Fichero

LEA, por favor

Después de la Revolución Francesa, las fuerzas de la Revolución Industrial continuaron cambiando la estructura y la dinámica de las sociedades. La emergencia de las grandes masas proletarias en las naciones industrializadas auspició la formación de una conciencia de clase y una variada panoplia de proposiciones socialistas. Carlos Marx las consideraba “socialismos utópicos”, y se complacía en presentar su propia receta como la única que sería “científica”.

Alguna base hubo para esa pretensión. En fin de cuentas, propuestas como las de Robert Owen o Charles Fourier contenían poco más que una emoción romántica y la expresión reivindicadora de una inconformidad con la situación de la clase obrera. Marx se había tomado al menos el trabajo de construir en El Capital un análisis profesional—de economista—acerca del fenómeno de la explotación capitalista. También creía haber enmendado la plana a Jorge Guillermo Federico Hegel en la comprensión de la historia, al sostener que la dialéctica hegeliana debía ser sustituida por sus “científicos” materialismo dialéctico y materialismo histórico.

En ciencia, sin embargo, la bondad de las teorías es implacablemente juzgada por los hechos. La teoría marxista—Lenin—del imperialismo moderno de fines del siglo XIX y principios del XX adjudica a la dominación colonial un sentido estrictamente económico. (Marx postuló que sólo las relaciones económicas dentro de una sociedad bastaban para explicar el movimiento de la historia). Resulta ilustrativo, por tanto, examinar la realidad histórica para decidir si el marxismo es en verdad un discurso científico. (Sobre razones estrictamente lógicas Karl Popper ha asentado su opinión de que el materialismo histórico no lo es, tanto en su discusión general La lógica del descubrimiento científico como en su trabajo especial La pobreza del historicismo).

En The European World, una sobresaliente historia sinóptica de la civilización europea escrita por Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes, se examina la justificación económica del imperialismo. Esta Ficha Semanal #65 de doctorpolítico reproduce ese análisis, contenido en dos secciones del capítulo El renacimiento del imperialismo occidental, de esa obra. Los autores en absoluto absuelven a ese imperialismo; por lo contrario, denuncian “el sufrimiento y la dislocación” que ese proceso impuso a los países sojuzgados por Occidente. Pero desnudan, auxiliados por los hechos, la poca sustancia de la explicación marxista del fenómeno y, por ende, ponen de manifiesto lo poco de científico que tiene esa ideología.

LEA

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Un mal negocio

Una de las más populares explicaciones del capitalismo moderno concierne a la necesidad económica. De hecho, el imperialismo moderno es a menudo referido como “imperialismo económico”, como si formas previas del imperialismo no tuviesen contenido económico. Hay apenas suficiente evidencia empírica a favor de estas explicaciones para hacerlas plausibles.

Una tal explicación va como sigue: (1) la competencia en el mundo capitalista se hace más intensa, resultando en la formación de empresas de gran escala y la eliminación de las pequeñas; (2) el capital se acumula en las grandes empresas más y más rápidamente, y ya que el poder adquisitivo de las masas es insuficiente para adquirir todos los productos de la industria de gran escala, la tasa de ganancia declina; (3) a medida que el capital se acumula y la producción de las industrias capitalistas deja de venderse, los capitalistas recurren al imperialismo con el fin de obtener control político sobre áreas en las que pueden invertir su capital excedentario y vender sus productos excedentarios. Tal es la esencia de la teoría marxista del imperialismo o, más bien, la teoría leninista, por cuanto Marx no previó el rápido desarrollo del imperialismo aunque vivió hasta 1883. Sobre los fundamentos de la teoría marxista, y en algunos casos modificándola, Lenin publicó su teoría en 1915 en el ampliamente leído panfleto Imperialismo, la etapa más avanzada del capitalismo.

