Fichero

LEA, por favor

Esta Ficha Semanal #158 de doctorpolítico es totalmente atípica. (Y no sólo por su desusada longitud, verdaderamente abusiva). Las fichas semanales—que nacieron con la intención de enriquecer el servicio de la Carta Semanal, cuando ya se habían producido 92 entregas de ésta—se construyen usualmente con textos de terceros en materia política, y ocasionalmente con textos políticos viejos de quien escribe.

Pero es que el #250 de la Carta Semanal de doctorpolítico, del jueves de la semana pasada, ha suscitado, para satisfacción del suscrito, considerable interés. Más propiamente, han suscitado gran interés el pensamiento y la persona de Pierre Teilhard de Chardin, y algunas preguntas específicas reivindican, igualmente, que se les satisfaga. El objeto de esta ficha anómala es el de suministrar noticia ampliada de la visión teilhardiana del mundo y su evolución que, como se dijo, no tiene nada que ver con la interpretación equívoca que propaga ignorante o interesadamente el Presidente de la República. Para esta tarea se ha escogido el prólogo—Ver—que el propio Teilhard antepone al monumental discurso de su obra cimera: El Fenómeno Humano. Es un texto cuidadosamente construido y, entre otras cosas, un curarse en salud que buscaba protegerse de una ortodoxia católica que le exigiría—como en efecto lo hizo—no socavar las interpretaciones convencionales del significado de Cristo.

Se reproduce acá, pues, Ver, las páginas preludiales de El Fenómeno Humano. En sí mismas constituyen un texto que clarifica y eleva, aunque es recomendación muy cordial de esta publicación que cada suscritora o suscritor adquiera una copia del gran libro, en la estupenda traducción que hiciera M. Crusafont Pairó para la editorial Taurus, si es que ya no lo han leído. Pero como el prólogo no expone sino atisbos de la tesis central de Teilhard, se anexa igualmente a esta ficha el texto completo —de la sinopsis que él mismo escribiese—citada en la carta #250—bajo el título La esencia de El Fenómeno Humano, a manera de epílogo de actualización. No es un texto fácil, hay que apresurarse a advertir, mas no hay apuro en leerlo; un ir y venir sobre él irá revelando poco a poco lo que Teilhard tenía que decir.

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Tratándose del marcado #250 de la Carta Semanal de doctorpolítico, se puso especial cuidado en su redacción, habiéndose invertido una media docena de sesiones en su corrección, tanto en pantalla como en dos versiones impresas. A pesar del celo, al menos dos gazapos, hasta donde se sabe, lograron escapar al cerco corrector. Uno acontece en el artículo breve, en la siguiente oración: “…y el reglamento de interior y debates de la Asamblea Nacional”. Ha debido decir: “… y el reglamento interior y de debates de la Asamblea Nacional”. Citábase una fuente, pero ha debido ponerse más atención y corregirse el error.

La otra equivocación es más frustrante, pero al mismo tiempo divertida y eslabón de un caso de “sincronicidad” jungiana. (“La coincidencia de dos o más acontecimientos, no relacionados entre sí causalmente, cuyo contenido significativo es idéntico o semejante”.) El encabezado mismo del correo enviado a los suscritores—no así, por fortuna, el título del artículo principal (Allons enfants de la Patrie)—decía: Carta Semanal #250 – Allons enfants de la Petrie. He aquí el cuento de las mágicas coincidencias.

Hace aproximadamente dos meses leía en la Enciclopedia Británica—en la décimo quinta edición de 1974—el artículo consagrado a Petrarca, cuando descubrí una íntima afinidad con tan grande maestro, Poeta Laureado de Roma. Reporta así la enciclopedia: “se acusa a sí mismo de todos los siete pecados capitales excepto la envidia”. Y quien escribe ha dicho de sí mismo, en ocasiones cuando la irreverencia es tolerada, exactamente la misma cosa. (En realidad, ahora que lo pienso tampoco creo ser aficionado a la avaricia).

Ahora bien, en la redacción de esta ficha quise incorporar detalles personales de Teilhard, para que la lectura de una síntesis de su tesis evolutiva resultara más amena. Sabía que el lema del blasón de los Teilhard llevaba una frase en latín, de la que recordaba sólo las palabras finales: et celestis origo. En la edición de Taurus de El medio divino, una de las obras de Teilhard de Chardin, venían, incluso, una fotografía del escudo hecho en piedra y la explicación del lema, realmente apropiado para el visionario de El fenómeno humano.

