Cartas

El martes 7 de junio pasado, anteayer, se celebró una videoconferencia generada en Lima para discusiones sobre los esquemas de cooperación de la Unión Europea con la Comunidad Andina de Naciones. En esa ciudad participaron por Venezuela el doctor Reinaldo Figueredo y la profesora Evangelina García Prince. En Bogotá, Quito, La Paz y Caracas hubo espacios para que la magia tecnológica enganchara simultáneamente a otros participantes. Aquí, en las inmediaciones de la Plaza Venezuela, dos personas metieron su cuchara en las deliberaciones: Jorge Requena, alto funcionario de la Corporación Andina de Fomento, boliviano, con una profesional e informativa exposición sobre programas de desarrollo social de la CAF, y el suscrito, con un breve comentario. Por eso puedo contarlo.

Después de las exposiciones de miembros del panel en Lima, la dirección de debates anunció un receso de quince minutos, al cabo del cual comenzaría la participación de las restantes capitales. Un estoico Jorge escuchó, menos atónito que quien escribe, cómo la delegación de La Paz—ciudad cuyo nombre ya es una ironía—anunció poco antes de vencerse el plazo del intermedio que “razones de fuerza mayor” le obligaban a abandonar el telecónclave y dejar afónica a Bolivia. Una primera explicación se formó en mi cabeza, mientras con el corazón buscaba empatía con Jorge: la crisis de su país exigiría la presencia de los expertos para atender alguna urgencia. La razón, descubrimos a los pocos minutos, era otra: turbas de manifestantes, a las afueras de las oficinas de la CAF en La Paz, amenazaban la seguridad personal de los delegados. Seguramente con dolor y vergüenza se retiraron apresuradamente del salón, que quedó vacío antes de que las cámaras que captaban la escena dejasen de transmitir. El chantaje de la violencia política ya no sólo podía aislar al país cortando el tránsito terrestre; había logrado aislarlo, al menos en ese punto, interrumpiendo también una transmisión hacia el éter.

La segunda renuncia de Carlos Mesa a la Presidencia de Bolivia ya no funcionó como gambito táctico; esta vez se trataba de una capitulación. Un golpe que más que de Estado era de Pueblo forzaba su dimisión, luego de que sus últimos intentos por gobernar se revelaran como enteramente ineficaces. Hace pocas horas ha aconsejado a los bolivianos no proseguir lo que avizora como camino seguro hacia la guerra civil. No hacía nada que la Organización de Estados Americanos ofreciera su inquietud y su apoyo—que nadie sabe cuál pudiera ser—al atribulado país. Ninguno de los agresivos manifestantes habrá puesto atención a la oferta, mientras se preparaban para asediar a un amenazado parlamento que debe decidir el orden de sucesión. Ya no hay gobierno en Bolivia.

Aparentemente los protestantes bolivianos bajarían su presión si los presidentes de ambas cámaras del Congreso declinan su derecho constitucional a la sucesión—el mismo Mesa les exhortó a esto—y el Presidente de la Corte Suprema, Eduardo Martínez, asume la función ejecutiva y convoca a elecciones en brevísimo plazo. (Hasta Prensa Latina destaca esta posibilidad). Es difícil pensar que las fuerzas radicales se abstendrían de volver a las andadas de resultar electoralmente perdedoras sin que sus pretensiones contra presencias multinacionales y políticas de corte liberal sean satisfechas. (El partido de Evo Morales, hasta ahora, no pasa de veinte por ciento de adhesión del electorado general). Ya han probado la eficacia de la extorsión. Del otro lado, la mayor concentración de riqueza boliviana en Santa Cruz, cuyos líderes han buscado la autonomía si no la secesión (o hasta un Anschluss por Brasil), se erige como la única oposición con peso ante los designios de Morales y de Quispe.

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Poco antes de este estrecho, la Organización de Estados Americanos desechaba el proyecto norteamericano para una vigilancia más estricta de las democracias del continente. La decisión ya no se atenía a desestimar un candidato apoyado por los Estados Unidos para la Secretaría General del organismo, sino que derrotaba, en suelo gobernado por el hermano de George W. Bush, una pretendida política de evidente diseño antichavista.

