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El estrecho de Ormuz es la aorta del tráfico petrolero mundial. El 40% de este tráfico, unos 17 millones de barriles diarios, según estimaciones de la Agencia Internacional de Energía, atraviesa esa crucial vía de agua. Es sobre ella que Irán, el nuevo foco de la política exterior norteamericana, puede desencadenar su poderío militar, e interrumpir así las dos quintas partes del consumo mundial de hidrocarburos, que suplen los productores del Cercano Oriente. La dotación bélica iraní no es amenaza directa, por los momentos, contra territorio o población estadounidenses, pero es perfectamente capaz de dislocar la economía mundial con el cierre, relativamente fácil, del vulnerable estrecho.

El príncipe Al-Faisal, embajador de Arabia Saudita ante el gobierno de los Estados Unidos, ha emitido preocupadas y preocupantes declaraciones sobre esta circunstancia, al advertir sobre las impensables consecuencias que acarrearía una acción militar contra Irán. “Todo el golfo—declaró hace dos días a Reuters—se convertiría en un infierno de tanques en explosión e instalaciones que vuelan”. Si se presenta ese escenario, Arabia Saudita defendería su industria petrolera, dijo Al-Faisal, “del mejor modo posible”. Ya el presupuesto de seguridad de sus instalaciones supera, para 2006, la cifra de 2 millarditos de dólares.

Pero el problema, en opinión del embajador saudí, no es estrictamente militar o de seguridad industrial, sino principalmente económico. A su juicio, la sola “idea de que alguien lance un proyectil sobre una instalación en cualquier lado dispararía el precio del petróleo a niveles astronómicos”. Por esto cree que veríamos “que el precio del petróleo se duplicaría o tal vez triplicaría como resultado del conflicto”, en caso de que el impasse diplomático sobre el programa nuclear de Irán escale para convertirse en una confrontación militar.

Venezuela recibe, aproximadamente, unos sesenta dólares por cada barril de petróleo que exporta, y como dijera Jesse Chacón a representantes de la oposición que recibiera hace poco, esa circunstancia, aunada a los rasgos de su “mejor” candidato, determina la inevitabilidad del triunfo de Chávez en las elecciones del 3 de diciembre de este año. ¡Qué pesadilla sería imaginarlo administrando un ingreso de 180 dólares por barril y llevando su revolución hasta la Antártida! Habrá que rezar para que no se le vaya a ocurrir a George W. Bush el bombardeo de Teherán. Por fortuna, el presidente Amahdinejad ha declarado que las más recientes proposiciones de Occidente sobre el programa nuclear iraní han mejorado la atmósfera. Se espera, además, una respuesta de Irán a los nuevos planteamientos para el mes de agosto. Al menos no nos estropearán el mundial de fútbol.

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