Cartas

La primera opción es, desde luego, la continuación de Hugo Chávez en el poder. Es un mal al que una parte significativa de la población se ha venido acostumbrando. Como con prácticamente cada cosa en el mundo, hay ventajas y desventajas en la cristalización de ésta la más probable de las posibilidades, si se atiende a los estudios de opinión conocidos.

Es posible estar de acuerdo con Chávez en unas cuantas cosas. Por ejemplo, en que es preferible un mundo organizado multipolarmente que unipolarmente. No es bueno que un bloque de los que hoy integran junto con países no alineados el planeta político, predomine o ejerza imperio sobre los otros, por más rico y avanzado que pueda ser. Hay mucho de bueno en los Estados Unidos. Es más, restados de sus aportes sus desaguisados, el efecto neto de los Estados Unidos sobre el mundo es positivo, acrecentador de civilización. Pero esto no les autoriza a hacer guerra o invadir países cada vez que les parece, ni a violar los derechos humanos de sus prisioneros mientras pretenden inmunidad ante La Haya.

Es posible estar de acuerdo con Chávez cuando dice que la Organización de las Naciones Unidas debe ser refundada. Esto no significa prescindir de las cosas buenas que ha hecho la organización ni de las agencias útiles que ha creado, pero su anatomía y su fisiología están excedidas como órgano público, como Estado de una polis planetaria, que es necesaria cada vez más. Muchos procesos y sistemas existen hoy que revisten dimensión transnacional, y en consecuencia rebasan las capacidades de las naciones. La unidad ecológica—somos parásitos de Gaia, un único organismo vivo descubierto por Lovelock, y ojalá aprendamos a ser como la flora bacteriana benévola de nuestros intestinos—el terrorismo internacional, la globalización económica—El mundo es plano, Thomas Friedman—el narcotráfico, la trata de blancas y el comercio sexual de los niños, el tráfico de armas, los arsenales nucleares, los deportes, la exploración y colonización del espacio exterior, la pobreza, las nuevas epidemias; todo eso sólo tiene solución desde una polis planetaria.

Pero las reformas que Chávez propone para la ONU son pobrísimas, meros paños calientes, como corresponde a su ignorancia y superficialidad efectista, a su improvisación. Es como su eterna proposición en cualquier foro que atienda: crear un fondo. Sus propuestas son muy limitadas, y su apoyo al fortalecimiento de la autoridad del Secretario General hace presumir que le tiene el ojo puesto al cargo. (Para el 2021).

Es posible estar de acuerdo con Chávez cuando prefiere la participación a la representación en una democracia.

“La democracia participativa está revolucionando la política local en América y borbotea hacia arriba para cambiar también la dirección del gobierno nacional. Los años 70 marcaron el comienzo de la era participativa en política, con un crecimiento sin precedentes en el empleo de iniciativas y referenda… Políticamente, estamos en un proceso de desplazamiento masivo de una democracia representativa a una democracia participativa… El hecho es que hemos superado la utilidad histórica de la democracia representativa y todos sentimos intuitivamente que es obsoleta… Esta muerte de la democracia representativa también significa el fin del sistema de partidos tradicionales”.

El texto precedente no es de Hugo Chávez Frías. Tampoco lo es de ningún ideólogo del Movimiento Quinta República o de algún ministro del gobierno venezolano actual. Las palabras citadas han sido extraídas de la edición de 1984 del libro Megatendencias, bestseller de un gurú de la futurología, consentido por los gerentes de la globalización, y muy exitoso y próspero vendedor de libros, cursos y conferencias: el muy norteamericano y estadounidense John Naisbitt, el que, por cierto, viniera una vez al país invitado por organizaciones empresariales locales. Más aún, el país al que Naisbitt se está refiriendo con ese usurpado cognomento de “América”, es nada menos que su propio país, los Estados Unidos.

Y es que la muy moderna teoría de los sistemas complejos, y su hermana la teoría del caos, ofrecen ahora el más sólido de los fundamentos a la bondad de una democracia participativa. No creo que Hugo Chávez tenga ideas claras acerca de tales exquisiteces teóricas, pero lo cierto es que los sistemas complejos, tales como los de una sociedad complejamente entrelazada por múltiples y constantes nexos de comunicación, exhiben “propiedades emergentes”, comportamientos que son indeducibles de la calidad de sus componentes. Esto es, que aunque en una población dada, muchos de sus componentes no estén bien educados, el conjunto será capaz de rendir decisiones eficaces. Esto por lo que respecta a quienes creen que su voto personal contiene mayor calidad que el de la mayoría de sus compatriotas.

