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Fernando Londoño, ex Ministro del Interior de Álvaro Uribe Vélez, inveterado articulista, abogado de causas conservadoras y empresas transnacionales actuantes en Colombia, la ha emprendido con gran ferocidad contra su compatriota, César Gaviria, en artículo que publicara el diario colombiano El País en su edición del pasado 31 de agosto: Así paga el diablo.

La invectiva de Londoño comienza por registrar los mezquinos, insultantes, malagradecidos e inmerecidos epítetos dirigidos por Hugo Chávez a Gaviria, a raíz de que el Secretario General de la Organización de Estados Americanos advirtiera vicios en el proceso revocatorio que culminara el 15 de agosto en Venezuela, a pesar de que no estuviera en condiciones que le permitieran una ética certificación de fraude.

Londoño ha comprobado con su filípica que es, tanto como Chávez, eficaz con el insulto, aunque más elegante (como era de esperarse), y que también se le parece en la inconsistencia de su raciocinio. Acusa a Gaviria de “haber servido bien” a Chávez, cuando son justamente las observaciones de Gaviria lo que detonara la nueva procacidad del presidente venezolano, y cuando el camino que señalara es precisamente el que ahora, tres semanas después del referendo, la Coordinadora Democrática, por boca de Tulio Álvarez, emprende con fuerza recrecida como único modo de desconocer el resultado de la consulta popular.

¿Qué podía hacer Gaviria, qué podía hacer el Centro Carter si la Coordinadora consintió en asistir a una prueba electoral viciada con los hechos a los que se refirió el vilipendiado Secretario General?

Es increíble esta nueva instancia de extremos que se tocan. Consterna constatar cómo la flojedad de lengua se encuentra por igual en el adánico déspota venezolano y el atildado ex ministro colombiano. Son igualmente irresponsables.

Hay alguna razón previa en el odio de Londoño, y lastima saber que ex ministro tan importante de nuestro vecino se deje dominar por tan tacaño motivo, y que el mesurado Uribe le tuviera en cargo tan delicado. Londoño es claramente enemigo de César Gaviria, a quien creo deber como venezolano buena parte de la muy relativa “paz” de Venezuela en los últimos dos años. Chávez es también enemigo obvio del Secretario General de la OEA. Sé que Chávez es cultor a ultranza de la Realpolitik, uno de cuyos axiomas elementales reza: “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Si, como es dolencia común en los ministros de relaciones interiores, Londoño es asimismo practicante de esa “política realista”, pudiera terminar siendo amigo de Chávez, que es lo que parece.

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