Cartas

El primero de los doctores modernos de la Iglesia Católica, Santo Tomás de Aquino, se ocupaba de absolutamente todo. No en vano era decididamente aristotélico; como sabemos, Aristóteles también filosofó sobre lo humano y lo divino. En su obra magna, la Suma Teológica, Tomás de Aquino no dejó cuestión sin abordar y contestar. De hecho, la obra misma está organizada en cuestiones particulares, que son expuestas con sus pros y sus contras antes de ofrecer la respuesta del sabio doctor. Por ejemplo, la cuestión 101 (IA Prima) dilucida los siguientes puntos: si los niños nacían o no nacían perfectos en ciencia y si inmediatamente después de nacer tenían o no tenían uso de razón. En medio de una amplia discusión de cuestión tan fundamental, Tomás ofrece su dictamen: “Si el sentido está impedido, e impedidas también las potencias sensitivas internas, el hombre no tiene perfecto uso de razón. Es el caso de los que duermen o de los locos. Las potencias sensitivas son orgánicas. Por eso, los actos y también el uso de la razón quedan impedidos si los órganos están imposibilitados. En los niños este impedimento se da por la excesiva humedad cerebral”. En suma, de acuerdo con el gran doctor, los niños no venían con uso de razón desde el nacimiento; esta facultad se adquiere después, con el tiempo.

Para la operación sacramental de la Iglesia Católica es de suma importancia la definición de un estado de las personas naturales en el que éstas pueden juzgar por sí mismas. Mientras las almas no alcanzan tal condición, no pueden acceder a sacramentos como el de la Confirmación o la Eucaristía. Estrictamente, para recibir el sacramento de la Confirmación, pongamos, se requiere haber alcanzado la “edad de la discreción de juicio” (canon 891), y ésta se interpreta habitualmente como sinónima de la expresión “edad del uso de razón”. (Esta sinonimia se observa claramente, por ejemplo, en el Directorium catechisticum generale, Addendum: 1 AAS 64, 1972, 173).

Así, el Capítulo I (De la condición canónica de las personas físicas) del Título VI (De las personas físicas y jurídicas) del Código de Derecho Canónico, establece las definiciones necesarias. El canon 97 estipula inequívocamente: “§ 1. La persona que ha cumplido dieciocho años es mayor; antes de esa edad, es menor. § 2. El menor, antes de cumplir siete años, se llama infante, y se le considera sin uso de razón; cumplidos los siete años, se presume que tiene uso de razón”. El canon 99 abunda sobre el punto construyendo en modo negativo: “Quien carece habitualmente de uso de razón se considera que no es dueño de sí mismo y se equipara a los infantes”.

Bueno, el actual Presidente de la República nació en 1954 (28 de julio), de modo que puede presumirse que adquirió uso de razón en 1961. (Es sólo una presunción). Y es en este último año cuando el psicólogo canadiense—de raíz ucraniana—Albert Bandura realiza un experimento clásico y verdaderamente crucial, que ofrece fundamento empírico a la más eficaz de las explicaciones de la delincuencia, y que igualmente permite entender lo que seguramente es la más nociva y venenosa de las influencias que Hugo Chávez Frías ejerce sobre la psiquis nacional. Para sostener esta última afirmación es menester ir de cuento.

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Aunque la autoridad de una persona no convierte automáticamente en veraces las afirmaciones que tenga a bien hacer—la falacia de autoridad no se admite como razonamiento válido—conviene apuntar que Albert Bandura, nacido en Mundare, Canadá, en 1925, es considerado el psicólogo vivo más importante en Norteamérica. A Bandura, objeto de cada honor académico-profesional imaginable, se le tiene por el padre de la teoría cognitiva, y es el autor de la teoría del aprendizaje social, aquel que se produce por la imitación de las conductas de un modelo. Habiéndose graduado en su país en la Universidad de la Columbia Británica, obtuvo sus grados superiores—Master of Arts y Ph. D.—en 1951 y 1952 de la Universidad de Iowa. En 1953 ingresó como profesor al Departamento de Psicología de la Universidad de Stanford, en California, y allá está todavía, investigando y enseñando.

