Cartas

Hace unos pocos días que compartí conversación con un estupendo e inteligente amigo. La charla tomó el rumbo de un examen de mi persona política, más que de mis lecturas del hecho político mismo. Debo decir, con no poco orgullo, que mi amigo—por algo lo es—me declaró suficiente, no sin declarar que quedaba un asunto residual por explicar. Para esto se valió de la referencia a otras opiniones o, mejor, otras incertidumbres. Así me dijo que había escuchado, en boca de otras personas y con alguna frecuencia, la siguiente pregunta: “Pero ¿cuál es la línea de Luis Enrique?”

Formulada de esa manera, la cuestión se reduce a determinar cuál es mi postura ideológica y, en particular y dado que mi amigo ha debido estar citando a gente de su círculo—el de personas que hacen inversiones en dólares—cuál es mi posición respecto de “la empresa privada”. Un rebote memorioso me retrotrajo a veintidós años atrás, cuando una muy influyente matrona caraqueña me aconsejaba sobre la búsqueda de apoyo financiero a una antigua publicación mía: “Basta que digas que tu revista es para la defensa de la empresa privada”. Bueno, mi publicación no era precisamente para eso, aunque ciertamente tampoco era para atacarla. El plano de atención de mis textos era el societal, el de la sociedad venezolana en su conjunto, y desde esa perspectiva la institución de la libre empresa es un componente más de lo societal, y por tanto no podía ejercer prelación sobre el resto, no debía ser la cúpula o el punto de partida. En aquel momento, impedido conceptual y principistamente de proporcionar la definición que me era requerida, no obtuve el apoyo que mucho me habría convenido.

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Un total de once años trabajé en un importante grupo industrial venezolano (para no mencionar empleos más breves en empresas y otras instituciones privadas), y tuve la fortuna de disfrutarlo como una verdadera universidad. Mi buena suerte me colocó en el seno de un conglomerado regido por claros principios éticos y, aunque tuve acceso continuo y profundo a sus decisiones del más alto nivel, nunca fui testigo de una acción ilegal o moralmente indebida. De hecho, en una sesión de junta directiva presencié una discusión acerca de si una de las empresas subsidiarias estaba ganando dinero excesivamente, a pesar de que se ajustaba a precios internacionales—de hecho, exportaba con éxito—y tenía como socio al Instituto Venezolano de Petroquímica, una empresa del Estado que no ponía la más mínima objeción a los niveles de precios y ganancias. La inquietud por el lucro excesivo era autónoma, completamente espontánea. Tengo, por tanto, una experiencia concreta acerca de cómo es posible ser rico sin ser malo.

La distribución de cualidades morales en un grupo humano lo suficientemente grande tiende a adoptar una curva normal. Al igual que con las inteligencias o las estaturas—5% de las personas mide más de 1,80 mts., 5% mide menos de 1,60 y el 90% restante tiene una estatura intermedia—las cualidades morales excepcionalmente buenas o marcadamente malas no son demasiado frecuentes. La proporción de santos o héroes en una población cualquiera es exigua—hay una Madre Teresa de Calcuta por planeta—y asimismo, y afortunadamente, la proporción de malandrines a tiempo completo es más bien escasa. El producto moral cotidiano del ciudadano promedio no es ni un acto heroico ni un crimen. Esa persona estará en capacidad de comportarse como héroe, sin embargo, en situaciones excepcionales; digamos cada seis años y dos meses y once días, y será capaz de sostener su elevado tono de entonces por unas treinta y dos horas, a lo sumo. Pero también será capaz de echarle una buena broma al compadre—ponerle cuernos, por ejemplo, o birlarle unos reales—cada cuatro años, diez meses y veintidós días. De resto, su vida transcurre en un equilibrio moral de deberes cumplidos pero no muy moralmente exigentes, y alguna que otra transgresión venial, como comerse un semáforo o descontar del impuesto algún gasto moderado pero ficticio. Así somos los humanos, ésa es la condition humaine. Es la condición que llevamos con nosotros a todo papel que desempeñemos, a cualquiera sea nuestra vocación o nuestro oficio. No es éste el que nos impone un carácter malévolo o benéfico; no se es ni mejor ni peor por ser deportista, o bombero, o político o empresario. Si a ver vamos, no hay relación causal inmediata entre la pobreza y la bondad, como no la hay entre la riqueza y la maldad. A pesar de esto hay mucha gente que afirma que la política es intrínsecamente cochina, o que ser rico es malo. Almas simples y superficiales, de las que las más peligrosas son las que se creen con autoridad para erigirse como jueces morales de sus prójimos o de ésta o aquélla ocupación o condición social.

