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En 1992 Francis Fukuyama proponía—The End of History and the Last Man—que la historia había concluido. Se refería a la historia en un sentido hegeliano: como el desarrollo de la conciencia de la humanidad a partir de una lucha, una dialéctica, entre tesis contrapuestas. Habiendo caído el comunismo ya no quedaba otra cosa que la combinación de capitalismo y democracia, y todas las naciones, todo el mundo, llegarían tarde o temprano a ser demócratas y capitalistas. Fueron felices y comieron perdices. Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Resulta que ya no está tan seguro del asunto, según expone en su libro más reciente: America at the Crossroads. (“América en la encrucijada”, en el uso usurpador del nombre de todo un continente por parte de los norteamericanos). Ahora Fukuyama es tenido por “ex neoconservador” o “postneoconservador”. Antes de esta metamorfosis, el neoconservador Fukuyama argumentaba con fiereza a favor de la guerra contra Irak y la deposición de Hussein. Ya en 1998, en época de Clinton, urgía al gobierno estadounidense por una línea más dura contra la nación iraquí al suscribir un manifiesto patrocinado por el “Proyecto para el Nuevo Siglo Americano”. A raíz de los atentados hiperterroristas del 9 de septiembre de 1991 era signatario de otro manifiesto del mismo grupo en el que se afirmaba que “cualquier estrategia dirigida a la erradicación del terrorismo y sus patrocinantes debe incluir un resuelto esfuerzo para quitarle el poder a Saddam Hussein”.

Ahora, en cambio, escribe una feroz crítica del manejo de la guerra en Irak por parte de la administración Bush. Se une así a otros intelectuales conservadores que, como el archiemblemático William F. Buckley Jr., han voceado su desacuerdo con el actual gobierno de los Estados Unidos.

Como ocurre frecuentemente con quienes dan bandazos de un lado a otro, sin embargo, Fukuyama distorsiona la relación de incidentes de forma de salir bien librado de una exigencia de que sea consistente. Así asegura que su epifanía sobre la equivocada conducción de la guerra habría tenido lugar en febrero de 2004, durante la charla que ofreciera Charles Krauthammer a una reunión de The American Enterprise Institute. Según Fukuyama, el orador presentaba los resultados de la guerra hasta esos momentos como un éxito indiscutible, y allí se habría horrorizado el historiador con el caluroso aplauso que el charlista recibía. Krauthammer expone ahora, con justicia, que tal interpretación de Fukuyama no se corresponde con la realidad, y sentencia en artículo publicado por The Washington Post: “(Fukuyama) tiene todo el derecho de cambiar su opinión a su conveniencia. No tiene ninguno para cambiar lo que yo dije”. Son peleas de estos días entre antiguos compañeros de ruta.

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