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Alguna vez se mencionó acá una observación de Sri Radhakrishnan (en Kalki: El futuro de la civilización), hecha en medio de una crítica a cierta hipocresía occidental. Las convenciones de Ginebra sobre las armas permisibles en las confrontaciones bélicas reguladas por el derecho internacional consideran comme il faut que se trepane un cráneo con una bayoneta, o se arrase con todo un pueblo a punta de bombas incendiarias. Pero la urbanidad bélica de los occidentales considera del todo incivil y grosero el empleo de armamento químico o bacteriológico. Radhakrishnan opinó que eso equivalía a criticar al lobo, no porque se comiera al cordero, sino porque no lo hacía con cubiertos.

Hugo Chávez no come con cubiertos. No inventó él, por cierto, la identificación de política con lucha o guerra. Los adecos, los copeyanos, los comunistas, los republicanos, los demócratas, los laboristas, los conservadores, los socialistas, los liberales, todos practicaron una “política realista” cuyo sentido último es la búsqueda del poder y su engrandecimiento contra adversarios que procuran exactamente lo mismo. Quien no entienda las cosas así sería un idiota romántico incurable.

Chávez no come con cubiertos, no reconoce buenas costumbres que estima burguesas e inventadas para proteger una hegemonía “cuartorrepublicana”. Su política no es cualitativamente distinta de la anterior, de la que se diferencia tan sólo en cuestión de grado. En su caso, la misma política de poder de siempre se practica sin tapujos de ninguna especie, descaradamente, pero también con toda seriedad.

Todavía hay quien se sorprende porque se emprendan acciones judiciales contra Leopoldo López y Enrique Carriles Radonsky, o contra Manuel Rosales, y dicen que estos últimos ataques son una persecución política que significa que Chávez “se ha quitado la careta”. Jamás ha usado careta: Chávez es un mentiroso honesto.

Lo que está haciendo va, por supuesto, contra sus opositores. Si el líder máximo de Primero Justicia, esencialmente sin rabo de paja, es candidato de difícil asedio frontal, hay que atacarlo por los flancos, sobre las alcaldías que controla y pueden proveerle recursos. Si Granier amaga con su candidatura, manda a revisar las concesiones radioeléctricas que ha disfrutado. Si el gobernador del Zulia deshoja la margarita candidatural, hay que pararlo en seco con un antejuicio de mérito en su contra. (Mientras se cumple el proceso iniciado por la Fiscalía General, puede irse poniendo en televisión el video de Rosales firmando el acta incomprensible de Carmona Estanga).

Pareciera preferir a Petkoff como oponente, y a éste va a esperarlo seguramente en la bajadita.

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