Fichero

LEA, por favor

William James (1842-1910) viene a la Ficha Semanal #128 de doctorpolítico para hacernos reflexionar sobre un asunto que incidiría nuestra actual realidad: la de una desmoralización extendida en algún estrato de la población venezolana; el de los ciudadanos más modernos, menos cargados ideológicamente. Entre ellos cunde la desesperanza, el desánimo, la pretensión de fuga, de rendición.

Los fragmentos iniciales de su ensayo Las energías de los hombres nos confrontan con nuestra holgazanería. (“Ya yo marché, ya yo firmé, ya yo recogí firmas, y no valió de nada”). Nos revelan que disponemos de energías ocultas, rara vez exigidas, que despiertan si decidimos continuar el esfuerzo. En un ensayo diferente—Sobre una cierta ceguera en los seres humanos—sentencia: “Doquiera que un proceso vital comunica un ansia a quien lo vive, allí se vuelve la vida genuinamente significativa. A veces el ansia está más atada a las actividades motoras, a veces con las percepciones, a veces con la imaginación, a veces con el pensamiento reflexivo. Pero, doquiera se encuentre, allí está el entusiasmo, el cosquilleo, la excitación de la realidad; y hay allí ‘importancia’ en el único sentido real y positivo en el que la importancia pueda estar en cualquier caso”.

Vistos en retrospectiva, los últimos ocho años, si bien han exigido del ciudadano común una actividad cívica a la que no estaba acostumbrado, no son tampoco un tesoro de heroicos esfuerzos. Una media docena de marchas no pueden compararse con el paso de Los Andes por nuestros llaneros de a pie. Durante el boom económico que caracterizó el primer período de Carlos Andrés Pérez, la venta de motor homes se disparó a niveles insólitos, y el parque aeronáutico civil de La Carlota se triplicó en año y medio. Hubo un empresario de la construcción que pronto hacía más dinero vendiendo puestos en la lista de espera de un Cessna Citation—él mismo nunca compró uno; simplemente obtenía un puesto y lo vendía meses o semanas más tarde como revendedor de estadio—que en su actividad habitual. En aquella época comenté, desagradado, a un amigo extanjero: “Los romanos, los ingleses, después de siglos de influencia civilizadora, tienen derecho a la decadencia. Venezuela no ha trabajado lo suficiente como para tener ese derecho”.

La figura de William James, junto con Charles Sanders Peirce y John Dewey, descuella en la intelectualidad norteamericana como fundador de la escuela filosófica del Pragmatismo, que privilegia la importancia de los efectos prácticos en relación con las ideas teóricas. Habiendo sido el primero en emplear el término por escrito, en uso de su honestidad intelectual le atribuyó la paternidad a Peirce. Fue, primordialmente, un filósofo, y también un psicólogo: fundó el primer laboratorio de psicología experimental en tierras americanas. Sostenía la posición de que cada individuo tiene un valor único, y por tanto estaba opuesto a cualquier intento de colectivización. Dentro de tres años se cumplirá un siglo de su muerte.

LEA

Tercer aire

A Leo Alcalá

Todo el mundo sabe lo que es comenzar un cierto trabajo, sea intelectual o muscular, sintiéndose rancio o viejo. Y todo el mundo sabe lo que es el “calentamiento” antes de un esfuerzo. El proceso de calentamiento se hace particularmente sorprendente en el fenómeno conocido como “segundo aire”. Con bastante frecuencia incurrimos en la práctica de detenernos en una ocupación tan pronto como encontramos la primera capa eficaz –por llamarla de algún modo– de fatiga. Entonces hemos caminado, jugado o trabajado “suficiente” y entonces desistimos. Esa cantidad de fatiga es una obstrucción eficaz en nuestra vida cotidiana. Pero si una necesidad inusual nos fuerza a seguir adelante, entonces ocurre una cosa asombrosa. La fatiga empeora hasta un cierto punto crítico, para desaparecer gradual o súbitamente, y entonces nos sentimos más frescos que antes. Evidentemente, en ese momento hemos descubierto un nuevo nivel de energía, el que hasta entonces estuvo enmascarado por el obstáculo de fatiga al que usualmente obedecemos. Podemos toparnos con capa tras capa de esta experiencia. Puede sobrevenirnos un tercer o cuarto “aire”. La actividad mental exhibe el fenómeno, así como la actividad física y, en casos excepcionales podemos encontrar, más allá del propio extremo de la molestia de la fatiga, cantidades de facilidad y de potencia que nunca soñamos poseer, fuentes de fortaleza que no hemos aprovechado jamás, porque habitualmente no pasamos más allá del obstáculo, nunca pasamos más allá de esos puntos críticos iniciales.

