, eduardismo, oswaldismo. El supuesto simplista de este esquema residía en la idea de que los principios funcionarían como axiomas geométricos, a partir de las cuales sería posible deducir la política concreta.

Es así como, tan tarde como en 1985, Eduardo Fernández y Gustavo Tarre Briceño entendían las labores del Congreso Ideológico Nacional como partiendo de un “nivel filosófico-principista” e incluyendo un “nivel de la política concreta”. Ambos niveles, pensaban, requerían un “puente sociológico” que les comunicase, lo que revelaba la dificultad con la que se habían topado: la incomunicabilidad entre principios y práctica política.

El problema era éste: no bastaba reflexionar intensamente sobre, digamos, el principio de la dignidad de la persona humana para extraer deductivamente una solución al problema de la deuda externa que fuese una solución demócrata cristiana.

Esa creencia en una relación deductiva entre principios y política es un rasgo bastante común del paradigma político clásico, y se manifestaba con particular intensidad en el pensamiento de los líderes de la democracia cristiana venezolana. Un destacado ejemplo lo constituyó el debate sobre el “agotamiento del modelo de desarrollo venezolano”, tema de moda por los comienzos de la década de los ochenta y en el que terció el Dr. Rafael Caldera con una tesis bastante típica de las formulaciones clásicas. Caldera argumentó, desde un discurso pronunciado en tierras mexicanas, que no era cierto que el modelo de desarrollo venezolano hubiese caducado; más bien, por lo contrario, el asunto era que no había sido llevado a la práctica, y que debía buscarse la descripción del susodicho modelo en el Preámbulo de la Constitución Nacional de 1961.

Una postura idéntica podía encontrarse en muchos otros discursos como, por ejemplo, en la estereotipada conferencia sobre “objetivos nacionales” del curso del Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional: “Los Objetivos Nacionales se dividen en Objetivos Nacionales Permanentes y Objetivos Nacionales Transitorios. Los Objetivos Nacionales Permanentes están enumerados en el Preámbulo de la Constitución Nacional”.

Vale la pena transcribir acá el texto pertinente del Preámbulo de la Constitución:

“…con el propósito de mantener la independencia y la integridad territorial de la Nación, fortalecer su unidad, asegurar la libertad, la paz y la estabilidad de las instituciones; proteger y enaltecer el trabajo, amparar la dignidad humana, promover el bienestar general y la seguridad social; lograr la participación equitativa de todos en el disfrute de la riqueza, según los principios de la justicia social, y fomentar el desarrollo de la economía al servicio del hombre; mantener la igualdad social y jurídica, sin discriminaciones derivadas de raza, sexo, credo o condición social; cooperar con las demás naciones y, de modo especial, con las repúblicas hermanas del continente, en los fines de la comunidad internacional, sobre la base del recíproco respeto de las soberanías, la autodeterminación de los pueblos, la garantía universal de los derechos individuales y sociales de la persona humana, y el repudio de la guerra, de la conquista y del  predominio económico como instrumentos de política internacional; sustentar el orden democrático como único e irrenunciable medio de asegurar los derechos y la dignidad de los ciudadanos, y favorecer pacíficamente su extensión a todos los pueblos de la Tierra; y conservar y acrecer el patrimonio moral e histórico de la Nación…”

Obviamente el texto que antecede es un recuento de valores y criterios más que de objetivos, por lo que difícilmente puede llamarse al Preámbulo de la Constitución de 1961 un “modelo de desarrollo”.

Ante tales dificultades llegó a hacerse doctrina del Instituto de Formación Demócrata Cristiana, IFEDEC, fundado por Arístides Calvani, la existencia de unos “planos de mediación”: pisos sucesivos de concreción mediante los cuales sería posible “descender” del techo de los principios hasta la planta baja de las políticas específicas. El invento era una elaboración de tesis formuladas en Chile, hacia la época de los años sesenta, por el padre jesuita Roger Vekemans, de gran influencia ideológica en la democracia cristiana continental.

