Cartas

La primera y más importante condición para poder explicar alguna idea con eficacia es haberla entendido. Luego es de gran utilidad ser un buen comunicador y, preferentemente, poseer habilidad didáctica. Por ejemplo, Bertrand Russell, poseedor de un completo arsenal matemático, había entendido perfectamente la teoría especial de la relatividad de Alberto Einstein, pero su The ABC of Relativity, un intento de divulgación popular de los revolucionarios postulados del genio, es opaca y torpe escritura al lado del cristalino recuento que hace Isaac Asimov en el tomo segundo de Understanding Physics. De hecho, Asimov era bioquímico por formación, y es muy probable que su comprensión de la relatividad fuera menos profunda que la de Russell, que a fin de cuentas había sido el autor de The Principles of Mathematics. A pesar de la ventaja de Russell, la explicación de Asimov es muchísimo más clara—y amena—que la del primero, y permite al lector entender, aun prescindiendo de la base matemática, lo fundamental de la teoría especial de la relatividad sin sacrificar rigor. Pero si la cosa no ha sido entendida por el expositor, no hay poder pedagógico que sea capaz de explicar nada.

Es ya proverbial la capacidad de comunicación de Hugo Chávez Frías. Es una cualidad que le reconocen incluso sus más acérrimos enemigos. Pero también son antonomásicos la flojedad de su lengua y un arrojo irresponsable a la hora de exhibir la superficialidad de sus conocimientos. Hace poco intentaba explicar lo que para él es socialismo (del siglo XXI) puesto en funciones de magistral profesor que hacía dibujos esquemáticos para comunicar mejor el tema que exponía. Según Chávez es socialismo que una parte de lo que alguien produzca sea regalado a la comunidad, y que otra parte sea cambiada por unas fichas o billetes similares a la lúdica moneda del juego de Monopolio, que vendrían a ser una “moneda alternativa” y esto, en el concepto del Supremo Maestro, viene a ser ni más ni menos que trueque. Es decir, Hugo Chávez no ha entendido absolutamente nada de lo que habló a ese respecto.

Porque, en primer término, si existe una moneda para la intermediación, así sea alternativa o local y de vigencia limitada, no puede hablarse de trueque, puesto que éste es por definición: “Intercambio directo de bienes y servicios, sin mediar la intervención de dinero”. (Diccionario de la Real Academia Española).

No es que la práctica del trueque haya desaparecido, como especie extinta, para no volver nunca más. Expliquemos esto cuidadosamente al Gran Locutor, para asegurarnos de que entienda.

A Chávez, como a la mayoría de nuestros presidentes, tiende a fastidiarle la economía—tal vez por eso no la entiende—y es la política lo que le apasiona. (Que tampoco comprende bien, a no ser en los términos combativos de la Realpolitik). Afortunadamente, es posible encontrar acá un interesante paralelismo entre tres grandes etapas de la economía y un número equivalente de etapas de la política.

Hubo un período histórico en el que una economía todavía incipiente podía manejar razonablemente sus intercambios por el expediente del trueque directo. La cantidad de transacciones y la variedad de productos eran ambas magnitudes reducidas, así como la velocidad o frecuencia del intercambio. En muchos casos se trataba de una transacción anual entre un molinero y un porquerizo que no necesitaba sino unos sacos de harina por año que pudiera almacenar.

En cuanto ese exiguo comercio se incrementó en grado suficiente, la práctica del trueque se hizo harto engorrosa. Demasiadas transacciones, una mayor variedad de productos y la distancia entre los mercados justificaron la aparición de una institución mediadora, de una unidad de medida y comparación que fuese más fácilmente transportable que un cerdo o un saco de harina. E hizo su aparición la invención del dinero y, junto con él, la posibilidad enfermiza de la inflación.

La más general de las concepciones económicas distingue entre un “sector real” de la economía, integrado por la suma de bienes y servicios efectivamente producidos, y un “sector virtual o nominal”, que equivale a la masa monetaria con la que esos bienes y servicios (incluyendo entre éstos al trabajo), pueden ser adquiridos. Y la definición elemental de inflación es la de un crecimiento del sector nominal significativamente mayor que el del sector real dentro de un sistema económico.

Hoy en día, sin embargo, la capacidad computacional y comunicacional extraordinariamente desarrollada del mundo actual—la que, por otra parte, es en términos de lo previsible una capacidad a la que falta muchísimo por crecer—permite que un 20% del comercio mundial se haga de nuevo bajo la forma de trueque—tantos aviones por tantos barriles de petróleo. Es una pregunta de alto interés para la economía investigar qué sentido tendría la noción de inflación el día en que sea posible manejar todas las transacciones como un trueque virtual, como el cotejo de bases de datos digitales sobre cada unidad de producto o servicio a escala planetaria. ¿Desaparecería la inflación?

En el campo de lo político se observa un despliegue similar, en tres etapas sucesivas, de los sistemas históricos de democracia. La democracia ateniense era también un proceso lento, en el que la cantidad de asuntos que reclamaban la atención de la apella, de la asamblea de ciudadanos, era pequeña, como también era poca la velocidad que se exigía de sus agendas. Desde el momento en que un organismo participativo de ese tipo decidía entablar batalla contra los persas, hasta que se preparaba la primera de las naves que llevarían a los guerreros, transcurría un tiempo considerable. En este tipo de condiciones era posible una democracia directa en la que los ciudadanos de Atenas todos podían participar en la toma de la decisión. (Dicho sea de paso, no todos los habitantes de la Atenas clásica eran ciudadanos. Los esclavos no tenían ninguna participación en la apella).

