Cartas

Antes he expuesto mi opinión de que se ha seguido una ruta equivocada en materia de integración de la América Latina. Doblemente equivocada. La primera equivocación (en la que debo incluirme) ha sido la de pensar en términos latinoamericanos, en lugar de continentales. Es decir, que ahora creo que la integración pensable debe atenerse al condominio geopolítico y ecológico continental de América del Sur. La segunda equivocación consiste en posponer para las calendas griegas la integración política, procurando en primerísimo término la integración económica con un saludo a la bandera de la integración cultural.

Ahora bien, ¿tiene alguna factibilidad una integración política de América del Sur que siga la mera aglomeración de las actuales naciones del continente? Esto es, ¿se puede considerar realizable y correcta una integración en la que un gigante como Brasil y un país que no llega a los cinco millones de habitantes, como Uruguay, sean tenidos como pares, por iguales?

A mi juicio el desequilibrio descomunal que Brasil introduce en cualquier esquema de integración política de Suramérica induce a pensar que tiene más sentido una integración por bloques. (Brasil es, por otra parte, la única de las naciones iberoamericanas cuya lengua no es el español, sino su pariente, la portuguesa). De alguna manera Hugo Chávez barrunta—con ayuda de Heinz Dieterich—este desiderátum, al procurar la Dreikaiserbund con Lula y Kirchner, donde estos dos mandatarios representan al coloso del Brasil, que por sí solo es un bloque, y al Cono Sur a través de su mayor componente, Argentina. Chávez se reserva la representación—que nadie le ha dado—de la región bolivariana. Así están moviéndose las cosas.

Pero la Comunidad Sudamericana de Naciones (creada en Cusco el 8 de diciembre del año pasado), no es de constitución exclusivamente iberoamericana. La Declaración de Cusco fue también firmada por Guyana y por Surinam. Las Guayanas (aun sin la inclusión de la francesa) serían el cuarto bloque de una integración política de América del Sur. (Los nacientes Estados Unidos preveían, en sus Artículos de Confederación, la integración con Canadá: “Artículo Once. Canadá, de acceder a esta Confederación, y sumándose a las disposiciones de los Estados Unidos, será admitida y con derecho a todas las ventajas de esta Unión”).

Tenemos entonces, para empezar, a Brasil como un primer inmenso bloque totalmente integrado; luego el Cono Sur formado por Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay. Este segundo bloque tendría que superar la emulación recíproca de Chile y Argentina, los dos países más grandes del grupo, pero esta rivalidad de hermanos parece haberse moderado recientemente. Ya en 1999, por ejemplo, Argentina y Chile firmaban su Tratado de Integración y Complementación Minera. Más recientemente la cercanía ideológica y estilística de Kirchner y Lagos ha fortalecido el entendimiento entre la potencia de La Plata y la más longilínea de las naciones del planeta.

Si no atendemos en este momento al bloque anglo-holandés de las Guayanas firmantes de la Declaración de Cusco, queda revisar el asunto de lo que hoy se llama la Comunidad Andina de Naciones, terminología inexacta, si consideramos que también Chile y Argentina tienen territorio en la cordillera más larga del mundo. En realidad se trata de los países libertados por los ejércitos conducidos por Bolívar, y por ende sería más apropiado nombrarles por su clásica designación de países bolivarianos. (Estas naciones preservan tal denominación, por ejemplo, en justas deportivas del área. En este año de 2005 Colombia será la anfitriona de los Décimo Quintos Juegos Bolivarianos).

En esta materia considero que no se trata de decisiones a ser tomadas por reuniones ministeriales o cumbres presidenciales. A estas alturas de la informatización y la conciencia participativa de los pueblos, una decisión de tal monta como la integración en una sola nación corresponde a los pueblos en referendo. (“Pero hay un sentido profundo en el que la tesis, o más que la tesis la causa, puede ser declarada como correcta. En política la corrección final la confiere el entusiasmo del pueblo. ¿Por qué no consultar el asunto con él? ¿Por qué no preguntarle a los habitantes del área? Ése sería un experimento corroborador o falsificador”. Luis Enrique Alcalá, Krisis: Memorias Prematuras, 1986).

