Cartas

Sin pretender en lo más mínimo emular a nuestro académico Alexis Márquez Rodríguez necesitamos manifestar nuestro repudio a la noción de admitir un tal verbo “encriptar”, a menos que viniese a significar—ya que no suena feo—meter algo—un cadáver, por ejemplo, una máquina de votación como las de Indra u otra empresa—en una cripta. Quienes pretenden mercadear reales o pretendidas excelencias informáticas con el uso agringado y manipulador de términos como “encriptación”, debieran notar que hace tiempo que el castellano dispone del verbo “cifrar” y el adjetivo “cifrado”, pues no se inventó en el Valle del Silicio el arte de convertir mensajes cruciales en galimatías inentendibles, es decir, indescifrables. Y si no que lo digan Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle, que nos regalaron inolvidables historias criptográficas bastante antes de que naciera IBM, para no convocar como testigos a más antiguos y más fallecidos cultores de ese arte.

Pues la “encriptación” no significa una cosa distinta de lo que “cifrar” denota: “Transcribir en guarismos, letras o símbolos, de acuerdo con una clave, un mensaje cuyo contenido se quiere ocultar”. Y esto, nos quieren hacer creer, es necesarísimo que se denote como “encriptar”.

Claro que en una globalización que algunos entienden como sumisión lingüística de nuestro idioma, se dice “asumir” cuando se quiere expresar, en realidad, “presumir” o “suponer”, y se pronuncia “performance” en lugar de “desempeño” o “rendimiento”, y el jefe de un Estado bolivaroide dice “cuatro punto siete”—sintiéndose en dominio técnico—en lugar de “cuatro coma siete”.

Expulsado este reconcomio de nuestro espíritu, debemos destacar que es justamente la “encriptación”—nos crispa escribirla—una de las garantías que la firma Smartmatic ofrece para la seguridad de que lo que sume electrónicamente corresponda a la realidad electoral. “La totalidad de los datos del sistema (datos de configuración y los votos registrados) son—sic—almacenados en forma encriptada, de modo que nadie puede modificarlos, alterarlos o borrarlos”. “Los datos se transmiten de manera encriptada y segura, desde las máquinas de votación hasta los servidores de totalización, a través de un canal seguro de totalización”. “Además, los votos son registrados de manera encriptada en la máquina utilizando un esquema de 128 bits”. (FAQ Smartmatic: Automatización Referendo 2004. Llama la atención que el título del documento habla de referendo en singular—es decir, no alude para nada a los referendos de revocación de parlamentarios—y no menciona las elecciones regionales —sí en el interior del documento—cuando se suponía que esta automatización particular había sido contratada específica y exclusivamente para estos últimos comicios).

Resulta que la criptografía opera cuando un remitente cifra o codifica un mensaje en forma sistemática para oscurecer su significado. El mensaje cifrado se transmite y el receptor recupera el mensaje al descifrar o descodificar la transmisión. Originalmente la seguridad de un mensaje cifrado dependía de la confidencialidad de todo el proceso de cifrar y descifrar. Hoy en día se emplea, sin embargo, cifras en las que el algoritmo—el procedimiento de cifrar y descifrar—puede ser revelado sin comprometer la seguridad de un mensaje particular. Con estas cifras un conjunto de parámetros específicos, conocidos como “llave”, se emplean junto con el mensaje no cifrado como insumo del algoritmo de cifrado, y junto con el mensaje cifrado como insumo del procedimiento para descifrar. Se puede incluso anunciar públicamente los algoritmos de cifrado y descifrado, pues la seguridad del criptograma depende enteramente del secreto de la llave. Para impedir que ésta sea revelada por accidente o por una búsqueda sistemática, se escoge una llave que corresponda a un número muy grande. (Por ejemplo, escrito en base binaria a 128 bits).

