La Verdad

Muy cerca nos encontramos del sexagésimo aniversario de uno de los más vergonzosos pactos políticos de la historia mundial. El 30 de septiembre de 1938 se firmó en la ciudad alemana de Munich un acuerdo entre los gobiernos de Inglaterra, Francia, Italia y Alemania para consagrar, a espaldas del pueblo y el gobierno de Checoslovaquia, una amputación de población y territorio exigida por Adolfo Hitler, concedida por Chamberlain y Daladier, con el beneplácito de Mussolini, el líder de la Italia fascista. Por el acuerdo se concedía a la Alemania nazi el territorio de los sudeten, pobladores de Checoslovaquia de habla alemana.

La ceguera de los líderes occidentales ostentaba proporciones rayanas en la estupidez. Hitler acababa de “anexarse” a Austria, luego de una muy bien preparada campaña de terrorismo y amedrentamiento y había violado expresas prohibiciones del Tratado de Versalles con la remilitarización de la Renania y la reconstrucción de una fuerza aérea ofensiva que, ante los ojos del mundo, fue exhibida cruel y desvergonzadamente durante la Guerra Civil Española en 1937 y cuyas atrocidades proveyeron las atribuladas imágenes que el genio malagueño plasmó en el lienzo de Guernika.

A pesar de estas inconfundibles señales, Hitler se salió con la suya. Ya el solo hecho de que la apresurada conferencia se celebrase en suelo alemán era un signo clarísimo de la debilidad o la falta de carácter de los gobernantes inglés y francés. Un angustiado Edvard Benes, el presidente de Checoslovaquia, sufrió la humillación de hacer larguísima antesala sin que nunca se le permitiera entrar al quirófano de Munich, en el que los cirujanos de cuatro países más poderosos cercenaban una extensa porción de su república. Al culminar la quirúrgica cumbre Neville Chamberlain, el primer ministro inglés, abordó su trimotor Ford y regresó a Inglaterra. Descendió del aeroplano agitando su copia del acuerdo y ante una multitud aliviada indicó orgulloso que la reunión aseguraba largos años de paz para Europa, pues tenía la palabra de Hitler: “Never to go to war with one another again”. El acuerdo no llegó a cumplir siquiera un año: luego de otras astucias y duplicidades, Hitler invadió Polonia el 1º de septiembre de 1939. Fue sólo después de este injustificado acto de agresión que Francia e Inglaterra despertaron a la realidad: el 3 de septiembre se daba inicio a la II Guerra Mundial, con la declaración de hostilidades inglesa y francesa. La pusilánime transacción de Munich dejó como saldo seis años de guerra y cincuenta millones de cadáveres.

A escalas menores, pero no por eso menos preocupantes para nosotros, el efecto Munich empieza a hacer estragos en algunos empresarios y banqueros venezolanos y en algunos de sus consejeros, que atemorizados por lo que las encuestas de opinión registran respecto de la intención de voto—por ahora—han comenzado una cobarde capitulación ante la candidatura de Hugo Chávez Frías. Así, le adulan recomendándole un cambio de imagen y le compran decenas de trajes de precio millonario de un conocido sastre caraqueño; le ofrecen cenas íntimas quienes se dicen “hombres de números” que deben hacer caso de las encuestas; le entregan millones de bolívares; le ponen a su disposición aviones que lo trasladen en sus giras. He escuchado de labios de algún abogado que se mueve en “los mejores círculos” la peregrina idea de que hay que acercarse a Chávez con una “bolsa de real” y ofrecérsela a cambio de que consienta en nombrar tales y cuales ministros que asegurarían que el inefable sector privado venezolano permaneciese intocado. He oído que no hay que preocuparse mucho por Chávez porque él no querría tanto gobernar desde Miraflores como vivir en La Casona, y que por eso sería susceptible a la adulación que le domesticaría.

Y esa actitud no es menos ingenua que la de Chamberlain y Daladier. Como Hitler con el tristemente célebre putsch de la cervecería, Chávez marcó su origen político con un fracasado intento de tomar el poder por la fuerza. Como Hitler con sus camisas pardas, Chávez ha organizado fuerzas de choque a las que ha juramentado para combatir en caso de que su “inevitable” triunfo electoral le sea desconocido. Como Hitler ante el envejecido Hindenburg, ha querido adelantar las elecciones presidenciales para recortar el período de nuestro anciano presidente.

Los timoratos ricachones que pretenden salvarse de una previsible degollina chavista están ellos mismos anudándose la soga al cuello. Que sepan que entre los más íntimos colaboradores de Chávez se cuentan quienes opinan que “este país se arregla con tres mil entierros de primera clase”.

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