Nuevamente, la complicación del proceso político, en ausencia de métodos de comunicación lo suficientemente rápidos, hizo imposible la ampliación del patrón ateniense de decisiones compartidas. Hubo necesidad, si se quería mantener vivo el principio democrático, de arribar a la invención de un intermediario político: fue necesario inventar la democracia representativa. (Forma de gobierno que exhibe, obviamente, su propia patología).

Pero ahora disponemos de una tecnología comunicacional que vuelve a ofrecer las condiciones requeridas para una participación masiva, instantánea y simultánea, de grandes contingentes humanos. Ya vimos algo de esto en las teleconferencias de amplia extensión que sostuvo Ross Perot en los Estados Unidos en su frustrada carrera de hace unos años hacia la presidencia de ese país, y la Internet ha ido cobrando mayor importancia con cada campaña política, aunque esto no ha sido, si a ver vamos, el signo particular de nuestra actual campaña electoral. Pero el punto es que la cosa puede hacerse, y puede hacerse en Venezuela.

Alguien puede argumentar ante este planteamiento que el nivel de desarrollo político y tecnológico norteamericano es inconmensurablemente superior al venezolano, y que por esa razón ese concepto de democracia participativa electrónica estaría, para nosotros, muy lejos dentro de un futuro largamente incierto. Pero puede a su vez contrargumentarse que los venezolanos no hemos tardado mucho para aprender a operar telecajeros electrónicos, celulares, computadores, telefacsímiles, consolas de juegos como Playstation, y hasta las máquinas de Smartmatic, y que con igual o mayor facilidad podríamos navegar dentro de una red permanente de referenda electrónicos. Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro. Venezuela tiene las posibilidades, por poner un caso, de convertirse, a la vuelta de no demasiados años, en una de las primeras democracias electrónicamente comunicadas del planeta, en una de las democracias de la Internet. Nuestra nación puede transformarse en una sociedad en la que prácticamente esté conectado cada uno de sus hogares con los restantes, con las instituciones del Estado, con los aparatos de procesamiento electoral, con centros de diseminación de conocimiento.

¿Cuánto puede costar una red para la democracia electrónica, nueva versión de la democracia directa, la democracia participativa? Cuando Al Gore era el vicepresidente de los Estados Unidos hizo una estimación de la inversión necesaria para conectar una fibra óptica a “todo hogar, oficina, fábrica, escuela, biblioteca y hospital” en el territorio de su enorme país. La cifra manejada por Gore era la de 100 mil millones de dólares, que en términos per cápita terminaría siendo una inversión de 435 dólares por habitante.

Ahora bien, la población venezolana es, aproximadamente, una décima parte de la población norteamericana. Por otra parte, la densidad de escuelas, hogares, hospitales, bibliotecas, fábricas y oficinas es mucho menor en nuestro país que la que existe en los Estados Unidos de Norteamérica (más personas viven acá, en promedio, en cada unidad de vivienda), y por tanto la inversión per cápita que sería necesaria para lograr el equivalente de la visión de Gore en Venezuela sería marcadamente menor. Una cifra razonable es la de una inversión per cápita de 225 dólares en Venezuela para la instalación de una red de fibra óptica prácticamente total. Tal cantidad, multiplicada por la población venezolana y por una tasa de cambio de 2.150 bolívares por dólar (el inamovible dólar CADIVI), arroja una inversión estimable en trece billones y medio de bolívares. Este monto, comparado con nuestros presupuestos anuales, que ya rebasan los 100 billones, permite suponer que en un programa de unos pocos años sería perfectamente posible instalar la red para una democracia participativa total en Venezuela.

Pero esta red también puede ser usada para la transacción económica, y seguramente para el trueque. Claro, estamos hablando de una sociedad moderna, no una en la que las necesidades sean meramente las de cambiar los topochos de Chávez por un billete primitivo que a su vez permita adquirir algo de café. (Lo que fue su ejemplo específico). Es difícil imaginar que con este nuevo “método Chas” pudiera, por ejemplo, un escritor permutar un ensayo sesudo por sacos de naranjas en Altagracia de Orituco.

Lo que Chávez intentó explicar es que el futuro va a estar en algo parecidísimo a las fichas emitidas por latifundistas, con las que pagaban el trabajo de jornaleros que luego tendrían que adquirir víveres en tiendas de abastos del dueño, práctica que no sólo existía acá, sino también en las plantaciones de algodón del sur de los Estados Unidos antes de Lo que el viento se llevó. Entre otras cosas, el viento se llevó esa “moneda alternativa”.

Obviamente, éstas no son elucubraciones de Chávez sino de sus teóricos neomarxistas que, como el infaltable Heinz Dieterich, pretenden que el moderno poder computacional permitiría, ahora sí, la operación impecable de una economía totalmente centralizada. Ni Dieterich, ni mucho menos Chávez, han entendido que si algo es característico de la revolución de la Internet, es justamente la más acusada de las descentralizaciones. La revolución es la del computador personal, no la del Big Brother de “Un mundo feliz”.

A medida que Chávez describía el asunto, y explicaba como grandes ventajas de la invención que los billeticos endógenos y socialistas durarían poco y sólo tendrían valor en unos pocos kilómetros a la redonda, la audiencia fue adquiriendo los rasgos de un nutrido poemario, pues cada uno de los confundidos rostros era un poema. Nadie lograba comprender en qué residían las virtudes de la moneda alternativa.

No era posible que entendieran, pues la idea es malísima y su principal promotor no tiene la menor idea de lo que está hablando. De lo que habla es de dinero, que tendría que ser computado—¿M4? ¿M5?—por el Banco Central de Venezuela con metodología especial. Pudiera, pues, ofrecer ahora Chávez su moneda alternativa a Zimbabwe a cambio de un voto en la ONU.

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