Cartas

Antes de entrar en materia, tres cosas previas.

La primera es la de despejar las leyendas urbanas alimentadas desde los recalcitrantes radicales de oposición que a estas alturas, como dice Luis Alberto Machado, en vez de regocijarse con los resultados del domingo, y por mantener tercamente que tenían razón cuando obviamente carecían de ella, andan buscando el modo de amargarse la vida. (Como, por ejemplo, la necedad totalmente falsa que circula en correos anónimos alegremente distribuidos: “Baduel, Chávez, el CNE, el Alto Mando Militar y los factores del NO, negocian unos resultados que no fueran humillantes para Chávez y aparecen esos resultados cerrados”. Esta estúpida especie es de la misma calaña de las que sostenían que Gaviria se vendió en agosto de 2004, que Petkoff fue a reunirse con Fidel Castro de regreso de la toma de posesión de Bachelet en abril de 2006 y que Rosales se reunió en Fuerte Tiuna en diciembre de ese mismo año para negociar su rendición).

No tiene la más mínima utilidad para el país que María Corina Machado declare que según un quick count—dicho en inglés porque suena más profesional—la diferencia real a favor del NO sería de 8,61 puntos y no de 1,41, como ha indicado el Consejo Nacional Electoral (para el bloque A, sobre 87% de los cuadernos recibidos). Suponiéndole a Súmate una honestidad que no hay motivo para cuestionar, de todos modos los números que la organización ofrece se obtienen por un método que no puede competir con el registro real de los votos, que es lo que el CNE posee. Es cierto que Ojo Electoral también obtiene cifras diferentes, pero de nuevo sus números vienen de una muestra, no de la contabilidad efectiva de los votos emitidos. (Este observador midió una diferencia de 3,2 puntos a favor del NO).

Pero Vicente Díaz, incalificable de chavista, ha hecho unas declaraciones de grandes importancia, hidalguía y valor. Desmintiendo con decisión y seriedad los infundios que se lanzan sobre el CNE, ha apuntado no sólo que los cuadernos por recibir no modificarán la angosta brecha que separó el repudio de la aprobación de la “reforma” constitucional propuesta, sino que ha dicho, con todas sus letras, que “se demostró que Chávez no es un dictador y que la oposición no es golpista”. (El Universal. Puede leerse un recuento más nutrido de su lección magistral en el propio portal del CNE). Gracias a Vicente Díaz.

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La segunda cosa previa a destacar es, justamente, la conducta del Presidente de la República. Cuando Rafael Caldera ganó por primera vez una elección presidencial—1968, contra Gonzalo Barrios—lo hizo por poco más de treinta mil votos, y la proclamación se retrasó por varios días a causa del regateo de tan mínima diferencia. Fue su contendiente, el Dr. Barrios, quien zanjó el asunto—saliendo al paso de quienes le animaban a quedarse con el coroto—al sostener con gran lucidez: “La oposición puede ganar por treinta mil votos. El gobierno no. Nadie lo creería”.

Pues resulta que Hugo Chávez ha aceptado que el proyecto en el que había puesto enorme esfuerzo y esperanza ha sido derrotado, por una ventaja minúscula. El suscrito, redactando de madrugada e intoxicado por la alegría, escribió el lunes: “La diferencia mínima que anunciara la Rectora Presidenta del CNE… pareciera construida para permitir el discurso posterior de Hugo Chávez, que reconoció su derrota calificando el resultado como un ‘final de fotografía’ y la victoria de sus contrarios como pírrica”. Ahora me doy cuenta de que esa insinuación fue irresponsable.

Manuel Rosales le había indicado el camino hace un año, al reconocer tempranamente, y con hombría, su derrota. Ese gesto tiene todavía el inmenso valor de recibir el eco del gesto de Chávez. Por el reconocimiento del triunfo de sus adversarios, me quito el sombrero ante el Presidente de la República. Chapeau, Monsieur le Président. (Dicho en francés porque es de uso común). Gracias a Hugo Chávez.

