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La ola totalitaria en Europa. Consolidación del comunismo en Rusia. El surgimiento del fascismo en Italia. Ascenso de Adolfo Hitler al poder. Francisco Franco en España.

 

El período entre las dos guerras mundiales estuvo fuertemente signado por lo económico, y principalmente por la depresión y los intentos de reconstrucción que siguieron a la Gran Guerra. Algunos entre éstos fueron democráticos, pero nada pudo impedir la llegada de líderes autoritarios provistos de un arsenal ideológico de carácter totalitario. La dominación absoluta, antaño ligada a los sistemas monárquicos fundados en el “derecho divino de los reyes”, tenía que encontrar una justificación distinta. El marxismo, el fascismo y el nazismo proporcionaron estos nuevos marcos conceptuales para la acción política. En principio fenómenos nacionales en Rusia, Italia y Alemania, inspiraron igualmente el régimen que se impondría en España al término de su guerra civil e incluso más de una de las dictaduras instauradas en América Latina. En Japón, por otra parte, el militarismo terminó por imponerse, y esta constelación de lo más crudo y violento de la Realpolitik, preparó la escena para la más cruenta y extendida guerra de la historia: la Segunda Guerra Mundial.

El manejo de la crisis norteamericana de 1929 por el gobierno de Herbert Hoover contribuyó en mucho a la generalización mundial de la depresión. En medio del grave desarreglo decidió elevar las tarifas aduaneras norteamericanas hasta un 50% ad valorem, suponiendo que así podía trasladar a otras naciones el peso de la crisis. Lo que logró, en cambio, fue afectar grandemente el comercio internacional y desatar una ola proteccionista, pues casi todos los países imitaron la estrategia de los Estados Unidos. Las exportaciones hacia este país, que en gran medida habían financiado la recuperación de Europa al término de la guerra, descendieron a niveles inusitados, y el aislamiento económico terminó por dar al traste con los esfuerzos de cooperación internacional ejemplificados en la Sociedad de las Naciones. El juego volvía a ser individualista, pues ningún país podía contar con otra cosa que no fueran sus propias fuerzas. La era mundialista de Wilson había dado paso a un nuevo nacionalismo y aislacionismo norteamericanos, pues los Estados Unidos creyeron que resolverían sus problemas autárquicamente, basándose en su enorme mercado interno. Al aumento de las tarifas aduanales los Estados Unidos añadieron una devaluación monetaria—para permitir el aumento interno de los precios, lo que beneficiaría a sus empresarios sin impedir las exportaciones—y esta misma política fue seguida por Inglaterra. En cambio, Francia, Holanda, Bélgica, Italia y Suiza, prefirieron mantener la paridad oro de sus monedas a costa de una grave deflación de los precios. Finalmente, otros países de menor influencia procedieron a aislarse respecto del mercado mundial, mediante el control de cambios y un estricto control de las importaciones. En todos los países, independientemente de la política económica asumida, la crisis favoreció un recrecimiento de la intervención directa del Estado en la economía, con un aumento de la influencia del poder ejecutivo en detrimento del poder parlamentario. El terreno estaba abonado para el florecimiento del populismo totalitario.

A pesar de haber derrotado a las fuerzas de los rusos blancos en 1920, el régimen bolchevique percibió sus propias debilidades. De este modo, procedió a arreglar las relaciones con sus países vecinos, mediante una nutrida serie de acuerdos internacionales. Así, por ejemplo, firmó tratados de reconocimiento de la independencia de Finlandia y las repúblicas bálticas en la segunda mitad de 1920, y al año siguiente saldaba sus diferencias con Polonia—sacrificando parte de Ucrania y la Rusia Blanca en la Paz de Riga—y estableció acuerdos con Afganistán, Persia y Turquía. Las fronteras rusas estaban ya tranquilas, y con estos últimos tratados se lograba garantías recíprocas ante posibles agresiones occidentales y la imagen para Rusia de campeón contra el imperialismo.

Pero también había que arreglar el frente interno, y el gobierno de Lenin comprendió la inviabilidad del “comunismo de guerra”, que había socializado apresuradamente la producción agrícola con resultados desastrosos. Los campesinos resistían las requisas y ocultaban y destruían cosechas enteras, y el fantasma de la hambruna se posó sobre Rusia. Al mismo tiempo, de la misma izquierda surgió una resistencia al excesivo dirigismo burocrático de los bolcheviques. Los emblemáticos marineros de Kronstadt manifestaron contra este control, y aunque su revuelta fue aplastada estaba claro que el régimen no podría sostenerse a punta de mera represión.

