Fichero

LEA, por favor

Kevin Kelly es el fundador de la revista Wired, una publicación de avanzada que mantiene una estrecha vigilancia sobre los progresos tecnológicos más importantes del momento. También fundó el sitio en Internet de la misma revista: www.wired.com

En 1994 Kelly publicó un muy sugestivo e importante libro: Fuera de control (Out of Control: The New Biology of Machines, Social Systems and the Economic World). Es una lectura apasionante que ninguna persona interesada en el futuro, especialmente ningún político, debiera darse el lujo de perderse. La robótica y la inteligencia artificial, la nueva biología y las más recientes tendencias en el campo de las organizaciones, son la materia prima con la que elabora un discurso revelador. Puede leerse en línea completamente gratis en la siguiente dirección en Internet: http://www.kk.org/outofcontrol/contents.php

Ya en fichas anteriores de doctorpolítico se había aludido al trozo que se ha traducido para esta Ficha Semanal #90, que corresponde al capítulo inicial: Hive Mind. (Mente de colmena). Trata del comportamiento de los enjambres, uno de los fenómenos de mayor interés para los estudiosos de los sistemas complejos. La sección escogida ilustra cómo es posible que emerja una “mente colectiva” en grupos humanos de considerable tamaño.

En otro punto del capítulo Kelly recuerda: “Wheeler, el pionero en el estudio de las hormigas, comenzó a llamar a la animada cooperación de una colonia de insectos un ‘superorganismo’, para distinguirlo claramente del uso metafórico de ‘organismo’. Estaba influido por una cepa filosófica del cambio de siglo que veía patrones holísticos superpuestos al comportamiento individual de partes más pequeñas. La empresa de la ciencia fue en sus inicios una zambullida en los minuciosos detalles de la física, la biología y todas las ciencias naturales. Este intento al detal de reducir los conjuntos a sus constituyentes, visto como el sendero más pragmático para comprender las totalidades, continuaría durante el resto del siglo y es todavía el modo dominante de la investigación científica. Wheeler y sus colegas eran una parte esencial de esta perspectiva reduccionista, como lo atestiguan unas cincuenta de sus monografías sobre específicas conductas esotéricas de las hormigas. Pero al mismo tiempo Wheeler vio ‘propiedades emergentes’ dentro del superorganismo reemplazar las propiedades residentes en las hormigas del colectivo. Wheeler dijo que el superorganismo de la colmena ‘emerge’ de la masa de los organismos de insectos ordinarios”.

Es éste uno de los temas centrales del estudio de la complejidad, y parte esencial de nuevos paradigmas de la ciencia moderna. “Político que no negocia no es político”, dijo una vez Pompeyo Márquez. Aquí diríamos, político que ignore estas nuevas perspectivas es un político irremediablemente obsoleto.

LEA

Inteligencia colectiva

En una oscurecida sala de conferencias en Las Vegas una audiencia que vitorea agita cartones en el aire. Cada cartón es rojo por un lado, verde por el otro. Detrás del inmenso auditorio, una cámara registra a los frenéticos asistentes. La cámara de televisión enlaza los puntos de color de los cartones a un grupo de computadores dispuestos por el mago gráfico de Loren Carpenter. El programa hecho por Carpenter localiza a cada cartón rojo o verde en el auditorio. Esta noche hay casi 5.000 personas con cartones. Los computadores despliegan la localización precisa de cada cartón sobre un enorme y detallado mapa de video del auditorio que cuelga en el proscenio, y que todos pueden ver. Más importantemente aún, los computadores cuentan el total de cartones rojos o verdes y usa esos valores para controlar un programa. Cuando la audiencia agita los cartones, la pantalla muestra un mar de luces que danzan alocadamente en la oscuridad, como un desfile de velas desordenado. Los asistentes se ven a sí mismos en el mapa; son un píxel rojo o verde. Al invertir sus cartones pueden cambiar instantáneamente el color de sus píxeles.

Loren Carpenter carga el antiguo juego de video Pong en la inmensa pantalla. Pong fue el primer juego comercial de video que alcanzase la conciencia pop. Es una disposición minimalista: un punto blanco rebota dentro de un cuadrado; dos rectángulos movibles a cada lado actúan como paletas virtuales. En breve, ping-pong electrónico. En esta versión, mostrar el lado rojo del cartón mueve la paleta hacia arriba. Verde la mueve hacia abajo. Más precisamente, la paleta de Pong se mueve según el promedio de cartones rojos en el auditorio aumente o disminuya. Un cartón es sólo un voto.

Carpenter no necesita explicar mucho. Cada asistente a esta conferencia de expertos en gráficos de video celebrada en 1991 fue probablemente un adicto a Pong. Su voz amplificada resuena en el salón: “Bueno, amigos. Los que están a la izquierda del auditorio controlan la paleta izquierda. Los que están a la derecha controlan la paleta derecha. Si usted cree que está a la izquierda entonces lo está realmente. ¿De acuerdo? ¡Vamos!”