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La tercera y última anotación al margen va dirigida al refrescante y heroico movimiento estudiantil, que emergió con el caso RCTV—primer repudio de una mayoría pública a Chávez en 2007—y perseveró en batalla valiente, clara y eficaz contra el proyecto de “reforma” constitucional.

Hace casi cincuenta años, los estudiantes universitarios venezolanos, que eran bastante menos que los de ahora, llegaron a persuadirse de que eran ellos quienes habían derrocado a Pérez Jiménez. Sin duda, jugaron un papel determinante, verdaderamente crucial. Las convocatorias de la juventud tienen la fuerza de la frescura y el desinterés. Pero, como hoy, los estudiantes de entonces desempeñaron una misión necesaria, mas no suficiente. En el desenlace del 2 de diciembre muchos otros factores intervinieron; muy importantemente, por ejemplo, partidarios usuales del Presidente, que sintieron que en el caso del derrotado proyecto se había pasado de maraca y, o votaron en contra, o se abstuvieron.

Ahora dice Ricardo Sánchez, recién electo Presidente de la Federación de Centros de Estudiantes de la Universidad Central de Venezuela: “Llegó el relevo y asumamos los espacios de dirección política tanto universitaria como de la calle en términos de darle nuevas caras y rostros al país”.

Ya va, Ricardo, deja el apuro. Fíjate que hay mas claridad en otra voz juvenil, como la tuya, que dice: “¿Se dan cuenta de la crisis tan grave de liderazgo que vivimos en Venezuela? ¿Cómo es posible que un pelado de veintitrés años esté aquí hablándoles a ustedes? ¿Aquí no debería estar una persona con dos doctorados, que hable siete idiomas y que haya trabajado toda su vida por políticas públicas para poder liderar al país hacia el progreso?” Esa claridad es la que se requiere para despejar humos que puedan habérsele subido a los estudiantes. Gracias a Jon Goikoetxea.

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Ahora al punto, que es éste: ¿qué es lo que hay que hacer ahora? ¿Cuáles son las acciones a emprender y cuál es su orden correcto?

Antes que nada, los siguientes datos fundamentales. Uno, que el 2 de diciembre celebramos nuestro tercer referéndum constituyente; es decir, uno en el que nos expresamos no como meros Electores, sino como integrantes del Poder Constituyente Originario. (Por el primero declaramos que queríamos elegir una asamblea constituyente; por el segundo aprobamos la Constitución). Dos, que el domingo pasado ganó el NO en sólo nueve de las veinticuatro circunscripciones electorales del país. (Distrito Capital, Anzoátegui, Carabobo, Lara, Mérida, Miranda, Nueva Esparta, Táchira y Zulia). En las restantes quince circunscripciones ganó el sí.

Dicho esto, consideremos que la prescripción de moda es una nueva asamblea constituyente, cuando ni siquiera se ha cumplido una década de la última, que produjo la constitución vigente, la que nos propusimos defender hace escasos cuatro días.

Esta receta la prescribe ahora Raúl Isaías Baduel, montado en la ola de popularidad que su eficacísima acción opositora ha creado, aumentada por el incidente que puso en peligro su vida el domingo de las votaciones y su decisiva actuación de ese día, emanando su autoridad—auctoritas no potestas—sobre la Fuerza Armada Nacional e influyendo sobre el CNE. (Gracias a Raúl Baduel).

No es la idea originalmente suya, por supuesto. El 25 de agosto de este año proponía Manuel Rosales: “Yo creo que, definitivamente, en Venezuela, después de este referendo constitucional hay que pensar seriamente en la realización de una Asamblea Nacional Constituyente porque es la refundación y la reconciliación del país”. Bastante antes, hacia febrero de 2003—por la época del “reafirmazo” organizado por Súmate para considerar un “combo” de opciones para salir de Chávez—la propuso nadie menos que Herman Escarrá, a sólo tres años y dos meses de que hubiera participado en la de 1999. (Su fama de “primer constitucionalista nacional”, una vez fugado de la escena Allan Randolph Brewer Carías, le permitiría fácilmente prevalecer).

