ref

En alguna parte Dennis de Rougemont refiere la experiencia de alguien que creo era  Eugenio Ionesco en Berlín alrededor de 1935. Estaba en Berlín pero no entendía alemán y Hitler le causaba aversión. Pasó por casualidad por un sitio donde Hitler hablaba y se quedó clavado en el punto hasta que el dictador terminó su discurso: magnético, carismático, con una fuerza completamente independiente del significado.

Algo así pasó acá en Venezuela con cada aparición de Juan Pablo II. Casi no importaba lo que decía, tal era la potencia de su aura, de su credibilidad. Miles de personas lloramos emocionados, más de una vez, a lo largo de tres días inolvidables. Ante la dimensión beneficiosa de este impacto toda crítica acerca de costos queda empequeñecida. Ninguna cantidad en ninguna moneda pagaría el bien que el Papa nos hizo con su visita. El más incrédulo de los banqueros, de haber vivido esos tres días, aceptaría un balance en el que cualquier cifra se escribiera para estimar, cosa imposible, el inmenso activo intangible que era Venezuela mientras tuvo al Papa en su territorio.

Y es bueno darse cuenta de que ese activo no se ha esfumado. El Papa fue, en gran medida, tan sólo un catalizador que operó sobre una materia humana que todavía está aquí, que no vino de Roma, sino que vive y sufre acá, pero que también crece acá, todos los días. Es ese pueblo venezolano tantas veces denigrado, menospreciado o despreciado, el que fue capaz de dar un ejemplo teledifundido al resto del planeta, ejemplo de orden y organización, de fe y de optimismo. No aceptemos más nunca, por tanto, el discurso de quienes basan pretensiones políticas o privilegios sociales sobre la falsedad de una supuesta baja calidad del venezolano promedio, la que estaría muy por debajo de las personales cualidades de quienes lo desprecian. Si no hubiera bastado, para desvirtuar tales pretensiones, toda la paciencia exhibida por los venezolanos durante los años recientes, todo el crecimiento de conciencia política en los Electores, la demostración magnífica del 9, el 10 y el 11 de febrero de 1996, en su innegable rotundez, es un mentís definitivo. Los venezolanos estamos orgullosos de lo que hicimos por el Papa, para el Papa y con el Papa.

Seguramente Juan Pablo II no colmó todas las expectativas particulares. No todos tuvieron el protagonismo que deseaban, como en el notorio caso de Irene Sáez, que ahora es cuestionada por un gasto dispendioso que no le rindió los dividendos políticos que esperaba. El Papa tuvo, ciertamente, buenos asesores para esta su segunda visita a Venezuela, y no hubiera sido acertado en absoluto que permitiera la improvisación de una parada no programada en Chacao, porque hubiera sido comprometer de algún modo su carisma con una protocandidata a la Presidencia de la República, que quiso emitir señales que no le correspondían. Ya Irene Sáez se había “robado el show” en Los Teques el día que Mario Moronta asumió la sede episcopal en la capital del Estado Miranda. Por cierto, este popular prelado, de intensa y frecuente aparición por los medios de comunicación del país, tampoco ocupó ningún lugar de preeminencia durante la visita pontificia. De hecho, a los pocos días de culminar la visita, Moronta ya no es el promotor de la causa de José Gregorio Hernández, que al parecer ha sido tomada muy en serio por el Pontífice. El episcopado nacional nombrará en su lugar a otra persona para manejar la promoción, que en los últimos años se había “dejado ganar” por la sorpresiva beatificación de la Hermana María de San José.

Así pues, no todo el mundo obtuvo lo que pretendía obtener, pero quienes no lo lograron son realmente muy pocas personas. La inmensa mayoría del pueblo obtuvo mucho más de lo que esperaba tener, sobre todo cuando no pocos se dieron a criticar, algunos en privado y otros de manera pública, distintos aspectos de la preparación pocos días antes de la llegada del Papa.

Hubo quien no alcanzó a comulgar en La Carlota; allí mismo el Papa no pudo hablar en una improvisación de última hora a causa de una música que le impidió ser escuchado; el “papamóvil” criollo no tenía limpiaparabrisas; el Pontífice rechazó la gorra que un pequeño director de orquesta colocó sobre su insigne cabeza en la ceremonia de la despedida; pero todo esto son pequeños detalles humanos en una gigantesca movilización que para todo propósito resultó impecable.

Una cosa sí debe quedar clara. No fue la Iglesia venezolana la que reunió las multitudes, por más que su trabajo organizativo haya sido altamente encomiable. Fue Karol Wojtyla. Fue el Papa polaco, el Pontífice más popular de toda la historia del catolicismo. Si la Iglesia venezolana quisiera convocar dentro de pocas semanas una concentración humana como la que se reunió el pasado domingo 11 de febrero en Los Próceres, se vería en enormes dificultades para lograr una asistencia de una cuarta parte, aun con los cantos de Soledad Bravo reeditados.

Al ver el inconmensurable poder de convocatoria de Juan Pablo II, al constatar la fuerza increíble de su carisma personal, es lícito preguntarse: ¿quién calzará los zapatos de este Papa cuando le toque la hora de la muerte? Es este un importante problema para la Iglesia de Roma, el que deberá enfrentar dentro de no mucho tiempo, dado el sacrificio de vida que Juan Pablo II ha hecho en su peregrinaje universal.

LEA

Share This: