Fichero

LEA, por favor

Como fuera expuesto en la Carta Semanal #253 de doctorpolítico (Cepa resistente) del 6 de septiembre de este año, renace ahora, como en la vecindad de cada proceso electoral, la receta de abstención, agitación y deposición de Hugo Chávez Frías. Luego de los traspiés opositores del año 2004—referendo revocatorio del 15 de agosto y elección de gobernadores y alcaldes del 31 de octubre—un miembro de la Red de Veedores de la Universidad Católica Andrés Bello, el Sr. Wolfgang Schalk, llegó incluso al punto de recomendar un “cambio brusco” de régimen, que debía continuarse con una “dictadura férrea” que, a su criterio, debía durar unos dos a tres años con posterioridad a la deposición del actual Presidente de la República. Esto es, el Sr. Schalk recomendaba algo así como un período de Pinochet recortado.

Esta Ficha Semanal #164 y la que seguirá la semana que viene contienen, dividida en dos partes, la consideración que el suscrito remitió a la Red de Veedores el 27 de marzo de 2005, la que resultó ser un documento de considerable extensión. En ella acopié paciencia para discutir respetuosamente la recomendación del Sr. Schalk, la que hasta entonces no había sido rebatida por ningún otro de los miembros de la red.

El ponente de la dictadura, a juzgar por sucesivos intercambios, nunca llegó a entender de un todo las observaciones que atiné a organizar. Dado que el intercambio epistolar es algo complicado para discutir tan grave tema, sobre todo si había remitido una argumentación muy extensa, invité reiteradamente a la Red de Veedores a que convocara una reunión destinada a debatir el asunto en vivo. (La Red de Veedores de la UCAB ha organizado más de una sesión “presencial”, justamente para deliberar en conjunto sobre algún tema de interés). Esto no ocurrió, pues la Red no sólo nunca supo, pudo o quiso organizar ese debate público, sino que jamás se dio por aludida en lo tocante a la reiterada invitación a discutir el punto.

En los actuales momentos la voz cantante de la tesis insurreccional la lleva el autodenominado “Comando Nacional de la Resistencia”, cuyo operador principal es el Sr. Oscar Pérez, y cuya figura estelar es el abogado Hermann Escarrá. Antes, por supuesto, han comulgado con sus tesis, nada originales, figuras como Oswaldo Álvarez Paz, Alejandro Peña Esclusa, Robert Alonso y otros, y organizaciones como el extinto “Bloque Democrático”, al que muchos de ellos pertenecieron. Como ha destacado recientemente el encuestador Oscar Schemel, la renuencia mayoritaria a conceder a Chávez la posibilidad de reelección indefinida, que pudiera expresarse en una derrota de éste en el referendo inminente, está siendo erosionada gravemente por la acción corrosiva de prédicas como la del Dr. Escarrá. Como quiera que su postura es prácticamente idéntica a la sostenida por el Sr. Schalk hace un poco más de dos años, la lectura de los comentarios del suscrito, en esa ocasión, pudiera ser de alguna utilidad.

LEA

Explicación paciente (I)

Hola, amigos de la Red de Veedores. Como expliqué antes, debía salir de alguna carga de trabajo antes de comentar sobre el importante debate que se ha suscitado a partir de una prescripción de Wolfgang Schalk, y que espero pueda conducirse sin la necesidad de los ataques personales que ya han emergido en este caso, lamentablemente. La discusión en este espacio debiera mantenerse enfocada a la contraposición de ideas, respetando a quienes las emitan aunque no estemos de acuerdo con ellas. Una de las más primitivas falacias que la lógica conoce es el argumento ad hominem, por el que se pretende invalidar alguna tesis sin referirse a ella, sino mediante descalificación de quien la pronuncia. Desde el punto de vista lógico un “razonamiento” de esa clase no tiene la menor validez. Si esta Red debe considerarse un espacio de altura, tanto por la seriedad del debate como por guardar el debido respeto, nos debemos a nosotros mismos una discusión responsable. De no comportarnos así ¿qué autoridad moral tendríamos para oponernos a quienes no respetan tan elementales reglas? En buena parte de la interacción de esta Red pareciera argumentarse desde una cierta indignación moral. Mucho de la discusión se conduce poco clínicamente, en una constante condena, en una fijación sobre el mal. Si bien esta manera puede servir para desahogo emocional, para ventilación de nuestras angustias, no es demasiado conducente al análisis sereno de las cosas y tampoco podrá servir de base a la invención de soluciones eficaces. Más allá de acusar incesantemente al régimen es necesario refutarlo. Esto no debiera ser un torneo para ver quién es capaz de ofrecer el inventario más completo de los desaguisados del gobierno, una incesante enumeración de anécdotas preocupantes. En gran medida, con esa conducta hacemos el juego a un régimen que procura, precisamente, mantener indignada a una parte de la población a la que desprecia.

