Cartas

Uno tiene que imaginar aquellas reuniones semanales del Comité Nacional de COPEI, o del CEN (Comité Ejecutivo Nacional) de Acción Democrática considerando, como punto primero del orden del día, cómo fregar a los venezolanos, para que fuese cierto que la condición del pueblo antes de Chávez fuera el resultado de una intencionalidad reprobable en los actores políticos que entonces predominaban. Tal descripción es, naturalmente, absurda; puede decirse que los miembros de ambos cuerpos colegiados tenían un interés en ser personas influyentes y poderosas, pero no es cierto que procuraban serlo a costa del bienestar de los venezolanos.

Uno tiene que imaginar que un día a la semana se reúnen en el Caracas Country Club una o dos docenas de los hombres más ricos del país para “excluir”—DRAE: Quitar a alguien o algo del lugar que ocupaba. Descartar, rechazar o negar la posibilidad de algo—, concreta y operacionalmente, a las “mayorías excluidas” del país. No hay tal propósito consciente en las personas adineradas de esta nación.

A pesar de cosas tan evidentes, se admite sorprendentemente, en el lenguaje político común, que hay mayorías excluidas del progreso por élites egoístas (capitalistas salvajes) y que la baja calidad de la política prechavista se debía a acciones intencionales por parte de los dirigentes de ella en connivencia con las primeras. Hasta centros de investigación de la pobreza que son sostenidos por mecenas privados hablan de “exclusión” para referirse a la causa de una patológica distribución de la riqueza en Venezuela. (El llamado Proyecto Pobreza, de la Universidad Católica Andrés Bello, por ejemplo, produce documentos con títulos como “Estado y exclusión social”).

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En la psicología de la cognición frame (marco) es un conjunto conceptual asociado con alguna idea, con alguna palabra, y que la acompaña en su combinación con otras palabras o ideas. Por ejemplo, la palabra “alivio” tiene un marco conceptual asociado a ella: con el fin de dar alivio a alguien es preciso que haya una aflicción y una parte afligida y una parte que la alivie, que quite el daño o el dolor. Quien alivia es un héroe. Quien quiere impedirle es un villano, puesto que quiere que la aflicción siga. (Toda esa información se conjura con el uso de esa sola palabra). Si ahora se combina con la palabra “fiscal”, para constituir la frase “alivio fiscal”, se dice con ella que el impuesto es una aflicción. Con esa metáfora, quien libere del impuesto es un héroe y quien trate de detenerlo un hombre malo. De modo que, si se generaliza el uso de la expresión “alivio fiscal”, con eso se generaliza la aceptación del marco conceptual descrito. (Ejemplo del profesor George Lakoff, de la Universidad de California en Berkeley. En entrevista registrada el 15 de enero de 2004 en BuzzWatch—Inside the Frame—, Lakoff describe así el sinuoso procedimiento lingüístico: “Desde el primer día de Bush en el poder, el lenguaje proveniente de la Casa Blanca cambió por completo. Los boletines de prensa cambiaron. Una de las nuevas expresiones fue ‘alivio fiscal’. Evoca todas esas cosas: que los impuestos son una aflicción de la que debemos librarnos, que hacer eso es heroico, que quienes tratan de impedir esta cosa heroica son malos. Los boletines de prensa se enviaron a todas las televisoras, a todos los periódicos, y pronto los medios comenzaron a usar la expresión ‘alivio fiscal’. Esto pone allí un cierto marco: un marco conservador, no un marco progresista. Pronto una buena cantidad de gente estaba usando la expresión ‘alivio fiscal’ y antes de darse cuenta los demócratas comenzaron a usar la expresión ‘alivio fiscal’ y se dieron un tiro en el pie”).

Lo mismo ocurre con la palabra “exclusión”. Al decirla se implica por ella que hay alguien que no está donde debiera porque hay otro que lo impide, que lo “excluye”. De alguna manera hemos aceptado colectivamente esta explicación de la pobreza venezolana; por lo menos, no hay una refutación activa del “marco” usualmente evocado por ese concepto de exclusión, ni siquiera suficientemente por parte de quienes son acusados de ser los perpetradores de ella.

A partir de tan lamentable forfeit, se construye la noción de que los ricos de este país son culpables de la pobreza de la mayoría. Ellos procurarían activamente la pobreza de los muchos. “Ser rico es malo”.

La verdad es que está en el interés empresarial, principalmente, que la mayoría de los habitantes de un país disfrute de ingresos sustanciosos, capaces de sostener un nivel de consumo que signifique ventas altas y ganancias también altas. Cualquier empresario que buscase activamente que aumentara la pobreza de la sociedad en la que actúa sería un suicida.

Pero el pensamiento marxista o marxistoide sostiene, justamente, que los empresarios, los ricos, son estos kamikazes de la economía, y que se suicidan todos los días, como en harakiri reiterado, en el seno de templos especiales que conocemos con el nombre de empresas. Sería en ellas, principalmente, donde se lleva a cabo la exclusión que produce la pobreza que, a su vez y a plazo más bien breve, terminaría por matar al empresario. El análisis “científico” del marxismo reside principalmente en El capital de Carlos Marx, cuyo objeto de estudio fundamental es la “plusvalía”, o el “robo” que el patrono haría al obrero como único creador del valor económico. (A estas alturas del siglo XXI hay todavía quienes creen que el análisis de Marx es científico. Así, por caso, ha opinado el general retirado Raúl Isaías Baduel, en su discurso de despedida de su actividad militar del 18 de julio del año pasado: “En el Aló Presidente del 27 de marzo de 2005, el Señor Presidente Chávez indicó, cito: ‘el Socialismo de Venezuela se construiría en concordancia con las ideas originales de Carlos Marx y Federico Engels’ fin de la cita. Reiterando lo que al respecto he mencionado en una oportunidad anterior, si la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos, so pena de que la estructura construida no pase a ser más que una humilde choza levantada sobre los cimientos de un rascacielos”).