En 1921, por tanto, Lenin anunció la “Nueva Política Económica” (NEP)[1], que garantizaba a los campesinos algo de propiedad privada. La decisión causó efecto: el campesinado respondió con un aumento de la producción y fue posible restaurar el abastecimiento alimentario de las ciudades rusas. A fines de 1922 nuevas medidas de liberalización de la actividad comercial contribuyeron al alivio de las tensiones internas, justo en momentos en que nacía oficialmente la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Lo que parecía ser un retorno al reformismo socialista más moderado coincidía, sin embargo, con un reforzamiento definitivo del poder omnímodo del Partido Comunista Ruso. El mismo año del lanzamiento de la NEP se aprobó en el X Congreso del partido una provisión que prohibía la actividad de oposición, y desde esta plataforma totalitaria sería relanzado más tarde el programa que aboliría de nuevo la propiedad privada.

Finalmente, la Unión Soviética procedió a partir de 1922 a la normalización de sus relaciones con Occidente. Por el Tratado de Rapallo, la URSS y Alemania se acordaron en una cooperación diplomática y tecnológica, lo que fue la puerta por la que pasarían poco después otros países, interesados en el mercado ruso. Gran Bretaña reconoció al gobierno soviético a comienzos de 1924, como luego harían en sucesión primero Italia y luego Francia. Hasta el Japón, eterno competidor de Rusia, firmó un tratado con la URSS en 1925. Cada uno de estos reconocimientos incluía tratados comerciales que facilitaron el resurgimiento económico soviético. De este modo la revolución bolchevique obtuvo la estabilidad necesaria para desarrollar una economía y un poder militar que le permitirían, más tarde, abandonar su postura inicial de “socialismo en un solo país”—con la que Stalin se opuso a la doctrina de la “revolución permanente” de Trotski—por la de una agresiva expansión. La URSS no llegó a ser miembro de la Sociedad de Naciones hasta 1934, de la que fue expulsada cinco años después por su agresión a Finlandia.

Italia, por su parte, vio el nacimiento del fascismo, la obra política de Benito Mussolini. Antiguo secretario del Partido Socialista, fue expulsado de éste a fines de 1914, en gran medida por sus posiciones intervencionistas, contrarias a la postura de la organización. Al término de la guerra formó en Milán el primer “fascio de combate”, integrado con sindicalistas y socialistas radicales partidarios de la intervención italiana en la guerra y soldados desmovilizados y sin empleo. Las inclinaciones de Mussolini no eran, en cualquier caso, consistentes con la tradición sindicalista, y respondían más bien a las teorías sorelianas de la revolución como fin en sí misma.

Georges Sorel (1847-1922) fue el gran teórico francés del sindicalismo revolucionario, propugnador de la “acción directa”; esto es, del asedio del capitalismo mediante huelgas, sabotajes, y boicots que tenían por objeto arrancar de los empresarios el control de los medios de producción. Primordialmente un monárquico tradicionalista, abrazó luego el marxismo, aunque fue uno de sus críticos más insistentes. Influido por el anarquismo de Bakhunin y el culto a la grandeza y la voluntad de poder de Nietzsche, influyó luego sobre los italianos Vilfredo Pareto y Benedetto Croce, quienes a su vez se convirtieron en fuentes de la ideología fascista. Sorel abogaba por la construcción deliberada de un “mito” que pudiera unificar a las masas para la acción. El valor del mito, sin embargo, no residía en su correspondencia con la verdad, sino que consistía en su capacidad de movilización para alcanzar resultados prácticos en la lucha por el poder. En el caso de Sorel este mito era el de la huelga general; en el de los fascistas era el de la nación.

