Cartas

Un buen desayuno en una casa excepcionalmente bella. Ocho estupendas cabezas—y buenos dientes—entre ellas la de un afamadísimo encuestólogo. (Un historiador demasiado preclaro para decir otra cosa de él, pues se identificaría, dos ex ministros, un importante analista político, un abogado con experiencia en publicidad electoral y campañas, un hombre de finanzas internacionales, un politólogo de estudios en el exterior). El suscrito asistió, prácticamente, como observador y muy ocasional preguntón. El foco de la discusión: qué puede hacerse en las escasas semanas que quedan antes de la elección del próximo 3 de diciembre para potenciar las probabilidades de triunfo del candidato zuliano, Manuel Rosales. Lo que sigue de inmediato no proviene de quien escribe. Estos juicios, por tanto, no le son atribuibles en cuanto a paternidad, aunque los suscriba. Los ocho escapularios eran ajenos.

El experto en encuestas, para empezar, contestó una pregunta acerca de la ubicación actual del candidato en la preferencia de voto según sus propias mediciones de opinión. Veintiocho por ciento, fue lo primero que dijo. (Top of head. Más adelante diría resbalándose progresivamente o estirando las cifras: treinta, treinta y dos, y postularía que Rosales pudiera llegar, teóricamente hablando, a cuarenta y dos por ciento. El oponente, cincuenta por ciento). Un poco más avanzada la mañana debió contestar otra pregunta: ¿cuál es la proporción de electores que creen que Chávez ganará la elección? Su respuesta, sin dudar un segundo: sesenta y cinco por ciento de los consultados cree que Chávez ganará la elección. A lo mejor es por esto que, como lo pusiera un comensal, en el país no hay clima electoral digno del nombre. Él destacó que, salvo Globovisión, resteada a favor de Rosales, los demás medios de comunicación parecieran entender que no estamos en campaña.

Se mencionó el efecto que tendría sobre la propensión a votar por Chávez las enormes cantidades de circulante que el gobierno ha puesto en manos del público: hay una bonanza económica que reduce las ganas de cambiarla por un nuevo factor, únicamente probado en la tierra de Rosales. También volvió a escucharse la conseja de que los empresarios caraqueños han estado remisos a entregarle fondos; sólo los empresarios zulianos habrían dado la cara decididamente. Hace nada habrían halado las orejas a Álvarez Paz, quien cuidadoso de su constituency en el Zulia, su terruño, acaba, casi a última hora e inconsistentemente, de quebrar emocionadas lanzas por Rosales, después de toda su prédica en contrario de la participación electoral. (Y no hay quien hale las orejas de Henry Ramos Allup, emperrado en su abstencionismo metafísico).

A continuación hubo comentarios críticos a la campaña propiamente dicha. Tal vez la equivocación más particular de la misma haya sido, dijo alguien, la selección del lema básico: “Atrévete”. Este eslogan, para empezar, invita a superar un obstáculo, sea éste el miedo o la desidia. Es una convocatoria al heroísmo. Alguno apuntó que tal vez era una proyección psicológica—mecanismo freudiano de defensa—pues el propio candidato se había atrevido a lanzarse en campaña, a pesar de tener pendiente sobre sí la espada de Damocles de un antejuicio de mérito, por aquello de su firma pública del decreto constituyente de Pedro Carmona. En todo caso, el lema mismo es toda una presunción diagnóstica: la gente tendría que atreverse a votar contra Chávez. No parece ser un mensaje positivo.

Finalmente, agotado el blanco queso rallado para las arepas, sobre la mesa se puso ideas que pudieran servir para dar nueva dirección a una campaña que como va parece perdida. Destacar la crucialidad de la elección, se dijo, sería muy importante. Llevar más claramente al elector que optaría por libertad o sujeción. Dejar de hablar de corrupción sin casos o pruebas concretas y resaltar el evidente militarismo del régimen. Explicar al país quién es Manuel Rosales, pues no se sabría quién es. Cambiar su tren de asesores—entre quienes destaca Diego Arria—por uno mejor. Ponerle música al asunto. No hay emoción ni entusiasmo en la campaña, que pareciera de cine mudo. La música puede galvanizar. Acompañar las marchas y caminatas del candidato con camiones cargados de tambores y barloventeñas danzantes, para reforzar la negritud de “Mi negra”. Emplear eslóganes mejores, más poderosos y positivos. Centrarse totalmente en el reclamo de un debate entre los contendientes. Si Chávez no lo acepta—como hasta ahora—entonces lucirá cobarde, y si lo acepta entonces perdería, porque no podría apabullar a Rosales enseguida. (Si Cassius Clay no me noquea en el primer minuto de una pelea, entonces la he ganado).

