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Una verdadera papa caliente tienen los Estados Unidos en la persona de Luis Posada Carriles, detenido en Miami el martes de esta semana luego de que autoridades norteamericanas negaran conocer su paradero ante exigencias de Fidel Castro y Hugo Chávez. Una creciente presión internacional inclinó la balanza en contra del incesante enemigo de Castro. Posada Carriles, admitió su propio abogado, había entrado a los Estados Unidos en marzo de este año, proveniente de Panamá por vía de Honduras. Desde Texas arribó a Florida en uno de los proverbiales autobuses de Greyhound.

Documentos de la CIA y el FBI en el Archivo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, liberados por efectos de la Ley de Libertad de Información, establecen que Posada Carriles estuvo vinculado estrechamente a la primera de las agencias desde la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, que habría participado muy activamente en la lucha antizquierdista en Centroamérica y que habría asistido al menos a dos sesiones de planificación del atentado de 1976 contra el avión de Cubana de Aviación, celebradas en el hotel Anauco Hilton de Caracas.

Venezuela solicitó formalmente la extradición de Posada Carriles de los Estados Unidos, y ahora asegura por parte del vicepresidente Rangel que de recibirlo no lo enviaría a Cuba y lo sometería a juicio ante tribunales locales. Las autoridades estadounidenses, que en principio deben decidir hoy sobre el destino del detenido, en teoría pudieran liberarlo, mantenerlo confinado por inmigración ilegal (viajó con pasaporte falso) o extraditarlo, como modo de mostrar consistencia en su política de condena al terrorismo.

La inclinación esperada en el gobierno de George W. Bush sería la de no entregar el prisionero a Venezuela. De hecho, las leyes norteamericanas prohíben la extradición a Cuba o a cualquier país que actúe en defensa de intereses cubanos. Por esto algunas fuentes indicaban ayer que los Estados Unidos buscarían deportarlo a un país que no fuese el nuestro.

No es de esperar una activa defensa de Posada Carriles, que en 1976 trabajó para la Disip de Carlos Andrés Pérez, por parte del exilio cubano en Miami. El costo político para Bush a este respecto no será muy grande por la detención misma, y si piensa a mediano plazo, hasta pudiera considerar lo impensable: entregarle a Chávez la presa, tal como éste convino en entregar a “El Chigüiro” al gobierno colombiano. Con el sacrificio del anciano terrorista de 77 años, que ya ni siquiera es visto como héroe por los cubanos de Miami, Bush pudiera callar la boca por un tiempo al deslenguado Presidente de Venezuela y cobrar credibilidad en su proclamada cruzada contra el terrorismo de cualquier signo. Esto sería mejor que permitir a Posada Carriles, en una defensa que seguramente alegaría sus servicios a los Estados Unidos, contar lo que sabe de las operaciones de la CIA en el continente.

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