Cartas

Últimamente se escucha mucho entre nosotros el discurrir a partir de imposibilidades. “Esto no es posible. Aquello es absolutamente imposible. ¿Cómo es posible tal cosa?” Quiero contribuir con una “imposibilidad” más a la discusión interminable sobre el referendo revocatorio del 15 de agosto.

Como sabemos todos, después de que durante muy largo tiempo, hasta el 15 de agosto y desde la formación de la Mesa de Negociación y Acuerdos como modo de encontrar, una vez ocurridos nuestros propios idus de abril, una salida a la polarización nacional—de manidos rasgos: pacífica, democrática, electoral y constitucional—el liderazgo opositor mayoritario, institucionalizado en Coordinadora Democrática, creyó en la observación de la Organización de Estados Americanos y el Centro Carter como garantía fundamental del proceso. Así vendió, así exigió, así rogó, así nos tranquilizó con esa presencia. Cuando el presidente Chávez punzaba a los líderes de la coordinación revocatoria para que convinieran en que respetarían los resultados electorales, fue respuesta coordinada oficial de último minuto que serían respetados sólo si Carter y Gaviria, Francisco Diez y Jennifer McCoy los avalaban.

También sabemos todos que desde que la OEA y el Centro Carter indicaran por vez primera que no pudieron encontrar rastros fraudulentos y que sus propios cotejos eran compatibles con los anuncios del Consejo Nacional Electoral, ha proliferado un ramillete de informales informes de inteligencia, según los que, o Carter, Gaviria, Diez y McCoy han sido ingenuos, o los han comprado con reales de PDVSA y de la partida secreta de la Casa Blanca o el fondo de contingencia política de Chevron-Texaco.

Es interesante constatar, por consiguiente, que existe un texto del 9 de julio de este mismo año (Venezuela’s Referendum: The Truth About Jimmy Carter), a escaso mes y seis días del concluido referendo, en el que se afirmaba, después de detallado expediente denigrante y presuntamente verdadero cosas del siguiente tenor:

Enfocado en forzar la aquiescencia del gobierno a procedimientos electorales, e ignorando el contexto altamente prejuiciado de la elección, Carter está cumpliendo su papel de hombre erigido para una victoria electoral de la oposición o en el evento de una derrota para un pretexto post electoral de un golpe violento.

Y prosigue:

¡Carter no es un demócrata! Es un partidario de toda la vida del imperio de los Estados Unidos. Y es especialmente peligroso a medida que se acerca el referendo. Los Estados Unidos están proveyendo ilegalmente millones de dólares a la oposición anti-Chávez por vía del National Endowment for Democracy y otras ‘fundaciones’. Y el Instituto Carter estará allí para legitimar el fraude y el engaño: para cuestionar la pregunta del referendo y la elección si Chávez gana. Es especialmente probable que Carter se aproveche de algunos políticos oportunistas que rodean a Chávez y son propensos a hacer concesiones para asegurar la “legitimidad democrática” con la presencia de este enviado del Imperio. Carter se amolda a la más amplia estrategia de golpes y paros apoyados por los Estados Unidos, de violencia paramilitar y apoyo de la amenaza militar de Colombia.

Y concluye:

Nadie del régimen de Chávez interesado en un referendo honesto puede permitir que este piadoso hipócrita juegue algún papel en Venezuela.

El texto del que he entresacado los fragmentos anteriores lleva la firma de un tal James Petras, aparentemente antiguo profesor de Sociología en Binghamton University, Nueva York y, a juzgar por su despiadada prosa y su declarada trayectoria de 50 años de “afiliación a la lucha de clases”, cojo evidentísimo de la pata izquierda.

¿Cómo es eso posible? “¡Eso es absolutamente imposible!” Tal vez hasta matemáticamente imposible.

……..