La audiencia ruge con deleite. Sin un momento de duda, 5.000 personas están jugando un juego de Pong razonablemente bueno. Cada movimiento de la paleta es el promedio de varios miles de intenciones de los jugadores. La sensación es enervante. La paleta usualmente hace lo que uno quiere, pero no siempre. Cuando no lo hace uno trata de anticipar tanto la paleta como la pelota incidente. Y uno está definitivamente consciente de otra inteligencia en línea: es esta ruidosa muchedumbre.

La mente grupal juega Pong tan bien que Carpenter decide aumentar la apuesta. Sin advertencia la pelota rebota más rápidamente. Los participantes chillan al unísono. En un segundo o dos la multitud se ajusta al más rápido ritmo y está jugando mejor que antes. Carpenter acelera el juego una vez más; la multitud aprende instantáneamente.

“Probemos otra cosa”, sugiere Carpenter. Un mapa de asientos en el auditorio aparece en la pantalla. Él dibuja un amplio círculo blanco alrededor del centro y pregunta a la audiencia: “¿Pueden dibujar ustedes un 5 verde en el círculo?” La audiencia contempla a las filas de píxeles rojos. El juego es similar al de sostener un cartón en un estadio para hacer una figura, pero ahora no hay órdenes preestablecidas, sólo un espejo virtual. Casi inmediatamente píxeles verdes aparecen serpenteando y crecen desordenadamente según los que crean estar en el camino del cinco volteen sus cartones al verde. Una vaga figura se va materializando. La audiencia comienza a discernir un cinco en el ruido. Una vez discernido, el 5 precipita rápidamente hacia la total nitidez. Quienes agitan los cartones en el borde borroso de la figura deciden en qué lado deben estar y el 5 emergente se define. El número se ensambla a sí mismo.

La voz retumba: “¡Ahora hagan un cuatro!” En momentos un 4 emerge. “¡Tres!” Y en un pestañeo aparece un 3. Luego, en rápida sucesión, “Dos… Uno… Cero”. La cosa emergente está rodando.

Loren Carpenter monta un simulador de vuelo en la pantalla. Sus instrucciones son tersas: “Ustedes los de la izquierda controlan la dirección; ustedes a la derecha la altitud. Si apuntan el avión a algo interesante dispararé un cohete hacia eso”. El avión está en vuelo. El piloto es… 5.000 novicios. Por una vez el auditorio está en completo silencio. Cada quien estudia los instrumentos de navegación a medida que la escena fuera del parabrisas desciende. El avión se dirige a un aterrizaje en un valle rosado entre colinas rosadas. La pista parece minúscula.

Hay algo a la vez delicioso y absurdo en la noción de que los pasajeros de un avión lo vuelen colectivamente. El sentido democrático bruto de la cosa es muy atrayente. Como pasajero uno vota por todo; no sólo por hacia dónde se dirige el grupo, sino por cuándo recortar los flaps.

Pero la mente grupal parece ser un inconveniente en los momentos decisivos del aterrizaje, cuando no hay espacio para promedios. A medida que los 5.000 participantes en la conferencia comienzan el descenso de su avión para aterrizar, el silencio en el salón termina abruptamente con gritos y órdenes urgentes. El auditorio se transforma en una gigantesca cabina en crisis. “¡Verde, verde, verde!”, grita una facción. “¡Más rojo!”, un momento después desde la masa. “Rojo, rojo” ¡ROOOOOJO!” El avión se voltea a la izquierda de un modo nauseante. Es obvio que eludirá la pista de aterrizaje y llegará con el ala al piso. A diferencia de Pong, el simulador reacciona con lentitud entre la palanca y el efecto, desde el momento que uno mueve al alerón hasta que se inclina. Las señales latentes confunden a la mente grupal, que queda atrapada en oscilaciones de sobrecompensación. El aeroplano se sacude salvajemente. Sin embargo, la multitud logra abortar el aterrizaje de algún modo y eleva el avión sensatamente. Da la vuelta para tratar de nuevo.

¿Cómo dieron la vuelta? Nadie decidió si debía girarse a la izquierda o la derecha, ni siquiera que debía girarse en cualquier caso. Nadie estaba al mando. Pero como si fuera una sola mente, el avión se inclina y gira con amplitud. Trata de aterrizar de nuevo. Una vez más se aproxima torcido. La masa decide al unísono, sin comunicación lateral, como una bandada de pájaros que despega, elevarse otra vez. En su camino de ascenso el avión se voltea un poco. Y luego se voltea más. En algún instante mágico, el mismo fuerte pensamiento infecta a cinco mil mentes: “Me pregunto si podemos hacer un 360…”

Sin hablar una sola palabra, el colectivo continúa volteando el avión. No hay corrección. Mientras el horizonte gira vertiginosamente, 5.000 pilotos aficionados voltean un jet en su primer vuelo solo. En verdad lo lograron con bastante gracia. Y se dedican a sí mismos una ovación de pie.

Kevin Kelly

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