Cartas

El científico social no trata con individualidades; sus objetos son agregados de individuos, grupos, comunidades, sociedades. En un cierto sentido procede como un médico, a quien es imposible tratar a un enfermo hepático considerando a cada célula hepática por separado, y debe tratar al hígado como un sistema, como un aparato o conjunto.

O, como proponía Maximilian (Max) Weber, el científico social debe construir “tipos ideales”, conceptos armados a través de la integración lógica de rasgos extraídos de la realidad. Así, el tipo ideal de democracia se construirá a partir de rasgos existentes, preferiblemente comunes a varias instancias concretas de democracia, los que se abstraerán e integrarán para constituir el concepto que según Weber permitiría una discusión científica de lo social, en este caso una discusión científica sobre democracia. Nada en la realidad, por otra parte, es idéntico a un tipo ideal.

Un tipo ideal, además, no se entiende en el uso común del término, como algo positivo, intrínsecamente deseable. Es posible tanto hacer un tipo ideal de centro de culto como un tipo ideal de cámara de tortura. Aquí la palabra ideal sólo dice que se trata de algo que existe únicamente en el plano de las ideas.

Es así como pudiera construirse un tipo ideal de opositor. O, más específicamente, un tipo ideal de opositor en Venezuela en este año de gracia de 2006. Todavía más enfocado, un tipo ideal de opositor en grado patológico. Hay un opositor que es patológico porque su conducta (ideal) conspira contra las posibilidades de éxito de la oposición y también porque se daña a sí mismo. ¿No vale la pena preguntar por los rasgos de este tipo de opositor? Si se quisiera aumentar la probabilidad de que la oposición prevaleciera y al mismo tiempo impedir el sufrimiento del opositor patológico ¿no convendría examinar y describir a este sujeto en términos de un tipo ideal?

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El opositor patológico es adicto al objeto de su oposición. Si Chávez no ha dicho nada últimamente siente una desazón de carácter obsesivo-compulsivo y busca encontrar en el territorio de alguna gobernación, o un municipio fronterizo una manifestación más de la maldad de su régimen.

Pero, atraído irremisiblemente hacia el objeto de su odio, como quien se deja cautivar por la mirada de una serpiente, como mariposa que busca la lumbre en la noche (así se achicharre), procura estar enterado de todos los pasos del actual Presidente de la República, y esto realimenta su angustia, su odio, su estrés. Chávez sabe que causa ese efecto y disfruta dando pie a que esas emociones cundan en el número de sus opositores; hace a propósito lo que él presume que causará mayor irritación a sus opositores. El niño es llorón y la mamá lo pellizca.

Ésta no es, por otro lado, la única realimentación que se produce en esta dinámica. La ritual execración de la figura presidencial proporciona al opositor adicto un progreso indirecto en la imagen ética que tiene de sí mismo. En efecto, mientras puedo hablar peor del Presidente, mientras más malvado lo encuentro, yo soy por implicación una mejor persona. Como no soy como él—¡Dios me libre!—entonces soy bueno. Mi bondad progresa relativamente, sin que yo haga mérito independiente, porque su maldad crece todos los días. Así obtengo satisfacción moral.

Y todavía hay un segundo mecanismo psicológico que refuerza la adicción: que en la execración ritual, en saborear una mezcla de amargura y angustia porque el hombre no ha caído, el opositor adicto ha encontrado la trascendencia. Ahora es un patriota, ya no sólo un ejecutivo financiero, un comunicador social o un dentista. Ahora soy héroe, pues he sentido en carne propia la gaseosa y lacrimógena represión. Ahora soy valiente.

Si, por otra parte, soy gente de clase media o baja, mi participación en un movimiento en el que destacan notables figuras de la más alta clase me confiere movilidad social vertical, sobre todo si logro identificarme con algún atuendo característico de la clase alta, como un sombrero de Panamá. Ahora me codeo con los más ricos y hasta parezco adinerado.

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El tipo weberiano de opositor es, asimismo, un ser inerrante. Nunca se ha equivocado. Carmona tuvo razón al volarse sin remilgos la Asamblea Nacional entera y anular la designación bolivariana de la república; el paro que siguiera al carmonazo fue la medida justa, sobre todo cuando entró en él la “gente del petróleo”—a pesar de que por su acción se acelerara grandemente lo que presumían un desenlace inconveniente e inevitable: “Chávez nos iba a fregar en dos años; con el paro petrolero hicimos que se quitara la careta y nos fregara en dos meses”. Tuvo razón Carmona; tuvieron razón Ortega y Juan Fernández, tuvieron razón Enrique Mendoza y Pompeyo Márquez. (“Político que no negocia no es político”, y aquella prescripción sobre la “rendija” por la que había que pasar). Era correcto abstenerse el 30 de octubre de 2004 y el 7 de agosto de 2005; era lo acertado retirarse de las elecciones del 4 de diciembre del año pasado, aunque de esa manera se entregara todo el frente al enemigo.