Pero hace tiempo que he extraviado mi ejemplar con la foto, y una búsqueda en Internet me proporcionó la divisa completa: Igneus est ollis vigor et celestis origo. (“De fuego es su energía y celeste su origen”). Y resulta que esta frase—me informó también la Internet, base fisiológica para la mente colectiva de Teilhard—, se encuentra precisamente en una obra de Petrarca—De secreto conflictu, que es donde confiesa en diálogo imaginario con San Agustín seis de los pecados capitales—que cita un pasaje de la Eneida de Virgilio, y en ésta reposa el verso en su forma original: Igneus est illis vigor et celestis origo.

Ya había perdido la razón por la que Petrarca me caía simpático, y regresé entonces a la edición mencionada de la Enciclopedia Británica (Macropædia, XIV) para releer acerca de la olvidada coincidencia concupiscente. No pude dejar de sonreír, al percatarme de que el artículo que sigue al dedicado al Padre del Renacimiento informa de Sir Flinders Petrie, renombrado arqueólogo—por tanto de profesión afín a la de Teilhard—y egiptólogo inglés. (1853-1942). Jung absorbía—¿absolvía?—mi error.

Una vez alcanzado el alivio psicológico de la fea mancha, por la vía de tan extraña sincronicidad, dos amigos me describieron telefónicamente la página de El medio divino que trae la foto del blasón en piedra de los Teilhard, tomándose el amable trabajo de buscar el libro en sus bibliotecas personales.

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La figura de Pierre Teilhard de Chardin es tanto objeto de culto como de patrañas tejidas en torno a su nutrida trayectoria. Por ejemplo, llegó a involucrársele—sin fundamento alguno—en el famoso fraude del “Hombre de Piltdown”, perpetrado por el inglés Charles Dawson, quien fabricara un “fósil” que combinaba fragmentos de huesos humanos y simiescos. Pero el más desapasionado examen de la vida de “San Pedro” Teilhard—yo le hubiera canonizado hace rato—muestra a las claras las huellas dejadas por una persona excepcional.

Nacido en Orcines, una comuna de la región de Auvergnes, Francia, el 1o. de mayo de 1881, ya era en 1925 objeto de la primera represión de su pensamiento. Había sido ordenado sacerdote jesuita en 1911, cuando tenía 30 años de edad, y contaba en su haber una licenciatura en literatura (además de bachilleratos en filosofía y en matemáticas y grados, en la Sorbona, en geología, botánica y zoología) y, por supuesto, los estudios teológicos y filosóficos de su carrera sacerdotal. Vladimir Ledochowski, el Superior General de la Compañía de Jesús, le ordenó en 1925 que dejara de enseñar en Francia—enseñaba, luego de su Doctorado en Ciencias, geología en el Instituto Católico de París—al trascender dos opúsculos suyos sobre la noción de pecado original que parecían alejarse de la doctrina ortodoxa en la materia. De hecho, Ledochowski le exigió que firmara un documento que renegara de sus ideas. Teilhard prefirió permanecer en obediencia y firmó la recantación.

Poco después viajaría a China, donde ya había estado en 1923 (entonces compuso allí La Misa sobre el Mundo, primera parte de Himno al Universo). Esta vez (1926-27) escribió las primeras páginas de lo que llegaría a ser El Fenómeno Humano (completado entre 1938 y 1940). Su presencia en China le permitió ser co-descubridor del “Hombre de Pekín” (Sinanthropus pekinensis), al que determinó, junto con Henri Breuil, como un verdadero Homo faber, constructor de herramientas y conocedor del fuego. Subsiguientes viajes lo llevarían a India, Java y África.

Pero desde aquella primera halada de orejas Teilhard fue un autor censurado. En 1937 debía recibir un doctorado honoris causa de la Universidad Católica de Boston, cuando se le ocurrió a The New York Times presentarlo como el sacerdote que decía que el hombre descendía del mono. Al llegar a Boston supo que ya no recibiría la distinción académica. Después de su muerte, un monitum de la Congregación del Santo Oficio (la Inquisición) ordenaba a los obispos e institutos católicos de enseñanza en todo el mundo que impidieran la lectura de sus obras. La enseñanza de Teilhard que causaba mayores problemas era que hasta una piedra tendría una actividad psíquica; esto es, que cada ente real tenía algo de espíritu en su interior, ya no sólo el hombre, como la iglesia católica enseña.

