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Durante el primer trimestre de este año se llevó a cabo en Holanda un curso superior de adiestramiento ejecutivo de la compañía Shell, la famosa empresa transnacional del petróleo, una entre aquellas “siete hermanas” que hasta 1973 determinaron el rumbo del mercado petrolero mundial. El curso en cuestión fue ofrecido a unas cuantas decenas de empleados de la Shell provenientes de todo el mundo.

Algunas de las sesiones del curso fueron dedicadas al análisis de las paridades entre diversas monedas del planeta. El bolívar era una de ellas. Para ese momento, la política de control de cambios ya imperaba, lo sabemos, en Venezuela, y fuera del engorroso sistema oficial en el que se obtenían dólares a 170 bolívares, podía conseguirse la moneda norteamericana a un precio que oscilaba alrededor de 230 bolívares.

Cuando se hizo en el curso el análisis del valor que en principio debía tener el bolívar (empleando el criterio de paridades del poder de compra) a los profesores les daban las cuentas un bolívar a 153 por dólar. Según su opinión, la diferencia entre 153 y 170 o 230 sólo tenía una explicación: desconfianza.

Es importante por tanto preguntarse ¿qué es lo que causa la desconfianza?

Ciertamente, podemos atribuir una responsabilidad significativa al Gobierno Nacional, y en este punto creemos que es la combinación de un cierto grado de desorden en las señales emitidas por ministros y altos funcionarios junto con el casi completo silencio por parte del Presidente de la República, la fuente principal de la desconfianza de origen gubernamental. Pero hay otras fuentes igualmente importantes o, tal vez, aún más importantes.

Imaginemos un paciente en grave condición. Está acostado sobre una cama, asaetado por agujas hipodérmicas de todos los calibres, vendado, amarrado, cosido, conectado. Y supongamos que todo el personal médico y paramédico del hospital se agrupa a su alrededor, y que también todos los miembros de su larga familia se hallen presentes, y periodistas, sacerdotes, sepultureros y vendedores de seguros estén también allí, todos hablando en voz alta, opinando, criticando, debatiendo. “Se ve muy mal. Yo vine a verlo ayer y hoy está mucho peor. Ese suero no está goteando casi nada. El adhesivo se le está desprendiendo. Por aquí se está desangrando. Por este lado le está saliendo pus. Qué sala tan horrible, no hay derecho. A mí me han dicho que ese médico es un pirata. A mí me dijeron que bebía. Este paciente no tiene remedio” ¿Cómo pensamos que puede recuperarse un paciente en estas condiciones?

Esta imagen se aproxima bastante a lo que ha sido la comunicación “formadora de opinión” en el proceso venezolano reciente. En una evaluación que hacíamos hace unos años acerca del gobierno de Luis Herrera Campíns destacábamos cuatro factores que gravitaron adversamente en su período. Uno de éstos, sin duda, fue el tipo de oposición que llevó a cabo por ese entonces Acción Democrática, que se encontraba necesitada de recuperación luego del traumático episodio del “Sierra Nevada”. Escribíamos por ese entonces: “La oposición de Acción Democrática también era natural. Si durante un tiempo, por la época del caso «Sierra Nevada», ese partido estuvo deprimido y acomplejado, no tardó en reponerse bajo el liderazgo de Jaime Lusinchi, quien inmediatamente después de la derrota electoral animó a sus copartidarios a reagruparse para continuar en la lucha. Los resultados son, obviamente, correspondientes con esa valerosa postura de rechazo a la rendición. Pero la oposición de Acción Democrática contribuyó en mucho a la conformación de un clima de desconfianza en las políticas económicas del gobierno de Herrera Campíns. Una prédica incesante desacreditaba la bondad de las decisiones, y la participación adeca en el Congreso de la República no le hacía en nada fácil la vida a Luis Herrera”.

El desempeño de los actores económicos tiene mucho que ver con los climas psicológicos y de opinión. Especialmente en una época cuando la economía es dominada por transacciones virtuales, por la emisión de papeles, por las vicepresidencias de finanzas, por las decisiones de jóvenes ejecutivos de cuentas con celular y computador, la evaluación psicológica de las expectativas se convierte en un factor dominante. Y por esto la cacofónica actuación del liderazgo de opinión en Venezuela tiene mucho que ver con el estado actual de su economía. Con la desconfianza a la que se referían los analistas y profesores de la Shell en el curso que mencionamos anteriormente.

Tal vez la enfermedad más grave de la sociedad venezolana es su inclinación, aparentemente inevitable, a criticarse y rechazarse a sí misma. Es una exhortación insistente, permanente, a buscar, destacar y amplificar lo negativo. No es fácil encontrar un tratamiento económico perfecto, y si no, pensemos en los actuales problemas y desequilibrios de México y Argentina, que son los países donde se ha aplicado con mayor fidelidad el recetario ortodoxo al que es renuente el gobierno de Rafael Caldera.

