Cartas

En su gigantesca e influyente obra maestra—Economía y Sociedad—Max Weber, uno de los nombres más notables en el panteón de la Sociología, describe tres tipos básicos de dominación, según el fundamento de su legitimidad.

Uno de ellos es la dominación o legitimación tradicional: el linaje de la reina Isabel o la línea apostólica de un papa, el fundador del partido, “Yo vi ese paciente primero y soy el médico de cabecera de la familia”, “Ahora le toca a Octavio”. El poder viene de una larga sucesión a partir de un hecho que mientras más antiguo está más cerca del mito o es mayor y más fundamental hazaña, y busca perpetuarse por herencia. El mérito no necesita acompañar a quien domina, pues ya está en el origen. Hasta cierto punto y a partir de cierto momento, esa fue la legitimación de Rafael Caldera en COPEI, el patriarca que había creado todo menos un heredero aceptable.

El segundo tipo es el de la dominación por legitimación carismática: quien domina es personalidad atrayente, en ocasiones extraordinariamente persuasivo, simpático pero también odioso, fascinante. Un caso clásico es Hitler, y un testimonio impresionante lo ofreció Dennis de Rougemont en sus diarios: cómo se quedó de una pieza cerca de un mitin de Hitler en Berlín, hipnotizado, siendo convencido por un carismático increíble, sin que él entendiera alemán. Aunque no convenciera persuadía. Por aquí tenemos alguien con esas características. No conozco que haya habido antes de Chávez un jefe de Estado venezolano del que prácticamente cada habitante del país lo nombrara o al menos lo pensara casi cada día durante cinco años seguidos.

El último tipo de dominación viene dado por la legitimación burocrática. Se controla la estructura que ejerce el poder o se tiene poder. Legitimación de Eduardo Fernández, por ejemplo, la de Carmelo Lauría o José Vicente Rangel. Controlan el aparato y así dominan. Chávez también emplea a fondo la estructura de poder y, como se sugiere antes, de un modo tan totalitario que ocupa de ese modo la conciencia de sus dominados. Ni siquiera Hitler, tal vez Castro, ha exigido tanta atención de parte de sus conciudadanos como Chávez desde que tomó el poder.

Como puede verse, es posible que una misma persona domine de más de una forma. Si Chávez insistiera en promover a Rosinés como Caldera a Andrés o Salas-Roemer padre al Pollo, estaría completando el catálogo de Weber con dominación tradicional neobonapartista o neogomecista. Además de carismático y burocrático, Fidel Castro es un dominador tradicional cuando anuncia la dinastía sucesora en su hermano Raúl.

Debiéramos ver con facilidad cómo ninguna de las tres dominaciones es garantía de eficacia en la solución de los problemas generales, ni siquiera la totalidad de ellas. Ninguna de ellas tiene relación alguna con lo que interesaría a los ciudadanos y, en el fondo, sería lo único que justificaría la existencia de un Estado, de una institución pública, de un actor político: la identificación, invención, consulta y aplicación de soluciones eficaces a los problemas de carácter público.

La legitimación de los actores políticos en una democracia debe ser, naturalmente, electoral. Pero más allá de eso tendría que ser ya no weberiana sino programática. Debiera estar en función de las políticas que se propone promulgar un candidato de resultar electo. Por tal razón los Electores tendríamos que exigir de los candidatos a cualquier cargo público la explicación de sus intenciones al respecto. Y esto es lo que justamente tiene menos importancia en un proceso electoral como los nuestros. A comienzos de 1998 Argenis Martínez había escrito en El Nacional: “La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones”.

Aunque pueda haber algo de exageración en la fórmula de Martínez no puede caber duda de que las cosas son como él las pinta con vigoroso y lapidario trazo: lo programático tiene baja incidencia en la escogencia de nuestros funcionarios electos. La legitimación procede entre nosotros, casi siempre, por rutas weberianas. En el combate por la legitimación electoral se aduce tradicionalidad, se manipula con carisma, se controla burocráticamente con el poder o se aporta el descrédito de terceros. Me justifico porque aquél es malo.

