Cartas

Algunos entre los demócratas norteamericanos, considerados como líderes de gran peso o como figuras intelectuales “superiores” a sus contrapartes republicanas han sido, no obstante, perdedores. En época de Adlai Stevenson, por ejemplo, se le tenía a éste por el estadista más fino entre los norteamericanos, el presidenciable ideal, pero nunca pudo llegar a la presidencia de los Estados Unidos. George McGovern pareció recoger el aura de Robert Kennedy e inició una “revolución” en la temática del partido demócrata, pero su movimiento nunca llegó a su destino político, la Casa Blanca. En época de Ronald Reagan fungía como su Vicepresidente George Bush padre, quien pareció ser derrotado por la muy preparada demócrata Geraldine Ferraro—¿antecesora de Hillary Clinton?—en los debates de la campaña electoral que llevarían a la segunda presidencia del actor-presidente. (¿Antecesor de Arnold Schwarzenegger?) Los demócratas nunca pudieron contra Reagan, como Al Gore, de gran prestigio como líder de avanzada, como dirigente que “comprendía la modernidad”, no pudo contra Bush hijo, a quien se consideró siempre su inferior intelectual. Y ya sabemos que pasó con John Kerry.

Un caso interesante viene dado por la figura de Walter Mondale, que ejerció la vicepresidencia bajo Jimmy Carter y fue el candidato demócrata contra Reagan en 1984, justamente con Geraldine Ferraro como su compañera de fórmula. Apartando este fracaso político, Mondale se distinguió en el Senado norteamericano con una carrera parlamentaria de doce años. En 1967 intentó la aprobación de una ley que pareció ser proyecto imbatible: la ley de Plena Oportunidad y Contabilidad Social. (Full Opportunity and Social Accounting Act, en su inicio Full Opportunity and Social Indicators Act).

Como su nombre lo indica, el proyecto de legislación estaba conformado por dos componentes. La idea de “oportunidad plena” era un punto de carácter doctrinario. En el hervor solidario de la década de los sesenta, se argumentaba que la “igualdad de oportunidades” no era suficiente, pues algunos habitantes serían “más iguales que otros”. Es decir, si se garantizaba la misma oportunidad a todos, un número considerable de ciudadanos, aquejados de desventajas iniciales en razón de su pobreza, continuaría en desventaja. Lo que había que asegurar era una “oportunidad plena”.

En cambio, el componente de “indicadores sociales” correspondía a una idea inicialmente esbozada con Roosevelt: el registro del progreso social de la nación norteamericana. En 1967 gobernaba Lyndon Johnson, que había declarado una “Guerra a la Pobreza”—¿antecesora de la “Misión Cristo”?—y había instruido al Departamento de Salud, Educación y Bienestar (HEW) para que estudiara la posibilidad de medir el progreso social de los Estados Unidos. Es en este momento cuando Mondale promueve una ley que hubiera obligado a los presidentes norteamericanos a incluir indicadores sociales en su State of the Union, el mensaje anual ante el Congreso, que George W. Bush presentó justamente ayer, el mismo día cuando se cumplieron seis años de Hugo Chávez en Miraflores.

Pero el proyecto de Mondale, que parecía contar con grande apoyo en el electorado norteamericano, nunca llegó a convertirse en ley. El Buró del Censo, a pesar de esto, produjo reportes—menos ambiciosos que el Reporte Social anual previsto en el proyecto—en 1973, 1976 y 1980, pero incluso esta práctica fue descontinuada por la administración Reagan, y ya no se intentó más alguna idea parecida. Lo que no impidió que ayer el presidente Bush dedicara una buena parte de su discurso a temas de la agenda doméstica, pues el problema de la seguridad social en los Estados Unidos pareciera importar a los estadounidenses más que los asuntos de política exterior e incluso más que los de seguridad antiterrorista.

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Hugo Chávez ofreció oficialmente su State of the Union hace ya semanas (dominado por el impasse con Colombia que hoy será discutido a puertas cerradas con Uribe Vélez), pero ayer, con motivo de sus seis años en la Presidencia de la República (“Bolivariana”), hizo un somero recuento de lo que considera sus logros. Por ejemplo, que se habría alfabetizado ya a más de un millón trescientos mil ciudadanos con la “Misión Robinson”. Pero ¿quién está sacando las cuentas, si no él mismo? Y estas misiones ¿no esperaron cuatro años enteros en el limbo de la inexistencia para iniciarse como elemento central de una campaña electoral antirrevocatorio?

Estas cosas son de menor importancia para una política que reivindica el privilegio de la inconsistencia. Hace horas que Chávez se declarara, ahora sí, abiertamente “socialista” desde Porto Alegre. Ya puede abandonar el engaño de sus discursos de 1998, cuando juraba a quien quisiera escucharlo que no era ni liberal ni socialista, sino que buscaba una “tercera vía” y se comparaba desfachatadamente por eso con Tony Blair.

Claro que estas inconsistencias se disuelven bajo la noción de que Chávez es un ungido de Bolívar, un héroe de Neruda, un ser providencial, para Venezuela y para toda América Latina. Él sería la expresión de un “destino manifiesto”, la encarnación épica para la rectificación de quinientos años de explotación.

Pero en todas partes se cuece habas, pues no es Chávez el único presidente del hemisferio con esa idea de haber sido escogido por la historia. (O por la misma Divina Providencia). Allá arriba, en los Estados Unidos, George W. Bush también se siente llamado.

Por ejemplo, en septiembre de 2000 decía a un entrevistador de la revista “George” (fundada por el hijo de John Fitzgerald Kennedy y Jacqueline Bouvier): “He escuchado el llamado. Yo creo que Dios quiere que sea candidato a la Presidencia”. Ese mismo año (según el London Observer) confiaba al “televangelista” James Robinson: “Siento que Dios quiere que busque la Presidencia. No puedo explicarlo, pero siento que mi país va a necesitarme”. Tres años más tarde el periódico israelita Ha’aretz reportaba confidencias de Bush al primer ministro palestino Abu Mazen, en cumbre celebrada en Jordania: “Dios me dijo que golpeara a al Quaeda y la golpeé, y luego me instruyó para que golpeara a Saddam, cosa que hice, y ahora estoy determinado a resolver el problema en el Oriente Medio”. Y el 9 de julio de 2004, ya en campaña electoral hacia su reelección, decía a un grupo reunido en las oficinas de Lapp Electric Services, en Smoketown, Pennsylvania: “Confío en que Dios hable por mi conducto. Sin eso no podría hacer mi trabajo”.

Hugo reivindica parentesco con Bolívar y, con algo de corrosiva blasfemia, de cuando en cuando se ha emparentado con el mismísimo Jesús de Nazaret. (La última vez el 3 de junio de 2004). George pareciera, por otra parte, estar a punto de establecer la primera teocracia norteamericana. Vidas paralelas, diría Plutarco, aunque algo asimétricas. Uno habló ayer desde “el balcón del Pueblo”, poco después de que el otro perorara en el Capitolio de Washington.

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