Cartas

Todos los candidatos presidenciales de las más recientes campañas electorales emitieron sus “programas” hacia la fase final de la misma. El 25 de abril de 1993, el mismo día en que Oswaldo Álvarez Paz resultara electo candidato presidencial de COPEI en elecciones primarias, el flamante candidato declaró en el programa Primer Plano que entonces se dedicaría a conformar los equipos que tendrían que elaborar su programa de gobierno. Esto es, admitió que hasta ese momento su preocupación política fundamental era polémica, y que su legitimación como candidato copeyano tenía origen en el combate a un adversario interno a través de la retórica, no un origen programático.

Para los partidos tradicionales, para sus candidatos, el asunto del programa ocupa un lugar secundario respecto del problema “práctico” de obtener la candidatura o la magistratura. Por esta razón es tan desproporcionadamente grande la porción de los recursos que se dedica a las actividades típicas del combate electoral: encuestas, movilizaciones, publicidad. En 1992, un importante precandidato partidista, aún reconociendo que programáticamente estaba muy débil, consideró excesivo destinar, para un año de trabajo de un equipo programático, una cantidad que por ese entonces se gastaba en menos de una semana de propaganda televisada. En su explicación de esta postura esgrimió que acababa de regresar de los Estados Unidos, una semana antes de sus últimas elecciones presidenciales, y que allí ganaría un candidato que no había presentado programa. No había considerado que el problema de ganar las elecciones era menos importante que el problema de gobernar.

En gran medida esta actitud se explica por la muy difundida noción que se expresaba en la introducción al famoso libro editado por Moisés Naím y Ramón Piñango en 1985: El caso Venezuela – Una ilusión de armonía. Que el “gran diseño” es imposible o inútil, y que los programas vienen a ser más bien la sumatoria de un cúmulo de proposiciones específicas, las que deben ser generadas por especialistas. Obviamente, los candidatos no son especialistas, y por tanto la labor del programa no les correspondería a ellos.

Así recomendaban los profesores del IESA: “El mejoramiento de la gestión diaria del país requiere que los grupos influyentes abandonen esa constante preocupación por lo grandioso, esa búsqueda de una solución histórica, en la forma del gran plan, la gran política, la idea, el hombre o el grupo salvador. Es urgente que se convenzan de que no hay una solución, que un país se construye ocupándose de soluciones aparentemente pequeñas que forman eso que, con cierto desprecio, se ha llamado ‘la carpintería’. Si bien no hay dudas de que la preocupación por lo cotidiano es mucho menos atractiva y seductora que la preocupación por el gran diseño del país, es imperativo que cambiemos nuestros enfoques”. Es decir, el remedio propuesto era el de sustituir los estrategas por los tácticos, aunque hay bastante de razón en la advertencia precedente.

En Venezuela el modelo de la reconciliación, de la negociación, del pacto social o de la concertación, era hasta hace no mucho el modelo político predominante. En análisis relativamente modernos, como en el caso del mencionado trabajo de Naím y Piñango, la recomendación implícita era la de continuar en el empleo de un modo político de concertación, al destacar como el problema más importante de la política venezolana el manejo del conflicto. Y esto era antes de que la negociación tripartita—empresarios, trabajadores, gobierno—fuera con el gobierno actual suplantada radicalmente por el modelo exactamente opuesto: la agudización del conflicto.

Visto de otro modo, se trata aquí de la tensión entre dos conceptos acerca de la política. William Schneider en “Para entender el neoliberalismo”, discutiendo una onda renovadora dentro de las filas demócratas en Estados Unidos, describe el punto de esta forma: “…la división era entre dos maneras distintas de enfocar la política, y no entre dos diferentes ideologías… La generación del 74 rechazó el concepto de una ideología fija… En The New American Politician el politólogo Burdett emplea el término empresarial para describir la generación del 74… De una manera general, los nuevos políticos pasaron a ser empresarios de política que vincularon sus carreras a ideas, temas, problemas y soluciones en perspectiva… Adoptaron el punto de vista de que las cuestiones políticas son problemas que tienen respuestas precisas, a la inversa de los conflictos de intereses que deben reconciliarse”.

Esto es, se trata de una oposición entre la idea de que la política consiste en obtener el poder para conciliar intereses—o según Chávez, para aplastar al contendor—y la idea de que ésta consiste en imaginar soluciones a problemas de carácter público para llevarlas a cabo con el poder. Si la cuestión es formulada como oposición excluyente, el problema queda mal planteado y, en la práctica, domina la conciliación de intereses sobre la solución a los problemas.

¿Significa esto que el político tradicional no tiene el menor interés por lo programático? No, eso no es cierto. Lo que ocurre es que los políticos tradicionales piensan como Schneider describe la postura habitual de un presidente de los Estados Unidos: “Después de todo, siempre puede contratar a alguien que le solucione los problemas”. El trabajo típico de un político tradicional es el de someterse a una agenda inmisericorde de reuniones y reuniones de conciliación de intereses. En esa agenda no hay espacio para el diseño de soluciones. Pero ésta es una situación que debe ser vista comprensivamente. Una vez más Schneider, refiriéndose a los demócratas en Estados Unidos: “…los miembros de la generación del 74, han emprendido la tarea de liberar al Partido Demócrata de la tenaza de los intereses especiales. Pero en su búsqueda de una política libre de intereses les ha faltado comprender una verdad básica: que los conflictos de intereses son parte legítima de la vida política”.

La conciliación de intereses es un proceso ineludible, no hay duda; la equivocación reside más bien en haberla hecho predominante. El cambio más importante en el paradigma político, en el discurso político que una vez Úslar Pietri declarara obsoleto, deberá ser el de subordinar la conciliación de intereses a la solución de los problemas, el de adjudicarle su lugar correcto de herramienta, que no de finalidad, de la actividad política.

Entretanto, el país espera de Rosales, de Rausseo y de Chávez, una explicación clara de lo que se proponen hacer desde Miraflores. Mientras esto no ocurra, tendremos una campaña mediocre, centrada exclusivamente en el desprestigio del contendor y su combate.

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