Comiendo, pues, como el tigre por lo ligero, Baduel se propone capitalizar su bien ganado prestigio—los que antes lo condenaban por haber repuesto al diablo ahora lo vitorean—y continuar su ascendente trayectoria como líder de un movimiento pro constituyente, que para materializarse tendría que recoger casi dos millones y medio de firmas, lo que es cuesta arriba pero no imposible en vista del resultado del domingo.

La idea no es buena. Para empezar, la Constitución dice (Artículo 347) que una asamblea constituyente debe convocarse y elegirse para “transformar al Estado, crear un nuevo ordenamiento jurídico y redactar una nueva Constitución”. Pero Baduel ha dicho desde que se lanzó al ruedo que la constitución actual es estupenda, magnífica, espectacular. No es porque él tenga ahora un proyecto completo de reordenación jurídica, una prevista transformación del Estado, o una redactada constitución enteramente nueva, que aboga por una constituyente. Lo que busca Baduel es un antojo que ya se ha apoderado de gente apresurada, que ahora persigue, impacientemente, recomponer la Asamblea Nacional. (Y/o, en procura más ambiciosa, colocar sobre la cabeza presidencial un poder más poderoso que el de él).

Es una mala idea. En septiembre de 1998 escribía el suscrito (“Primer referendo nacional”): “Un cambio de esta naturaleza es claramente algo que no puede ser llamado una reforma, y menos aún una enmienda, que es aquello para lo que el ‘poder constituyente ordinario o ‘derivado’—el Congreso de la República—tiene facultades expresas. Esta es la verdadera razón para la convocatoria de una Constituyente. Los argumentos que visualizan un órgano de este tipo como medio de recambiar el elenco de actores políticos nacionales son un desacierto: para esto es que se ha creado el procedimiento electoral”.

Pero es que además de promover un método equivocado para tal fin, debe tomarse en cuenta que no es lo mismo un referéndum como el de hace cuatro días que una elección para conformar un cuerpo deliberante. Los diputados a una constituyente serían elegidos por circunscripciones electorales, y quince de las veinticuatro apoyaron el domingo la pretensión de Hugo Chávez, en algunas con diferencias mayores que las obtenidas por el NO. (Los estados en los que el NO obtuvo una mayor ventaja fueron Táchira con 14,63 puntos, Zulia con 13,89 y Miranda con 12,83. Contrástese esto con la ventaja del sí en Amazonas, 31,53, en Portuguesa, 26,16 o Trujillo, 24,33. El promedio de la ventaja del sí en los estados que ganó fue de 14,74; el del NO fue 9,32). De no mediar drásticas y masivas conversiones ciudadanas, el chavismo tendría mayoría en la constituyente.

Baduel, como dice el Brujo de Los Palos Grandes, se ha puesto a correr delante de sí mismo. Mal timing, prematuramente atropellado.

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Hay, en cambio, un evento electoral inexorablemente pautado para 2008: las elecciones de nuevos gobernadores y alcaldes. Sólo un poco más de diez meses nos separan de esos comicios. (Los actuales gobernadores y alcaldes fueron elegidos el 31 de octubre de 2004). La preparación de candidaturas para esa circunstancia ineludible debe comenzar ya.

Una meta mínima pudiera ser la de obtener la gobernación en cada uno de los estados donde el NO resultó triunfador. Apartando Nueva Esparta y Zulia, que tienen ya gobernadores no chavistas, se trataría de añadir seis más para un total de ocho gobernadores arrancados al “proceso”. (La novena circunscripción, el Distrito Capital, elegirá alcaldes). Eso sería un serísimo revés para Chávez.