Estas doctrinas voluntaristas del poder habían alcanzado en Italia a la cultura y el arte. El movimiento futurista era la expresión de un rechazo al pasado y un culto a la tecnología, la rapidez, la industria y la violencia. En 1909 Filippo Tommaso Marinetti escribió el Manifiesto Futurista. (Seguido en 1910 por el Manifiesto de Pintores Futuristas de Umberto Boccioni en 1910). El primero de sus artículos declaraba de una vez: “Queremos cantar el amor por el peligro, el hábito de la energía y la temeridad”. El cuarto rezaba así: “Declaramos que el esplendor del mundo ha sido enriquecido por una nueva belleza: la belleza de la velocidad. Un automóvil corriendo con su capota adornada con grandes tubos como serpientes de explosivo aliento… un motor rugiente que parece funcionar con fuego de ametralladora, es más hermoso que la Victoria de Samotracia”. El séptimo definía: “La belleza sólo existe en la lucha. No hay obra maestra que no tenga un carácter agresivo. La poesía debe ser un asalto violento sobre las fuerzas de lo desconocido, para forzarlas a rendirse ante el hombre”. Los artículos finales (9, 10 y 11) estipulaban en sucesión: “Queremos glorificar la guerra—la única cura para el mundo—el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las hermosas ideas que matan, y el desprecio por la mujer. Queremos demoler museos y bibliotecas, combatir la moralidad, el feminismo y toda cobardía oportunista y utilitaria. Queremos cantar a las grandes masas agitadas por el trabajo, el placer y la revuelta, la ola multicolor y polifónica de las revoluciones en las capitales modernas: la nocturna vibración de los arsenales y los talleres bajo sus violentas lunas eléctricas: las glotonas estaciones de ferrocarril que devoran serpientes humeantes; las fábricas suspendidas de las nubes por el hilo de su humo; los puentes con salto de gimnastas lanzados sobre la cuchillería diabólica de ríos soleados; los vapores aventureros que olisquean el horizonte; las locomotoras de pecho grande, resoplando sobre los rieles como enormes caballos de hierro con bridas de tubos largos, y el vuelo deslizante de los aeroplanos cuyas hélices suenan como el batir de una bandera y el aplauso de multitudes entusiastas”.

He allí esbozado todo un programa para la violencia irracional, en el que la más patológica forma de la política del puro poder encontraría terreno propicio. El manifiesto redactado por Boccioni, restringido al campo meramente pictórico, era quizás un poco menos violento: “Combatiremos con todas nuestras fuerzas la religión fanática, sin sentido y esnobista del pasado, una religión estimulada por la existencia viciosa de los museos. Nos rebelamos contra la adoración invertebrada de los viejos lienzos, las viejas estatuas y el viejo bric-a-brac, en contra de todo lo que sea sucio y cargado de gusanos y corroído por el tiempo. Consideramos que el desprecio habitual por todo lo que es joven, nuevo y ardiente de vida como injusto e incluso criminal”. Los futuristas[2] llegaban a agredir físicamente a quienes no se rindieran ante la estética del movimiento.

Los futuristas

Los futuristas

 

Boccioni-Severini

Formas únicas de continuidad en el espacio, escultura de Umberto Boccioni. (1913), Museo de Arte Moderno, N.Y. – Síntesis plástica de la idea: Guerra, Gino Severini (1915).

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El ascenso de Benito Mussolini al gobierno de Italia se produjo en medio de un auténtico y clásico vacío de poder. Un caos económico caracterizaba la sociedad italiana en los años de la posguerra. La pobreza era endémica, y se había hecho peor con las dislocaciones suscitadas por la guerra misma y la depresión que la siguiera. Sobre Italia pesaba la múltiple carga de la deuda y los impuestos, un enorme déficit fiscal que alimentaba la inflación, un desmesurado desempleo y la escasez de alimentos y materias primas. Los trabajadores respondieron a esta situación con huelgas y sabotajes; por su lado, los empresarios con el cierre de las fábricas. Los desempleados se sumaban al desorden con motines y violencia, mientras que los campesinos tomaban latifundios y destruían propiedades. Entretanto, el parlamento empleaba su tiempo en mutuas acusaciones entre los partidos, y el poder ejecutivo, simplemente, no hacía nada.

Ésta era una oportunidad para la organización antisocialista de Mussolini. A los ex soldados y desempleados jóvenes que formaron inicialmente el Fascio di combattimento, se sumó el apoyo de los más acaudalados empresarios industriales, que se beneficiaban de las bandas de “camisas negras” en la intimidación de los trabajadores y el rompimiento de huelgas. Sin un programa específico, el grupo de Mussolini sometía a sus miembros a una disciplina militar, que exhibía en desfiles y elaborados rituales callejeros. El temor a los comunistas—en 1920 el ala izquierda de los socialistas se separó para formar el Partido Comunista Italiano en estrecha alianza con el Komintern soviético—hizo que engrosaran el movimiento fascista propietarios asustados y católicos radicales. En la elección de 1921 el movimiento logró colocar 35 diputados en la cámara de diputados. Para ese momento ya contaba con más de trescientos mil miembros inscritos.