Pero lo programático, la única y real legitimación admisible, está ausente, cada vez más, de nuestras elecciones. Rafael Caldera presentó su “Compromiso con Venezuela” en la campaña de 1993 cuando faltaban sólo tres semanas para la elección; algo parecido hizo Hugo Chávez, como también Salas-Roemer padre en 1998. Y la Coordinadora Democrática presentó su “consenso-país” a un país que no lo había hecho un mes antes del referendo revocatorio presidencial. El 25 de abril de 1993, el mismo día en que Oswaldo Álvarez Paz resultara electo candidato presidencial de COPEI en elecciones primarias, el flamante candidato declaró en el programa Primer Plano que sería entonces cuando se dedicaría a conformar los equipos que tendrían que elaborar su programa de gobierno. Esto es, admitió sin proponérselo que hasta ese momento su preocupación política fundamental era polémica, y que su legitimación como candidato copeyano tenía origen en el combate a un adversario interno—Eduardo Fernández—a través de la retórica, no un origen programático.

En el fondo es una desatención a las necesidades venezolanas, lo que se puede continuar una vez que se está en el gobierno: Chávez no comenzó a improvisar misiones—que ahora burocratizará en sus nuevos y endógenos ministerios—hasta septiembre de 2003, cuando una vez más había decidido enfrentar electoralmente a sus oponentes. En su campaña de 1998 su movimiento ofreció recoger firmas—no existía Súmate que le habría resuelto el problema—para convocar a referendo consultivo sobre la elección de constituyente. Cuando meses antes de la elección ya se sabía ganador se dejó de eso. ¿Para que tenía que molestarse con esa recogedera de firmas si él podría, como Presidente, convocar el referendo en Consejo de Ministros?

Los Electores debemos exigir una legitimación programática primero que todo. Si el candidato que nos convence de sus políticas, de sus programas, es además hombre valiente, pues magnífico; si es llano y poco alzado, mejor que mejor; si es muy buen gerente, habremos llegado al desiderátum. Pero si falta la claridad y la corrección programática, si ésta no es comunicada o comunicable, entonces faltará lo esencial.

No es nueva esta discusión, pero hasta ahora la exigencia programática ha sido vencida con el decreto burocrático de qué se trata de aspiración romántica. “La gente no quiere programas, la gente lo que quiere es un jefe que les llene la barriga”. En 1992, un importante precandidato, aun reconociendo que programáticamente estaba muy débil, consideró excesivo destinar, para un año de trabajo de un equipo programático, una cantidad que por ese entonces gastaba quincenalmente en propaganda televisada. En su explicación de esta postura esgrimió que acababa de regresar de los Estados Unidos, una semana antes de la primera eleccón de Clinton, y que allí ganaría éste, que no había presentado programa. “¿Para que necesitamos programa?” preguntó.

¿Cómo puede combatirse esta configuración que impide que la legitimación política tenga carácter predominantemente programático?

Tal vez lo primero sería enterar a los actores políticos de que la legitimación programática no significa creer que la intentarían ángeles, o que por tal cosa desaparecerían la emulación y el combate, que es lo que tanto les gusta. Crear un espacio para el contraste de programas y políticas no requiere la eliminación de la competencia: sólo exige que se la reglamente para que el debate programático sea privilegiado. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contraposición de proposiciones de acción pública.

¿Cuáles serían esas reglas? Si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:

a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.

b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.

c. cuando existe otra formulación –que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente– que resuelva todos los problemas o conteste todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que esta no explica o soluciona.

d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).

Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el “combate político”, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan “romántico” ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica –en la que la confrontación sigue un método universal– despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—, en su libro La Doble Hélice (1968), es una descarnada exposición a este respecto).

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación metamórfica con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte “salvaje” en uno más “civilizado”, en el que no toda clase de ataque está permitida.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de Electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los “luchadores” políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevadísimo costo social.

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Pero también hay épocas o momentos cuando la transición es aun más profunda que el cambio de una política por otra. Entonces se trata de un cambio de paradigmas, de interpretaciones generales, de concepciones del mundo, la sociedad y sus historias. En ese caso particular la legitimación llega a ser una metalegitimación, porque se pronuncia en un metalenguaje. Ya no se trata de hablar de política, sino de hablar de la Política, en tanto profesión u oficio. La legitimación requerida en este caso es paradigmática.

En la Venezuela de estos días no será suficiente ni siquiera la legitimación programática, por más necesaria que sea. Al proceso que se justifica precisamente sobre una peculiar visión de las cosas sólo podrá superársele con una visión alterna.

LEA

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