Pero tal cosa no debe paralizar el pensamiento de los especialistas en el tema, pues son ellos quienes a fin de cuentas deben inventar los diseños sobre los que se pronunciarán los ciudadanos de esas naciones. No es nada práctico o siquiera factible que el diseño de una nueva comunidad política bolivariana surja de la deliberación de decenas de millones de cabezas, aunque contasen con todo el tiempo del mundo.

Puestos, pues, en función de proyectistas, o como si tuviéramos la potestad de los cirujanos de Versalles que hacían, deshacían y creaban países al término de la I Guerra Mundial, ¿qué pudiera recomendarse como esquema de integración del área bolivariana? (Lo que sigue va a título de contribución a una libre “tormenta de ideas” sobre el problema, y naturalmente susceptible de una crítica igualmente libre y hasta despiadada. Se trata de especular sobre reacomodos geopolíticos que pudieran tener sentido y que, en todo caso, no pueden ser forzados sobre los habitantes de los territorios involucrados sin su consentimiento).

Recomendaría añadir al nuevo conjunto político el territorio de Panamá, incorporado a Colombia. Para empezar, Panamá era territorio colombiano cuando Bolívar libertó a la Nueva Granada en 1819. Era tan nuestro que allí se dio nada menos que el famoso Congreso Anfictiónico. Panamá, que ni siquiera usa su propia moneda simbólica, regresaría pues a formar parte integrante de Colombia. Esta idea puede propiciar dos reacomodos: el primero, al readquirir Colombia las costas panameñas, puede exigírsele una solución en la que restituya a Venezuela los territorios perdidos por este país en la Península de La Goajira. El segundo, si la presión política norteña (Estados Unidos, principalmente) exige acceso al Canal de Panamá (en el que la Zona del Canal como posesión norteamericana operó hasta los Tratados Torrijos-Carter), pudiera llegar a negociarse que América del Norte comience en la ribera occidental del canal y América del Sur en la ribera oriental. (Regatearía para sugerir que el norte comienza en la frontera de Costa Rica con Panamá).

Recomendaría, asimismo, el regreso de la actual Bolivia al cuerpo del Perú. Bolivia, debe recordarse, fue una creación arbitraria de Bolívar, amputando un extenso territorio de los peruanos para equilibrar las presuntas o reales pulsiones expansionistas de éstos. Antes de Sucre existía un solo Perú que incluía el territorio—Alto Perú—de Bolivia. De este modo dejaría de tener peso el problema de la mediterraneidad de Bolivia, pues ahora formaría parte integral del Perú.

Para continuar en esta vena de delirio quirúrgico, prevería la posible separación de la provincia boliviana de Santa Cruz para su anexión al Cono Sur (al que hay que buscarle un nombre), incorporándole al territorio del Paraguay. Compensaría a Bolivia del siguiente modo: tomaría su nombre para designar ahora todo el territorio de esa unión de países bolivarianos y establecería la capital federal del conjunto en La Paz. (La capital boliviana es la ciudad de Sudamérica que se encuentra más cerca del resto de las capitales del continente, en promedio).

Los cuatro países que compondrían la Gran Bolivia—Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú—retendrían una proporción considerable de su autonomía y mantendrían prácticamente incólumes sus costumbres jurídicas. (Como ocurre, por ejemplo, entre las leyes de Nueva York y las de California). Así se asumiría el mismo principio del Artículo Segundo de la Confederación de los Estados Unidos, que establece que cada Estado retendrá “su soberanía, libertad e independencia, y cada poder, jurisdicción y derecho que no sea por esta Confederación delegado a los Estados Unidos reunidos en Congreso”.

Todo lo anterior, si se quiere, es un juego geopolítico, una elucubración que pudiera nunca llevarse a cabo. No obstante, hay mucho problema doméstico que se aliviaría marcadamente por el acceso a una estructura de mayor escala. Problemas que hoy en día son vistos como de Estado dejarían de serlo, para pasar a ser meros problemas de gobierno; esto es, problemas, principalmente, de servicio público.

Con todas las reservas del caso, con toda la prudencia terapéutica del mundo, creo que para los venezolanos tendría sentido integrarse políticamente en una nueva nación y un nuevo mercado coextensivo de 125 millones de habitantes y, a través de ella, en el gran mercado y Comunidad Sudamericana de Naciones de más de 360 millones de almas. Es un negocio difícil, no cabe duda, pero un buen negocio.

LEA

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