Poco antes de levantar la mesa uno de los circunstantes advirtió con alarma que, pareciendo estancada la campaña de Rosales, muy bien—o muy mal—pudiera ocurrir que el esfuerzo se desinflara súbitamente en los últimos días, y entonces la derrota lo sería por paliza. Al final de todo, al lado de los carros para la salida, el encuestólogo sintetizó: “El problema es que Rosales no da”. Es algo tarde para darnos cuenta de eso. (Aunque acá mismo se escribió el 4 de noviembre de 2004—Carta Semanal #111 de doctorpolítico—hace casi exactamente dos años, la siguiente evaluación: “…si Rosales va a ser tenido como la contrafigura que ‘la oposición’ ha esperado … entonces Chávez morirá, como el general Gómez, como el general Franco, como parece que lo hará el osteoporótico comandante Castro, con el poder total en sus manos”).

Y el suscrito votará por Rosales.

………

Si los notables venezolanos reunidos en el mañanero condumio reseñado tienen razón, entonces no hay nada que hacer. Chávez será reelecto, y no por fraude electoral, sino legítimamente. Esto es importante pensarlo con tiempo, porque puede apostarse con seguridad dinero grande a que no faltarán voces que jurarán, a pesar de lo que registran las encuestadoras serias, que Rosales ganó y su triunfo le fue escamoteado fraudulentamente. Los voceros de esta inexorable tesis son previsibles; no hace falta nombrarlos.

Un factor pudiera moderar la legitimidad del éxito de Chávez: una grande abstención, cercana a la del pasado 4 de diciembre de 2005. Si los vilipendiados “Ni-ni” se repliegan, hartos de Chávez y una vez más desencantados con lo que fue capaz de proponer la oposición; si a ellos se suma una proporción alta de chavistas que consideren que sus votos no son necesarios, tal vez entonces no pueda reivindicar Chávez que ha recibido un claro mandato para hacer lo que le venga en gana. (No podrá reivindicarlo, pero de todos modos tenderá a hacer lo que le venga en gana).

En el campo opositor, en cambio, la desbandada es lo esperable, y ninguna oposición futura será posible a partir del crecimiento de ninguno de sus fragmentos. El candidato, para empezar, tendrá el destino que esperó a Salas Römer; no podrá erigirse como el líder indiscutido del antisocialismo. Petkoff ya no tendrá energía para intentar una epopeya de esas dimensiones. Julio Borges, a quien no se le ha acabado la sedición interna en su contra—dirigentes importantes de su tolda dicen desfachatadamente que “PJ” ya no quiere decir Primero Justicia, sino “Primero Julio”—dirige un partido que no ha podido prender en el alma nacional y que, en el mejor de los casos, pudiera movilizar algo así como 35 mil militantes. Súmate, muy disminuida desde su arrogante fracaso de las primarias, e identificada con intenciones políticas conservadoras, no tendrá éxito de completarse su metamorfosis en partido político. Los restantes micropartidos y manidos dirigentes tienen aún menos posibilidad de emerger como fuerza del tamaño necesario. Algunas figuras individuales, por supuesto, todavía tienen futuro. Hay mucha gente capaz e inteligente en las organizaciones enumeradas, además de bien intencionadas. Pero sólo prevalecerán si son capaces de hacer algo que Acción Democrática y COPEI nunca pudieron: repensarse radicalmente para crear algo totalmente nuevo.

Ése es el camino, entonces. Es de suprema y urgente importancia construir una nueva asociación política. El problema general de la política venezolana—recomponer su Estado elefantiásico para que sirva óptimamente a la sociedad, y la potencie para que ella se cree a sí misma, sana y lanzada al futuro—sigue sin resolver, como tampoco ha desaparecido el canceroso tumor del chavismo. Ninguna federación de enanos, sobre todo cuando son entre sí muy disímiles, podrá rendir el servicio requerido. Lo que se precisa es un nuevo diseño, a tono con el siglo XXI, alejado de las categorías jurásicas de las derechas e izquierdas del XIX, un código genético organizacional enteramente distinto del convencional.

Así escribíamos en febrero de 1985:

Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?

Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos.

Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.

Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa.

Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de entender la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experiencias y conocimientos distintos.

Las organizaciones políticas que operan en el país no son canales que permitan la emergencia de los nuevos actores que se requieren. Por lo contrario, su dinámica ejerce un efecto deformante sobre la persona política, hasta el punto de imponerle una inercia conceptual, técnica y actitudinal que le hacen incompetente políticamente.

No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos.

Es posible que ahora, veintiún años más tarde, especialmente después de la derrota de Salas Römer y la incomprensible postulación de Arias Cárdenas; después de Pedro Carmona, del paro suicida, del fracaso revocatorio y la pérdida de Rosales, podamos tener razón. Al cabo de tantos traspiés, ¿estaremos listos para preguntarnos, aunque sea sólo una vez como gente grande, si hemos venido haciendo algo equivocado? LEA

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