Así, en una suerte de exilio, residía en la iglesia de San Ignacio de Loyola de la ciudad de Nueva York cuando le llegó la muerte, el 10 de abril de 1955. Era domingo, día de la Pascua de Resurrección. Días antes, había expresado su deseo de que Dios se lo llevara justamente en esa fecha. (Hay una versión que le hace decir exactamente lo mismo un año antes, en un acto en el Consulado de Francia en Nueva York).

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(Quien quiera conocer detalles del Global Conscience Project, referido igualmente en el #250 de la Carta Semanal, puede encontrarlos en el sitio http://noosphere.princeton.edu/ Es digno de notar el empleo del término “noosfera”, que es justamente noción de Teilhard de Chardin y de Vladimir Vernadsky, geoquímico y minerálogo ruso. Asimismo, puede resultar interesante la visita al sitio del Co-Intelligence Institute: http://www.co-intelligence.org/)

LEA

Ver

Estas páginas representan un esfuerzo por ver y hacer ver lo que es y exige el Hombre si se le coloca, enteramente y hasta el fin, dentro del cuadro de las apariencias.

¿Por qué tratar de ver? ¿Y por qué dirigir de una manera especial nuestra mirada hacia el objeto humano?

Ver. Se podría decir que toda la Vida consiste en esto si no como finalidad, por lo menos sí esencialmente. Ser más es unirse más y más: éstos serán el resumen y la conclusión misma de esta obra. Sin embargo, lo comprobaremos más aún: la unidad no se engrandece más que sustentada por un acrecentamiento de conciencia; es decir, de visión. He aquí por qué, sin lugar a dudas, la historia del Mundo viviente consiste en la elaboración de unos ojos cada vez más perfectos en el seno de un Cosmos, en el cual es posible discernir cada vez con más claridad. La perfección de un animal, la supremacía del ser pensante, ¿no se miden por la penetración y por el poder sintético de su mirada? Tratar de ver más y mejor no es, pues, una fantasía, una curiosidad, un lujo. Ver o perecer. Tal es la situación impuesta por el don misterioso de la existencia a todo cuanto constituye un elemento del Universo. Y tal es consecuentemente, y a una escala superior, la condición humana.

Pero si de verdad resulta tan vital y beatificante el conocer, ¿por qué, una vez más, dirigir con preferencia nuestra atención hacia el Hombre? ¿No está ya suficientemente estudiado el Hombre, y no es suficientemente enojoso hacerlo? ¿Y no es precisamente uno de los atractivos de la Ciencia el de desviar y hacer descansar nuestra mirada sobre un objeto que, por fin, no sea nosotros mismos?

Bajo un doble aspecto, que le convierte doblemente en el centro del Mundo, el Hombre se impone a nuestro esfuerzo por ver como clave del Universo.

En primer lugar, y de una manera subjetiva, resultamos ser inevitablemente centro de perspectiva en relación con nosotros mismos. Fue seguramente una candidez, quizá necesaria, de la Ciencia naciente el de imaginarse que podría observar los fenómenos en sí mismos, tal como se desarrollarían fuera de nosotros mismos. Instintivamente, los físicos y los naturalistas operaron al principio como si su mirada cayera desde lo alto sobre un Mundo en el que su conciencia pudiera penetrar sin experimentarlo en sí mismos, sin modificarlo con su propia observación. Hoy empiezan a darse cuenta de que sus observaciones, aun las más objetivas, están todas ellas impregnadas de convenciones apriorísticas, así como de formas o de costumbres de pensar desarrolladas a lo largo del proceso histórico de la Investigación. Llegados al extremo de sus análisis, ya no están muy seguros de si la estructura conseguida es la esencia misma de la Materia que estudian o el reflejo de su propio pensamiento. Y de una manera simultánea se dan cuenta de que, por un choque retroactivo de sus descubrimientos, ellos mismos se hallan cogidos en cuerpo y alma en la red de las relaciones que habían creído lanzar desde el exterior sobre las cosas; en una palabra: se hallan presos en su propia trampa. Metamorfismo y endomorfismo, diría un geólogo. El objeto y el sujeto se mezclan y se transforman mutuamente en el acto del conocimiento. Quiéralo o no, desde ese momento el Hombre vuelve a encontrarse a sí mismo y se contempla en todo lo que observa.

