Fichero

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Cuando quien firma abajo estaba a punto de cumplir cinco meses de existencia, Octavio Paz publicaba en la revista mexicana Novedades (2 de junio de 1943) un artículo titulado El auge de la mentira. Es un discurso apasionado y juvenil, y por esto exagerado, acerca de la credulidad de nuestra época. Su texto completo forma esta Ficha Semanal #136 de doctorpolítico. Paz fustiga en el mismo ensayo diminuto la mentira del cine y la de la política. La exageración está en la primera denuncia; la segunda es exacta. Paz opone al cine la poesía, inexactamente, pues el cine puede ser un verdadero arte no exento de poesía. Pero se entiende lo que quiere decir: que el cine vende, mayormente, ilusiones que sirven al escape de la realidad.

La tesis general es, pues, muy verdadera. En nuestra época se cree, con lamentable facilidad, los pases de los encantadores de serpientes, las presentaciones de los charlatanes—una pretendida medicina “sistémica”, que nuestros publicistas no vacilan en ensalzar en la televisión porque paga buen dinero—los discursos de los demagogos. Octavio Paz habló en su cortísimo ensayo con autoridad: el mexicano premiado con el Nóbel de Literatura en 1990, ya de joven estaba comprometido con la verdad. Muerto en 1998, no pudo comentar, como lo habría hecho certeramente, sobre la mentira que nos gobierna en Venezuela. El artículo reproducido acá coincidía temporalmente con la locura nazi, cuando aún faltaban dos años de la Segunda Guerra Mundial.

El hermoso y estimulante trozo del castellano joven de Paz—tenía 29 años—es una anticipación. Cuarenta y cinco años más tarde Jean-François Revel comenzaba un libro diciendo: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. (La connaissance inutile). La concisión del poeta que era Paz creció magistralmente en el ensayista que era Revel. En 1988 se publicaba “El conocimiento inútil”, que valió a éste el Premio Chateaubriand y el Premio Jean-Jacques Rousseau.

La pluma de Revel no tenía nada de complaciente. Así escribió cáusticamente: “El club con más socios del mundo es el de los enemigos de los genocidios pasados. Sólo tiene el mismo número de miembros el club de los amigos de los genocidios en curso”. (La gran mascarada, 2000). “La certeza de ser de izquierdas descansa en un criterio muy simple, al alcance de cualquier retrasado mental: ser, en todas las circunstancias, de oficio, pase lo que pase y se trate de lo que se trate, antiamericano”, “La globalización es el chivo expiatorio de los inútiles”. (La obsesión antiamericana, 2002). “La tentación totalitaria, bajo la máscara del demonio del Bien, es una constante del espíritu humano”. (La tentación totalitaria, 1976).

Y también escribió en La connaissance inutile: “La democracia se suicida si se deja invadir por la mentira; el totalitarismo si se deja invadir por la verdad”.

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El auge de la mentira

En los tiempos antiguos el hombre no era más crédulo que en los presentes—aunque sí más creyente. La falta de fe, el escepticismo, la desconfianza no ciegan las fuentes de la credulidad, solamente la hacen cambiar de color y de objeto. Ya nadie cree en las sirenas, ni en la alquimia, pero muchos millones creen al doctor Goebbels y casi todos los habitantes del planeta prestan crédito al mundo que les pinta Hollywood—crédito que jamás han concedido a un filósofo o a un científico. La credulidad de los antiguos, al contrario de lo que ocurre ahora, no nacía del cansancio de buscar y de las sucesivas desilusiones de la historia y la vida interior; su fuente era más pura y por eso sus imágenes también poseían frescura y pureza: nacían del candor, del asombro. El hombre moderno cree por desesperación, porque todas las explicaciones le han fallado o han resultado insuficientes: cree por debilidad de la razón, no por exceso de imaginación. Generalmente se intoxica con cualquier teoría o con cualquier pobre sucedáneo cinematográfico; si asiste a un mitin, lo que pretende es buscar, ciegamente, un nuevo contacto con una noción que la vida moderna le ha hecho perder: el sentido de la fraternidad; si va un cine, lo que intenta es emborracharse de optimismo, vivir la vida que no puede vivir, satisfacer unos instintos reprimidos durante el día o encontrar el olvido de sí mismo.