Este último resultado en el nuevo campeonato de la OEA—por ahora, Latinoamérica 2-Estados Unidos 0—era totalmente previsible, como lo advirtieron innumerables analistas en todo el continente, incluyendo más de uno notable en la prensa norteamericana. ¿Por qué insistió el gobierno de los Estados Unidos en tal terquedad, si los más realistas pronósticos anticipaban que el desenlace no le sería favorable? ¿Habría aconsejado Colin Powell un tratamiento diferente del que Condoleezza Rice pensó que podría imponer? Lo cierto es que ella debió escuchar sin remedio la lección que le impartía el jefe de la mayor de las cancillerías suramericanas, Celso Amorim: “La democracia, Señora Secretaria, no puede ser impuesta”. Y ya había destacado Bárbara Tuchman que uno de los rasgos distintivos de la insensatez política es el desprecio por un creciente desafecto de los gobernados.

Ahora veremos si el presidente Bush tiene algún parecido con Jorge III de Inglaterra, cuya testarudez le impelió a tratar la resistencia americana a su yugo apretando cada vez más el cepo a los colonos en América del Norte. El resultado fue nada menos que la creación de los Estados Unidos. Una retaliación previsible, el recorte del desproporcionado financiamiento estadounidense a la OEA—no menos del 70% de los gastos del organismo es cubierto por Estados Unidos—no haría otra cosa que consolidar un bloque latinoamericano abiertamente contrario a la política del Departamento de Estado.

Nada, pues, permite presentar, así lo pretenda Roger Noriega, como un triunfo de los Estados Unidos la tibia declaración final de la reunión de Fort Lauderdale. Ya no el Granma, sino la BBC de Londres presenta el asunto como una clara derrota diplomática para el gobierno republicano. Al que por otra parte se le enreda cada día más la estopa. Esta semana el campo demócrata ha disparado dos misiles contra Bush: el primero lleva el nombre de James Carter, quien admitiendo que comparar a Guantánamo con un gulag, como lo hizo hace días Amnistía Internacional (ya la analogía ha sido retirada), era una exageración, ha recomendado el cierre del campamento de detención que los norteamericanos operan en Cuba; el segundo fue lanzado por la senadora Hillary Clinton, esta vez contra las políticas domésticas de Bush, acusándole de superponer su propia agenda partidaria a las tareas propias de la Casa Blanca. Por lo que respecta a Irak, algún otro presidente norteamericano tendrá que ordenar el retiro de las tropas de ocupación, como antes salieron de Viet Nam con el rabo entre las piernas. No es realista contar con Bush para este acto de realismo.

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Paul Valéry nos advirtió hace un tiempo que “…el futuro no es ya lo que solía ser”. En los últimos días Francia y Holanda han negado su aprobación a los diseños constitucionales de la burocracia de Bruselas; ayer protestaban los panameños además de los bolivianos, y activos estadounidenses eran atacados en Buenos Aires mediante terrorismo leve; a mediados de abril China e India declaraban terminados sus diferendos fronterizos, y se aprestaban a incrementar el comercio bilateral en más de 50% en los próximos tres años. Estamos hablando de 2.350 millones de personas, o nada menos que el 36% de la población total del planeta, que a las doce de la noche de ayer se computaba en 6.527.809.298 habitantes. El clima político planetario, como el físico de la tierra (la mujer tan grande como el mundo de Jacquetta Hawkes), ha mutado irreversiblemente. Ya no hay más business as usual.

Mientras el Director de Desarrollo Social de la CAF superaba su boliviana angustia para explicar los programas a su cargo el martes pasado, un grupo de la Dirección de Desarrollo Social de la Alcaldía Metropolitana de Caracas deliberaba. Con la mayor tranquilidad, sin temor a represalias que sabían imposibles, criticaban abiertamente la gestión distrital de Juan Barreto y desconfiaban de la burocracia revolucionaria de la capital. Los verdaderos componentes mayoritarios de las comunidades caraqueñas se saben el poder social y ya se entienden como más poderosos y auténticos que el poder chavista. Chávez no tiene idea de lo que ha desatado. Además de la desatención al malestar de los gobernados, Tuchman detectaba dos rasgos adicionales de la insensatez política (The March of Folly): la primacía del autoengrandecimiento y la ilusión de invulnerabilidad. Chávez, en verdad, pende de un hilo, y de este caos surgirá un orden nuevo, en Venezuela, en América y el mundo.

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