He aquí una verdadera servidumbre, la cual, no obstante, está inmediatamente compensada por una grandeza cierta y única.

Resulta simplemente banal, e incluso enojoso, para un observador el transportar consigo mismo, vaya donde vaya, el centro del paisaje que atraviesa. Pero ¿qué es lo que le sucede al paseante si las circunstancias le llevan hacia un punto naturalmente privilegiado (encrucijada de caminos o de valles), desde el cual no ya sólo la mirada, sino las mismas cosas irradian? Es entonces cuando, al coincidir el punto de vista subjetivo con una distribución objetiva de las cosas, se establece la percepción en toda su plenitud. El paisaje se descifra y se ilumina. Se ve.

Este parece ser precisamente el privilegio del conocimiento humano.

No hay necesidad de ser hombre para percibir los objetos y las fuerzas dispuestos circularmente alrededor de uno mismo. Todos los animales lo hacen tanto como lo hagamos nosotros. Pero es peculiar al Hombre ocupar en la Naturaleza una posición tal, que esta convergencia de líneas resulta ser no sólo visual, sino estructural. Las páginas que siguen no harán más que comprobar y analizar este fenómeno. Por virtud de la cualidad y de las propiedades biológicas del Pensamiento nos encontramos situados en un punto singular, sobre un nudo, que domina la fracción entera del Cosmos actualmente abierto a nuestra experiencia. El Hombre, centro de perspectiva, es al propio tiempo centro de construcción del Universo. Por conveniencia tanto como por necesidad es, pues, hacia él hacia donde hay que orientar finalmente toda Ciencia. Si realmente ver es ser más, miremos al Hombre y viviremos más intensamente.

Pero para ello es necesario que acomodemos de una manera correcta nuestra visión.

Desde que existe el Hombre se ofrece como espectáculo a sí mismo. De hecho, desde hace algunas decenas de siglos, no hace otra cosa que autocontemplarse. Y ello no obstante, apenas si empieza a adquirir con ello una visión científica de su propia significación en la Física del Mundo. No debemos extrañarnos demasiado de este lento despertar. Nada resulta tan difícil a menudo de percibir como aquello que debiera “saltarnos a la vista”. ¿No le es necesaria al niño una educación especial para aislar las imágenes que asaltan su retina recién abierta al mundo que le rodea? Para descubrirse a sí mismo hasta el fin, el Hombre tenía necesidad de toda una serie de “sentidos” cuya gradual adquisición, según diremos, llena y marca los hitos de la historia misma de las luchas del Espíritu.

Sentido de la inmensidad espacial, tanto en lo grande como en lo pequeño, que desarticule y espacie, en el interior de una esfera de radio indefinido, los círculos de objetos que se comprimen a nuestro alrededor.

Sentido de la profundidad, que relegue de una manera laboriosa, a lo largo de series limitadas, sobre unas distancias temporalmente desmesuradas, los acontecimientos que una especie de gravedad tiende de manera continua a comprimir para nosotros en una fina hoja de Pasado.

Sentido del número, que descubra y aprecie sin pestañear la multitud enloquecedora de elementos materiales o vivientes que se hallan comprometidos en la más mínima de las transformaciones del Universo.

Sentido de la proporción, que establezca en lo posible la diferencia de escala física que separa, tanto en dimensiones como en ritmos, el átomo de la nebulosa, lo ínfimo de lo inmenso.

Sentido de la cualidad o de la novedad, que pueda llegar, sin romper la unidad física del Mundo, a distinguir en la Naturaleza unos estadios absolutos de perfección y de crecimiento.

Sentido del movimiento, capaz de percibir los irresistibles desarrollos ocultos en las mayores lentitudes —la agitación extrema disimulada bajo un velo de reposo, lo completamente novedoso deslizándose hacia el centro mismo de la repetición monótona de las mismas cosas.

Sentido de lo orgánico, finalmente, que descubra las interrelaciones físicas y la unidad estructural bajo la superficial yuxtaposición de las sucesiones y de las colectividades.

A falta de estas cualidades en su escrutar, el Hombre continuará siendo indefinidamente para nosotros, hágase lo que se haga para que podamos ver, lo que aún resulta ser para tantas inteligencias: un objeto errático dentro de un Mundo dislocado. Que se desvanezca, por el contrario, en nuestra óptica la triple ilusión de la pequeñez, de la pluralidad y de la inmovilidad, y el Hombre vendrá a adquirir la situación central que habíamos anunciado: cima momentánea de una Antropogénesis que corona a su vez una Cosmogénesis.

