Cartas

Mientras Venezuela, en medio del canceroso episodio del chavismo y su cuadro general de insuficiencia política, vive su propia crisis, el planeta es testigo del grosero despliegue de un hiperpoder con vocación hegemónica: el de los Estados Unidos de Norteamérica. No contentos con intervenir brutalmente en Afganistán e Irak, con imponer reglas en el conflicto palestino-israelí, con enseñar los dientes a Irán y Corea del Norte, ahora se disponen a enviar tropas—un “equipo rápido” (fast team)—a Liberia.

La más antigua de las repúblicas de África, cuyo nombre alude a libertad, ha sido un constante campo de batallas civiles desde 1989, el año de nuestro “caracazo”. Establecida en 1822 con población negra proveniente de los Estados Unidos y liberada de la esclavitud, siempre fue profundamente influida por la potencia norteamericana, al punto que el dólar estadounidense era su moneda y su propia capital—Monrovia—tomó su nombre del presidente James Monroe. Liberia alcanzó el status de república en 1847.

La influencia de los américo-liberianos se mantuvo incólume hasta 1980, cuando un sangriento golpe de Estado liderado por el sargento Samuel Doe se hizo con el poder. Nueve años más tarde la guerra civil hizo explosión. Siete años de combates dejaron 150.000 muertos, 700.000 emigrantes y más de un millón de desplazados. En 1997 Charles Doyle, uno de los líderes rebeldes de ese conflicto, fue elegido presidente de Liberia. Su elección no pudo reducir la violencia política, que ha recrudecido recientemente. Ahora George Bush considera que Doyle debe irse de su país para dar una oportunidad a la paz.

Hay que anotar que sobre los Estados Unidos se ha ejercido presión para que envíe tropas a Liberia como parte de una “fuerza de paz” . De hecho, Kofi Annan ha solicitado esto a Bush con insistencia, para que la fuerza de paz—unos 3.000 hombres de varios países africanos—”tenga mayor peso”.

En este caso, entonces, al menos no se trata de una intervención unilateral norteamericana. (Liberia no tiene petróleo). No se trataría, sin embargo, de mucha tropa: unos 2.000 marines únicamente; muy poco si se piensa que todavía hay unos 10.000 soldados norteamericanos en Afganistán y 150.000 en Irak.

Pero en lo que sí se comportan los Estados Unidos como descarados hegemones es en su decisión de suspender su ayuda militar—incluyendo el adiestramiento—a 35 países que apoyan a la Corte Penal Internacional pero no han “exceptuado” a los Estados Unidos de eventuales causas en su contra por genocidio y crímenes de guerra. Según la agencia Fox News, los Estados Unidos, que son signatarios del pacto que creó la corte el año pasado, “temen que (el tribunal) pueda procesar causas políticamente motivadas en contra de sus líderes militares y civiles”. La administración de Bush está muy dispuesta, naturalmente, a levantar las sanciones—que incluyen a Colombia y a seis países de Europa oriental—cuando los países en cuestión consientan en conceder bilateralmente inmunidad para los funcionarios estadounidenses. Ahora veremos si Uribe Vélez tiene pantalones y se resiste a esta torcida de brazo.

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Todos los días soldados norteamericanos acantonados en Irak, jóvenes que podrían hacer otra cosa, son atacados, heridos o muertos por focos de resistencia de comportamiento guerrillero, irregular. El país dista mucho de estar en calma, y Paul Bremer, el “administrador” de Irak nombrado por Bush ha solicitado más tropas, según reportan Reuters y The Philadelphia Inquirer (con desmentido del Pentágono que en todo caso admitió que el asunto es objeto de estudio).

Hace dos meses ya que George Bush II declaró concluidas (1º de mayo) las operaciones militares mayores en Irak. Hasta ahora no hay el menor rastro de armas nucleares, químicas o bacteriológicas, cuya presunta existencia fue, como todos sabemos, el pretexto para la invasión.