Sólo un ciego podría negar que la observación de la OEA y el Centro Carter actuó durante estos dos últimos años como freno y moderador de las preferencias gubernamentales en materia de salidas pacíficas, electorales, etcétera. A punto estuvieron de ser impedidos de regresar al país cuando se atrevieron a cuestionar una decisión del CNE, por la que se puso en remojo centenares de miles de firmas ciudadanas y que luego irían a reparo. En aquella ocasión, podemos recordar, llegaron incluso a proponer un procedimiento de cotejo—auditoría, diríamos ahora— sobre una muestra más bien pequeña pero estadísticamente representativa, que en aquel entonces rechazó Jorge Rodríguez pero mereció la aprobación de la central opositora que hoy considera inadecuado un procedimiento similar. Estas sugerencias lograron desencadenar—está en los videos grabados—la ira siempre a flor de piel de Carrasquero, y en discursos parecidos al del profesor Petras, aunque jamás tan virulentos, se estuvo a un tris de prohibir la entrada de los ex presidentes cachaco y manisero, y hasta se quiso tramitar la deportación de Francisco Diez.

Si esa observación y mediación internacionales, a las que los venezolanos debemos tanto, pudieron librarse de la expulsión fue, entre otras cosas, porque la OEA condenó la interrupción del hilo constitucional en Venezuela en abril de 2002 y podía exigir a partir de eso una presunción de objetividad. Del mismo modo, que hayan hecho gala de imparcialidad certificando la ausencia de fraude, ofreciendo redondo mentís a los atrabiliarios de Petras y Battaglini, establece aun con más firmeza su condición de observadores confiables para eventos electorales del futuro incluso, tal vez, las inminentes elecciones estadales y municipales.

Porque muy bien pudiera ser, como la penetrante inteligencia de un amigo entrevé como posible, que el enjambre ciudadano pudiera compensar ahora el recrecido poder central que confiriese a Chávez, con una votación favorable a un buen número de candidatos de oposición a gobernaciones y alcaldías. Pero para tal resultado sería necesario introducir algunas decisiones que cambien la estructura de las actuales percepciones.

……..

En 1989 estaba mudado a Maracaibo, donde tuve el honor y la suerte de conducir la reaparición del diario La Columna. Desde marzo a septiembre de ese año transcurrió la fase de proyecto, cuando un equipo totalmente local preparaba afanosamente el concepto y la estrategia del periódico. Estaríamos a mitad de los preparativos cuando un cierto periodista del equipo (el único que no fuera escogido por mí y que a la postre se manifestaría como retorcido espía de ciertos actores) adelantó la siguiente recomendación: “Mira, Luis Enrique: estoy convencido de que fulano de tal te está grabando las conversaciones telefónicas, de modo que te sugiero que tú se las grabes a él”.

No sé que musa inspiradora me permitió contestarle de este modo: “Oye, Josué—no es su nombre—durante los últimos meses que pasé en Caracas hice caso a mi mujer y procuré mejorar mi salud subiendo con ella un poco de cerro varias veces a la semana. Hay en el Ávila un puesto de guardaparques de nombre Sabas Nieves, de ascenso muy popular, y era allá donde íbamos. Bueno, los primeros días descendía con no poca vergüenza, porque a la hora que escogimos para el ejercicio nos encontrábamos casi siempre con un ágil caballero que obviamente tenía más de setenta años. En el tiempo en que yo llegaba boqueando y casi cianótico a Sabas Nieves, el señor en cuestión subía, bajaba, volvía a subir y bajaba otra vez. Hasta que un día pensé que mi problema no era con el increíble anciano, sino con la montaña. En cuanto me percaté de este asunto y me concentré en el cerro, y aprendí su ritmo y simpaticé con él, mi tiempo comenzó a mejorar sensiblemente, y llegué a hacer un ejercicio, si no campeonil, al menos bastante razonable. Así que no me voy a preocupar porque fulano de tal grabe o no lo que diga por teléfono; nuestro problema es con la montaña, y nuestra montaña son los lectores de Maracaibo. Es sobre ellos que debemos poner toda nuestra atención. Gracias por el consejo, pero no grabaré las conversaciones de fulano de tal”.