Desde el comienzo, Bandura se interesó en el papel jugado por la modelación social en el pensamiento, la motivación y la acción humanas, y muy pronto precisó el foco de sus investigaciones para dedicarse al estudio de la relación entre esa modelación y las conductas agresivas. Su enfoque fue decididamente experimentalista. Desde la época de sus estudios de postgrado, sostenía que los psicólogos debían “conceptualizar los fenómenos clínicos de forma que los haga susceptibles a la prueba experimental”, pues creía que sólo en el laboratorio podía la investigación psicológica controlar los factores que determinan la conducta. De este esfuerzo germinó su primer libro—Adolescent Aggression (1959, Hugo Chávez todavía no tenía uso de razón)—y más adelante (1973), Aggression: A Social Learning Analysis.

Su base conceptual, pues, es la teoría del aprendizaje social. (Bandura publicó en 1986 Social Foundations of Thought and Action: A Social Cognitive Theory, obra de enorme influencia en la que los seres humanos son entendidos como entes capaces de autorregulación y autodesarrollo, y no como un manojo de respuestas a estímulos externos—conductismo—o como el producto de impulsos internos, como Freud los entendía en buena medida). La conducta, sin embargo, es grandemente influenciada por factores ambientales, y es en mucho la imitación de modelos. En particular, Bandura ha sostenido que los individuos, especialmente los niños, aprenden sus respuestas agresivas al observar a personas en actos de agresión, bien sea directamente o a través de medios como el cine y la televisión.

Los individuos, pues, no heredan una tendencia a la violencia; la adquieren por imitación. Al hacerlo, por otra parte, refuerzan esa conducta al obtener algún beneficio, sea éste el alivio de una tensión, la ganancia financiera, la aprobación de terceros o el desarrollo de su autoestima. Es fácilmente sostenible que la teoría del aprendizaje social es la teoría de la conducta más relevante a la criminología.

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Es dentro de esta formulación teórica que se produce el clásico experimento del “muñeco Bobo”. (Bobo es acá el nombre adjudicado a un payaso pintado sobre un muñeco porfiado, fabricado en cubierta de plástico inflada hasta el tamaño de un prepúber, con una base llena de arena que le confiere peso y lo hace inderribable. Fue en una época un juguete popular).

El experimento diseñado por Bandura se hizo con 36 niños y 36 niñas del jardín de infancia de la Universidad de Stanford, cuya edad promedio era de 4 años y 4 meses. Varios arreglos cuidadosos permitieron controlar diversos factores. Por ejemplo, la maestra de los párvulos y el experimentador ordenaron a los niños según la agresividad que hubieran mostrado antes del experimento, para descartar la influencia de una posible predisposición. Sobre esta ordenación pudo Bandura agrupar a los niños con base en el nivel de agresividad promedio. Un primer grupo experimental de 24 infantes fue sometido a modelos de comportamiento agresivo. El segundo, de idéntico tamaño, a modelos de conducta no agresiva. Ambos grupos fueron luego divididos por sexo. En total, hubo ocho grupos experimentales y un grupo de control.

Cada niño del programa fue tratado individualmente, de modo que se evitó la influencia de sus compañeros de clase. En la primera parte del experimento, se conducía un niño y un modelo adulto a un cuarto en el que se sentaba al infante en una esquina, donde podía jugar con calcomanías o papas talladas para imprimir, mientras el modelo adulto se sentaba en otra esquina, donde había un juego para armar, un palo liviano—un mallet, o palo de croquet de plástico—y el muñeco porfiado inflable. Antes de abandonar la habitación, el experimentador explicaba que estos últimos juguetes sólo podrían ser usados por el modelo adulto.

