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Es admisible pensar que el Bushido—Modo del guerrero—, un código japonés de conducta y de vida basado en el código samurai, contiene enseñanzas válidas para estos tiempos más modernos. Las expresiones más tempranas de este conjunto de prescripciones se encuentran ya en el Kojiki, el primer registro histórico del Japón, escrito en el año 712 de la Era Cristiana.

Pero si de buscar sabiduría ancestral se tratara la cosa, mucho más antiguo es el Libro de los Cambios (I Ching), el más viejo de los textos clásicos de China, cuyos orígenes se remontan a más de 2.700 años antes de Cristo, o una ventaja de 3.400 años sobre el código nipón. En el penúltimo de sus  “hexagramas” (63, Después de completar) advierte la primera de sus “líneas”: “En los tiempos que siguen a una gran transición, todo presiona hacia adelante, luchando en dirección del desarrollo y el progreso. Pero esta presión hacia adelante al comienzo no es buena; rebasa la marca y ciertamente conduce a la pérdida y el colapso. Por consiguiente, un hombre de carácter fuerte no se permite el contagio con la intoxicación general sino que refrena su curso a tiempo. Puede que no permanezca completamente indemne de las desastrosas consecuencias de la presión general, pero recibe el golpe sólo por detrás, como un zorro que habiendo cruzado el agua en el último minuto se moja la cola. No sufrirá real daño, porque su conducta ha sido correcta”.

En cartas recientes de doctorpolítico se ha predicado calma y deliberación, ante un cierto apresuramiento que no puede dar buenos resultados. Por ejemplo, la prisa del samurai Baduel, que continúa presionando por la convocatoria y elección de una asamblea constituyente, como medio de reforzar el “bastión inexpugnable” del 2 de diciembre, reconciliar al país, construir “científicamente” el renombrado “socialismo del siglo XXI” y, sobre todo, destituir al Presidente de la República.

Objetar su idea, por supuesto, no es lo mismo que “satanizar” su persona. Así como el adjetivo “mediático”—esdrújula blandida por el oficialismo como despectivo descalificador, a pesar de su propia abrumadora presencia mediática—ha cobrado moda el verbo “satanizar”. No podría criticarse nada que se oponga a Chávez porque se “sataniza” al proponente. No debiera rechazarse el golpe de Carmona, el paro de 2002-2003, los militares de Altamira o la conducción del infructuoso esfuerzo revocatorio, porque cada uno de estos episodios serían hitos de un aprendizaje. Estas cosas no debieran ser satanizadas.

Sin embargo, este relativismo político impide, precisamente, el aprendizaje que se requiere para evitar la repetición de errores, sobre todo cuando los dirigentes de la equivocación insisten en su protagonismo o dicen no arrepentirse de nada; es decir, que no han aprendido.

Si una idea es políticamente fuerte y bien fundada, no hay crítica que pueda vencerla. Y no podemos decir que defendemos la democracia si se señala como inconveniente la diversidad de opiniones.

Por la época en que el Kojiki se escribía profetizaba un israelita: “La multitud que andaba en tinieblas vio gran luz”. (Isaías, 9:2). Eso nos pasó exactamente el 2 de diciembre, pero la iluminación no es lo mismo que el apresto. Todavía no estamos listos.

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