El presente debate se origina en un récipe de Wolfgang Schalk, quien propone: “Por consiguiente, aquí debe venir un cambio brusco de gobierno y se debe crear una dictadura férrea por lo menos 2 a 3 años con el compromiso por escrito y ante organismos internacionales que va a haber elecciones en el tiempo previsto, so pena de ser tomado por una fuerza militar internacional de la ONU”.

No hay que despreciar esta tesis. Esa recomendación es ofrecida, estimo, desde una sincera convicción personal y una legítima preocupación por el país. Hay que considerarla, en cambio, comprensiva y desapasionadamente, y ver si el teorema sobre el que se sustenta resiste el análisis. (Dicho sea de paso, éste es el mismo método que habría que aplicar, para ser consistentes, al discurso del gobierno. También en el gobierno hay quienes creen sinceramente, basados en otros teoremas alternos, que la dominación totalitaria se justifica, en razonamiento formalmente muy parecido al ofrecido por Schalk).

¿Cuál es el teorema que está detrás de la recomendación arriba copiada? ¿Qué necesitamos como hipótesis para demostrar a lo Euclides lo que propugna Schalk?

La premisa mayor es, por supuesto, que es preciso salir del gobierno cuanto antes. Es la suposición constante y suprema de la oposición desde hace más de tres años, y cabe acá destacar que el énfasis, durante todo el período, ha estado en el “cuanto antes”.

La otra premisa sostiene que no es posible derrotar electoralmente al gobierno, pero ésta es a su vez sustentada sobre la convicción de que el 15 de agosto y el 31 de octubre hubo un fraude electoral sistemático, mediante el cual se habría escamoteado el triunfo a la opción del “Sí” en el referendo revocatorio y a más de un candidato a gobernador de la oposición. Esta última impresión se ha convertido para algunos en un verdadero dogma de fe, literalmente una creencia religiosa.

Finalmente, una premisa complementaria es que, agotado el revocatorio, no quedaría ningún camino constitucional o democrático para resolver el problema principal.

Si estas hipótesis o premisas se aceptaran, el teorema fluye por sí solo hacia su tesis: no habría sino la salida violenta.

Lo demás son variantes o desarrollos ulteriores. Por ejemplo, que a la cesación del presente gobierno debe venir una dictadura, lo que en sí mismo lleva otra premisa oculta, subyacente: que sólo una dictadura pudiera manejar el postchavismo. (Schalk recomienda dos o tres años de este remedio. Otros que opinan que lo que está alrededor de nosotros es un pueblo díscolo e indigno de democracia, prescribirán dictaduras de mayor duración).

O, por ejemplo, hay quienes argumentan que la única salida, la violenta, ya no podría esperarse de los militares venezolanos—porque estarían tanto adoctrinados como corrompidos o comprados, y penetrados y controlados por comisarios—y por consiguiente sólo una intervención de los Estados Unidos resolvería el asunto. No nos quedaría otro remedio. Ya se han visto artículos de prensa en esta dirección, como si se estuviera preparando el terreno.

