Fichero

LEA, por favor

A Yehezkel Dror debo, desde 1975, el haber trabado conocimiento del pensamiento de Stafford Beer, el más grande de los cibernetistas ingleses, y a quien el padre de la cibernética—el arte del control y la comunicación en el hombre y la máquina—Norbert Wiener, consideró a su vez el padre de la “cibernética gerencial”: el arte de establecer una organización eficaz.

Viniendo de Wiener, esa caracterización era un elogio harto honroso, puesto que el viejo maestro fue un coloso entre gigantes del novísimo campo conceptual del siglo veinte, fundamento teórico, entre otras cosas, de la ciencia de la computación.

Beer imitó a Wiener en al menos un aspecto: en tanto protector y promotor de jóvenes talentos. Durante largo tiempo fue asesor principalísimo de la industria siderúrgica inglesa. Y luego fundó la primera empresa de consultoría cibernética. Después presidiría por varios años la Sociedad Inglesa de Investigación Operacional. (Operations Research).

Dror me había regalado una muy fresca copia del libro de Beer que se llamó Platform for Change (Wiley, 1975), una colección de sus más sugestivos artículos y conferencias. En alguno de ellos, recuerdo, sostenía que la perenne polémica entre centralización y descentralización era una falsa disyuntiva, puesto que el examen de cualquier organismo biológico viable revela que en él coexisten en perfecta armonía procesos centralizados y procesos descentralizados.

Beer, nacido en Inglaterra en 1926 y fallecido en 2002, llegó a asesorar al gobierno de Salvador Allende sobre sistemas cibernéticos de gobierno, los que por razones obvias nunca llegaron a madurar. Pero también prestó después su consejo técnico, y no poco romántico, a los gobiernos de Colombia y Venezuela.

La Ficha Semanal #35 de doctorpolítico se compone de la primera parte—la menos técnica—de un trabajo de Beer bajo el nombre de Un Mundo Atormentado, escrito en 1992, el año de un fallido golpe de Estado en Venezuela y del Quinto Centenario del primer viaje de Cristóbal Colón. Dos términos técnicos que ocurren en el texto requieren explicación. Una “variable coenética”, en la actividad de modelaje de sistemas, se refiere a una variable que modifica no sólo al sistema como tal, sino también al ambiente en el que éste está inmerso. La Ley de Variedad Requerida (Law of Requisite Variety) fue formulada por Ross Ashby, otro de los tempranos mentores y admiradores de Beer. La ley en cuestión establece: “Mientras mayor sea la variedad de acciones disponibles en un sistema de control, mayor será la variedad de perturbaciones que será capaz de compensar”.

LEA

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Un mundo atormentado

MUNDO ATORMENTADO: UN TIEMPO AL QUE LE LLEGARÁ SU IDEA

Uno recuerda el comienzo de la humanidad, Nuestros primeros padres fueron muy rápidos para meterse en líos. Fueron expulsados del jardín del Edén. Entiendo que Adán tomó la mano de Eva y le dijo: “Querida, estamos viviendo una época de transición”.

Quizás la gente siempre se haya sentido así. Ciertamente nos sentimos así hoy en día. ¿Ha tratado usted alguna vez de enumerar los componentes del cambio contemporáneo? Es bastante fácil citar las maravillas de la ciencia y la tecnología modernas—cómo el computador, y la televisión y la ciencia médica han cambiado nuestras vidas. Si uno empieza con tales asuntos, surge la “profunda intuición” de observar que ha habido un cambio en la rata de cambio. Pero eso era obvio hace ya veinte o treinta años, puesto que yo escribía entonces libros sobre eso.

Componentes del Cambio Contemporáneo

Hoy en día mi lista es diferente. En el primer lugar coloco el espectacular avance de la miseria humana. En mi estimación más seres humanos que nunca antes soportan hoy esa agonía; la cantidad pudiera ser mayor que la suma de sufrientes a lo largo de toda la historia. Me refiero a inanición y epidemias; a la guerra y el terrorismo; a la privación, la explotación y la tortura. Reitero el término agonía; no estoy hablando de “tiempos difíciles”.

El segundo lugar de mi lista lo ocupa el colapso de la civilización que hemos conocido a lo largo de nuestra vida. Estamos viendo los escombros que quedan de dos imperios adversarios. El comunismo soviético ha aceptado su fallecimiento; el capitalismo occidental todavía no lo acepta. Pero no estoy haciendo un pronóstico. Estoy examinando los hechos que tenemos ante las narices.

A causa de una tal “corrección política”, ya nadie habla de la explotación de la naturaleza o los pueblos indígenas. En lugar de esto hablan de “desarrollo sustentable”, pero tal cosa no existe. No sólo es que el desarrollo no puede sostenerse; incluso la trabazón existente ya no puede ser sostenida por más tiempo.