Ocurre, por supuesto, que las cosas que son malas tienden a ser más llamativas, y esta calidad tiene, incluso, fundamento biológico. Nuestros aparatos sensoriales transmiten con mucha más urgencia un dolor agudo—el causado por una puñalada, por ejemplo—que el suculento sabor de la guanábana. Debemos dar gracias a Dios por este rasgo de nuestra fisiología sensorial, puesto que en la percepción del dolor puede irnos la vida, mientras que en la experiencia gustativa sólo está implicado el placer momentáneo.

Pero es esa asimetría lo que nos induce, equivocadamente, a juicios horizontales y anchos absolutamente inválidos. Nos interrumpe el tránsito algún abusador que pasa la bocacalle con la luz roja, y nos confirmamos en la hipótesis de que “el venezolano” es de carácter abusivo. Así pontificamos, como si cada uno fuese un antropólogo que hubiera hecho estudio científico de la cosa, y a pesar de que por cada conductor que se pasa de vivo haya doscientos que no lo hacen. Por cada político corrupto hay muchos más que no lo son; por cada empresario desalmado y usurero hay muchos más que son gente absolutamente promedio, y hay más de uno que es ejemplo de civismo y desprendimiento.

Así, pues, tiendo a ver las cosas: a partir de una postura clínica, no ideológica. Creo que la libre iniciativa económica es parte de la fisiología de una sociedad normal, y en esto no hay postura ideológica. Si me opongo a quienes sostienen que la economía debe ser intervenida a cada instante o, peor aún, controlada totalmente por el Estado es por razones médicas: porque creo saber que la libertad empresarial es un rasgo de normalidad y salud en las sociedades, no porque sea un catecúmeno de la religión de von Mises.

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Paso, pues, algún trabajo con quienes quieren saber—con la mayor naturalidad y el mayor derecho, dicho sea de paso—si soy un defensor a ultranza de la libre empresa (en más de un caso no lo soy) o si debe ubicárseme a la izquierda o la derecha, ideológicamente hablando. Realmente no se puede, pues no trabajo—y esta publicación es muestra clara de eso—a partir de un plano ideológico. Para quien suscribe, no hay otra cosa en política que problemas de carácter público y tratamientos disponibles para resolverlos, unos más y otros menos eficaces, unos con menor costo que otros, algunos de costo verdaderamente horrible y peligroso. (Que son a los que más me opongo, en más de un caso con pasión nada clínica).

Desde este punto de vista, no supongo que todo lo que provenga de algún actor político al que habitualmente me oponga debe ser condenado y rechazado. Por ejemplo, me encuentro en una posición metodológica—no ideológica—que me permite ver bondades en algunas de las iniciativas de Hugo Chávez, por más que él me parezca, en tanto político y como lo he dicho más de una vez, una entidad oncológicamente maligna para nuestra sociedad.

Ejemplos. Puedo coincidir con Chávez en su preferencia por un mundo “multipolar”, en lugar de uno en el que se manifieste la hegemonía de una nación cualquiera, Estados Unidos o cualquier otra. Puedo estar a favor de una democracia más participativa, en lo que coincido, antes que con Chávez—quien no tiene, en todo caso, la cosa muy clara—con gente como John Naisbitt, caballero perfectamente liberal o, entre nosotros, con el profesor Humberto Njaim, decididamente insospechable de marxismo.

Puedo darme cuenta de que no es mala la campaña gubernamental de sustitución de bombillos incandescentes por lámparas fluorescentes, y de que exactamente en eso se encuentra hoy muy empeñado el gobierno australiano. (Tim Johnston reportaba anteayer desde Sidney, para el International Herald Tribune, que Australia quiere que la iluminación incandescente haya desaparecido en su territorio para dentro de tres años, como parte de su empeño por reducir la emisión de gases de invernadero).