Puedo aceptar la primera premisa. A pesar de que el gobierno deriva su fuerza argumental de la realidad de la pobreza nacional y suramericana, de una larga historia de intervenciones estadounidenses en nuestra política, de la conveniencia de un mondo multipolar, de lo avanzado que es el concepto de una democracia participativa respecto de una democracia meramente representativa, este gobierno no tiene razón. Ninguna de estas cosas puede esgrimirse como coartada para una dominación como la que gradualmente se extiende en Venezuela. Para usar una cierta redacción de fines de 2002: “El gobierno presidido por el ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías se ha mostrado evidentemente contrario a los fines de la paz y la prosperidad de la Nación, al enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto”. Ninguna coartada revolucionaria puede excusar este desempeño.

El gobierno actual configura una clarísima patología política que en términos oncológico-políticos es una tumoración maligna. Es una tumoración porque no se trata de un proceso infeccioso, inoculado a nuestro cuerpo social por algún agente externo, como con la picada de un anofeles o un zancudo de patas amarillas. Se trata de células de nuestro propio cuerpo social. Estaban en nuestro interior.

Y es un proceso maligno porque lo que produce no son en absoluto soluciones eficaces a nuestros males, a nuestra previa insuficiencia política, aún presente, y que de paso permitió la emergencia del cáncer. El presidente Chávez podrá creer que sus políticas curarán a Venezuela de sus males, pero la verdad es que no sabe cuáles son los remedios que servirían. Es peligroso. No es lo mismo un autócrata presidiendo un programa eficaz, que otro dirigiendo una terapéutica fundamentalmente equivocada. Ni siquiera un demócrata que actúe desde convicciones fundamentalmente equivocadas puede ser beneficioso. Y las autocracias, de cualquier signo que sean, son en sí mismas patogénicas, dañinas, deletéreas.

De modo que sí; estoy de acuerdo conque ahora es el chavoma en pleno desarrollo nuestro principal problema político, y que su remoción exitosa, cuanto antes (en vista de que no cesan sino aumentan sus efectos negativos), es objetivo prioritario. Pero en un cotejo entre eficacia y eficiencia me quedo con la primera cualidad. La eficiencia tiene que ver con el tiempo, con ese “cuanto antes”. La eficacia tiene que ver con lo que es más importante: el desalojo de Chávez del poder. Y antes he insinuado que el énfasis en lo eficiente, el desesperado e inmaduro inmediatismo ha impedido la eficacia, que es lo que verdaderamente nos interesa.

Encuentro ya más dificultades con la segunda de las premisas: que no es posible salir electoralmente de esta situación. Como dije, esta tesis se sustenta sobre la persuasión de que el 15 de agosto hubo más “Síes” que “Noes”, y que el 31 de octubre se le robó sus gobernaciones a Mendoza, Lapi, Salas Feo, etc. Tal persuasión, sin embargo, está completamente equivocada.

El domingo 15 de agosto de 2004 hubo más personas que rechazaron la revocación que las que la exigían. Eso lo saben todos los encuestadores serios del país. Eso lo saben, y lo sabían antes del 15 de agosto, los dirigentes de la Coordinadora Democrática, pues habían recibido justamente las advertencias de esos encuestadores. Este conocimiento les hace terriblemente culpables, porque luego vocearon la tesis del fraude como racionalización salvadora de su incompetencia, y con eso alimentaron la marcada propensión a abstenerse en las elecciones del 31 de octubre, que facilitó las cosas a la casi caída y mesa limpia del gobierno.

Nada de lo que fue argumentado a posteriori por las más calificadas voces de la Coordinadora puede ocultar el hecho de que hasta cuarenta y ocho horas antes del referendo revocatorio la prédica de esa cúpula era la siguiente: “Ciudadano, vaya usted a votar, porque el fraude es imposible, el proceso está blindado, está garantizado por la observación internacional que nos merece toda confianza, y las discrepancias detectables en el REP no pasan de 1%”. Todos sabemos cómo fue que después alegaron que lo que era imposible había sucedido, que el asunto no estaba blindado después de todo, que la observación internacional había capitulado y se había vendido, etc.

En otro lugar he escrito sobre este vergonzoso proceso. Quienes quieran conocer con mayor detalle tres textos sucesivos en torno a este asunto pueden tenerlos con sólo pedírmelo. Con gusto los enviaré a sus direcciones electrónicas individuales, porque reproducirlos acá haría interminable esta comunicación, que ya es larga y todavía está empezando. (Uno de los textos, por ejemplo, hace una disección del celebrado informe Haussman-Rigobón, con la que se expone la invalidez de sus pretensiones).

Acá cabe ahora la siguiente importante salvedad. El 15 de agosto hubo más “Noes” que “Síes”, pero el acto revocatorio como tal estuvo precedido de abusos y ventajismos gubernamentales de toda clase, de descarado populismo sobornador, de amedrentamiento, de impedimento, factores todos que hicieron ineludible la derrota de una oposición liderada desde una perspectiva estratégica equivocada, inepta. Ese liderazgo, incapaz de resolver los problemas de fondo en la opinión nacional, dilapidó el enorme capital político que hasta fines de 2003 se expresaba en una clara mayoría a favor de la salida del actual presidente, mientras dejaba que el gobierno le impusiera las más desventajosas condiciones. Fue esa dirigencia la que desestimó la potencia de la valiente sentencia de la Sala Electoral Accidental del TSJ sobre las “planillas de caligrafía similar”, por aquello de que había que pasar “por una rendija”.

Y también cabe anotar lo siguiente: esa dirigencia no podía sorprenderse de esos abusos y de ese ventajismo, pues el carácter del reo siempre fue ampliamente conocido. El líder de la revolución comenzó con su criminal abuso del 4 de febrero de 1992. Jamás ha admitido que su alzamiento tuviera ese carácter. Por lo contrario, lo ha glorificado siempre. A las cuarenta y ocho horas de su toma de posesión en 1999 presidió un desfile celebratorio de su asonada en Los Próceres. El primer decreto (Número 3, 2 de febrero de 1999) para la convocatoria de un referendo consultivo sobre la elección de una constituyente estuvo redactado en términos absolutamente autocráticos, al punto de que el gobierno se vio obligado a anularlo y producir una segunda versión más atemperada. Chávez ha expuesto sus propósitos y sus peculiares interpretaciones con la mayor claridad y hasta la náusea. Desde siempre.

El liderazgo político que permitió la emergencia y la entronización del chavoma siempre fue practicante de un protocolo de Realpolitik, cultor de la idea de que el oficio de la política es la búsqueda del poder mientras se impide al oponente su consecución. Letra chiquita: por todos los medios al alcance. Dentro de una cierta urbanidad, dentro de un cierto disimulo y un escrúpulo no totalmente desaparecido, quienes condujeron nuestras instituciones públicas hasta 1998 siempre entendieron de ese modo su profesión. Y entonces Chávez vino para mostrar que no había nadie que, como él, llevaría esa idea de Realpolitik hasta sus últimas consecuencias, y que no respetaría ninguna regla de urbanidad y buenas costumbres que fuesen las acostumbradas y convencionales en la transacción política. Debió estar claro desde hace mucho que Chávez no sería business as usual. Mucho más en el caso de los dirigentes opositores, que aceptaron la ruta del revocatorio propuesta por el mismo gobierno en la fenecida Mesa de Negociación y Acuerdos, a pesar de que el abuso y el ventajismo eran evidentes y de dominio público.

De modo que la segunda premisa no tiene la sólida sustentación que se le reconoce. No es verdad que el 15 de agosto triunfó el “Sí” y un gigantesco fraude electrónico falsificó ese resultado. En cambio es verdad que los candidatos del gobierno perdieron en algunas circunscripciones el 31 de octubre. Claro está, dentro de una línea opositora generalmente errónea, con la suicida prédica del fraude y la desunión, y el malagradecido rechazo a una observación internacional que comprensiblemente se negó a supervisar las elecciones regionales, era imposible que estos resultados favorables a la oposición pasaran de producirse en una muy reducida proporción.

LEA

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