Cartas

Perdonen el nivel personal. Pero he recibido una muy extraña llamada.

Resulta que el lunes pasado hablé en una cierta asociación sobre temas de medicina política. (El arte u oficio de estudiar y resolver problemas de carácter público). Uno de los asistentes a la charla llamó dos días más tarde para una apertura de elogio y un planteamiento que según dijo estuvo a punto de hacer pero se inhibió.

Se trataba de una pregunta precedida de una observación: todas las proposiciones que se escuchaban de un lado para rebasar la crisis pasaban por la prescindencia—no la presidencia—de Hugo Chávez. ¿Por qué no se incluía en el análisis la posibilidad de más bien cooperar con él, acompañarlo de algún modo? Mi interlocutor aseguró que había planteado esto a alguno de los miembros de la asociación.

Yo le contesté que ciertamente tal posibilidad debía incluirse en el análisis (por aquello de ser exhaustivo) y ante su insistencia—fue una comunicación demasiado insistente de su parte—le dije: “¡Ah, no! Yo estaría dispuesto a hablar largas horas con Chávez, si él estuviera dispuesto. Son tantos los puntos, tanta la profundidad de lo que está en juego, que no se puede cubrirlo en una entrevista de media hora. Pero le diría que ha concluido hace tiempo la hora del cirujano. Para que Chávez pudiera reclamar cooperación, tendría que ser capaz de presentar un protocolo médico de actuación, no uno quirúrgico, que es lo único que sabe hacer”.

La conversación continuó adquiriendo rasgos surrealistas, pues quiso hablar de “mi solución” de una “ablación” del gobierno. “¿Cómo es que tú la llamas? Una ab… ¿cómo es que tú dices? Una abo… ¿Cómo es? Abol… Pero, no, dime ¿cómo es que tú la llamas?” No me dio la gana de pronunciar la palabra que él quería y que perfectamente conocía. Su insistencia era tan particular, extraña e innecesaria, que me pareció que la conversación debía estar siendo grabada.

Yo había hablado el lunes de un procedimiento de remoción del chavoma por abolición del gobierno, y quien llamó había memorizado, no me cabe duda, el término exacto.

Extraña llamada, cuya rareza se puso de manifiesto cuando intentó refutarme al referirme yo a la intención totalitaria de Chávez. Incluso cuando le recordé que la primera versión de la pregunta para consultar sobre la deseabilidad de una constituyente fue redactada por Chávez en términos parecidos a los de un autoritario ucase, probó a medir si no habría sido que tal autoritarismo se había moderado desde entonces. ¡Qué tupé! ¡Qué ceguera—o qué cinismo—tan total es ignorar la proliferada ejecución totalitaria de Chávez!

Me puse a pensar. ¿Será que de verdad quien me llamara es emisario de una muy asustada porción del chavismo? ¿De Chávez mismo? (¿Mesmo?)

¿Será, por lo contrario, que quería comprometerme con alguna declaración que luego circularía fuera de contexto en cassettes de audio para mostrarme como proclive al gobierno?

Dejo constancia, de una vez, que no creo que se puede cooperar con Chávez más que para sacarlo del gobierno. Uno puede admitir que tal cosa pudiera darse por un curso más tranquilo. El presidente Chávez pudiera renunciar por su cuenta, porque tome conciencia de que no hay cosa que él pueda hacer en beneficio de Venezuela que no sea el abandono de su abusiva presidencia.

El presidente Chávez pudiera hacer tal cosa y previamente nombrar a un Vicepresidente distinto de Rangel, por ejemplo. Por supuesto que puede haber cooperación. De Chávez con el país bajándose de su silla tronoide.

El 15 de febrero de 1999 escribí para El Diario de Caracas de entonces (en manos del difunto Hans Neumann): “Tienen, por lo demás, psicologías diferentes el médico y el cirujano. Éste es caricaturizado como hombre extrovertido, arriesgado, de sangre fría, asertivo, presuntuoso, dueño de un potente carro deportivo al que maneja con sus botas de vaquero bien calzadas, y no poco agresivo. Esa caracterización corresponde a la técnica invasiva y traumática de su modo de proceder. Las herramientas del cirujano son las tenazas, la sierra, el martillo, la legra, el bisturí… No cabe duda de que el presidente Chávez es un cirujano político. No sólo es que pretendió operarnos en 1992 con toda la potencia de sus herramientas traumatizantes, sino que ahora su impaciencia, su locuacidad, su militarización del Poder Ejecutivo, su fijación sobre lo corrupto, indican a las claras que su protocolo de actuación es quirúrgico. Estamos en manos de un cirujano. Y el cirujano, a diferencia d! el médico, toma control total sobre el paciente, al punto que lo amarra o lo duerme. Eso es exactamente lo que está haciendo el presidente Chávez… El cirujano somete al paciente a un trauma que debe acortarse en el tiempo. La más compleja y arriesgada intervención quirúrgica durará, tal vez, catorce horas, con un corazón abierto, con una trepanación, con un transplante. Pero no una semana. No se puede tener anestesiado a un paciente, ni someterle a una invasión de su estructura corporal, durante cuatro o cinco días. El tiempo político es más largo, por supuesto. Un año, por ejemplo. Si se cumple el cronograma constituyente más o menos anunciado, en el lapso aproximado de un año el país contaría con una nueva constitución política para su Estado, y estaría enfrentando, por ese mismo hecho, una necesidad de relegitimación de sus poderes constituidos. Uno de esos poderes constituidos es, justamente, el del Presidente de la República. Es el mismo presidente Chávez quien ha argum! entado en este sentido. Según sus propias palabras, dentro de un año volveríamos a tener elecciones para la Presidencia de la República y para los cuerpos deliberantes diseñados en el proceso constituyente. Para ese momento reconoceré el derecho del presidente Chávez a postularse de nuevo para la Primera Magistratura. Pero para ese momento, en tanto Elector, requeriré que Hugo Chávez me muestre un protocolo médico, no uno quirúrgico, pues a esas alturas deberemos estar entrando en el lapso postoperatorio. Tendrá que legitimarse, entonces, como médico, no como cirujano”.

Y esto es lo que Hugo Chávez pareciera estar congénitamente impedido de hacer. Que a estas alturas alguien proponga cooperar con Chávez en sus designios, sobre todo cuando quien lo hace por vía telefónica fue un dirigente de cierta monta en la llamada cuarta república—llegó a presidir una cierta corporación estatal de desarrollo, por ejemplo—resulta revelador de procesos político-mentales harto defectuosos.

Ahora ¿quiere Chávez conversar en serio? ¿Prefiere debatir, según sus combativas preferencias? Que me invite.

LEA

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