A fines de 1922 el deterioro continuo de la economía llevó a los socialistas a declarar una huelga general. Mal organizada, iba a fracasar por sí misma, pero Mussolini aprovechó la ocasión para desatar ataques contra periódicos socialistas y sedes locales de su partido, e incluso tomar gobiernos municipales controlados por los socialistas. El gobierno, una vez más, se abstuvo de interferir, y en octubre de ese año un congreso de los fascistas en Nápoles escuchó la amenaza de Mussolini: “O nos dan el gobierno o marchamos contra Roma”. Por fin el gobierno solicitó permiso del rey Víctor Emmanuel III para declarar la ley marcial, pero tal cosa fue denegada por el monarca, quien ya estaba en comunicación y acuerdo con los fascistas. A la dimisión del gabinete el país quedó sin gobierno, y el rey nombró a Mussolini como el nuevo primer ministro de Italia.

El primer paso de Mussolini consistió en obtener de un parlamento atemorizado poderes dictatoriales por el plazo de un año, los que empleó para colocar a sus partidarios en los puestos claves del gobierno, controlar al ejército y hacer aprobar una nueva ley electoral. Al cabo de una nueva campaña de terror y una elección amañada, en abril de 1924 el partido fascista obtenía una mayoría abrumadora en la cámara de diputados (374 escaños), y al término de ese mismo año Mussolini dominaba al país por completo. Manteniendo al rey como figura decorativa, Mussolini redujo el parlamento a un rol de total acatamiento, estableció estricto control de la prensa y se sirvió de una policía secreta para mantener a raya a los enemigos del régimen. Por lo que respecta al populacho, los camisas negras se ocupaban de mantenerlo atemorizado y aquiescente.

A partir de este absoluto control de la vida pública, se hizo muy valioso convertirse en miembro del partido de Mussolini. Hombres de negocios, miembros de la antigua aristocracia y políticos ambiciosos, pugnaban por pertenecer a la asociación, aunque Mussolini mantuvo una limitación de la membresía a no más de un cinco por ciento la población italiana adulta. A pesar de esto, para 1932 había 1.250.000 inscritos en el partido, que era presidido por el Gran Consejo Fascista, a cuya cabeza estaba, naturalmente, il Duce. El consejo decidía las más importantes políticas y nombraba y supervisaba a los altos funcionarios del gobierno.

Mussolini obtuvo los servicios de Giovanni Gentile, discípulo de Benedetto Croce, para construir una racionalización ideológica del fascismo. Una mezcla de Hegel, Nietzsche, Pareto, Sorel y el mismo Croce, compuso el discurso que se atribuyera a la autoría de Mussolini. En él se glorificaba a la guerra y el uso de la fuerza en general, se combatía al liberalismo, al socialismo, al individualismo y a la democracia, se despreciaba el bienestar material[3] y por encima de todo se entronizaba al Estado como la encarnación suprema del espíritu humano: “Para nosotros los Fascistas el Estado no es un mero guardián, preocupado solamente con el deber de asegurar la seguridad personal de los ciudadanos; ni es una organización con fines puramente materiales, como los de garantizar un cierto nivel de bienestar y las condiciones de una vida pacífica… El Estado, tal como es concebido y creado por el Fascismo, es un hecho espiritual y moral en sí mismo… El Estado es no sólo una realidad viva del presente, también está ligado al pasado y sobre todo al futuro, y así trasciende los escasos límites de la existencia individual y representa el espíritu inmanente de la nación”.

El fascismo intentó también una forma propia de organización económica: el Estado corporativo, opuesto por igual a las formas capitalista y socialista. Aunque permitía la propiedad privada de medios de producción, tanto empresarios como trabajadores debían subordinarse a los más altos intereses del Estado. Así, el régimen agrupó a las industrias en doce “corporaciones”, sólo que bajo la autoridad de funcionarios del partido fascista. Estas corporaciones decidían en materia de precios, salarios, condiciones de trabajo y seguridad social. Más tarde, se pensó en suplantar la cámara de diputados por una cámara de corporaciones para funciones legislativas. El experimento corporativo fue, en términos generales, un resonante fracaso.

