Fichero

LEA, por favor

En un trabajo sobre Los rasgos del próximo paradigma político, completado en febrero de 1994, especificaba un camino de legitimación programática de los actores políticos. Tal ruta contrasta con las tres formas de legitimación de la dominación descritas por Max Weber: legitimación tradicional (en virtud de una cadena de transmisión del poder que se prolonga hacia el pasado hasta una fuente original, como en el caso de los papas o los reyes), legitimación carismática (con la que el dominador exhibe características que le permiten entusiasmar o fascinar), legitimación burocrática (en la que se domina con el poder de un aparato).

En una época en la que la informatización crece, y con ella la sofisticación de los ciudadanos, la tendencia que emerge es la de la exigencia por una legitimación programática. Esto es, por la mostración de tratamientos eficaces a los problemas de carácter público. Se trata, repito, de una tendencia. Los estilos clásicos de legitimación no han desaparecido, y siempre tendrán influencia. Nadie puede negar los fuertes rasgos carismáticos de Hugo Chávez, los anclajes tradicionales de Eduardo Fernández en COPEI, o lo que fuera el uso burocrático del poder por parte de Luis Alfaro Ucero.

Pero los ciudadanos aprendemos, y más cuando ya ha sido empleado hasta sus límites, sin eficacia administrativa, un cuarto tipo de legitimación: la que se obtiene por deslegitimación (ataques, descrédito) de los competidores. El actor político convencional, que se entiende a sí mismo como “combatiente” o “luchador” en una “arena política”, no se legitima porque sea capaz de mostrar que dispone de soluciones a los problemas, sino porque descubre y censura públicamente algunas conductas de sus contendientes. Así, fija su atención en la negatividad del contrario, y por implicación se muestra como carente de esos defectos.

El incremento de conciencia pública, una mayor educación política del pueblo, irá modificando este primitivismo político, para no dejar otro camino que el de la legitimación programática. (En estos tiempos, sin embargo, de crisis de los paradigmas políticos convencionales—Realpolitik, política de puro poder—también puede ser un camino legitimador de orden paradigmático: ser capaz de mostrar que se posee otro lenguaje, otra gramática política desde la que es posible construir un discurso pertinente y eficaz).

La semana pasada decía el #150 de la Carta Semanal de doctorpolítico lo siguiente: “Ya hay voces que reclaman unas elecciones primarias para identificar un único abanderado anti Chávez. Pero más importante o anterior es una licitación política. Quienes aspiren, como Borges o Petkoff, a suceder a Chávez en 2007, quedan obligados a entrar en una licitación política, en la que postulen con claridad y concreción suficientes qué harían encaramados en la silla de Miraflores”. La Ficha Semanal de hoy (#59), reproduce la sección correspondiente a una tal “licitación política” del trabajo Los rasgos del próximo paradigma político.

LEA

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Licitación política

Si el Ministerio de Sanidad se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, “participativamente”, se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital.

En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.

Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.

Este es el mismo método que debe emplearse para la emergencia de una imagen-objetivo del país. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contrastación de proposiciones de conjunto.

¿Cuáles son estas reglas? Si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:

a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.

b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.

c. cuando existe otra formulación—que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente—que resuelva todos los problemas o conteste todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que esta no explica o soluciona.

d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).

Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el “combate político”, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan “romántico” ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson—ganador del premio Nobel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro “La Doble Hélice”—1968—es una descarnada exposición a este respecto).

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte “salvaje” en uno más “civilizado”, en el que no toda clase de ataque está permitida.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los “luchadores” políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.

Luis Enrique Alcalá

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