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¡Bingo! Eso habrá gritado Jesse Chacón al serle confirmada la noticia de la detención de Carlos Ortega, el más connotado líder del paro de fines de 2002 y comienzos de 2003 contra el gobierno de Hugo Chávez. Ortega, con una apariencia maquillada—pelo y bigotes teñidos de negro—que le asemeja extraordinariamente a Josef Stalin joven, fue apresado a las afueras de una casa de juegos de la urbanización Bello Monte de Caracas.

Versiones encontradas, como es habitual con las detenciones practicadas por el régimen, circulan acerca de los motivos de la presencia de Ortega en los predios del establecimiento de envite y azar. (Ya cierta prensa asegura que, minutos antes de su detención, el nuevo preso de Chávez-Chacón acababa de hacer una apuesta por tres millones de bolívares). Lo que parece cierto es que el líder sindical, a quien se le incautó una cédula de identidad y una licencia de conducir con nombre falso, habitaba desde hacía más o menos un año en una quinta de la misma urbanización.

Es de esperar que sobre Carlos Ortega caiga todo lo que el gobierno pueda encontrar para achacarle, lo que seguramente incluirá aquella conversación grabada no mucho antes del 11 de abril, en la que el ahora detenido solicitaba apoyo e instrucciones a Carlos Andrés Pérez y en la que éste le recomendaba que se pusiera de acuerdo con Pedro Carmona Estanga. Más recientemente, y después del fracaso del paro y el referendo revocatorio, Ortega coincidía con apreciación de Pérez: que a Chávez no puede deponérsele por métodos democráticos y por consiguiente habría que ejercer la violencia contra él. Si Ortega no ha mudado de opinión, es entonces difícil imaginar que tiene un año de incógnito en el país por pura nostalgia del terruño o con el exclusivo propósito de jugar al bingo. Algo andaría preparando.

Vendrán, por supuesto, nuevas detenciones y allanamientos relacionados con el caso. Hasta los momentos ha sido allanada la quinta que ocupaba Ortega, pero aparte de algunos diskettes de computadora, lo encontrado allí, según reporta la policía “científica”, es un somero arsenal de maquillaje teatral: peluquines, bigotes postizos, tinte capilar. Algo así como los cachitos de jamón de la finca Daktari.

Pero alguien financiaba la temporada irregular de Ortega en Venezuela. Alguien ha debido saber de su presencia en el país. (Hay fotos que le ubicaban en la autopista Francisco Fajardo en la concentración de cierre de la campaña revocatoria en agosto del año pasado). Aparte de la previsible vindicta en su contra, fariseando justicia que no se administró a los sueltos matarifes de Puente Llaguno; aparte del ensañamiento y la torpeza esperada por parte de una Fiscalía más bien chimba (cuyas chambonadas pasan por alto habitualmente muchos de los tribunales de la República), será interesante averiguar qué es lo que Carlos Ortega estaba haciendo en el país.

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