Para esta psicología la retirada y abstención del 4 de diciembre fueron, increíblemente, incomprensiblemente, un triunfo extraordinario, presagio en sí mismo del descalabro del régimen. Un nuevo espejismo triunfalista domina esa psiquis, cuando si algo estuvo claro el 4 de diciembre es que los electores no fueron cautivados por el discurso oficialista, pero mucho menos por el opositor. (Retirar las candidaturas a última hora era realmente un intento burdo por impedir el implacable juicio y el más patente rechazo a la oferta de oposición que pronosticaban, una vez más, todas las encuestas).

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El tipo ideal de opositor existencial, adicto e inerrante es también supersticioso. La Dra. Magaly Villalobos mostró este rasgo en trabajo al que llamó Caimanes de un mismo caño (2004), en el que encontraba más de una similitud entre el opositor radical y el chavista duro. En particular, describía la imaginería supersticiosa de cierta oposición, que a la superchería mariano-lioncista y santera de la afiliación oficialista, opone las estampitas virginales y pretende que la Madre de Dios ha sacado carnet de la Coordinadora Democrática.

Claro, esta concupiscencia supersticiosa ha sido estimulada desde altas esferas, como cuando un cardenal—que no es Rosalio—sugiriera en la Catedral de Caracas que los deslaves e inundaciones que asolaron el estado Vargas en 1999 eran un castigo de Dios a la soberbia presidencial.

¿No había una relación numerológica implacable entre la fecha del referendo revocatorio y el número 2021, o algo así, que hacía ineludible la caída de Chávez? ¿No lo habían determinado los astros de algún modo?

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El tipo ideal de opositor que estamos considerando es, por otra parte, simplista y trillado. Va por la vida (política) armado de dogmáticas prescripciones estratégicas: “Hay que calentar la calle” (de allí la marcha del domingo 22 para conmemorar el 23 de enero); “lo que hay que hacer es constituir un movimiento de movimientos”; “si no hay un CNE confiable no se puede ir a elecciones”; “la unidad es necesaria por encima de cualquier cosa, y debemos tener un solo candidato opositor”.

Entonces, para mostrar que hay unidad se señala que los partidos decidieron, “unitariamente”, no participar en las elecciones del 4 de diciembre y se entarimaron unitariamente el domingo 22 de diciembre. Y volvimos a ver al mismo liderazgo que produjo error tras error y fracaso tras fracaso; de nuevo Eduardo Fernández y Henry Ramos Allup y Herman Escarrá y la “gente del petróleo” hablaron al centenar de miles de personas que marcharon el domingo pasado. A pesar de que ellos encarnan la política que nos trajo a Chávez, to begin with, a pesar de que no han cambiado en un ápice ni sus métodos ni sus aproximaciones, a pesar de que causaron descalabro tras descalabro, y con ello una desmesurada aceleración de la tumoral autocracia chavista, todavía obtienen tribuna y todavía los opositores adictos, inerrantes, supersticiosos y simplistas permiten tan desfachatada insistencia.

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Por supuesto, el tipo ideal aquí descrito no agota los tipos de opositores—hay varios tipos más constructivos—y, por otra parte, también es posible describir un tipo weberiano de chavista patológico, con sus propios odios y su propia enfermedad. El suscrito debe admitir, sin embargo, que no tiene mucho contacto con ejemplares que se parecen a este último tipo. Lo que más observa son individualidades cuya conducta se parece al tipo ideal de opositor patológico.

El estado mental, la situación emocional de este tipo de opositor no puede hacer otra cosa que agravarse, pues siendo que su conducta fortalece al objeto de su odio obtiene, en su empecinamiento, lo mismo que le angustia. Es difícil tratarle: cuando se busca explicarle algún aspecto de la realidad cuya conciencia pudiera hacerle aterrizar, una cierta clase de paranoia le hace ver traidores en quienes procuran que entienda. Esto por lo que toca al nivel individual, a la tragedia psicológica que corroe la salud mental.

En lo tocante a la dimensión política, es imposible lograr aciertos con la aplicación reiterada de recetas que se ha demostrado son ineficaces una y otra vez. No es posible obtener resultados novedosos y eficaces con la repetición de métodos viejos e ineficaces. El peor de todos, se ha comprobado, es el de permitir el predominio del opositor adicto, ritual, obsesivo, supersticioso, inmediatista, estratégicamente superficial.

Y es que más allá del método es toda una concepción estratégica la que falla. ¿No está claro que hasta ahora la “oposición” a Chávez ha fracasado estrepitosa y reiteradamente? ¿No será hora de trasponer (“poner detrás”) a Chávez, en lugar de oponerle? ¿No será que para superarlo hay que atravesarlo? LEA

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