“No se debe permitir al dictador iraquí que amenace a América y el mundo con venenos, enfermedades y gases horribles y con armas nucleares”. (George W. Bush, Cincinnatti, 7 de octubre de 2002). Hasta ahora nadie ha podido mostrar absolutamente nada que se parezca a lo descrito por Bush. En chiste que ha circulado por Internet, la Casa Blanca habría decidido suspender la tradicional búsqueda de huevos de Pascua en sus jardines, porque después de bin Laden, Hussein y las armas iraquíes de destrucción masiva, no necesita otra cosa que no pueda encontrar.

“Hemos sabido que Irak ha adiestrado a miembros de al-Quaeda en la fabricación de bombas, venenos y gases mortíferos”. (Bush en el mismo discurso en Cincinnatti). Sobre esta denuncia Colin Powell dijo a las Naciones Unidas que tal adiestramiento había tenido lugar en un campo al norte de Irak. Como se evidenció más tarde para azoro de Powell, el área señalada resultó ser un sector patrullado por aviones de guerra de la coalición invasora y fuera del control del gobierno iraquí.

“Sí, encontramos un laboratorio biológico en Irak que las Naciones Unidas prohibían”. (George W. Bush, comentarios en Polonia, 1º de junio de 2003). Expertos norteamericanos y británicos han desmentido esta afirmación en informe publicado la semana pasada. Según los ingleses, lo encontrado corresponde a lo que los iraquíes siempre dijeron que era: equipos para inflar globos meteorológicos que los propios ingleses habían vendido a Irak.

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Es lamentable que una gran república como los Estados Unidos, seguramente la presencia civilizatoria más admirable del planeta desde la época del Imperio Romano, que alojan el sistema judicial más desarrollado y democrático del mundo, se comporten ahora como un autócrata planetario que miente sistemáticamente y además pretende, a punta de chantaje, ser inmune a posibles procesos del Tribunal Penal Internacional de La Haya. Si se tratara de que un país debe ser invadido porque sea gobernado por una dictadura violadora de los derechos humanos y armada hasta los dientes con armas de destrucción masiva ¿por qué los Estados Unidos no invaden a China?

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El siglo XXI verá cómo el sueño de Dante Alighieri—un gobierno del mundo—llegará a realizarse. Lo ecológico, lo económico, la globalización de las comunicaciones, la pobreza planetaria, el crimen transnacionalizado, forzarán el establecimiento de un verdadero gobierno mundial, más allá de la ineficaz y costosa asociación de la Organización de las Naciones Unidas, diseñada para un mundo muy diferente al actual.

El gobierno mundial no puede ser impuesto por los Estados Unidos. Es posible y admisible que, como se daba con frecuencia en la Alta Edad Media, se reconozca que los Estados Unidos, entre los barones del planeta, ostente la distinción de primus inter pares. Lo que no puede aceptarse es su impunidad. Un esquema justo de polis planetaria requerirá, sin embargo, la cesación del gobierno del segundo Bush. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington fueron sin duda brutales, salvajes, psicopáticos. No pueden ser asimilados, sin embargo, a una dinámica bélica. Se trató, a escala hiperterrorista, de actos delictivos que debieron ser castigados como tales, mediante la acción policial—de una policía mundial que no tenemos todavía—y una corte penal—que ahora sí tenemos. Jamás con la brutalidad de un gigante militar y tecnológico que descarga su abrumadora ventaja sobre pueblos y naciones incapaces de defenderse.

La reelección de Bush no está garantizada, si se juzga a partir de un incipiente despertar crítico que pone al Partido Demócrata en posición ventajosa para la próxima campaña electoral. Es triste que aquí en Venezuela haya quienes creen que deben escribirle cartas a Bush, implorando su ayuda en nuestro problema con Chávez. Este problema es nuestro. No metamos en él a quien claramente abusa del mayor poder que ha conocido la historia.

LEA

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