Fichero

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En el número 46 de la Ficha Semanal de doctorpolítico dábamos cuenta de la profunda, extensa, culta y pertinente perspicacia de José Manuel Briceño Guerrero, tal como se pone de manifiesto en su libro El laberinto de los tres minotauros, del que supimos por el blog de Francisco Toro Ugueto tras advertencia de Juan Bravo Sananes.

En realidad es el libro la conjunción de tres trabajos separados: La identificación americana con la Europa segunda, que expone la superposición del discurso racional occidental a las culturas autóctonas de América; Europa y América en el pensar mantuano, que desarrolla el discurso de dominación de las minorías blancas del continente; Discurso salvaje, una gran paráfrasis del discurso bárbaro y primitivo, en el que Toro creyó encontrar la clave y los códigos fundamentales de la dominación chavista.

El mismo Briceño Guerrero explica esta triple aspectación: “Tres grandes discursos de fondo gobiernan el pensamiento americano. Así lo muestran la historia de las ideas, la observación del devenir político y el examen de la creatividad artística… Por una parte el discurso europeo segundo, importado desde fines del siglo dieciocho, estructurado mediante el uso de la razón segunda y sus resultados en ciencia y técnica… Por otra parte, el discurso cristiano-hispánico o discurso mantuano heredado de la España imperial… En tercer lugar el discurso salvaje, albacea de la herida producida en las culturas precolombinas de América por la derrota a manos de los conquistadores y en las culturas africanas por el pasivo traslado a América en esclavitud…”

La Ficha Semanal #52 contiene íntegros tres concisos capítulos (10, 11 y 12) del último de los discursos, del último trabajo que compone el libro. Recordemos cómo Francisco Toro nos advertía que Briceño Guerrero es en un instante observador y reportero y en otro mimético salvaje que asume el discurso bárbaro en primera persona.

J. M. Briceño Guerrero no tiene nada de silvestre; si acaso, como todos nosotros, en recónditos lugares de su inconsciente. Sus doctorados en Filosofía y Filología son de la Universidad de Viena, la ciudad de Wittgenstein, Mahler y Kokoshka, no de la Gran Sabana o la selva guatemalteca.

La secuencia capitular maravilla y atemoriza primero con un elogio de lo primitivo; luego inserta esa conciencia en el presente y refuta falsos intentos de preservación de lo salvaje. En conjunto nos permite una comprensión vívida de la más original de nuestras raíces.

LEA

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Discurso salvaje (2)

DEFENSA OFENSIVA U OFENSA DEFENSIVA. ELOGIO DE LAS CULTURAS PRIMITIVAS

Las culturas precolombinas de América y las culturas africanas de donde procedían los esclavos negros, las culturas “primitivas”—porque también las hubo “altas”, en trance de enajenar al hombre—eran superiores a la cultura occidental.

No buscaban dominar a la naturaleza sino lograr un equilibrio con ella y lo lograron de manera variada según las condiciones ecológicas, de manera creadora según las diferencias de su sensibilidad y los matices de su sentido estético. Aprendieron a vivir con la selva, con la montaña, con el mar, con los llanos de grandes ríos, con el desierto, sin dañarlos y sin perecer. Ni ecocidas ni suicidas. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Sabían vivir en comunidad y compartir. Las relaciones de parentesco y las conductas a que daban lugar estaban claramente establecidas. Los diversos roles en la ejecución del comunitario trabajo eran distribuidos y desempeñados sin sombra de confusión. Con ritos de pasaje garantizaban los umbrales y separaban los niveles. Nunca era una comunidad tan grande como para imposibilitar el conocimiento y reconocimiento mutuo de todos sus miembros. La comunicación integral de persona a persona estaba así asegurada y era practicada como forma normal de comunicación. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Salvo aberración patológica excepcional, tenían su centro de gravedad en sí mismas. Cada comunidad era centro de conocimiento, sentimiento y acción con respecto a la naturaleza, al mundo invisible y a las demás. Cada una era consciente. Cada una era sujeto de su propio devenir vital. No construyeron un nivel superior que conociera, pensara y decidiera por ellas, no hicieron estados, no delegaron su humanidad. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Las comunidades de esas culturas, llamadas primitivas y salvajes, definieron con perfiles inconfundibles al enemigo y al amigo. No reprimieron sus pulsiones de muerte; las canalizaron. Siempre estuvo lejos de ellos—benditos sean para siempre—esa babosa hipocresía del occidental que profesa amor a todos sus semejantes, pero los mata simbólicamente con sueños o realiza enormes guerras de exterminio fratricidas o genocidas. Ellas salían a matar y a morir en armonía con los astros y los cósmicos ritmos de muerte y renacimiento, acompañados por sus animales sagrados y sus dioses, en acuerdo con ellos, sin doblez. Los pasos y resultados del combate estaban codificados porque se trataba de un divino juego análogo al gran juego del Universo y cónsono con él. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Lo psíquico y lo somático son tan interdependientes que constituyen unidad; ellas lo sabían y nunca separaron las enfermedades de las palabras, los pensamientos de los pasos, los afectos de las piedras, las estrellas de los impulsos secretos del corazón. Los éxtasis del tiempo despliegan una sola dimensión original; los ancestros y los herederos están en nosotros ahora; ellos lo sabían y por ende sabían también aceptar la muerte y comunicar con los abuelos, pero no para hipostasiarlos en estatuas reverendas, rendirles pleitesía, entregarles vitalidad, idolatrarlos, sino para recibir su ayuda en situaciones concretas de la vida individual. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