Tales elaboraciones no hacían otra cosa, por supuesto, que complicar el problema, introduciendo una serie de pasos conceptuales que equivalía a “correr la arruga” una y otra vez. Una formulación alternativa, que les fue ofrecida, no contó con mucha acogida. (En 1985 ya les había sugerido que los valores no debían ser vistos como “objetivos”, sino como criterios de selección de tratamientos políticos. La idea subyacente, en este caso, es que la política no se deduce sino que se inventa. Frente a un determinado problema surge—dependiendo del “estado del arte” de las disciplinas analíticas—un grupo de soluciones diferentes, ante las que los valores son útiles para escoger aquella solución “más democrática” o “más justa” o que mejor parada deje a la “dignidad” o, a lo Moronta, a la “centralidad de la persona humana”).

Pero esta bizantina salida de postular la existencia—inobservable—de unos supuestos “planos de mediación” no obstaba para que en IFEDEC se admitiera que en política era inevitable “derramar sangre”, por lo que además del discurso principista y ético se manejaba una soterrada autorización a la práctica de la Realpolitik.

 

Divisiones copeyanas

A esta tensión entre principios y acción concreta debe sumarse, naturalmente, la tensión competitiva natural entre personalidades y liderazgos, entre estilos y “culturas” políticas. Tal mezcla ha conducido, desde hace mucho tiempo, a la emergencia de conflictos grupales de los distintos gajos personalistas de COPEI, determinantes de sus divisiones. Son divisiones peculiares y propias de los copeyanos, muy distintas de las divisiones históricas de Acción Democrática. (MIR, ARS, MEP).

El tiempo tiende a modificar la percepción. Seguramente hubo tensiones en COPEI antes de 1958—la más recordable es la lucha entre Pedro José Lara Peña y Rafael Caldera, en la que el primero terminó siendo expulsado de COPEI por “perezjimenizta” (este editor desconoce los hechos)—, pero desde aquel año de ruptura política en Venezuela no hubo otra división que no fuera la distinción ideológica entre “astronautas”, “avanzados” y “araguatos” en COPEI.  (La Dra. Dinorah Carnevali de Toro Hardy ha descrito la estructura del conflicto en Araguatos, Avanzados y Astronautas. COPEI: conflicto ideológico y crisis política en los años sesenta).

Desde cierto punto de vista, los avanzados venían siendo el “centro” de COPEI, puesto que “astronauta” designaba a lo más “comunista” del partido (en terminología copeyana “comunitario”) mien­tras que los “araguatos”, si no exactamente, tendían a significar algo así como “los conservadores, los godos que rodean a Rafael Caldera”.

Los “avanzados” eran una posición “intermedia” que debía ser la posición ideológica de Rafael Caldera, si es que uno fuera a guiarse por sus propias palabras, pues en el mitin de cierre de su campaña de 1963, una noche de diciembre, definió a COPEI como “partido de centro-izquierda”. No era Caldera, sin embargo, el polo de referencia de los “avanzados” sino la doble figura de alguien menos comprometido, Luis Herrera Campíns, y de alguien más comprometido, Rodolfo José Cárdenas. Al no materializarse la división, sino más bien la salida de un núcleo de “astronautas” y alguno que otro “avanzado”, quedaba sólo una línea de fractura posible, que fue a darse entre Luis Herrera Campíns y Rafael Caldera.

El gobierno ocupa. El gobierno deja poco tiempo para ocuparse del patio del partido. Caldera no podía, en 1969, ocuparse personalmente de los asuntos de COPEI; no podía encargar tal misión a Lorenzo Fernández, su segundo en el mando, pues lo necesitaba en el Ministerio de Relaciones Interiores; su pupilo, el Secretario del Consejo de Ministros Eduardo Fernández, estaba demasiado jojoto. No pudo evitar lo que no le gustaba demasiado: Pedro Pablo Aguilar a cargo del partido. Ya la competencia Caldera-Herrera se había manifestado en COPEI, pero Luis Herrera Campíns no podía acceder directamente a la Secretaría General. Aguilar era una suerte de “araguanzado” que movería el partido para defender todo lo que Caldera decidiera en el gobierno, al tiempo que trabajaría para la candidatura de Herrera contra la de Lorenzo Fernández.