Lenin no era ni con mucho la primera persona en adelantar una explicación económica del imperialismo. Había tomado mucho prestado de John A. Hobson, el crítico liberal británico del imperialismo, quien a su vez había adoptado en forma revisada muchos de los argumentos de los partidarios del imperialismo en los países capitalistas. Uno de estos era el capitán A. T. Mahan, un oficial naval norteamericano que influyera fuertemente sobre Theodore Roosevelt, el exponente principal del imperialismo en América. El dictum de Mahan era “El comercio sigue a la bandera”. Otro capitalista defensor del imperialismo era Jules Ferry, un periodista y político francés que fue dos veces primer ministro y principal responsable por las más grandes adquisiciones coloniales de Francia. Es interesante que en ambas ocasiones su política de anexión colonial le costó el primer ministerio; pero los franceses, como los británicos, encontraron difícil retirarse una vez que se habían comprometido con una conquista o anexión particulares. Es igualmente interesante que Ferry no utilizó argumentos económicos para defender sus acciones ante la asamblea francesa; en su lugar enfatizó el prestigio de Francia y la necesidad militar. Sólo después de que se hubiera retirado permanentemente de los cargos públicos escribió libros que justificaban sus acciones en los que por primera vez destacaba las ganancias económicas que Francia supuestamente obtendría de su imperio colonial.

En muchos casos los abogados del imperialismo eran meros oportunistas. Periodistas que buscaban vender sus libros y artículos; políticos que buscaban su elección a cargos públicos; oficiales militares y navales que buscaban mayores asignaciones de dinero para sus ejércitos y escuadras. Trataron de lograr sus fines mediante la persuasión del público general, así como de los hombres de Estado y burócratas, de que el imperialismo sería bueno para la nación. El surgimiento de las nuevas naciones industriales y las importaciones masivas de productos del Hemisferio Occidental y de Australia habían hecho crecer las presiones competitivas tanto en la industria como en la agricultura. Una severa depresión que comenzó en 1873 inició una larga declinación en los precios que duró hasta 1896. Estos eventos precipitaron el retorno a los aranceles proteccionistas. Aun cuando los aranceles continuaron creciendo en las dos últimas décadas del siglo, no produjeron los resultados deseados. Las ventas y las ganancias aumentaron para algunos industriales y agricultores, pero disminuyeron para otros empeñados en las industrias de exportación. Las masas—los obreros, los profesionales asalariados, incluso los propios agricultores—pagaron el costo de esta protección, que generó agitación social y descontento y estimuló el crecimiento de los sindicatos y los partidos socialistas.

Es en este punto cuando los defensores del imperialismo dieron un paso al frente con sus argumentos a favor de la expansión. Argumentaban que además de ofrecer nuevos mercados y desahogo para el capital excedentario, las colonias proveerían nuevas fuentes de materia prima y servirían como desahogo para las poblaciones rápidamente crecientes de las naciones industriales. Muchos hombres de negocios creyeron en los argumentos, y unos pocos se enriquecieron aprovechando posiciones privilegiadas en las colonias. Otros aprobaban las aventuras imperialistas como un medio de prevenir la agitación y una posible revolución al agitar el sentimiento patriótico y nacionalista y distraer la atención de otros asuntos políticos, económicos y sociales. Es por tanto razonablemente claro que la creencia en la necesidad de expansión económica en las áreas coloniales fue importante para la motivación de las políticas imperiales. Que esa creencia haya estado justificada o no es una cuestión diferente.

El argumento de que las colonias servirían como desahogo para la población excesiva es fácilmente visible como falaz. La mayoría de las colonias estaba localizada en climas que los europeos encontraban opresivos. La mayoría de los emigrantes prefirió ir a países independientes, como los Estados Unidos y Argentina, o a los territorios autónomos del Imperio Británico. Es verdad que las colonias proveyeron en algunos casos nuevas fuentes de materia prima, pero el acceso a las materias primas o a cualquier producto comprable no requería el control político. De hecho, América del Norte y del Sur, junto con los dominios autónomos de Australasia fueron los más grandes proveedores de materia prima para la industria europea.