No pretendieron nunca conocer exhaustivamente el universo. Les bastaba relacionarse de quien a quien con los entes vecinos. Dieron nombre a quien necesitaban llamar. No intentaron dar nombre a lo innombrable ni a lo que no valía la pena nombrar. Implícitamente reconocieron la infinitud del otro y de lo otro. Se supieron una escucha y un habla finitos. Vieron que el pensamiento y la palabra no pueden trasgredir sus límites, ni aprehender su origen. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Las culturas precolombinas y africanas de nuestros ancestros habían desarrollado técnicas para inducir al éxtasis colectivo y las habían incorporado en el tejido cíclico de sus festividades anuales. Así, periódicamente, sus miembros se liberaban del peso de la conciencia individual, aliviaban el dolor de la existencia separada, abandonaban pensamiento y lenguaje, se volvían todos y nadie, todo y nada. Entraban como gota en el oleaje de las mareas siderales donde no hay sino un vasto sentimiento oceánico, y retornaban, serenos, al sosiego de los dioses ordinarios, a las actividades cotidianas aceptadas con gozo, al quehacer rutinario circularmente reiterado donde resuena, para los que lo han conocido, como en una caracola, musical y poderoso, el Océano. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Nosotros descendemos de tales ancestros. Tenemos derecho a su herencia. Nuestra constitución mental se presta para recibirla. Eso es lo nuestro, pero Occidente nos separa de nuestro origen, nos desarraiga. Caiga Occidente y se levantarán nuevos de nuevo, los antiguos mitos y ritos, el antiguo bullir, el antiguo esplendor de los días felices. Caiga Occidente y creceremos, lozanos, como la vegetación. Sobre las ruinas.

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SUPERIORIDAD DE OCCIDENTE

Ese elogio a las culturas precolombinas de América y a las culturas africanas de donde provinieron los esclavos negros es extensivo a todas las culturas primitivas no occidentales. Extensivo también—y en plenitud—a las culturas de donde surgió Occidente. Occidente no es un producto extraterrestre importado. Surgió en la tierra, a partir de culturas primeras, gracias al descubrimiento de la razón segunda con sus disciplinas científicas y su tecnología. Occidente merece doble elogio: mereció el primero en las culturas que le dieron origen y merece otro por haber evolucionado a partir de ellas hacia formas superiores de humanidad.

Superiores sin duda. Hablemos claro. El hombre tiene problemas para sobrevivir y los resuelve técnicamente; una tecnología nueva, más eficiente es siempre bienvenida. El que pela cocos con las uñas acepta sin discusión un machete; el que pela coco con machete no opone gran resistencia a una máquina de pelar cocos. El que sufre una infección no rechaza antibióticos. El que grita por el cólico miserere no maldice la apendiceptomía. Nadie cambia un buen automóvil por un burro. El que está acostumbrado a pequeñas ceremonias de magia, cae de rodillas ante una misa cantada. El que busca poner en orden sus pensamientos, ve luz cuando se encuentra con Descartes.

El progreso trae problemas. La adopción de formas nuevas de vida produce desajustes, incongruencias, dificultades de adaptación, errores de cálculo, aceleraciones nocivas, destrucción innecesaria del medio natural, artificialización de las costumbres. El progreso trae problemas. Debió ser horrible el paso de recolector a agricultor, de cazador a criador, de nómada a sedentario. Debe doler el paso de la charlatanería a la disciplina científica Es incómodo viajar en cohetes. El mejoramiento de la alimentación y las condiciones sanitarias disminuye la mortalidad, aumenta la población. La producción continua de nuevos conocimientos hace que los jóvenes no respeten la sabiduría de sus mayores y desprecien la religión. El progreso trae problemas; pero son más los que resuelve que los que trae y los que trae son transitorios, remediables.

Todos los hombres reconocen un nivel superior de progreso al verlo, porque está en relación con sus necesidades y problemas, e intentan alcanzarlo. Los hombres de las culturas aquí tan amorosamente elogiadas cambian sus dioses por machetes y espejos, sus éxtasis por aparatos de radio y televisión, su inmersión en la naturaleza por cocinas de kerosén. Basta un mercader de baratijas industriales, uno sólo, para poner en crisis a esas sociedades sutiles y armoniosas que saben mecerse al ritmo oceánico del universo.

Por otra parte, los hombres de las altas culturas no occidentales, de las grandes culturas milenarias de oriente ¿en qué están actualmente? Sus sociedades se contorsionan, se debaten, se revolucionan ¿para qué? para volverse industriales, para volverse repúblicas, para occidentalizarse.

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NOSTALGIA DE BARBARIE

Lo que pasa es que hay una nostalgia del pasado preoccidental, una nostalgia que se alía con la nostalgia de la infancia y la nostalgia del paraíso perdido, una nostalgia—quiero volver volver volver—que aumenta al aumentar las dificultades del presente y las incertidumbres del porvenir.

Háganse poemas y canciones para dar naves de aire y fuego a la nostalgia; pero ábranse los ojos: la vida y la historia prohíben el retorno, los caminos de regreso han sido cegados para siempre. No podemos reconstruir en América las culturas africanas de donde provenían los esclavos negros. No podemos restaurar en América las culturas precolombinas. Ni siquiera podemos lograr que sobrevivan intactas las culturas indígenas actualmente vivas en América. No podemos ni pudiendo. En el caso de aislar regiones geográficas y reservarlas a los indígenas con tal respeto de sus culturas, crearíamos una situación artificial semejante a la de un invernadero donde estarían a nuestra merced. Sería una ridícula restauración in vitro. Además, supondríamos en ellos una voluntad de aislamiento sacada de cuerpo entero de nuestra imaginación y proyectada sobre su amor a Occidente como un dedo para tapar el sol.

José Manuel Briceño Guerrero

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