Cartas

Una campana distinta de la que se emplea para marcar la apertura y el cierre de la Bolsa de Valores de Nueva York resonó ayer, lúgubre, en territorio norteamericano. El miércoles de esta semana se conmemoró en Nueva Orleáns el segundo aniversario del asolador paso del huracán Katrina, y a la hora precisa en que uno de los diques principales cedió, hace dos años, a la descomunal presión del mar, el alcalde Nagin sonó la campana en ceremonia celebrada en el cementerio del hospital Charity, mientras admitía que los niños lloran en Nueva Orleáns cada vez que sienten una tormenta, temerosos de que otra vez el agua se ensañe contra ellos. George W. Bush se apersonó en la urbe de Luisiana para visitar brevemente una escuela reconstruida y comer comida Creole en un famoso restaurante. Por toda la ciudad hubo misas, conmemoraciones, discursos y marchas, en recuerdo de la inmensa tragedia. Y en el ánimo de los habitantes campeaba una rencorosa insatisfacción con la ayuda gubernamental. Ni el alcalde de Nueva Orleáns ni el gobernador de Luisiana, ambos afiliados al Partido Demócrata, como tampoco el presidente Bush, son figuras simpáticas en La Nouvelle-Orléans.

Se estima que la región afectada por el huracán sufrió daños materiales equivalentes a 150 mil millones de dólares, y aunque el gobierno federal—dueño de los diques que fallaron—insiste en que ha aportado un total de 114 mil millones en ayuda para la reconstrucción, la realidad parece ser otra. Un estudio conjunto del Centro para los Derechos Humanos Robert F. Keneddy y el Instituto para Estudios del Sur revela que, en verdad, no hay más de 35 mil millones disponibles para labores de reconstrucción, necesaria a una zona que sufrió un impacto superior al experimentado por la suma del huracán Andrew, el terremoto de Northridge y los ataques del 11 de septiembre. El paso de Katrina provocó el mayor desplazamiento humano—400 mil personas—en toda la historia de los Estados Unidos. La gran parte de los gastos federales contabilizados por Washingon se fue en ayudas de emergencia, y muy poco ha sido destinado a la reconstrucción. La administración federal norteamericana desinforma deliberadamente acerca de esta situación, y tampoco reconoce que, de los fondos que verdaderamente están disponibles, sólo se ha gastado 42% en la recuperación. Un solo capítulo ilustra dramáticamente el problema: luego de que la falla de los diques federales diera paso a una inundación que cubrió las cuatro quintas partes de la ciudad, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército recibió 8 mil cuatrocientos millones de dólares para restaurar las defensas, pero hasta julio de este año sólo se había empleado menos del 20% de esos recursos en la tarea, que el propio cuerpo indica le tomará hasta el año 2011.

Nueva Orleáns, parece, es un estado Vargas cualquiera, castigada por los elementos y la desidia de un gobierno belicoso que gasta mucho más que el auxilio requerido en una guerra injustificable en suelo lejano.

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Pero los abusos de esta guerra en Irak son minimizados. El teniente coronel Steven Jordan, responsable de soldados que torturaron y abusaron sexualmente de prisioneros en la prisión iraquí de Abu Ghraib, fue absuelto por un tribunal militar. Recibió únicamente una amonestación, y eso porque ofreció declaraciones sobre el caso, en contravención de una orden que le obligaba a cerrar la boca. Como es usual en la política en todas partes del mundo, los soldados rasos, lo más delgado de la cuerda, son los chivos expiatorios de una práctica horripilante.

Abu Ghraib, por otra parte, no es sino un incidente entre varios que conforman un patrón, una vez que el presidente Bush estableciera la doctrina de que los “combatientes enemigos ilegales” no tenían derecho a trato humanitario, no tenían por qué ser protegidos por las Convenciones de Ginebra. Esta autorización de la tortura encontró aplicación, primeramente, en la prisión de Guantánamo, y luego siguieron la directriz los militares estadounidenses en Afganistán y en Irak. Alberto Gonzales, el Fiscal General que acaba de presentar su renuncia, inventó en su momento retorcidos argumentos legales para garantizar la inmunidad de los superiores de los carceleros. Ahora, por supuesto, Gonzales ya no está, la última baja de una serie de pérdidas políticas para Bush, precedida de las ausencias de Donald Rumsfeld, John Bolton, Harriet Miers, Paul Wolfowitz, Dan Bartlett, Rob Portman y Karl Rove. Alguien apaga la luz en la Casa Blanca. Algo serio ocurre en los Estados Unidos.

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Dos editoriales dedicó ayer The New York Times a comentar con preocupación revelaciones recientes de la Oficina del Censo de los Estados Unidos. Uno daba cuenta de un marcado aumento en el número de ciudadanos estadounidenses sin acceso a seguros de salud. Tan sólo el año pasado, la cantidad de personas no aseguradas se incrementó en dos millones doscientas mil, para pasar de un total de 44 millones ochocientos mil personas en 2005 al de 47 millones en 2006. El dato corona un proceso de crecimiento ininterrumpido durante los últimos seis años, en el que las empresas y los particulares encuentran cada vez más onerosos los seguros y se abstienen de contratarlos. Pero entonces las personas enfermas acuden al tratamiento en fases tardías, cuando éste se hace más costoso, elevando así el costo general de la salud para toda la población.