En cambio, Mussolini tuvo éxito en lograr un acuerdo con la Iglesia Católica. Desde la unificación italiana de 1870 las relaciones entre Iglesia y Estado habían sido de mutuo rechazo. Ningún papa había salido desde entonces de la Ciudad del Vaticano. El Tratado de Letrán de 1929 estipuló la no intromisión papal en asuntos políticos y la aprobación del nombramiento de los obispos por Mussolini, a cuyo Estado éstos debían jurar fidelidad. A cambio de esto, la Iglesia recibía reconocimiento como soberano de los Estados Pontificios, aportes económicos públicos y un importante control de la educación. Este arreglo granjeó a Mussolini la aprobación de muchos católicos en el mundo, y de hecho representó un apoyo moral del Papa (Pío XI) a Mussolini.

El papa Pío XI en la portada de la revista TIME. La publicación lo llevaría dos veces a esta destacada posición durante su reinado. - Benito Mussolini saluda a una concentración nazi en compañía de Adolfo Hitler.

El papa Pío XI en la portada de la revista TIME (1924). La publicación lo llevaría dos veces a esta destacada posición durante su reinado. – Benito Mussolini saluda a una concentración nazi en compañía de Adolfo Hitler.

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El deterioro económico y social de la República de Weimar en Alemania, que ya antes de la crisis de 1929 había sufrido una monstruosa hiperinflación, terminó por facilitar el acceso del partido nazi—Nationalsozialistiche Deutsche Arbeitpartei—al poder. En marzo de 1933 se produjo en Alemania la elección de los miembros del parlamento (Reichstag), en medio de un clima de amedrentamiento provocado por las tropas de asalto de los nazis. (Los “camisas pardas”, dirigidos por Ernst Röhm). Aunque más de la mitad de los electores votaron contra el partido de Hitler, una coalición de éste con una cincuentena de nacionalistas conservadores le permitió formar gobierno, convocado por el anciano presidente Hindenburg. Tal como hiciera Mussolini en Italia, Hitler procedió a moverse con rapidez para asumir el control total del poder político y militar, sin importarle que su victoria electoral hubiera sido realmente muy delgada.

Lo primero que hizo fue arreglar el incendio de la sede del Reichstag, para atribuirlo falsamente a los comunistas y usarlo como pretexto para expulsarlos del parlamento y arrestar a sus líderes. Una vez reducida de este modo la oposición, introdujo entonces al parlamento la Ley Habilitante, que confería al gabinete plenos poderes de legislación y de hacienda por un período de cuatro años. El 23 de marzo de 1933, los diputados reunidos en una sede provisional, debidamente rodeada por las consabidas tropas de asalto, aprobaban el proyecto de ley por el que efectivamente el Reichstag abdicaba sus poderes en Hitler, con una votación de 411 a 84. (Sólo los socialdemócratas votaron en contra).

A continuación, Hitler despidió a una cuarta parte de los funcionarios públicos, llenando sus puestos con sus partidarios. A Hermann Göring confió la organización de la policía política: la infame Gestapo. La expansión del poder nazi continuó hasta los gobiernos regionales y locales, al frente de los cuales colocó a sus líderes de distrito o Gauleiters. Igual reorganización se produjo en el poder judicial y las autoridades universitarias. En enero de 1934, antes de cumplir un año en el poder, Hitler procedió a abolir de derecho y de hecho las divisiones regionales del país. La centralización total del poder se había completado. Antes había eliminado cualquier resto de oposición política. Después de la aniquilación de los comunistas, el turno tocó a los socialdemócratas (junio de 1933) que habían votado contra la concesión de poderes en marzo. A los restantes partidos se les permitió “disolverse voluntariamente”. El 14 de julio Hitler declaró que los nazis eran el único partido legal. A los sindicalistas también los metió prontamente en cintura: el 1º de mayo de 1933 Hitler colaboró con los líderes de los sindicatos en una gigantesca celebración del Día del Trabajo. Al día siguiente sus oficinas habían sido allanadas, sus documentos confiscados y ellos mismos puestos bajo arresto.