La escisión Herrera-Caldera dominó el período de 1979 a 1984—el período presidencial de Luis Herrera Campíns—y determinó buena parte del rendimiento gubernamental, aunque la calidad del gobierno de Herrera tiende más bien a darle la razón a Caldera. Si el primer gobierno de Caldera no había logrado despertar el entusiasmo, por lo menos no causó, como el único gobierno de Herrera, la vergüenza verde.

La siguiente división copeyana tuvo como campeón en defensa del título a Rafael Caldera, al retador en Eduardo Fernández. Fernández había comandado la campaña postherrerista de Caldera en 1983 y maniobrado después para emerger airoso entre calderistas y herreristas en 1984 y tentar a Caldera a partir de ese mismo año.

En 1984 se hizo un acto controlado por Eduardo Fernández, al que fue invitado Rafael Caldera, para declarar abierto el proceso preparatorio de un “congreso ideológico de COPEI”. El maestro de ceremonias de ese acto, obviamente en función de los objetivos polémicos de Eduardo Fernández, fue quien hoy en día le combate: Paciano Padrón.

Caldera asistió al evento acompañado de su esposa. Su entrada fue muy aplaudida, pero fue anterior y significativamente menos aplaudida que la triunfal entrada de Eduardo Fernández, igualmente acompañado por su esposa. Eduardo Fernández tomó la palabra y asestó con ella, ante el alborozo de la audiencia, el florentino golpe de puñal: recordó a Rafael Caldera, y a los asistentes, las palabras que éste había pronunciado al admitir su derrota ante Jaime Lusinchi: “El pueblo siempre tiene la razón”.

A partir de allí la lucha estaba planteada. La culminación de la misma pareció estar en la celebración del Congreso Presidencial de 1987 en el Poliedro de Caracas, una de las más queridas obras de Rafael Caldera, en la que una derrota más para él generó una nueva frase famosa: “Paso a la reserva”. Esta vez Fernández ya no evocaba al embajador japonés ante Washington en diciembre de 1941, sino a Adolfo Hitler, que hizo que los franceses firmaran en 1940 su rendición en el mismo vagón de tren, en el mismo bosque de Compiègne, donde los alemanes fueron rendidos en 1918.

Como antes con Luis Herrera Campíns, Rafael Caldera no explicó nunca por qué se oponía a Eduardo Fernández. Se limitó a argumentar por qué Caldera debía ser de nuevo el candidato copeyano en 1988. Es así como recibe una derrota más contundente que la que Jaime Lusinchi le había propinado en 1983 en términos porcentuales, a manos de su pupilo más destacado. Los resultados posteriores indicarían que Caldera jamás se rindió, que su derrota no había sido definitiva. Hoy el derrotado en COPEI, de forma más abrumadora aún, es Eduardo Fernández. Por cada diez copeyanos que reconocen a Rafael Caldera como su líder, uno reconoce a Eduardo Fernández.

Tal vez si COPEI hubiera adoptado en 1987 (como lo sugerí en 1986) el método que dirimió la lucha por la candidatura oficial en 1993—las elecciones primarias abiertas—las posibilidades de recuperación de Rafael Caldera hubieran sido menores, como mayores las posibilidades de Eduardo Fernández en la campaña de 1988 contra Carlos Andrés Pérez. Pero Eduardo Fernández tiende a llegar tarde a la política, y no propuso las primarias hasta 1991, al menos cinco años después de que le fuesen sugeridas. Del mismo modo se atrasó en su separación de la Secretaría General de COPEI, que abandonó en el último momento, y no del todo, a comienzos de 1993, aunque se le hizo llegar la idea a fines de 1991.