Muchos factores más allá de tal doctrina se unieron para producir un insólito éxito de La Columna: en una ciudad en la que hasta entonces no habían podido con el dominio casi feudal de Panorama el Diario de Occidente, El Zuliano, Crítica, El Nacional de Occidente y la misma Columna de antaño, un tabloide que resurgió a la calle el 8 de septiembre de 1989 alcanzó en febrero de 1990, a seis meses de su reaparición, el primer lugar de circulación metropolitana, superando al dueño del patio; dos meses después, en abril, había llegado a punto de equilibrio entre sus costos operativos y su ingreso publicitario; dos meses más, a los nueve de su salida, ganó el Premio Nacional de Periodismo de ese año, en competencia contra El Nacional y nada menos que el “decano” de la prensa nacional, La Religión, que cumplía cien años de existencia. Repito, el equipo del periódico logró combinar muchos aciertos, pero ciertamente la concentración de toda su atención en el respetuoso servicio a los lectores marabinos fue factor decisivo en el éxito.

Esta parábola puede servir para entender una de las principales razones, si no la más principal, del ostensible fracaso de la Coordinadora Democrática: que en lugar de concentrarse en la montaña, en vez de poner su atención en los Electores y sus necesidades, en vez de llevarles una oferta política idónea y creíble, ha estado constantemente pendiente de su adversario. Ha hecho de la incesante acusación de Chávez Frías su única industria, ha adoptado la nomenclatura que él inaugura, ha seguido todas sus agendas, y ha asistido a todos los terrenos donde aquél quiso llevarle para caer en todas sus emboscadas. Y ha fracasado estrepitosamente. Tres veces.

Pues bien, ahora viene una nueva oportunidad política con las elecciones estadales y municipales que tenemos en las narices. Andrés Velásquez ha sugerido hace pocos días “discutir la vigencia de la Coordinadora Democrática y hablar de la construcción de un nuevo movimiento unitario con factores más allá de la coalición que hasta ahora ha guiado las acciones de la oposición”. Así reporta el sitio web de Globovisión: “Velásquez dijo como vocero de su partido que en las actuales condiciones ‘que nos llevaron al matadero’ no se puede acudir a las elecciones regionales. Su tolda política, por esta razón, invitó a los distintos factores a buscar una posición conjunta de los grupos que se oponen al gobierno”.

La Coordinadora Democrática insistió mucho en que sus consensos incluían un decidido apoyo a la descentralización. ¿Cómo es que entonces se propugna un esquema centralista como ése para considerar las inminentes elecciones regionales? Si fuese consistente debiera dejar que los problemas políticos de las numerosas campañas locales sean dilucidados al nivel local. Y los candidatos no chavistas—que bien harían, según los casos, en esforzarse por unificarse en torno a candidatos unitarios, tal vez en sesiones similares a las de un cónclave de cardenales en el que cada uno es un papa potencial, según sugerencia de Marcel Carvallo Ganteaume—deberán ocuparse de sus respectivas montañas estadales y municipales, ofreciendo soluciones a su escala, antes que inscribiéndose en una lucha de rebeldía ante el poder central, porque lo que está ahora en juego es el poder descentralizado que, repito con préstamo de la “conjetura Paúl”, bien pudiera servir de contrapeso a un gobernante nacional cuya ambición hegemónica y autocrática es harto conocida. Un soberano que se encuentra sobrecogido de su propia decisión en materia revocatoria—no celebra—puede muy bien ahora limitar el poder del Juan sin Tierra venezolano, que sabe que una buena proporción de los noes desaprueba más de uno de sus procederes. Es muy posible ahora “ganar” un buen número de batallas menores que están pendientes para dentro de muy poco.

Y es que hay que facilitarle las cosas a los veintitrés soberanos estadales y a los cientos de soberanos municipales. Es preciso no encajonar al Elector monarca de cada localidad. Cualquier candidato de oposición que quiera presentarse bajo un paraguas coordinador va a ir a la contienda con plomo en el ala, porque la Coordinadora Democrática es, desde el punto de vista mercadológico, una marca o franquicia de reputación seriamente dañada, tal vez irreversiblemente estropeada, como me ha hecho entender el mayor de mis hijos.

Es como si ahora los restos dispersos de Arthur Andersen se propusieran entrar, digamos, al mercado de máquinas electorales, luego de que la firma antaño prestigiosa fuese expuesta como corrupta y tramposa, al ocultar a conciencia los dolosos y procaces manejos de la fenecida Enron a la que servía de auditora. Quizás Andersen pueda salvar su nombre fabricando pañales para la incontinencia senil, pero ya más nunca para nada que exija la intangible confianza del público en su palabra. LEA

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