Tal cosa no es tarea fácil. Pudiera ganarse con relativa comodidad si confluyen dos condiciones: la primera, que el apoyo al chavismo prosiga su declive; la segunda, que los innumerables aspirantes de oposición logren acordarse en candidatos únicos para cada circunscripción. De lo contrario, una oferta dividida sería derrotada. (Ahora sí pudiera considerarse elecciones primarias para alcanzar esa segunda condición).

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Supongamos que la oposición logre la meta delineada o incluso la supere con creces. En este caso puede entonces voltearse la mirada a la Asamblea Nacional, que también se compone por circunscripciones electorales. (Y base poblacional, por supuesto, aunque no únicamente. Artículo 186 de la Constitución, parágrafos 1º al 3º: “La Asamblea Nacional estará integrada por diputados y diputadas elegidos o elegidas en cada entidad federal por votación universal, directa, personalizada y secreta con representación proporcional, según una base poblacional del uno coma uno por ciento de la población total del país. Cada entidad federal elegirá, además, tres diputados o diputadas. Los pueblos indígenas de la República Bolivariana de Venezuela elegirán tres diputados o diputadas de acuerdo con lo establecido en la ley electoral, respetando sus tradiciones y costumbres”).

¿Cómo forzar la recomposición de la Asamblea Nacional antes de tiempo? Se copia ahora del #263 de la Carta Semanal de doctorpolítico (15 de noviembre de 2007), haciendo una sustitución pertinente en la última oración, en la pregunta: “Si un mero referéndum consultivo sirvió para dilucidar si queríamos, mediante asamblea constituyente no contemplada en la constitución, sustituir la que nos regía por otra enteramente nueva, ¿qué pudiera oponerse a la noción de que otro referéndum consultivo nos preguntara si queremos elegir una nueva Asamblea Nacional, aunque formalmente no se haya cumplido el período especificado para quienes ahora la componen?”

La sola convocatoria de un referéndum tal requiere nada más que diez por ciento de los Electores apoyándola con su firma: un poco más de un millón seiscientos mil, u ochocientos mil menos que los exigidos para obtener una constituyente.

Llegada la actual dinámica a una maduración conveniente, pudiéramos intentar el recambio de la Asamblea Nacional por esta vía, con la seguridad de que se superaría significativamente la representación opositora que la integró en 2000. Entretanto, a prepararse para la ardua carrera de las gobernaciones y alcaldías. Y desechar, por impertinente, innecesaria, inconveniente y extemporánea, la idea de forzar ahora una asamblea constituyente.

Claro, de presentarse una súbita y marcada pérdida de gobernabilidad, debiera estudiarse el recorrido de otras avenidas. Pero Chávez no dio muestras, en la madrugada del lunes, de haber perdido el control. Todo lo contrario, de modo que no contemos con eso. ¿No y que habíamos abandonado el inmediatismo?

Después de eso, por supuesto, un torpedo ha estallado en las entrañas del gobierno. Heinz Dieterich ha reincidido en sus críticas con un artículo que puede leerse en http://www.aporrea.org/tiburon/a46125.html, y atribuye directa y crudamente la causa de la derrota al estilo unipersonal de gobierno en Hugo Chávez, además de calificar de absurdas ciertas disposiciones del proyecto derrotado. Éste, por su parte, ha vuelto a llamar a Venezolana de Televisión—ahora gobierna así—para anticipar que pronto viene la “Sexta” República, ¡con la convocatoria de una constituyente!

Pero la idea de la constituyente, convocada por Chávez, sería entonces una mala idea para él. Si se propusiera sacar de ese órgano inelecto todavía, la misma propuesta que antes llamó “reforma”—no una constitución enteramente nueva, como manda el Artículo 347 constitucional—tal cosa sería entendida como maniobra politiquera y como desacato flagrante al Poder Constituyente Originario, que acaba de negar sus pretensiones.

LEA

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