También era falaz la justificación de las colonias como mercado para las manufacturas excedentarias. Las colonias ni eran necesarias para este propósito ni fueron empleadas para eso una vez que fueron adquiridas. Antes de 1914 poco más de un 10 por ciento de las exportaciones de Francia iba a las colonias francesas. Las colonias estaban demasiado poco pobladas y eran demasiado pobres para servir como mercados de importancia. Más aún, como en el caso de las materias primas, el control político no era requerido. India, “la joya más brillante de la corona británica”, era ciertamente un gran mercado, puesto que a pesar de su pobreza compraba grandes cantidades de mercancía europea—pero no sólo de Inglaterra. Los alemanes vendían más en India que en todas sus propias colonias reunidas. Francia vendía más a India que a Argelia. Más aún, tan importante como era India para los manufactureros británicos, éstos vendían mucho más a Australia, que sólo tenía una fracción de la población de India. A pesar de aranceles proteccionistas, las naciones industriales imperialistas de Europa continuaron comerciando predominantemente entre ellas mismas. El más grande mercado exterior para la industria alemana era Inglaterra, y uno de los más grandes mercados para la industria británica era Alemania. Francia era un gran suplidor y a la vez un gran cliente de Inglaterra y Alemania. Los Estados Unidos fueron también un gran cliente y suplidor de los países europeos.

Quizás el argumento más importante del imperialismo como fenómeno económico era el concerniente a la inversión de capital excedentario, por lo menos en la teoría marxista. De nuevo aquí los hechos no substancian la lógica. Inglaterra tenía el imperio más grande y las mayores inversiones extranjeras; pero más de la mitad de las inversiones extranjeras británicas fue a países independientes, especialmente los Estados Unidos, y a los territorios autónomos. Los hechos respecto de Francia son aun más sorprendentes: menos del 10 por ciento de las inversiones extranjeras francesas antes de 1914 fue a las colonias francesas. Los franceses invirtieron fuertemente en otros países europeos y en América Latina. Rusia sola, ella misma una nación imperialista, absorbió más de una cuarta parte del capital francés exportado; y los franceses invirtieron en Alemania y Austria-Hungría, con los que más tarde estarían en guerra. Las inversiones alemanas en sus colonias fueron insignificantes. Algunas de las naciones imperialistas eran en verdad deudores netos; éstas incluían a Rusia, Italia, España, Portugal y los Estados Unidos.

Así, la idea de que el imperialismo era una necesidad económica para las naciones industriales altamente desarrolladas es esencialmente falaz, aunque contenga algunos elementos de verdad y plausibilidad. La más crucial prueba de validez del argumento económico es la siguiente: ¿resultó rentable el imperialismo? Y en ese caso ¿para quién?

Esta cuestión tiene muchos aspectos, y una contestación completa sería muy compleja. En términos gruesos, el imperialismo no fue rentable en un sentido estrictamente pecuniario. Con pocas excepciones, de las que India fue la más importante, los impuestos recolectados en las colonias rara vez bastaron para cubrir los costos de la administración rutinaria, mucho menos los de la conquista. Se adujo, sin embargo, que los beneficios indirectos del incremento comercial hicieron que la aventura valiera la pena. Aquí las estadísticas son difíciles de desentrañar e interpretar. El comercio colonial, ciertamente, no significó gran cosa en el comercio internacional; y en algunos casos, notablemente en Francia y Alemania, el valor total del comercio con las colonias no alcanzaba el gasto incurrido en obtenerlo y mantenerlo.

Es indudable que algunos individuos hicieron enormes fortunas en aventuras coloniales—siendo Cecil Rhodes el ejemplo sobresaliente—y que muchos otros pudieron obtener modestos medios de vida; pero los beneficios no fueron en ningún caso equitativamente compartidos. Hubo de recaudarse impuestos en las naciones imperiales para pagar las expediciones militares y navales y las guarniciones y los funcionarios que administraban las colonias, así como las obras públicas cualesquiera que éstos construyeran. La mano de obra debió ser distraída de otros usos para nutrir los ejércitos, las flotas y los servicios coloniales. Bajo el sistema de imposición prevaleciente en Europa, la mayor parte del dinero de los impuestos procedía de los trabajadores ordinarios y los agricultores, que no tenían interés pecuniario, directo o indirecto, en las colonias. En efecto, el ingreso y la riqueza fueron redistribuidos por el proceso de imposición y el gasto; las masas pagaron los costos, los beneficios fueron cosechados por unos pocos. Los costos finales, sin embargo, deben ser calculados por el sufrimiento y la dislocación de los pueblos sujetos al imperialismo occidental, así como por las rivalidades y frustraciones generadas en la carrera por la supremacía colonial—rivalidades que condicionaron psicológicamente a Europa para la guerra y fueron en sí mismas factores que condujeron a la guerra. Estos costos están siendo pagados todavía.

Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes

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