Cartas

Ahora que el presidente Chávez ha ido al sur del continente para abogar por la participación plena de Venezuela en MERCOSUR, resulta oportuno revisar las nociones básicas del tema de la integración de los países de América Latina, actividad con vocación de perpetuidad, luego de más de cuarenta años sin avances suficientemente significativos. En efecto, el proceso ha generado una buena cantidad de burocracias de la integración, pero los países mismos continúan separados. (ALALC, metamorfoseada en ALADI, Pacto Andino transformado en Comunidad Andina de Naciones, Sistema Económico Latinoamericano—SELA—CARICOM, MERCOSUR, y ahora la Comunidad Sudamericana de Naciones).

Al hablar de América Latina, en el fondo, se aludía a una entidad artificialmente conceptuada en oposición a la América Sajona, y se soñaba con la unión de todo lo que estuviese por debajo del Río Grande. Antes se hablaba de Hispanoamérica (de Iberoamérica, si se incluía al Brasil), pero la designación de América Latina es más bien un truco de Napoleón III, que quería que Haití y Martinica francoparlantes quedasen incluidas en el bojote. (Don Pedro Grases aseguraba que el sueño último de Bolívar era el de llevar hasta España las instituciones republicanas, de modo que en su delirante cabeza a la Independencia pudiera sucederle la restitución de la unidad perdida). En todo caso, así como España optó por la unión en Europa (y antes en la OTAN), antes de reunirse con lo que antes fueron sus colonias, así ahora México se ha hecho cada vez más América del Norte, al sumarse al NAFTA junto con los Estados Unidos y Canadá. Por esta razón tiene sentido volver a enfocar el asunto en términos sudamericanos. A fin de cuentas, la tradición geográfica estadounidense (ver Enciclopedia Británica) trata a América del Sur como un continente separado. (Es un asunto optativo y arbitrario, por ejemplo, decir que Asia es un continente separado de Europa. La frontera de los Urales es bastante más ancha que la provista por el delgado Istmo de Panamá).

Se trata de un continente de los más grandes; es el continente con mayor extensión de latitudes; es el productor del 50% del oxígeno planetario; está vertebrado por la más larga cordillera del mundo y es el hogar, en enorme condominio geopolítico y ecológico de 17.658.000 kilómetros cuadrados, de 361 millones de habitantes, que generan un producto continental bruto (por ahora) de 973 mil millones de dólares.

¿Qué sentido tendría integrar tal enormidad? ¿Qué tipo de integración es la que habría que buscar?

La integración del continente sudamericano no debe buscarse por razones románticas o atávicas. Es muy importante, sin duda, que los países del continente compartan una tradición histórica, y que esencialmente (apartando las Guayanas) formen parte de un mismo grupo lingüístico. (El galaico-portugués fue una de las raíces del castellano). Como sabían Edward Sapir y Benjamín Whorf, el mero hecho de hablar un lenguaje impone una metafísica a sus parlantes. Uno no piensa en chino tanto como que “piensa chino”. Uno no piensa en español, uno piensa español. Pero la razón para integrarse no es tanto histórica como la de un negocio a futuro. ¿Tiene sentido la integración para los sudamericanos?

Tomemos nuestro caso particular, para plantear el problema de abajo hacia arriba. La población de Venezuela no reviste la magnitud necesaria para el desarrollo eficiente y sano de un esquema liberal o neoliberal, que en todo caso, siendo proposición para lo económico, no contiene respuestas suficientes a lo político. Por otra parte, las economías de mercado se han revelado como más naturales y productivas que las economías sujetas a un excesivo control o dominación estatal. ¿Qué nos indica esto? Que es necesario adquirir una escala de mayor magnitud, similar a la de economías como la norteamericana, o la europea.

Pero el nombre de integración, para designar el tipo de asociación preferible, es ciertamente inadecuado. La palabra integración tiende a producir la imagen de un todo homogéneo, en el que las peculiaridades nacionales quedarían borradas.

La imagen correcta es la de una confederación de carácter político, que corresponda, en términos generales, al modelo norteamericano. La unión política estadounidense estableció, por el mismo hecho de su construcción, la unión económica, pues consagró el libre tránsito de personas y de bienes por todo el territorio de su confederación. (Los representantes reunidos en 1776 no perdieron tiempo hablando de programas de desgravamen o de aranceles externos comunes para las trece colonias federadas. Fueron directamente al grano. El artículo cuarto de sus Artículos de Confederación establecía: “The better to secure and perpetuate mutual friendship and intercourse among the people of the different States in this Union, the free inhabitants of each of these States… shall be entitled to all privileges and immunities of free citizens in the several States; and the people of each State shall free ingress and regress to and from any other State, and shall enjoy therein all the privileges of trade and commerce, subject to the same duties, impositions, and restrictions as the inhabitants thereof respectively, provided that such restrictions shall not extend so far as to prevent the removal of property imported into any State, to any other State, of which the owner is an inhabitant; provided also that no imposition, duties or restriction shall be laid by any State, on the property of the United States, or either of them.” Eso era la integración económica de un solo plumazo, y sin duda funcionó.

En cambio, el camino intentado, una y mil veces en América Latina, sin éxito apreciable, es el de arribar a la integración política por la etapa previa de la integración económica; esto es, el modelo de la Comunidad Económica Europea.

Para los europeos esto tenía mucho sentido. Los componentes nacionales a ser ensamblados, en muchos casos, habían sido, cada uno por separado y cada uno en su oportunidad, primeras potencias mundiales: España primero, luego Francia, Inglaterra, Alemania… No era fácil para los estados europeos aceptar el hecho de una integración política, sin contar con las dificultades derivadas del hecho simple de su profusa variedad de idiomas, y las provenientes de haberse echado tiros, últimamente, durante seis años seguidos. Nadie podía proponer en la inmediata post guerra, algo que fuese más allá de la Comunidad del Carbón y del Acero.

En agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda hacia 1999.

Al mes siguiente, Milton Friedman, el Premio Nóbel de Economía líder de la llamada escuela monetarista de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: “Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso”. (Entrevista en la revista L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).

Las razones para una integración política pueden ser, pues, de raíz económica, sobre todo si las políticas económicas sobre las que se ha puesto tanta esperanza han fracasado rotundamente. Por ejemplo, la idea de que la devaluación de nuestra moneda conduciría a una vigorosa expansión de nuestras exportaciones no tradicionales. Que los europeos hayan ahora experimentado graves traspiés con el rechazo de la constitución burocráticamente confeccionada en Bruselas se debe a muchos factores, entre otros a su elefantiásica y excesivamente detallada redacción. Jean-Claude Juncker, Primer Ministro de Luxemburgo y Presidente en funciones de la Unión Europea, habló descarnadamente del problema, agravado por la falta de acuerdo en materia presupuestaria: “La gente dirá ahora que Europa no está en crisis, sino en una crisis profunda. Durante este debate presupuestario chocaron dos concepciones de Europa que chocarán siempre. Están aquellos que, sin decirlo, quieren el gran mercado y nada más que el gran mercado, una zona de libre comercio de alto nivel; y están aquellos que quieren una Europa integrada políticamente. Desde hace un largo tiempo he sentido que este debate haría erupción algún día”.

Debiéramos aprender de este fracaso los americanos del sur. La integración debe ser, como lo aconsejaba Friedman—no Chávez, ni Fidel Castro—primariamente política y automáticamente inclusiva de la económica, y debe ser de concepción tan simple como la que armaron los padres fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica.

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