Cartas

Es sin duda un best seller en Venezuela el libro biográfico Hugo Chávez sin uniforme: una historia personal, ejecutado a cuatro manos por la pareja periodística de Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. Tal condición de libro bien vendido es muy merecida. Bien escrito y documentado, adornado con fotografías muy pertinentes, algunas inéditas, traza la trayectoria del actual Presidente de la República, desde su nacimiento en Sabaneta—cuatro calles, al decir del vecino Efrén Jiménez—hasta la actualidad.

Se trata, pues, de un extenso retrato de Chávez, pintado en casi cuatrocientas páginas, que cuentan la peripecia de una evidente vocación de poder. Es un retrato de vivos colores, echados con maestría narrativa sobre un dibujo preciso y detallado. Los datos son fidedignos, la investigación seria (tuvo acceso, por ejemplo, al diario personal del biografiado), la escritura responsable. Y es de un detalle del cuadro del que esta carta semanal ahora se ocupa: el que muestra desde el comienzo cuál es la relación de Chávez con la verdad.

En el primer capítulo del libro (“Llegó la revolución”) cuentan Barrera y Marcano: “En 1999, por ejemplo, en una entrevista con Mempo Gardinelli y Carlos Monsiváis, cuando estos imprescindibles escritores latinoamericanos le preguntaron: ‘¿Alguna vez se imaginó que estaría aquí en la presidencia y en el poder?’, Chávez contestó rápidamente: ‘No, jamás. Jamás’. Pero antes han relatado los autores de la biografía que Federico Ruiz, su amigo de adolescencia, recuerda muy bien una conversación con Chávez, en 1982 o 1983, mientras viajaban por carro hacia Barinas desde Maracay: “…él me dijo ‘¿Sabes una cosa? Yo algún día voy a ser presidente de la República’. Y añadió Ruiz: ‘Hugo me lo dijo muy serio”.

Más adelante reportan los biógrafos: “Por entonces se plantea otra meta, su gran meta: el poder. A los 21 años, Hugo Chávez ya no se conforma con ser simplemente un militar. Y comienza a coquetear con la idea de un golpe de Estado, según cuenta su paisano Rafael Simón Jiménez. ‘Cada vez que me veía, en cualquier calle de Barinas, se bajaba del carro a saludar: ¿Qué hubo, mi hermano? Yo le preguntaba: ¿y tú como estás? Y me respondía: Contento, pana, porque ya viene el 2000. Y me decía: Antes del 2000, soy general y echo una vaina en este país”.

O registran, por ejemplo, que desde sus años de cadete proseguía en un prolongado adiestramiento marxista a manos de José Esteban Ruiz en Barinas, mientras se mostraba absolutamente neutral en política a los ojos de su propia madre, a quien ocultaba sus verdaderas inclinaciones: “A Hugo, asegura su madre Elena, ‘no le gustaba la política’. Ni le gustaba hablar ‘de esas cosas’ con su padre… Lo cierto es que Doña Elena no puede creer que su hijo sí hablara de política con los Ruiz, ni que éstos hayan tenido en él alguna influencia”.

O también reseñan: “En el año 2002, el diario español El Mundo denuncia que el Banco Bilbao Vizcaya (BBV) aportó 1.52 millones de dólares para el financiamiento de la campaña electoral de Hugo Chávez… Esta denuncia, además, encuentra un dato que amarra más suspicacias: el 11 de enero de 1999, en su primer viaje a España ya como presidente electo, Chávez se reúne con Emilio Ybarra, presidente del BBV y luego con Emilio Botín y su hija Ana Patricia Botín, del Banco Santander. Al principio, el nuevo gobierno negó todo, pero después ya fue irremediable… Fue entonces el 6 de abril de 2002, cuando el general Müller reconoce las donaciones del BBV… Unos días más tarde, sin embargo, el 25 de abril, Hugo Chávez dice al canal Telecinco de España: ‘no he recibido ni un dólar de esta gente, de este banco… ¿cómo se llama?… Bilbao Vizcaya”.