Los griegos, ese pueblo de políticos, sentían una profunda e instintiva desconfianza frente a los razonamientos y promesas de los políticos y, hasta muy avanzada su historia, dudaban de los filósofos y escarnecían a los utopistas. (No tuvieron profetas, en el sentido hebraico de la palabra). Y, sin embargo, aceptaban y creían todas las fábulas de los poetas. La religión griega no fue una creación de los sacerdotes ni de un alto clero; tampoco el producto de la filosofía o del pensamiento moral: la religión griega fue una creación, una libre creación, de los poetas griegos. Ni Homero, ni Hesíodo, ni ninguno de los creadores de los mitos de Prometeo, Afrodita, Zeus o Hera fueron intelectuales, santos, profetas o clérigos. Para todos los modernos, la poesía es, evidentemente, una mentira manifiesta, cuando no un extravío reprochable; y si la seca poesía moderna es considerada como superchería y locura, ¿qué decir de la poesía griega? Cuando un poeta dice que las olas son una manada de cabras que trepan por la playa rocosa, ¿quién le puede creer? ¿Y habrá algún loco que tome en serio las hazañas de Aquiles, el tormento de Prometeo, la caja de Pandora, el nacimiento de Venus o el castigo de Galatea? Sí, hubo unos locos que creyeron esas fábulas de los poetas: los griegos, los mismos que desconfiaban de la razón y condenaron a Sócrates…, no obstante que fueron los primeros que descubrieron la razón especulativa, fundando así la ciencia y la filosofía.

Los mitos, esas invenciones y fábulas de los poetas, no impidieron a los griegos concebir la geometría, fundar los sistemas del razonamiento y, en fin, producir una filosofía que no hemos hecho sino desarrollar. La cultura griega no fue sino una racionalización de los mitos griegos. Su educación, una pedagogía tendiente a aplicar y realizar entre la juventud los ideales y las virtudes de los héroes míticos. Filósofos, políticos y pensadores no hicieron otra cosa que racionalizar, explicar y aplicar las intuiciones de los poetas. (A la inversa de lo que ocurre entre nosotros: se quiere un arte al servicio de la religión, de la industria o de las necesidades del Estado. Se crea así un arte oficial, aristocrático, precisamente lo contrario de lo que se pretende). La teoría de Platón sobre las reminiscencias y los arquetipos, singular anticipación de la doctrina del inconsciente colectivo de Jung, ¿no es acaso la primera y ya afortunada tentativa para explicar los mitos de los poetas, no como simples mentiras sino como verdades ocultas, como figuradas exprsiones de la memoria inconsciente y sobrepersonal?

Salvo Platón, poeta en su juventud, los griegos no desconfiaron de la poesía ni la juzgaron irreal y mentirosa. Sabían que la imaginación no es lo contrario de la realidad sino su metáfora. Una creación poética, si lo es de verdad, contiene a la realidad, aunque no la exprese en términos exactos, científicos o racionales. No mintieron Homero ni Cervantes cuando crearon a Aquiles y a Don Quijote, como no mintió Flaubert cuando dio vida a Emma Bovary. Los sabios, especialmente los psicólogos y los antropólogos, se sirven de los mitos de los poetas para bautizar sus descubrimientos, porque fueron ellos los primeros que expresaron los enigmas de la naturaleza. ¿Qué ha hecho Freud sino glosar y explicar la tragedia griega, el mito de Edipo y el de Electra? ¿Qué han hecho Frazer o Lévy-Bruhl sino servirse de los mitos primitivos, no para negarlos como simples mentiras sino para explicar el alma y la sociedad arcaicas? La imaginación le sirve al hombre para expresar a la realidad, no para corromperla o mutilarla.

Pero ahora el hombre se rehúsa a la imaginación. Ha dejado de creer en los poetas, aunque sigue prestando crédito a sus baratos sucesores: los empresarios de Hollywood—para no hablar de los nuestros—y los empresarios de la locura, como Hitler… La decadencia de la imaginación no nos ha hecho amantes de la exactitud sino que nos ha entregado a la mentira. Es ella la que triunfa, disfrazada de realidad.

Octavio Paz

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