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La semana pasada recibí por correo electrónico varios trabajos sobre temas políticos de cierta relevancia, algunos de bastante actualidad. Los enviaba su autor, quien muy decentemente ofrecía el modo de “desuscribirse” de sus envíos, en caso de que algún destinatario no quisiera recibir sus materiales.

Los trabajos en cuestión están bastante bien escritos desde el punto de vista del solo castellano, lo que de por sí es una característica refrescante, dado que en el intercambio electrónico normal lo que tiende a apreciarse es justamente todo lo contrario.

Su contenido es otra cosa enteramente distinta. Aunque a ratos ofrece datos interesantes, estadísticas pertinentes y asociaciones llamativas, resulta obvio de la lectura que el autor opera, casi como autómata, dentro de un marco interpretativo totalmente marxista. Puedo jurar que en uno de los trabajos se adelanta, con la mayor seriedad, la conjetura de que detrás de la demolición de la centenaria estatua de Cristóbal Colón el pasado 12 de octubre debe encontrarse la mano peluda de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana que, según el articulista, siempre ha estado interesada en sembrar divisiones étnicas en y entre “nuestros pueblos”.

Con el mayor respeto, agradecí al remitente el envío de los trabajos e intenté mostrarle que tan peregrina hipótesis venía traída por los cabellos, y que un factor más inmediato y eficaz al estúpido estropicio del Día de la Raza es la prédica alucinada y seudohistórica del presidente Chávez.

Intenté asimismo sugerirle que el esquema interpretativo marxista era de suyo de un gran simplismo, visto que sus textos contenían explicaciones de complejísimos procesos sociales a partir de factores causales únicos, como si se tratase de una física newtoniana clásica, de una sencilla mesa de billar donde las interacciones entre las bolas que corren por su superficie están enteramente determinadas.

Le aconsejé que no desvalorizara sus exploraciones de sociólogo aficionado mediante el recurso a condenas efectistas. Había escrito, por ejemplo, que estaba indignado porque en una sesión de la OEA la presidenta en funciones había llevado el debate en inglés, en el seno de un organismo mayoritariamente latino. Llamé su atención al hecho de que su queja sonaba contradictoria en la pluma de quien, como él, escribía desde una dirección electrónica con servidor “usa.net”.

Nada. De nada sirvió. Con la mayor tranquilidad contestó con más artículos, entre los cuales estaba uno en el que—juro de nuevo—aseguraba ahora que las siniestras maquinaciones de la CIA se asomaban tras la redacción específica que la Constitución de 1999 había dedicado a las tribus indígenas venezolanas. (Según el autor de los febriles textos, el haberse referido a las tribus locales con el cognomento de “pueblos” era un error terrible de los constituyentes del 99, seguramente influido por un lobby de espías estadounidenses, porque la doctrina de las Naciones Unidas entrevé la transformación de pueblos sin Estado en naciones con él. A este fin estaría trabajando la CIA, para afectar el proceso revolucionario con la hostilidad de próximas naciones como Pemonozuela o Waraolandia).

Al sujeto le resbala cualquier argumento. Provisto de una teoría simple pero totalizante, encontrará explicación estándar para cualquier cosa, y ninguna argumentación en contrario le inducirá a abandonar el papel de combatiente revolucionario intelectual que con tan evidentes orgullo y alegría ha asumido. Y el redactor de tales desvaríos explica que su formación viene de experiencias pedagógicas nacionales, mencionando por ejemplo al Instituto Ezequiel Zamora, en el que habría aprendido cosas que le permiten afirmar que la clave de nuestros problemas es que las burocracias de los países dominantes han decidido impedir el desarrollo de nuestras desvalidas naciones. Etcétera.

Desde un dogmatismo tan cerrado es imposible la lectura clínica de nuestra historia y nuestra actual dinámica. Pero ésa es la rigidez de la concepción que el gobierno de Chávez procura convertir en dogma docente nacional. Y después entroniza en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas a un director escogido en una votación en la que los obreros del instituto tienen más peso que los propios investigadores.

Si hay todavía quien crea que lo ideológico no es importante para Chávez, y que no es en ese terreno donde la batalla fundamental debe ser librada, no ha comprendido todavía cuál es el verdadero carácter de esta revolución que consagra una sociología tan uniforme y elemental, tan tapa amarilla.

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