El segundo editorial registraba un crecimiento insatisfactorio en el ingreso promedio de los estadounidenses, de 0,7% en el último año. El periódico comenta que esa tasa no corresponde a la expansión económica de los últimos seis años, desde la recesión del año 2000. El martes reportaba la Oficina del Censo una mediana del ingreso por hogar que todavía es inferior en mil dólares a la del año 2000, y para 2006 hasta 36,5 millones de norteamericanos vivían en la pobreza, 5 millones más que quienes estaban en esa condición seis años antes. Es más ominoso, políticamente hablando, el siguiente hecho destacado por el diario neoyorquino: “En general, los nuevos datos sobre ingreso y pobreza se adaptan consistentemente al patrón de los últimos cinco años, según el cual el botín del crecimiento económico de la nación ha fluido casi exclusivamente hacia los ricos y los extremadamente ricos, dejando poco para todos los demás. Las medidas estándar de desigualdad no aumentaron el año pasado, según los últimos datos del censo. Pero, sobre un período mayor la tendencia es transparente: el único grupo para el que sus ganancias en 2006 excedieron las del 2000 fueron los hogares del cinco por ciento superior de la distribución de ingreso. Para todo el resto fueron inferiores”.

Sobre este cuadro estructural emerge ahora la crisis hipotecaria, que contrae el crédito fácil característico de la “burbuja de las hipotecas”, que de endemia se ha convertido en pandemia que alcanza a Europa y Asia. Ese crédito blando impulsó un consumo que ha representado hasta el 70% de la actividad económica norteamericana. Ahora se espera una contracción, y los pronósticos corrigen la cifra de crecimiento esperado para 2008 hasta un modesto índice de 1,5%. (En una economía de más de 1.300 millones de personas, se espera que, en contraste, China crezca a una tasa cercana al 10%).

Los ciudadanos estadounidenses toman conciencia creciente de estas dificultades. Así se explican las cifras publicadas hace dos días por el Conference Board—una especie de Fedecámaras—que registran el mayor descenso en dos años en el índice de confianza de los consumidores. En julio había medido un valor de 111,9, y ahora reporta un nivel de 105; desde la devastación de Katrina no se había visto una erosión tan grande en la confianza económica norteamericana. No debe extrañar esto en una economía en la que el valor de las propiedades cayó 3,2% en el segundo trimestre, comparado con el mismo período del año anterior.

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Pero también anteayer el College Board aportó su propio registro en tono menor. De acuerdo con los resultados del test SAT (su prueba de aptitud académica), administrado por ese consejo a 3 millones cien mil graduandos de educación secundaria, la capacidad medida en los estudiantes fue la más baja de los últimos trece años. Los índices de lectura bajaron todavía un punto más, tras una caída de cinco puntos en 2006, para el descenso más fuerte en los últimos treinta años. Los índices en matemáticas y escritura descendieron igualmente.

No es que todo esté mal; algunas universidades han notado una generación de aspirantes sobrecalificados pero, al propio tiempo, el panorama general se empobrece. Entretanto, puede uno considerar el siguiente dato sorprendente: el 25% de la población china con los mayores índices de inteligencia es más grande que la población total de Norteamérica. (Para India este índice es de 28%. Se comenta, en la presentación Shift-happens (“el desplazamiento ocurre”): estos países tienen más jóvenes sobresalientes que la cantidad total de jóvenes norteamericanos. (Puede descargarse de Internet la presentación).

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¿Son estas cosas signos inequívocos de una decadencia norteamericana, tantas veces anticipada? Lo cierto es que ya no es el optimismo acerca de los Estados Unidos el sentimiento dominante. A la caída de la Unión Soviética muchos se apresuraron a pronosticar una ineludible supremacía norteamericana, y Francis Fukuyama fue tan lejos como para anunciar “el fin de la historia”, pues ya nada podría evitar la generalización planetaria de la democracia y los mercados. Los hechos más recientes han hecho que el académico más famoso de los noventa, antaño neo-conservador partidario del gobierno de George W. Bush, se haya distanciado de éste y sugerido algunos ajustes a su simplista visión de la época.

El tocayo del presidente norteamericano, el financista y activista de la democracia George Soros, ha escrito un ensayo que titula The Bubble of American Supremacy (La burbuja de la supremacía americana), en obvia analogía con las “burbujas” de expansión financiera efímera. (Puede descargarse de Internet un archivo de audio con la lectura que hace Norman Peale del texto de Soros). Soros argumenta que el gobierno de Bush hijo ha dejado a los Estados Unidos en situación muy comprometida, que niega la posibilidad de continuación de la supremacía estadounidense.

Si evaluaciones como ésta son atinadas, lo esperable a la salida de la actual administración en Washington—que tiene cada vez menor apoyo electoral y se ha visto forzada a quedarse sin las estrellas de su estado mayor—es una contracción de la actividad y presencia norteamericana en el mundo. Ya a estas alturas, Vladimir Putin aprovecha la evidente debilidad para reafirmar su poder y restaurar la fortaleza de Rusia como potencia, Mahmoud Ahmadinejad para proseguir impertérrito en su carrera armamentista y Hugo Chávez para retar todos los días a la superpotencia norteña y culparla de todo lo malo que pueda suceder en Venezuela. Es una suerte para el mundo que pueda distinguirse en China la postura de un socio de buena fe, que no está apostando a la desestabilización, ni financiera ni política, de los Estados Unidos. (Estimación que debo al Brujo de Los Palos Grandes).

Pudiera ser que, en un sentido, el sueño americano estuviese tocando a su fin. En todo caso, las nuevas realidades que ahora confrontan los Estados Unidos pudieran acelerar la conformación de una polis planetaria verdaderamente multipolar, en la que la patria de Washington pudiera aspirar, si acaso, al sitial de primus inter pares, a la usanza de una baronía medieval que elegía al monarca de su seno.

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