Pero seguramente el mejor tratamiento posible estará destinado al fracaso si alrededor del paciente se congrega un coro de voces histéricas y agoreras para agobiarlo con una cantilena de pronósticos negativos.

Al nivel del ciudadano común repetimos ese patrón de conducta de muchos entre los líderes venezolanos. Repetimos los rumores más estrambóticos y las opiniones más pesimistas. Más grave aún: muchos de nuestros ciudadanos carecen  del escrúpulo suficiente para no aprovecharse de los resquicios de aparatos legales siempre insuficientes. Y entonces un empresario de Maracay avala con su fortuna personal la emisión de 16 tarjetas de crédito a otros tantos obreros de confianza de su fábrica, para tomarlas luego y pararse ante telecajeros de Miami a extraer dólares en efectivo. Luego la culpa es del gobierno.

En gran medida, claro, la culpa es del gobierno. De un gobierno, de un estamento político en general, incluyendo a la oposición, que todavía piensa que el maestro es el “apóstol de la juventud” y que la universidad es “ante todo, una comunidad de profesores y estudiantes en busca de la verdad”, como reza nuestra obsoleta e ineficaz Ley de Universidades. Que supone que es suficiente una exhortación a la solidaridad en el vacío, en ausencia de un esquema estratégico convincente y una visión entusiasmante. Debe ser muy desagradable a un Presidente de la República decir: “Caramba, yo pensé que podíamos contar con el sector privado, y por eso primero intenté salvar a las instituciones privadas bancarias con sus juntas directivas privadas antes de decidir la intervención. Y yo establecí el control de cambios que no quería cuando era un clamor general que se tomara esa medida. Y después comencé a flexibilizar ese control para encontrarme con todo género de trampas y triquiñuelas que consumieron más divisas de lo que sería necesario consumir para la sana marcha de la economía nacional. Ustedes, ciudadanos, se han portado mal conmigo y con el país”. No es muy fácil decir estas cosas desde la Presidencia de la República poco antes de la celebración de unas elecciones.

Las críticas a las decisiones políticas del gobierno comenzaron desde el mismo arranque del período. Los dos primeros movimientos de política económica de Caldera fueron, por un lado, el tratar de obtener una reducción consensual de las tasas de interés con el fin de animar al aparato productivo, intento que fue torpedeado por Ruth de Krivoy; por el otro, un esquema de acciones estrictamente contraídas a la búsqueda de una reducción del gasto público, lo que se dió en llamar el “Plan Sosa”. Pero esto último jamás fue presentado con la pretensión de ser una política económica integral, sino tan sólo un programa parcial dirigido al puntual y loable objetivo de comenzar la lucha contra la inflación por la disciplina del propio gobierno. A pesar de esto, el “plan” Sosa fue criticado porque no era una política económica integral.

Después cobró fuerza el mitocliché de que el gobierno había presentado demasiados planes, porque al “plan” Sosa siguió una presentación, en larga medida no oficial, por Asdrúbal Batista, de un esquema general de política económica. La única vez que el gobierno ha presentado oficialmente algo de alcance global fue cuando, en septiembre de 1994, el Ministro de Hacienda, Julio Sosa Rodríguez, hizo la exposición del “Plan de Estabilización y Recuperación Económica” que fue bautizado como “Plan Corrales” y que, como hemos señalado en esta publicación, contó con la opinión favorable del Banco Mundial y la del propio DirectorGerente del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus, pocos meses más tarde de haber sido dado a conocer. También hemos destacado que el mismo Presidente de la República se refirió (10 de marzo de 1995) a una estrecha vinculación entre este “plan de emergencia” y el IX Plan de la Nación. Y esta secuencia significa que, en el fondo, no hay tal proliferación de planes. A pesar de eso, la inexistente multiplicidad es una de las críticas más proferidas.

Seguramente es posible encontrar importantes defectos en la gestión económica del gobierno de Rafael Caldera, como puede encontrarse en el desempeño de la economía pública de Argentina y México, en la de España, en la de Inglaterra y en la de, si a ver vamos, los Estados Unidos. Pero las limitaciones e ineficiencias de estas políticas económicas se amplifican y agravan con las fáciles profecías autocumplidas de quienes aseguran a priori que nada funcionará.

Esta es una historia más viva, por más reciente, que ese recuento de 1945 hacia atrás, que algunos han logrado transmutar, con un poderoso empleo de recursos comunicacionales, de historia en histeria.

LEA

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