Las primarias de COPEI se realizaron el 25 de abril de 1993. Oswaldo Álvarez Paz derrotó ampliamente a Eduardo Fernández, luego de que los financistas de Fernández llegaran a la conclusión de que Álvarez tenía más chance que Fernández para frenar a Caldera. Se anunció que había votado un total cercano a los dos millones y medio de venezolanos en las primarias copeyanas; la votación real no llegó a exceder los novecientos mil sufragios. Por un lado, los resultados—tanto los reales como los inflados—daban hasta cierto punto la razón a Fernández, en el sentido de que él no tenía “entubado” el proceso electoral copeyano. Por el otro, resultaba elegido su contendor interno más notorio quien, hasta cinco meses antes de las primarias había ofrecido su apoyo a la candidatura de Caldera si éste presentaba su opción dentro de las filas de COPEI.

Lo cierto es que ahora COPEI se encuentra en situación harto difícil: poco antes del proceso electoral de 1993 estableció una suerte de exclusión sin expulsión de Rafael Caldera de sus filas, pero la militancia copeyana no reconoce a otra persona como su líder nacional. En encuesta publicada en la prensa nacional el pasado 27 de septiembre, se interrogó a una muestra de 702 militantes de COPEI del Estado Carabobo. Caldera aparece mencionado como el líder nacional de COPEI en el 54,4% de las respuestas. Su más cercano seguidor, Luis Herrera Campíns, es mencionado sólo en el 6,8% de las respuestas y Eduardo Fernández y Oswaldo Álvarez Paz son mencionados el 5% y el 3,7% de las veces, respectivamente. El actual Secretario General de COPEI, José Curiel, es señalado como líder nacional por el 3,8% de las respuestas, mientras que el Presidente, Hilarión Cardozo, es señalado en el 1,6% de las mismas.

Luis Herrera Campíns comentó estos resultados al día siguiente de aparecer las cifras publicadas, para sugerir que COPEI debía ya de una vez por todas olvidarse de Rafael Caldera puesto que éste no está en el partido, lo que indica una propensión manifiesta a negarse a aceptar las realidades verdes y una intención de proyectarse desde ya, sobre el exiguo segundo lugar de menos de 7% de reconocimiento, como el próximo candidato presidencial de COPEI. En cambio, Paciano Padrón, que sigue muy de cerca a Herrera en el orden de preferencias, ha declarado abiertamente que “tocará el corazón de Caldera” para que acepte el reconocimiento de COPEI a éste como su líder máximo. Según la misma encuesta, Padrón duplica las preferencias a favor de José Curiel para la elección de Secretario General del partido. (Padrón, 30,2%; Curiel, 13%. Bastante más lejos se ubican Donald Ramírez, con 4,8% y Agustín Berríos con 0,3%).

Si esta encuesta realizada en el Estado Carabobo no ha sido amañada ni adulterada, si puede considerársela representativa de la distribución de las preferencias en el nivel nacional, entonces COPEI debe enfrentar un serísimo problema, puesto que los resultados de la consulta equivalen a una carencia casi total de legitimidad sociológica por parte de las actuales autoridades del partido. Los militantes copeyanos estarían diciendo muy claramente que el actual Comité Nacional de COPEI no es reconocido por las “bases”.

 

Reingeniería de COPEI

Tan deterioradas condiciones hacen pensar sobre las posibilidades reales de que COPEI se salve como organización ¿Es Paciano Padrón el hombre que puede conducir un proceso de reingeniería del partido?

A mediados de la década de los ochenta varias voces copeyanas expresaron la idea de que COPEI debía “volver a sus orígenes”. Oswaldo Álvarez Paz fue posiblemente el más elocuente expositor de esa noción. Vista en términos generales, se trata de una posición conservadora y tradicional. Las organizaciones humanas, en especial las políticas, deben mirar más al futuro que hacia el pasado. Los líderes que pedían un regreso a la “época dorada” de los comienzos se mostraban, en consecuencia, incapaces de formular una metamorfosis futurista del partido COPEI.

