Cartas

Las efemérides son fechas, sin duda, usualmente útiles a las sociedades, pero son en sí mismas arbitrarias. Nada hay de mágico, pues, en los segundos días de diciembre, los cuartos, quintos, décimo cuartos o vigésimo sextos de julio, como tampoco en los décimo nonos de cualquier abril, como es el día de hoy.

Naturalmente, la recordación de hechos aleccionadores puede convenir a las psiquis de las naciones, cuando ellos son hechos positivos. El problema, sin embargo, es que esa positividad resulta de estimaciones totalmente subjetivas. Lo que para unos es motivo de júbilo para otros es una mala noticia. Por ejemplo, la Historia de España Alfaguara, que dirigiera Miguel Artola Gallego y que hasta donde supe iba por siete tomos—más de tres mil páginas en total—no dedica más de una decena de páginas a la emancipación de las colonias españolas de América. Digamos que ese portentoso proceso ocupa en la monumental obra algo menos de 0,4 por ciento del espacio. Algunos historiadores españoles prefieren que no se les recuerde el asunto.

Para nosotros, sin embargo, el tema es timbre de orgullo, y la fecha del 19 de abril de enorme importancia, pues marca el inicio de nuestra emancipación de la que hemos llamado, al menos hasta ahora, la Madre Patria. Pero aun en esa fecha de 1810, quienes exigieron la renuncia de don Vicente Emparan, Capitán General de la Provincia de Venezuela, se tenían por españoles. El Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810 justificaba las cosas resaltando que los venezolanos de la época habían “ …sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional…”

Ciertas personas, a pesar de eso, y quizás porque sólo pueden exhibir un magro conocimiento de la historia, insisten en negar nuestro genotipo español, aun cuando se llamen Hugo o Rafael, nombres ciertamente hispánicos, no salivas o maquiritares, o se apelliden Chávez o Frías, nombres de familia que no son ni guajiros ni piaroas.

Algunas personas, pues, andan muy confundidas por la vida.

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Así pareciera estarlo el ciudadano que responde al nombre de Hugo Rafael Chávez Frías, que no termina de decidir si está a favor del biocombustible llamado etanol—que denunciara después de encargar a Cuba nueve plantas para producirlo y volviera a absolver al ponerse duro el gobierno de Luis Inazio Lula Da Silva—si es amigo o enemigo de Alan García o si puede o no entenderse con las instituciones públicas de Chile, en particular con su senado.

Claro que la base del reclamo de la presidenta Bachelet, a raíz de que el presidente Chávez sugiriese que una oligarquía fascista controlaba la cámara alta chilena—porque ésta condenara la negativa a renovar la concesión de Radio Caracas Televisión—no es demasiado sólida. La presidenta de la nación que Andrés Bello escogiera como patria y ayudara decisivamente a fundar, argumentó que debía respetarse la soberanía del Senado de su país. Chávez pudiera fácilmente ripostar que el senado chileno empezó la cosa, opinando sobre caso que es de indudable ámbito venezolano, entrometiéndose en negocio de nuestra soberanía.

Pero no, Chávez no hizo eso. En cambio, reclutó la indígena figura de Evo Morales para aducir que se le rechazaba al presidente boliviano y a él porque no eran blancos criollos. Más específicamente, opinó que las oligarquías vendepatria y proyanqui no le querían a él como gobernante por su condición racial de pardo. Algunos puristas han adelantado que también aquí es presa de una confusión, pues su fenotipo indicaría un origen racial menos mezclado que el de los pardos: Chávez, según estos antropólogos de salón, sería zambo.

Por supuesto que esta discusión es totalmente impertinente. Chávez es, créase o no, un ser humano provisto de plenos derechos a mera cuenta de sus cuarenta y seis cromosomas, y ninguna de sus características fenotípicas le inhabilita para el cargo que detenta, aunque otras, de corte psicológico o causa ideológica, sí le niegan idoneidad. No hay constitución venezolana, ni la de 1999 ni aquélla que declaró moribunda, que especifique que indios, negros, mulatos, mestizos, zambos o pardos tengan prohibido el ejercicio de ningún cargo público. Allí están para atestiguar esto el pelo algo chicharrón de Betancourt o el de Joaquín Crespo, el rostro presuntamente aindiado de Caldera, la tez oscurecida del segundo Castro y la más oscurecida todavía de Prieto Figueroa, que presidiera nuestro extinto Congreso y fuese candidato a la Presidencia de la República. El más reciente argumento de Chávez sobre el tema de la concesión de televisión abierta a RCTV, por tanto, no tiene otro origen que sus propios complejos y resentimientos. Es evidente que ha debido sentir, desde muy niño, la discriminación racial en su contra, y que en vez de dominar esos recuerdos con el constructivo, orgulloso y benévolo aplomo de, por ejemplo, Nelson Mandela, todavía hace política a partir de sus amarguras biográficas.