Estas dos espectaculares transiciones, la agonía humana y el colapso societal, están conectadas—no solamente al nivel fenomenológico, sino en su etiología. No es creíble que la gente prefiera vivir bajo estas condiciones gemelas. Se sigue que estamos siendo gobernados por una oligarquía, por los pocos; es una oligarquía de poder, codicia y terror. Estamos cegados ante eso del modo más extraordinario. Para considerar el ejemplo principal: ninguno de los fenómenos que he mencionado tendría su actual forma virulenta si no hubiesen modernos armamentos poderosos.

Siempre se consigue pacifistas por allí, gracias a Dios. Pero muchos amigos me dicen que el pacifismo no puede funcionar en la práctica. Que no me digan esto a mí, que pude escuchar en persona a Gandhi hablando. No es por nada que su vocablo sánscrito ahimsa es traducido tan negativamente como “no violencia”: su complemento, satyagraha, no es en absoluto comprendido en Occidente. Significa “atenerse a la verdad”. Ahimsa no implica falta de compromiso o carencia de contacto fuerte. Pero ninguna plataforma política seria ha propuesto que se considere ilegal la manufactura de armamentos. Por lo contrario, esta fabricación es esencial a la conducta de la actual economía del mundo, y es el principal instrumento de una vicaria política exterior de parte de quienes la controlan.

La Aproximación Diagnóstica de la Cibernética Gerencial

¿Qué podemos decir sobre la gerencia que procrea este desastroso desorden? Sin saltar a teorías de conspiración, o citar las actividades ilegales que ahora constituyen la más grande industria del mundo, al menos podemos decir que la humanidad maneja ahora sus propios asuntos con una incompetencia sorprendente. Esto no fue siempre así. Las pequeñas tribus se manejaban en verdad muy bien, sin la destrucción de su hábitat. Algo ha estado ocurriendo, parece al menos en parte, en relación con la escala. ¿Por qué tendría la escala que establecer una diferencia?

Mirémoslo del siguiente modo. La cantidad de relaciones internas al interior de un sistema complejo crece exponencialmente a la par del crecimiento lineal del sistema. Y gracias a la creciente complejidad en las relaciones detectables entre los elementos sistémicos mismos, inducida por las tecnologías superiores, hemos estado asistiendo a una explosión de variedad en la que la función exponencial es ella misma un exponente. Después de siglos de cabalgar a lomo de caballo, hemos logrado velocidades de 44.800 kilómetros por hora: la velocidad de salida. Cada uno de nosotros conoce el dramático cambio en la rata de cambio en computación—del ábaco al chip. Y por encima de todo, la explosión poblacional parece ser hiperbólica, no digamos exponencial.

La variedad, la medida de la complejidad del sistema que debemos manejar es un nuevo universo de galaxias, comparado con el simple sistema solar del comienzo de la revolución industrial. Todo esto ha ocurrido en escasos doscientos años. Y con seguridad esta revolución ha sido, en términos cibernéticos, la variable coenética con la que podemos registrar el cambio sistémico en la tecnología, la economía y también el orden social en ese período.

¿Qué puede decir el cibernetista, habiendo reconocido la variable coenética, respecto de, digamos, la gerencia de esta explosiva transición, que es más que la suma de los análisis relativamente aislados de la gerencia del cambio tecnológico, económico y societal? Primero que nada, que el cerebro no ha cambiado en este tiempo. Sigue siendo, como descubrió McCulloch, un computador electro-químico de kilo y medio que funciona a base de glucosa a 25 vatios. Aun así, tiene un muy grande número de elementos: 10 mil millones de neuronas, ciertamente. Para la época, es decir, para los años cincuenta, eso sonaba como mucho. ¿Pero ahora? Eso es sólo 10 gigabytes. Los computadores, si no los cerebros, pueden manejar algo así.

Pero he aquí el problema. Para programar un computador se necesita un modelo. Y los modelos son provistos por cerebros. Los modelos son necesariamente atenuadores de una masiva variedad, puesto que seleccionan sólo aquellos aspectos del mundo que son relevantes para el propósito del modelo. Peor aún, los modelos adoptados no son los mejores que podemos proveer: son modelos consensuales puestos en sitio y compactados por las ideologías. Y una ideología es un instrumento de verdaderamente muy baja variedad. Vastos textos de filosofía política, desde Grecia antigua, han sido estudiados en conjunto por los teóricos del comunismo como del capitalismo; pero las ideologías a las que las dos superpotencias convocaban a sus seguidores atenuaban esta variedad de formas diversas. Han tenido en común lo siguiente: ninguna tenía la Variedad Requerida (definida por la ley de Ashby) para la gestión. Ambas son, por tanto, gerencialmente disfuncionales. Y ninguna funciona. Para el analista político los dos sistemas de gestión son muy diferentes, y para el político totalmente opuestos. Ningún lado ha tenido el menor escrúpulo para imputar juicios morales, y sus seguidores han estado encantados con eso. Han emprendido guerras frías y calientes por tal cosa. Para el cibernetista, paradójicamente, es en gran medida el mismo proceso en ambos casos. En pocas palabras, se trata de una disfuncional centralización excesiva.

Stafford Beer

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