Por muchos años he meditado sobre el fenómeno del segundo aire, tratando de encontrar una teoría fisiológica. Es evidente que nuestro organismo tiene almacenadas reservas de energía que no son ordinariamente exigidas, pero que podemos convocar: estratos cada vez más profundos de material combustible o explotable, dispuestos de modo discontinuo, pero listos para el uso de cualquiera que explore profundamente, y reparables por el reposo de la misma forma que lo hacen los estratos superficiales. La mayoría de nosotros continúa viviendo innecesariamente cerca de la superficie. Nuestro presupuesto energético es como nuestro presupuesto nutritivo. Los fisiólogos dicen que un hombre está en “equilibrio nutritivo” cuando día tras día ni gana ni pierde peso. Pero la cosa extraña es que esta condición puede obtenerse con cantidades de alimento sorprendentemente diferentes. Tomemos un hombre en equilibrio nutritivo e incrementemos o disminuyamos sistemáticamente sus raciones. En el primer caso comenzará a ganar peso, en el segundo a perderlo. El cambio será más grande en el primer día, menor en el segundo, menor aún en el tercero y así sucesivamente, hasta que haya ganado todo lo que aumentará, o perdido todo lo que perderá, con esa dieta alterada. Ahora está de nuevo en equilibrio nutritivo, pero con un nuevo peso; y éste ni disminuye ni aumenta porque sus distintos procesos de combustión se han ajustado ya a la dieta cambiada. Se desprende, de una manera u otra, de tanto N, C, H, etc., como ingiere diariamente.

Del mismo modo uno puede estar en lo que llamo “equilibrio de eficiencia” (ni se gana ni se pierde potencia una vez que el equilibrio es alcanzado) en cantidades de trabajo sorprendentemente diferentes, sin importar en que dirección pueda medirse el trabajo. Puede tratarse de trabajo físico, intelectual, moral o espiritual.

Por supuesto que hay límites: los árboles no crecen hasta el cielo. Pero sigue siendo un hecho simple que los hombres poseen cantidades de recursos que sólo individuos muy excepcionales empujan a un uso extremo. Pero estos mismos individuos, que empujan sus energías hasta el extremo, pueden en un vasto número de casos mantener el ritmo día tras día, sin encontrar “reacción” negativa, mientras se mantengan condiciones higiénicas decentes. Su mayor tasa de energizar no les destruye, puesto que el organismo se adapta y, a medida que aumenta la tasa de desperdicio, aumenta consecuentemente la tasa de reparación.

Digo la tasa y no el tiempo de reparación. El más ocupado de los hombres no necesita más horas de descanso que el holgazán. Hace unos años, el profesor Patrick, de la Universidad del Estado de Iowa, mantuvo a tres jóvenes despiertos durante cuatro días y sus noches. Cuando sus observaciones de los sujetos hubieron concluido, les permitió dormir. Todos despertaron del sueño completamente refrescados, y el único que tardó algo más para reponerse de la prolongada vigilia sólo durmió una tercera parte más del tiempo que acostumbraba.

Si el lector reúne estos dos conceptos, primero, que pocos hombres viven a su máximo de energía y, segundo, que cualquiera puede estar en equilibrio vital a muy distintas tasas de energización, encontrará, creo, que un problema muy práctico de la economía nacional, así como de ética individual, se abre sobre esta perspectiva. En términos gruesos, podemos decir que un hombre que energiza bajo su máximo normal fracasa por esa misma proporción en beneficiarse de su oportunidad en la vida, y que una nación llena de hombres tales es inferior a una nación que corre a presiones superiores.

William James

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