Después de jugar con el juego para armar por un minuto, el modelo agresivo atacaba al muñeco y lo golpeaba, empleando el mallet para darle golpes en la cabeza, y también usaba expresiones verbales violentas. Después de unos diez minutos de esta conducta, el experimentador regresaba a la habitación, despedía al modelo adulto agresivo y llevaba al niño a otro cuarto, donde un modelo adulto no agresivo jugaba solamente con el juego para armar durante todos los diez minutos, sin prestar atención alguna al muñeco.

Al cabo de estos dos episodios, cada niño iba a otro cuarto de juegos, donde encontraba juguetes muy atractivos, como un avión jet, una muñeca con ropas y su coche, un carro de bomberos, etc. Con el fin de detonar rabia o frustración en el niño, se le dejaba jugar muy poco rato con estos juguetes, y se le explicaba que estaban reservados a otros niños y que si iban a otra habitación encontrarían juguetes con qué jugar.

Por último, se dejaba solo a cada niño por un tiempo de veinte minutos en una última habitación, la que contenía juguetes agresivos y no agresivos. (Los agresivos incluían al muñeco y el mallet, así como pistolas de dardos y un grillo de cadena; los no agresivos un juego de té, papel y creyones, una pelota, animales de granja en material plástico y otros).   Un grupo de jueces observaba a los niños tras un vidrio-espejo (cámara de Gesell), y evaluaba su conducta para medir su agresividad con ocho parámetros. Por ejemplo, una medida registraba la agresión física de apuñear o patear al muñeco, sentarse sobre él, golpearlo con el mallet o tomarlo y lanzarlo por el cuarto. La segunda medida registraba la agresión verbal, y se tomaba nota de las frases que fueran repetición de las proferidas por los modelos adultos. Otras conductas agresivas eran también medidas, aunque no fuesen imitación estricta de los modelos adultos agresivos.

Antes de acometer el experimento, Bandura había formulado varias predicciones. La primera suponía que los niños que fueran expuestos al modelo adulto agresivo intentarían imitarlo aun en su ausencia. Luego, creía que la conducta de estos niños diferiría marcadamente de la de los que observaron un modelo no agresivo o ningún modelo. (Los del grupo de control). Además predijo que los niños que vieron al modelo no agresivo no sólo exhibirían menos agresividad que los que confrontaron al modelo agresivo, sino incluso menos que la que exhibirían los del grupo de control, que no fueron objeto de modelación. Adicionalmente, pronosticó que los niños imitarían más a los modelos de su mismo sexo, y que se observaría más agresividad en los varones.

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¿Cuáles fueron los resultados? Concluidas las mediciones, se encontró que, en efecto, quienes fueron expuestos al modelo agresivo se condujeron de forma más agresiva que los restantes niños del experimento. Para los varones de ese grupo se registró un promedio de 38,2 acciones agresivas, y de 12,7 para las niñas. Las agresiones verbales  imitativas en este grupo fueron en promedio 17 en los varones y 15,7 en las hembras. En los niños que observaron al modelo no agresivo, y los del grupo control que no vieron a ningún modelo, prácticamente no se observó conductas agresivas, ni físicas ni verbales.

Los resultados también confirmaron que los niños son influenciados más fácilmente por modelos de su mismo sexo, y que en general los varones son más agresivos que las hembras. (Los varones exhibieron en conjunto 270 conductas agresivas, contra 128 de las hembras). No pudo alcanzarse una conclusión respecto de la predicción de que los modelos no agresivos actuarían disuasivamente respecto de conductas agresivas. En agresiones con el mallet, los varones expuestos a modelos no agresivos de su mismo sexo exhibieron conductas menos agresivas que los niños del grupo de control; en cambio, los varones expuestos a una modelo no agresiva mostraron más agresividad que la de los del grupo de control. (¿Será que los varones no hacen mucho caso a las mujeres?)