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En 1988 se publicaba un libro del prolífico escritor francés Jean-François Revel: El conocimiento inútil. Es la frase inicial de esa obra la siguiente terrible declaración: “La primera de las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. Revel parte de allí para denunciar, precisamente, la gran mentira socialista, y que luego comenta Fernando Díaz Villanueva en “La ocasión perdida”: “Es, como muy acertadamente lo moteja Revel, ‘el arte de pensar socialista’, que no consiente que la realidad le fastidie una buena teoría, una buena soflama. Socialismo es libertad a pesar de que en cualquier régimen socialista que en el mundo ha sido ésta ha sido la primera víctima de los autonombrados representantes del pueblo. Socialismo es igualdad a pesar del conocido abismo que separaba los derechos y el bienestar del pueblo de la burocracia del partido único. Socialismo es democracia a pesar del modo y manera tan curiosa de entender la representación que tienen los regímenes inspirados por Marx. Socialismo es justicia a pesar de las purgas, las persecuciones y las deportaciones masivas de ciudadanos cuyo único pecado fue, y es todavía en algunos países, opinar”.

Como revela la biografía de Barrera & Marcano, Hugo Chávez está adiestrado desde muy temprano en estos menesteres de la mentira, y como dice el proverbio africano “Si rehúsas enderezarte cuando eres verde, no te enderezarás cuando estés seco”. La vida de Chávez, por propia admisión, por abundante testimonio de allegados, ha estado signada por la duplicidad, por la insinceridad, por la doble vida del conspirador, del agente encubierto, del espía. Se acostumbró a mentir, hasta el punto de que ahora ya ni siquiera revela en su lenguaje gestual, como se traicionaba antes a sí mismo, cuándo está diciendo algo que él sabe que no es cierto. (En el llano se dice “hocear” para referirse a una cierta torsión del hocico de las bestias: es éste el gesto del que ya Chávez, curtido por el ejercicio de lo falaz, ha logrado prescindir, y que antes denunciaba sus más flagrantes mentiras).

La más grande de ellas, por cierto, es su pretendido interés en el pueblo. Hasta que no tuvo por delante el escenario electoral revocatorio, hacia septiembre de 2003, las benditas misiones no existieron. Chávez gobernó en 1999, 2000, 2001, 2002 y casi todo 2003 sin percatarse de que en Venezuela había analfabetas. A comienzos de su campaña de 1998, cuando acertadamente enarboló la bandera constituyente, su movimiento político anunció con amezante solemnidad que forzaría un referéndum sobre la materia por la ruta de la iniciativa popular. Más adelante, cuando ya se sabía virtualmente electo, pues todas las encuestas así lo anticipaban, se dejó de ese asunto. ¿Para qué necesitaba al pueblo cuando como presidente podría convocar en consejo de ministros el referéndum requerido?

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En los terrenos de la pura lógica el argumento ad hominem no tiene validez probatoria. Es decir, no guarda relación con la veracidad de una afirmación el carácter o biografía de quien la pronuncia. En los de la política, en cambio, la personalidad del gobernante cobra especial relevancia. Bárbara Tuchman apuntaba en el epílogo de “La marcha de la insensatez”: “Conscientes del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, puede ser que en la procura del más sabio gobierno debamos buscar primero la prueba del carácter. Y esta prueba debe ser la de la valentía moral”.

Lamentablemente, también existe el peculiar arrojo del mentiroso, de aquél que con desparpajo engaña sin inmutarse en lo más mínimo. Cuando tal impertérrito se limita al intercambio interpersonal hace daño, naturalmente. Cuando el mentiroso consuetudinario es un político, los estragos son mucho peores. Cuando más aún, un gobernante autocrático pretende que todo un pueblo al que domine mienta por miedo y oculte sus verdaderos sentimientos, envenena el alma de la sociedad.

Boris Pasternak, que no pudo recibir el Premio Nóbel de Literatura de 1958 porque el régimen socialista ruso no lo permitió, pinta en su única y gran novela, “Dr. Zhivago”, los deletéreos efectos que la mentira forzada tiene en el alma de un pueblo: “Se requiere de la gran mayoría de nosotros que vivamos una vida de constante, sistemática duplicidad. La salud de uno está destinada a afectarse si, día tras día, uno dice lo opuesto de lo que uno siente, si uno se arrastra ante lo que le disgusta y se regocija ante lo que no le trae sino infortunio. Nuestro sistema nervioso no es sólo una ficción, es parte de nuestro cuerpo físico, y nuestra alma existe en el espacio y está dentro de nosotros, como los dientes en nuestra boca. No puede ser violada sempiternamente con impunidad”.

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