El Hombre no sería capaz de verse a sí mismo de manera completa fuera de la Humanidad, ni la Humanidad fuera de la Vida ni la Vida fuera del Universo.

De ahí el plan esencial de este trabajo: la Previda, la Vida, el Pensamiento, estos tres acontecimientos que dibujan en el Pasado y dirigen para el futuro (¡la Sobrevida!)

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Sí, el Fenómeno humano, bien digo.

Esta palabra no se ha tomado en modo alguno al azar. Por el contrario, la escogí por tres razones.

En primer lugar, para afirmar que el Hombre, dentro de la Naturaleza, es de verdad un hecho que reclama (por lo menos de una manera parcial) unas determinadas exigencias y métodos de la Ciencia.

Seguidamente, para hacer comprender que entre los hechos que se presentan a nuestro conocimiento ningún otro puede ser ni más extraordinario ni más luminoso.

Finalmente, para insistir mucho sobre el carácter particular del Ensayo que aquí presento.

Mi único fin y mi verdadera fuerza a través de estas páginas es sólo y simplemente, lo repito, el de intentar ver; es decir, el de desarrollar una perspectiva homogénea y coherente de nuestra experiencia general, pero extendida al Hombre. Todo un conjunto que se va sucediendo.

Que no se busque, pues, aquí una explicación última de las cosas, una metafísica. Y que nadie se extrañe tampoco acerca del grado de realidad que voy a dar a las diversas partes del film que presento. Cuando intente figurarme el Mundo antes de los orígenes de la Vida, o la Vida en el Paleozoico, no deberé olvidar de ninguna manera el hecho de que existiría una contradicción cósmica en imaginar a un Hombre como espectador de estas fases anteriores a la aparición de cualquier Pensamiento en la Tierra. Yo no voy, pues, a pretender describirlas como fueron realmente, sino como deberemos representárnoslas para que el Mundo nos resulte verdadero en aquel momento; el Pasado no es en sí mismo sino tal como aparece ante un espectador colocado sobre la cima avanzada en la que nos ha colocado la Evolución. Método seguro y modesto, pero suficiente, según veremos, para que se haga surgir por simetría, en dirección al sentido del tiempo, unas sorprendentes visiones del futuro.

No hay que decir que, incluso reducidos a estas humildes proporciones, los puntos de vista que intento expresar aquí son ampliamente tentativos y personales. Considérese, sin embargo, que al estar apoyados sobre un esfuerzo de investigación considerable y sobre una prolongada reflexión, dan una idea, como ejemplo, de cómo se plantea hoy científicamente el problema humano.

Estudiado de una manera estricta en sí mismo por los antropólogos y los juristas, el Hombre es una cosa mínima e incluso reiterativa. Su individualidad demasiado intensa, al enmascarar a nuestros ojos la Totalidad, hace que nuestro espíritu se sienta inclinado, al analizarlo, a trocear la Naturaleza y a olvidar sus relaciones profundas existentes y sus horizontes inmensos; es decir, todo aquello que corresponde al antropocentrismo en su aspecto malo. De ahí la repugnancia, todavía muy visible entre los sabios, a aceptar al Hombre de otra manera que no sea por su cuerpo, como objeto científico.

Ha llegado el momento de darse cuenta de que toda interpretación, incluso positivista, del Universo debe, para ser satisfactoria, abarcar tanto el interior como el exterior de las cosas lo mismo el Espíritu que la Materia. La verdadera Física será aquella que llegue algún día a integrar al Hombre total dentro de una representación coherente del mundo.

Séame dado aquí hacer sentir que esta tentativa es posible y que ella depende, para aquel que quiere y sabe llegar hasta el fondo de las cosas, de tener valentía y alegría de actuar.

Dudo en verdad que exista para el ser pensante otro minuto más decisivo para él que aquel en que, al caer las vendas de sus ojos, descubre que no es de ninguna manera un elemento perdido en las soledades cósmicas, sino que existe una voluntad de vivir universal que converge y se hominiza en él.

El Hombre, pues, no como centro estático del Mundo—como se ha creído durante mucho tiempo—sino como eje y flecha de la Evolución, lo que es mucho más bello.

Pierre Teilhard de Chardin

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