Una vez establecida la llave, puede ocurrir una comunicación segura enviando criptogramas incluso por un canal público vulnerable a métodos de escucha pasiva, como si se tratase de anuncios en prime time de televisión. Pero para establecer la llave dos usuarios, que pudieran inicialmente no estar en contacto o compartir información secreta, tendrán que discutirla mediante el empleo de algún otro canal seguro y confiable. Ahora bien, la intercepción es un conjunto de mediciones ejecutadas por un escucha sobre un canal, y aunque esto pudiera ser difícil desde un punto de vista tecnológico, cualquiera distribución clásica de una llave puede en principio ser espiada pasivamente, sin que los usuarios legítimos se percaten de que han sido escuchados. De aquí que ahora se busca aplicar tecnologías que se basan en efectos cuánticos, que logran la privacidad ya no por medios convencionales, sino a través del empleo de la incertidumbre fundamental de las partículas subatómicas, sujetas a comportamientos descritos por la física cuántica. “La criptografía cuántica promete revolucionar la seguridad de las comunicaciones proveyendo una seguridad basada en las leyes fundamentales de la física, en lugar del estado actual de los algoritmos matemáticos o la tecnología de computación. Existen los dispositivos para la implementación de ese método, y continuamente mejora el desempeño de sistemas demostrativos. Dentro de pocos años, quizás meses, esos sistemas podrán comenzar a cifrar algunos de los más valiosos secretos del gobierno y la industria”. (Salvatore Vittorio. Quantum Cryptography: Privacy Through Uncertainty, Cambridge Scientific Abstacts, octubre 2002).

“Nadie entiende la teoría cuántica”. (Richard Feynman, físico norteamericano ganador del Premio Nóbel). No es necesario que nos preocupemos, no obstante, por comprender tan abstrusos y arcanos conceptos, porque la tecnología de Smartmatic dista mucho de ser criptografía cuántica.

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En un curso para ejecutivos que la compañía Shell organizó a comienzos de 1995 se acometió el análisis de las paridades entre diversas monedas del planeta. El bolívar era una de ellas. Para ese momento la política de control de cambios ya imperaba en Venezuela, y fuera del engorroso sistema oficial en el que se obtenían dólares a 170 bolívares, podía conseguirse la moneda norteamericana a un precio que oscilaba alrededor de 230 bolívares. Cuando se hizo en el curso el análisis del valor que en principio debía tener el bolívar (empleando el criterio de paridades del poder de compra o “dólar MacDonald’s”) a los expertos profesores les daban las cuentas un bolívar a 153 por dólar. Según su opinión, la diferencia entre 153 y 170 o 230 sólo tenía una explicación: desconfianza.

Es así como una entidad tan inasible como una sensación generalizada puede tener efectos muy reales sobre una sociedad, sobre una economía. Aquí se trata, por supuesto, de una marcada desconfianza política. No siendo el objeto de este comentario un escrutinio exhaustivo del tema de las máquinas de votación que Jorge Rodríguez, Radio Nacional de Venezuela, Venezolana de Televisión y www.aporrea.org defienden con tanto denuedo, no queremos escudriñar en el dossier de su negociación o la composición accionaria de Bizta —”¿Es cierto que Smartmatic Corp. y Bizta son la misma empresa? No, sin embargo Bizta Software es un aliado de negocios local en Venezuela de Smartmatic Corp. y ambas tienen tres accionistas en común”. (FAQ Smartmatic: Automatización Referendo 2004). Y Bizta recibió 200 mil dólares del Fondo de Crédito Industrial, que sienta un representante en la junta directiva de la compañía—ni siquiera discutir si la constancia en papel permitiría una “auditoría en caliente” a la que el trío oficialista del CNE se muestra tan remiso. No; el punto no es que se desconfíe del consorcio Smartmatic: el punto es que dos terceras partes del país desconfían profundamente de su cliente.

En una votación tan crucial y delicada como la del referendo revocatorio tal desconfianza es desaconsejable desde todo punto de vista, verdaderamente intolerable, inaceptable. Así que probablemente sea lo mejor olvidarse radicalmente de las benditas máquinas, al menos para un evento electoral tan crítico como el previsto para el 15 de agosto.

Es por consiguiente nuestra sincera recomendación a los miembros del consorcio del que Smartmatic Corp. es portaestandarte: si no son ustedes capaces de presentarse ante la Coordinadora Democrática—o muchísimo mejor aún, ante Súmate—y superar convincentemente las preocupaciones y objeciones que se expongan ¡encríptense! Metan en una cripta su lucrativo proyecto. A fin de cuentas, fueron ustedes quienes decidieron asumir el riesgo de contratar con cliente tan marrullero como el que tienen.

LEA

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