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El espíritu navideño de George W. Bush es verdaderamente asombroso. Su optimismo es digno del ciclo de Adviento, y no se arredra porque uno que otro comité, o uno que otro general, opine que los Estados Unidos ya han tocado el tiempo en que deben comenzar a ausentarse de territorio iraquí, procediendo a un retiro gradual pero temprano de sus tropas. No señor, nada de eso. El primer ejecutivo del mundo entiende que la victoria militar en Irak es alcanzable, aunque para eso tenga que enviar más soldados a ese país.

Así preparó el terreno en alocución de fin de año, desde el edificio aledaño a la Casa Blanca que lleva el nombre de Salón del Tratado Indio. Ya se habla de un contingente adicional de unas 20.000 tropas. (Entre 15.000 y 30.000). No hace caso Bush, por tanto de la tensión entre la Casa Blanca y la Junta de Jefes de Estado Mayor, que resiste al envío de soldados en exceso de los actuales sin que se tenga una misión clara y específica para ellos, más allá de apuntalar la precaria situación política en la que se desenvuelve el nuevo Estado iraquí.

La posición de Bush pudiera verse reforzada por el reciente anuncio del retiro—en marzo próximo—del general John P. Abizaid, líder del comando central norteamericano en el Cercano Oriente, un vocero contra la idea de un aumento en el contingente estacionado en Irak. En su comparecencia ante un comité del Senado estadounidense el pasado 15 de noviembre, Abizaid había dicho inequívocamente: “No creo que más tropas norteamericanas sean en este momento la solución al problema; creo que los niveles de tropas deben quedarse donde están”. En el mismo sentido se habían pronunciado, en público y en privado, otros importantes generales.

Mientras tanto, al interior del liderazgo iraquí recrudece la lucha entre dos líderes de los shiítas, los clérigos inmiscibles Abdul Aziz al-Hakim, de tendencia moderada y Moqtada al-Sadr, tenido por los norteamericanos por extremista. Cada uno lidera un partido con treinta asientos enel parlamento iraquí, así como sus propias milicias. De cada una se asegura que incluyen escuadrones de la muerte.

Prosigue, pues, en impertérrito despliegue la terquedad del Presidente de los Estados Unidos. Nada lo hace variar de opinión: ni los consultores que él mismo nombra, ni unas elecciones adversas, ni los líderes militares, ni la sólida oposición ciudadana a su guerra particular y privada. Más tropas, Merry Christmas.

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