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Con lo anterior no pretendo negar que no se encuentre en un buen número de venezolanos una actitud discriminatoria de raíz racial. Encontrándonos en onda de efemérides, el suscrito se permitirá una privada, reproduciendo acá algunos trozos de material ya expuesto en esta carta; concretamente, en el número 196 del 27 de julio del año pasado. La argumentación iba así:

A fines del muy accidentado año de 2002, un cierto líder político exponía algunas consideraciones ante un nutrido grupo de oyentes. A la hora de las intervenciones del público, una persona afirmó que el grupo político del expositor no era inclusivo, que sólo captaba adeptos “de la clase media hacia arriba”. El aludido negó que tal cosa fuera cierta, y adujo a su favor recientes actos de incorporación de militantes que provenían del partido favorito de los pobladores pobres. Entonces intervino una dama “de sociedad” para contradecirlo: “¡Pero chico! Yo estuve ayer en el acto que ustedes hicieron en La Guaira ¡y allí lo que había era un negrero!”

Que la señora en cuestión haya dicho tal cosa, de modo tan fresco, supone que se sintiera en un grupo que compartiría su aversión racial, naturalmente; rodeada de personas para quienes ese despectivo tratamiento fuese familiar, aceptable y útil. No ha muerto el mantuanismo en Venezuela. En son de guasa, pero sintomáticamente expresivo, un cierto personaje de la sociedad caraqueña había redactado un proyecto de ley de artículo único: “Restitúyase a sus legítimos dueños la propiedad de los negros”. Repetía el chiste de mal gusto para alegría e hilaridad de muchos. Otro prohombre venezolano, ex director de empresa petrolera y promotor de institutos de educación de alto nivel, se complacía en señalar en públicas reuniones políticas: “Mi voto vale más que el de quinientos negros de Barlovento”. Decir que no hay discriminación racial en Venezuela es faltar a la verdad; lo saben las personas que la sienten.

Como la mayoría del país no tiene piel blanca, mucho del menosprecio que alguna gente acomodada manifiesta hacia el país tiene su origen en la discriminación racial. Es verdad que no llegamos a establecer un Ku Klux Klan o a sentar a las personas de piel oscura en el rincón de un autobús; es decir, en términos relativos discriminamos de modo menos violento e inhumano que otras naciones, pero hay desprecio social basado en la raza en Venezuela. Tal cosa se cobra políticamente en estos tiempos.

Pero no se limitan a la pigmentación cutánea las acusaciones en contra de nuestra nación. La geografía sería cómplice del pecado original de la raza. Así se expone: “…una naturaleza sobreprotectora, que nos ha dotado a la vez de un clima benigno y de riquezas naturales, que no exigen otro sacrificio que la extracción, ha ido estimulando en nosotros… la certidumbre de que nos basta extender la mano para que el pan llueva sobre ella, y por esa vía, ha fomentado en nosotros la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio”.

La teoría del mal “material humano” venezolano, favorecida por algunas cúpulas políticas, sociales y económicas en Venezuela como explicación del nivel de desarrollo nacional, es que la combinación del mestizaje de grupos “inferiores”—indios, españoles dañados, negros—la geografía paradisíaca de los trópicos, y la insólita riqueza natural del país conspiran para que no seamos una sociedad moderna y avanzada, en la que sólo una élite más o menos pura e ilustrada escapa a la deyección y el abismo. No estamos mejor porque con “este piazo’e pueblo” no se podría hacer otra cosa.

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Tres notas al final del artículo (“Este piazo’e pueblo”) complementaban lo expuesto. La primera se refería al actual cobro político de la discriminación, y decía: “Unos veinte años antes de la asunción de Hugo Chávez al poder, José Manuel Briceño Guerrero escribía proféticamente El discurso salvaje, que incluyó después en El laberinto de los tres minotauros. (Monte Ávila, 1997). Comentaría luego Francisco Toro Ugueto: ‘…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder’.”

La última de las notas apuntaba que la tesis del mal material humano originario de Venezuela había sido adelantada por Francisco Herrera Luque en su libro La huella perenne.

La nota del medio, la segunda, se limitaba a identificar al autor de las palabras citadas sobre la “la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio”: Marcel Granier, en La generación de relevo vs. el Estado omnipotente.

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Al quejarse Chávez amargamente de que el rechazo de que es objeto se debe a su pretendida condición de pardo, en el contexto de un debate continental-bilateral sobre su muy cacareada negativa a renovar la concesión de frecuencia abierta a Radio Caracas Televisión, ha desnudado inadvertidamente su alma atormentada y rencorosa. Ha hecho a Marcel Granier, a quien amenazara ya, poco veladamente, antes de que siquiera un mes hubiera transcurrido de su primera asunción al poder en 1999, el objeto focal de su reconcomio de resentido social. Lo ha hecho el objeto de su odio.

No tiene Chávez ningún argumento consistente para negar a RCTV la renovación de su licencia. Todos los que ha empleado, y que han repetido como loros sus más obsequiosos funcionarios, no tienen sostén válido, ni jurídico ni político, y no pueden disimular la verdadera motivación: la antipatía de un resentido, que proyecta sobre una persona específica todo el dolor, toda la vergüenza y toda la rabia que atesoró por largo tiempo.

Un verdadero estadista, por supuesto, tendría vedado el odio personal. Un político realmente benéfico se eleva sobre sus propios dolores, y no emplea su poder para conseguir la reivindicación de facturas privadas. Ningún magistrado tiene autorización para hacer políticas con su amargura.

LEA

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