La conclusión principal del equipo de Bandura y sus colaboradores, en síntesis, es que conductas específicas como la agresión pueden ser aprendidas a partir de la observación y la imitación de modelos. Los niños llegaron a pensar que la conducta agresiva era aceptable, y de este modo sus inhibiciones de la agresión se debilitaron. Este debilitamiento hace más probable que se responda a situaciones futuras con respuestas más agresivas. La agresividad se aprende.

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Desde que entró, en mala hora, Hugo Rafael Chávez Frías a la política venezolana, el 4 de febrero de 1992, este ciudadano se ha conducido, constantemente, como un modelo agresivo. Por supuesto, por sus actos de esa fecha, que fueron armados para la agresión. Pero también en su campaña electoral de 1998, cuando ofrecía freír cabezas de adecos y copeyanos; también el 4 de febrero de 1999—cuarenta y ocho horas después de haber jurado sobre una constitución a la que declaró, frente a su padre, moribunda, en revelación de su carácter despiadado—cuando emplazó a la Presidenta de la Corte Suprema de Justicia para que aceptara el robo por necesidad; también cuando sugirió a Marcel Granier que su vida corría peligro; también cuando escribía cartas, en plan de colega revolucionario, al terrorista criollo Illich Ramírez Sánchez, alias “El Chacal”; también cuando incitó agresiones de otros, como las de la banda de Lina Ron, a la que declaraba luchadora meritoria; también cuando despidió con sorna a los ejecutivos de PDVSA; también cuando insulta a mandatarios extranjeros e instituciones públicas y organizaciones no gubernamentales en cualquier parte del globo; también cuando excita las invasiones de propiedades privadas, como él mismo hace en aplicación del “método Chaz”; también cuando amenaza a quienes se le opongan con el empleo de la fuerza armada; también cuando compra armas—fusiles, helicópteros, submarinos—y establece contingentes de reservistas más grandes que el ejército regular; también cada vez que golpea la palma de su mano diestra con el puño siniestro; también cuando no cesa de hablar de guerra, de magnicidio, de guerrilla, de resistencia; también cuando ofrece la expropiación a cuanto factor social no se alinee con su voluntad; también cuando acuña el lema de “patria, socialismo o muerte”.

Cualquier cosa positiva que Chávez haya podido traer a su pueblo es anulada por esta permanente modelación de la violencia, por cuanto aquí el daño que infiere es a lo psíquico de nuestra sociedad. No hay, pues, nada que pueda salvar a las administraciones de Chávez en el registro de la historia, y esto debe ser explicado a sus partidarios en nuestra ciudadanía. Uno pudiera invitarles a que hicieran una lista de los aciertos de Chávez, pues por más larga que fuese sería reducida a la insignificancia al cotejarla con su perenne modelación de la violencia y la agresión, que deja cicatrices en el espíritu de la Nación. ¿Cómo puede disminuir la delincuencia en un país cuyo presidente la modela, exacerbando el azote que lacera por igual a sus partidarios y sus opositores? ¿Qué asaltante no se sentirá “dignificado” por la conducta presidencial, cuya agresividad y cuyo desprecio por la propiedad puede tomar por modelos?

Este rasgo terrible y definitivo del modo de gobernar de Hugo Chávez se complementa con una “desconexión moral”—moral disengagement, otro concepto de Bandura—que le impele a fabricar excusas para su mala conducta, eludir la responsabilidad de sus consecuencias y culpar a sus víctimas. Las razones de Chávez son, mayormente, coartadas.

Y esta espantosa modelación, más gravemente, es amplificada en el más obsceno culto a la personalidad que haya conocido Venezuela. No hay agencia oficial que no le adule, no hay programa que no se atribuya a sus méritos, no hay pieza publicitaria del gobierno que no infle su ego megalómano y tóxico.

Preparémonos para una inmensa tarea de psiquiatría política al cese de su mando.

LEA

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