Uno debe estar de acuerdo con Chávez en que había que atender las necesidades de los más pobres en Venezuela, y esto lo ha hecho. En presentación de mayo de este año a VenAmCham—cuyo actual Presidente es Edmond Saade, también Presidente de Datos—se reportó que en los sectores D y E se mide un progreso del ingreso real por hogar. Entre 2003 y 2006 este incremento es de 137% para el Nivel E. (En bolívares corrientes pasó de Bs. 286.022 a Bs. 680.419 mensuales). Con cifras, y seguramente conceptos, diferentes, Datanálisis observó la misma cosa. Luis Vicente León, su Director Ejecutivo, contó: “Por primera vez en ocho años los más pobres del país han logrado una recuperación real de su poder adquisitivo, es decir, sus niveles de ingreso han aumentado 445% mientras que el incremento inflacionario acumulado en este período ha sido de 376%”.

Debe anotarse, sin embargo, que nadie ha logrado progresar humanamente lo suficiente si no ha alcanzado el autosostenimiento económico, y no puede vivirse eternamente de subsidios. No podemos ser una nación de mantenidos. Ni por el Estado ni por los automovilistas que un semáforo pone a merced de vendedores (a veces de productos pirata), malabaristas, volatineros, limpiavidrios, comefuegos, o meros pordioseros. Tal vez esta conciencia esté en la definición misma de misiones, cuyo nombre exige principio y término.

Las misiones le han sido posibles a Chávez porque ha tenido reales petroleros. Pero no comenzaron desde el inicio de su gobierno. Chávez gobernó en 1999, 2000, 2001, 2002 y buena parte de 2003 sin percatarse de que en el país había, por caso, enfermedades en los barrios o analfabetismo, hasta que se vio cerca de una comparecencia ante los electores. Hubo que amenazarlo con un referendo revocatorio para que empezara a dar servicio público.

Pero nada de lo anterior, por más importante que sea, autoriza a Chávez a imponer sobre nuestro país su voluntad y sus interpretaciones, por cierto bien parciales y primitivas. La historia no es como Chávez la entiende, ni su apego a esa historia personalizada le confiere mérito o autoridad alguna, ni siquiera en las pocas ocasiones en que es cierta. Es demasiado evidente que su ideología, que oscila entre lo obsoleto y lo incierto, está determinada por su desprecio y su resentimiento.

Nada de lo anterior justifica la invasión de la privacidad, el recorte de las libertades, el amedrentamiento, el insulto, la violencia, el irrespeto, el acaparamiento de poderes, el afán continuista, el ventajismo, el descaro, la mentira, la apología del crimen, el complejo de superioridad moral, la acomodación de las leyes, la persecución, el asalto a los dineros públicos, el dispendio exterior, la amenaza, el culto a la personalidad, la sumisión, el incesante sobresalto, la distorsión de la historia, la arbitrariedad, la autocracia.

Chávez no tiene los remedios. Primero, porque no tiene la historia. Las cosas son distintas de cómo las organiza y las explica. Su ciencia es delgada. Segundo, porque es cirujano, no médico. Prefiere tener al paciente-país anestesiado, si se necesita inmovilizado, mientras lo interviene con técnicas e instrumentos invasivos y traumáticos. Ya lleva ocho años operando. Es tiempo de sacar al país del quirófano, y Chávez no sabe artes postoperatorias.

Es preferible para el país que Chávez no siga en el poder.

………

La segunda opción electoral de 2006 la encarna Manuel Rosales. Procura hacer una campaña clásica—casi como si hubiéramos regresado a la candidatura de Lusinchi—mientras se lo permiten los asaltos de gobiernistas violentos al menos tolerados por el gobierno. No hace una campaña ideológica, y su base fundamental no es su propia positividad, sino la negatividad presidencial. Le basta posicionarse como el que no es Chávez y ofrecer una tarjeta de débito subsidiada que ya tiene diseño gráfico, un modo de iniciar la marcha hacia el cumplimiento de su promesa: acabar con la pobreza. (Para esto debe estar contando al menos con doce años de gobierno). Tiene un arma secreta: su señora esposa, una dama de buen ver que es probablemente mejor comunicadora que él.

La verdad es que la oferta básica de Rosales es la libertad. Es no ser la dominación, y seguramente con eso debiera bastar. No es un líder brillante, no deslumbra. Manuel es como tú. No es óptimo pero es preferible. Está subiendo, pero todavía está su techo a la altura del piso de Chávez. Su apuesta, que este piso se hunda.

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Benjamín Rausseo pareció algún día ser la tercera opción. Pero ahora parece que, como Chávez, no está viviendo en el país. No se conoce de su progreso, y es dudoso si puede contribuir muy significativamente al hundimiento de Chávez. Si quisiera, tal vez podría ser vehículo de otro, o más bien, ser precursor y profeta al estilo de San Juan Bautista. El Artículo 151 de la Ley del Sufragio y Participación Política proporciona el siguiente guión: “…en caso de candidatos ya postulados que por muerte, renuncia, incapacidad física o mental o por cualquier otra causa derivada de la aplicación de normas constitucionales o legales deben ser retirados, se admitirán las correspondientes sustituciones”. Pudiera sustituirle Rosales o, si éste no avanza lo que se necesita, otro u otra, un verdadero o una verdadera outsider in extremis.

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