O puedo concurrir en que vale la pena emitir una nueva moneda, un nuevo bolívar, que equivalga, como se propone ahora, a mil bolívares de los actuales. De hecho, esto era recomendación del suscrito hace ya casi trece años. El 19 de octubre de 1994 expuse la proposición—entonces sólo se requería reducir dos ceros a nuestra moneda, dada nuestra situación económica de entonces, relativamente mejor—en una publicación que por la época mantenía y que había bautizado con el nombre de referéndum. (En tiempo cuando los venezolanos no habíamos sido llamados todavía a consultas de ese tipo, lo que puede indicar mi precoz preferencia por la democracia participativa). Copio a continuación el breve texto del número 8 de su primer volumen, rogando al lector que suprima su risa—¿su añoranza?—ante las cifras de la época:

“El deterioro del poder adquisitivo del bolívar ha sido objeto hasta de un análisis ‘semántico-humorístico’ de las efigies del Libertador empleadas en las sucesivas denominaciones. (Del Bolívar vigoroso del billete de Bs. 100 a la imagen enferma que ostentan los billetes de Bs. 1.000). Humor negro, no cabe duda.

Tal deterioro ha llegado a expresarse en la necesidad, ya anunciada, de imprimir billetes con denominaciones de hasta cinco mil bolívares. Esta medida tendría por objeto facilitar las transacciones y aligerar los volúmenes de billetes de banco que hoy en día es preciso acarrear para los pagos más cotidianos.

En otras latitudes, en otros países se ha optado, en cambio, por reformular la definición del valor unitario de las monedas. Esto ha sido hecho algunas veces con éxito. Otras veces el cambio de la moneda no ha servido como un factor contribuyente al tratamiento de la inflación. El ejemplo antonomásico de un caso exitoso es el del franco nuevo, con el que la república francesa sustituyó a cien de los francos viejos. Ese cambio de valor se ha demostrado como estable.

Más recientemente, en varios países de América del Sur se ha procedido también a la emisión de nuevos signos monetarios sustitutivos de los anteriores, con mayor éxito que en otras ocasiones, cuando tales manipulaciones llegaron a verse anuladas dentro de los procesos hiperinflacionarios de Brasil y de varios países del Cono sur del continente.

Tiene sentido preguntarse, entonces, si una medida de naturaleza similar tiene cabida en Venezuela, y si la misma sería de algún modo eficaz en el tratamiento de la dolencia inflacionaria. Una escala de conversión adecuada para un nuevo bolívar sería la misma que la empleada por los franceses. Así, un nuevo bolívar debiera valer 100 bolívares de los actuales.

Probablemente sería más estable una medida de ese tipo dentro de una economía de mayores proporciones que la nuestra pero, aunque sólo fuese por su efecto facilitador de las transacciones en efectivo, aunque sólo fuese por su efecto psicológico sobre la población, vale la pena considerar la emisión de un nuevo bolívar más fuerte. La comodidad en el uso de una nueva moneda más poderosa puede llegar a ser un factor de cierta importancia, así como la psicología no es un factor a despreciar dentro del juego económico de sociedades, y convendría a la psiquis nacional ver de nuevo respetado en el símbolo monetario, hoy en día vergonzantemente disminuido, la persona del Padre de la Patria.

Es por esto que proponemos a la consideración de nuestros suscritores, para que se pronuncien en referéndum, la siguiente proposición: que se produzcan los pasos técnicos y legales necesarios para que el Banco Central de Venezuela proceda a emitir un nuevo bolívar que pueda cambiarse a una tasa de un bolívar nuevo por cada cien de los bolívares actuales”.

¿Define una “línea”, una postura ideológica el argumento inmediatamente precedente? En absoluto no. Coincidencias como ésa no me hacen chavista—menos si pensaba así hace más de una docena de años—como tampoco mi crítica de la actual oposición venezolana. Precisamente por considerar lo más sano para nuestra nación que cese lo antes posible el experimento de Chávez, es que literalmente desespero constatando la ineficacia y la ceguera del liderazgo opositor de los últimos ocho años.

Hoy seguimos constatando la misma invidencia y la misma ineficacia, mientras crece una cierta abulia, una anomia más o menos resignada, que sólo encuentra refugio en el estiramiento de las vacaciones decembrinas o el asueto de Carnaval (Caracas sigue agradablemente vacía y sin tráfico); mientras crece la extensión invasiva del gobierno. El enjambre ciudadano, sin embargo, rumia su situación. He allí el aprendizaje, que permitirá la emergencia de liderazgos nuevos. Quiero repetir acá el comienzo del principal artículo de la primera entrega en 2007 de esta carta: “El año 2007 puede ser mirabilis u horribilis para Venezuela, dependiendo, primero que nada, de la conducta del enjambre ciudadano. A la larga, es el trabajo de sus mujeres y hombres lo que determinará el progreso del país, y esto es así a pesar de los políticos. Claro que lo político será, como siempre, determinante, pero el conjunto de las acciones individuales de los pobladores de la nación hace la mayor masa, la mayor contribución”.

LEA

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