Pero hay un sentido en el que pudiera darse la razón a la proposición de Álvarez Paz, hay un sentido en el que lo indicado pudiera ser una vuelta al comienzo. A la fundación de COPEI, estas siglas designaban a un “Comité de Organización Política Electoral Independiente”. La designación de partido “socialcristiano” o “demócrata cristiano” fue una consideración posterior aunque, naturalmente, respondió a la ideología predominante entre los miembros fundadores, provenientes de institutos de educación católica. COPEI podría volver a pensarse a sí mismo como un comité de operaciones políticas y electorales, dejando a la dimensión personal de sus militantes el problema ideológico y ético de guiarse en la acción política por un código de criterios de inspiración cristiana o, más concretamente, de inspiración en la doctrina social de la iglesia católica.

Es decir, COPEI no insistiría en una aglutinación ideológica tan “integrista” como llegó a plantearse a partir de los años sesenta, conformándose con establecer un “límite socialcristiano”. Esto es, abandonaría toda esperanza de deducir políticas a partir de primeros principios y en cambio rechazaría toda política que fuese incompatible con el código de valores del socialcristianismo.

De resto, se presentaría al país, desnudo de toda falsa retórica, como lo que realmente es: como una plataforma electoral al estilo de los partidos políticos norteamericanos. De hecho, los cambios introducidos por Eduardo Fernández, a quien es justo reconocerle importantes esfuerzos de “modernización” del partido, han ido en la dirección de una “norteamericanización” de COPEI, con la adopción del sistema de primarias abiertas y un incipiente reconocimiento de la inconveniencia de conjugar en una misma persona la Secretaría General y la candidatura presidencial. Los presidentes norteamericanos, los candidatos presidenciales estadounidenses, no tienen un origen en el aparato profesional partidista de los operadores políticos demócratas o republicanos.

Así, la dimensión ideológica, el compromiso con un código de valores, quedan en la esfera de la persona individual. Rafael Caldera no puede, como no podrían Luigi Sturzo o Konrad Adenauer redivivos, garantizar que un contingente humano heterogéneo, como es la militancia copeyana, va a comportarse “socialcristianamente”. Él puede garantizar esa conducta únicamente de sí mismo.

Si estuviera planteado para COPEI seguir el camino descrito, si fuese lo indicado “norteamericanizarse” en el sentido expuesto, entonces un siguiente paso sería abandonar también la idea de que el partido en sí debe tener un “programa”. No existe como tal el programa del partido demócrata o el del partido republicano en los Estados Unidos. En cada contienda electoral emergen los programas o “plataformas” de los candidatos y precandidatos: el de Bush, el de Mondale, el de Reagan, el de Clinton. El problema del programa se remite, de este modo, a la decisión de los Electores, y no se pretende presentarlo, prefabricado y listo, desde la labor de ideólogos profesionales reunidos en “congresos ideológicos”, y mucho menos presentarlo como “proyecto histórico” de un plazo tan largo que en sí constituye una pretensión anticientífica en épocas tan turbulentas y variables como las que vivimos.

El futuro es plural, el futuro es ramificado. No todas las ramas del futuro de COPEI son desastrosas. Al menos es concebible que, después de una serie tan larga de traspiés y fracasos electorales, COPEI esté dispuesto a la metamorfosis y el aprendizaje. Nuevas tesis surgen en su seno, como la idea de convertir a COPEI en un “partido federal”, lo que sería un medio de diluir o atenuar su actual patrón centralista.

Lo que sí parece ineludible es la desaparición del grupo dirigente actual de los puestos de comando de la organización. En un partido en el que menos del 4% de la militancia reconoce a los miembros de su Comité Nacional, al Presidente y al Secretario General como líderes nacionales, sería suicida intentar la supervivencia de los mismos. Pero también es difícil pensar que Paciano Padrón sea el hombre adecuado para concebir la metamorfosis necesaria, porque su adiestramiento político no difiere en mucho del estilo negociador y combinatorio de la dirigencia tradicional copeyana. Tal vez pueda gerenciarla si busca la formulación conceptual en otro sitio. Si ni siquiera es capaz de hacer esto, COPEI tendría que encontrar al Secretario General de la supervivencia en una persona distinta de Padrón. Quizás en un independiente. No en vano COPEI significa Comité de Organización Política Electoral Independiente.