La aplanadora totalitaria no descansó después de estos logros. Rápidamente, el régimen procedió a controlar la radio, sumándola a su dominio de los servicios postales, telegráficos y telefónicos, que empleaba para el espionaje y el control de la población. La censura de la prensa, el cine y el teatro fue total. Como en Rusia y en Italia, organizaciones juveniles se encargaban del adoctrinamiento en las ideas de los nazis y el adiestramiento para que los jóvenes espiaran y denunciaran a sus propios familiares si percibían en ellos signos de deslealtad al Tercer Reich.[4]

La ideología nazi estaba centrada sobre la noción de la superioridad racial de los alemanes, y entendía a la historia como la lucha secular de esta raza superior contra las inferiores de los eslavos, los latinos y, sobre todo, de los judíos. Este grupo venía como anillo al dedo, por otra parte, para desempeñar el papel de chivo expiatorio a quien transferir la culpa cargada al colectivo alemán en el Tratado de Versalles.  La creencia en que el Tercer Reich era sólo el brazo ejecutor de la historia permitía justificar la persecución de los judíos, así como el terrorismo sistemático y todo género de bárbaros abusos. Esta idea nazi de una raza dominante arraigaba en las doctrinas del “superhombre” de Nietzsche, exento de obediencia a las normas y la moralidad convencional.

Una vez entronizada esta visión, y asumido el control político de la nación, el nazismo no tenía otros potenciales enemigos internos que el ejército y sus propios elementos radicales. El líder de las tropas de asalto, Ernst Röhm, agitaba criticando que el régimen se estaría ablandando y amoldando a las viejas estructuras de poder, al tiempo que pretendía convertirse en el jefe absoluto de las fuerzas armadas del país, lo que naturalmente era visto con desagrado por los elementos tradicionales del ejército. Hábilmente, Hitler acusó a Röhm de conspiración y ordenó su ejecución, ganando así el reconocimiento de los militares, quienes juraron entonces su lealtad total al Führer.

Con un menor impacto posterior sobre la escena internacional, otro régimen similar al de los nazis y los fascistas logró establecerse en España. Un país empobrecido y atrasado, mantenía un régimen monárquico encabezado por el rey Alfonso XIII. Entre 1923 y 1930 ejerció el cargo de primer ministro el general Miguel Primo de Rivera, cuyo gobierno pronto evolucionó hasta convertirse en dictadura. El descontento nacional generalizado llevó al rey a forzar la dimisión de Primo de Rivera, pero el remedio no fue suficiente para aplacar los ánimos, y el propio monarca optó por la abdicación y el exilio.

A la monarquía la sucedió un primer intento republicano en España. Las fuerzas democráticas tejieron una débil y heterogénea alianza de liberales, demócratas radicales, socialistas y anarquistas, que pronto recibió la oposición de la iglesia, los terratenientes y la mayor parte de los altos oficiales de las fuerzas armadas. En 1936 el general Francisco Franco Bahamonde encabezó una revuelta contra el gobierno, desatando una cruentísima guerra civil que duró tres años y concluyó con el triunfo de los franquistas. La Guerra Civil Española sirvió de campo de pruebas a la aviación nazi de bombardeo, que prohibida por el Tratado de Versalles, había sido restablecida por Hitler sin que ninguna potencia extranjera reclamase.[5] Con el ejemplo de Alemania e Italia por delante, Franco procedió a reorganizar el partido fundado por Primo de Rivera—la Falange—según el modelo de los partidos nazi y fascista, e instauró una implacable dictadura que superó la duración de sus predecesores. LEA

Franco-Mussolini

Entrevista de Francisco Franco y Benito Mussolini en Bordighera (Italia). El general español Súñer Serrano, que también visitaría a Alemania, participa en el intercambio.

 


[1] “Un paso hacia atrás para dar dos hacia delante”. V. I. Lenin.

[2] Además de Italia el movimiento futurista cobró importancia en Rusia, aunque prácticamente restringido a lo literario. (Su principal exponente: Vladimir Maiakovski, suicidado en 1930, autor junto con Burliuk, Kruchenykh y Khlebnikov del manifiesto Una bofetada al gusto del público, 1912).

[3] “Ser rico es malo”.

[4] El Primer Reich o Imperio Germánico había sido el fundado por Carlomagno, consagrado el día de Navidad del año 800. El segundo el creado por Bismarck para Guillermo I de Alemania, caído al término de la Primera Guerra Mundial.

[5] Pablo Picasso inmortalizó los bombardeos de los aviones alemanes sobre territorio vasco en el famoso y dramático lienzo Guernika.

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