Y tampoco es concebible que Juan José Caldera sea la figura indicada, por más que su padre sea reconocido por una mayoría copeyana como el líder nacional del partido. El senador Caldera introduciría una pugnacidad inasimilable dentro de las filas de COPEI, si es que va a darse lo que no hace mucho Eduardo Fernández pronosticó: un reencuentro y fusión de Convergencia y COPEI “desde la base”.  En cierto sentido, la “base” de Convergencia es, precisamente, COPEI.

La raíz primigenia de COPEI es conservadora. Cuando surge, en 1946, hacía menos de un año que la revolución del 18 de octubre hubiera desplazado del poder a las generaciones andinas—Castro, Gómez, López Contreras, Medina—que habían gobernado a Venezuela en la primera mitad del siglo. Al emerger COPEI como oposición a Acción Democrática, muchos de los desplazados pusieron la mirada en las banderas verdes. Esto explica por qué los primeros bastiones electorales de COPEI se asentaron, nítidamente, en los estados andinos. Todavía en 1958, COPEI no había logrado prevalecer en algún otro estado fuera de Táchira, Mérida  y Trujillo. Algo del gomecismo, pues, penetró en COPEI. Un gomecismo que perduró también en el grupo del Escritorio Tinoco y el Banco Latino. Tinoco, Andrade, Arcaya, Montenegro, eran todos nombres importantes del régimen de Gómez. Tal vez esa raíz común, junto con la indudable capacidad del Dr. Pedro R. Tinoco hijo, llevó a Caldera, como se ha recordado en esta publicación, a nombrarle Ministro de Hacienda de su primer gobierno.

Ya el país no es tan pequeño, y asiste ahora al fin de la política que fue determinada por los actores de comienzos del siglo XX venezolano y su primera mitad. COPEI debiera entender que esto es así, que todo un estilo polémico de hacer política es claramente insuficiente, y que los Electores, cada vez más conscientes, aceptan cada vez menos los discursos insinceros. Si ya no se cree en COPEI, desde hace tiempo, en un diseño ideológico que cada vez se exhibe menos y con mayor timidez, lo sensato es aceptar esa realidad y representarse ante el país como un simple canal electoral.

Lo que no obsta para reconocer que COPEI ha sido, en balance histórico, una organización beneficiosa al país. No es veraz la interpretación de COPEI como agrupación de personas enteramente dedicadas a las delicadas labores de la corrupción. COPEI es tan sólo una expresión más de la eterna tragedia del poder. COPEI no está conformado por extraterrestres o suizos, sino por un corte transversal de la venezolanidad.

En este sentido, los hombres y mujeres copeyanos, hoy en día en añoranza de su figura paterna, no son ni mejores ni peores que los hombres y mujeres de Acción Democrática, del Movimiento al Socialismo o de la Causa R. No son mejores ni peores que el país, y seguramente buscan una salida de futuro.

La historia nos muestra, con implacable reiteración, la verdad de la falibilidad humana. No existe en el mundo en ninguna de sus épocas un movimiento político, un régimen o concepto gubernamental exitoso que no fuese luego presa de la entropía, de la tendencia al envejecimiento y el deterioro. No hace mucho, por ejemplo, Acción Democrática exhibía un discurso muy similar al de la Causa R y era vista como un partido revolucionario, pues sus raíces fueron, como se reconocía en documentos oficiales de 1958, de cepa marxista. Ahora se le percibe como el partido del status por antonomasia. “La herejía de hoy es la ortodoxia del mañana”.

Pero también es posible al quehacer humano la metamorfosis de sus organizaciones. Para que esto sea posible en COPEI es necesario hacer algo más de lo que traslucen las intenciones y discursos manifiestos de Paciano Padrón. Como con el Estado venezolano, se necesita algo más que apósitos puntuales a una Constitución antigua o unos estatutos superados. Es preciso efectuar todo un proceso de rediseño, de reingeniería. Los tiempos del futuro próximo determinarán si COPEI es capaz de aprovechar una nueva oportunidad de transformación o si desaparecerá como importante factor de la actividad política en Venezuela.

luis enrique ALCALÁ

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