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Ahora bien, ¿qué es lo que ocurre realmente en el flujo económico habitual de una empresa capitalista típica? Tomemos por caso una industria imaginaria y esquemática que actúe en ambientes financieros en los que la tasa de interés sea parecida a la de países desarrollados o, más bien, a la que prevaleció en Venezuela (9% anual) durante el período democrático hasta 1989, el año de introducción del “paquete económico” del segundo gobierno de Pérez, para los intereses que los bancos pagaban a los depósitos a plazo fijo. A lo largo de esa etapa, un industrial exitoso se daba con una piedra en los dientes cuando la ganancia de su empresa, típicamente de 10% o 15% de sus ventas, llegaba a representar cada año un 20% del capital que había invertido en ella. La diferencia de 11% sobre la tasa de interés era el incentivo que le movía a arriesgar capital y esfuerzo, y a someterse a riesgos adicionales de otra índole. (El riesgo al fracaso o el riesgo jurídico, por ejemplo). Ese margen diferencial era suficiente para que no se conformara con recibir 9% de un banco sobre el capital que depositara en él, o 12% si se atrevía a prestarlo él mismo con los riesgos implicados en la actividad de prestamista.

Digamos que en esa industria imaginaria hay un total de 400 personas trabajando (entre empleados y obreros) y que cada uno devenga, en promedio, 8.000 bolívares (fuertes) de remuneración mensual por su trabajo. (Unos ganan menos de 8.000 y otros ganan más, como es lo usual). El total de la remuneración del trabajo sería en este caso de 3.200.000 bolívares mensuales, o 38.400.000 anuales.

Supongamos ahora que esta fuerza de trabajo es dirigida por cuatro socios ejecutivos, cada uno de los cuales posee un 25% del capital y devenga un sueldo mensual de 65.000 bolívares (65.000.000 en bolívares débiles), u ocho veces el promedio de la remuneración promedio a los trabajadores, para una remuneración ejecutiva total de 260.000 bolívares mensuales o 3.120.000 anuales.

Supongamos también que por la magia del socialismo del siglo XXI se logra que estos ejecutivos ya no perciban sueldos, sino que trabajen con el mismo ahínco que antes como esclavos, y que lo que antes ganaban se reparta entre los 400 trabajadores. Bueno, en este caso la remuneración mensual de toda la fuerza de trabajo pasaría de ser 3.200.000 bolívares a ser 3.460.000 o, lo que es lo mismo, la remuneración mensual promedio de cada trabajador crecería de 8.000 bolívares mensuales a 8.650. Es decir, para conseguir un aumento salarial de sólo 8% debo reducir todo ejecutivo a la esclavitud, confiando en que su dedicación y su productividad permanecerían inalteradas bajo ese régimen.

En una industria típica la remuneración del trabajo está alrededor de 40% del costo total de producción, y éste es un 70% del total de costos y gastos. (Los gastos generales no asociados a la producción serían el 30% de ese total). Esto provendría de la siguiente estructura: un total anual de costos de la producción de 96.000.000 bolívares—de los que 38.400.000, como hemos dicho, corresponderían a la remuneración del trabajo—y gastos generales de 41.142.857 para un total de gastos y costos de 137.142.857 bolívares. Si la ganancia fuese, como es típico, de 10% de las ventas, entonces la empresa tendría que vender 152.400.000 bolívares por año para que, restado de ellos el total de costos y gastos, esa ganancia quedara en algo más de 15.000.000. (Exactamente, 15.257,143).

Si ahora consideramos que con ese monto se cumple el objetivo de un rendimiento anual de 20% sobre el capital invertido, lo que los accionistas han arriesgado en la empresa es un poco más de 75.000.000 de bolívares (76.285.714).

Ahora bien, es igualmente política habitual de una industria apartar la mitad de la ganancia para reinversión en la empresa que la mantenga viable, de modo que lo que realmente llega a repartirse de dividendos a los accionistas es asimismo la mitad de aquélla. En este caso, 7.628.571 bolívares por año. Ah, pero el socialismo del siglo XXI hace otro acto mágico al obtener de los ejecutivos accionistas su tesón de siempre aunque les arrebate los dividendos para repartirlos, una vez más, entre los trabajadores. Por este acto contrario a la “exclusión” cada trabajador recibiría al año 19.071 bolívares adicionales, o el equivalente de 1.589 bolívares mensuales más.

En síntesis, la desaparición de la remuneración ejecutiva y los dividendos vendría a representar un aumento mensual en la remuneración promedio de los trabajadores de 2.239 bolívares. Su sueldo pasaría de 8.000 bolívares por mes a 10.239, para un aumento de 28%.

¿Representaría tal cosa el paso de algún trabajador de la “exclusión” a la “inclusión social”?

De más está repetir que los cálculos presentados son esquemáticos—no se ha considerado cosas tales como las habituales comisiones pagadas a vendedores ni el impepinable rubro del impuesto sobre la renta—y corresponden a una empresa ficticia, pero se trata de un ejemplo bastante cercano a las condiciones frecuentes de una industria promedio.

¿Es esto tan difícil de explicar a la población?

La conclusión es clarísima: no hay nada de ciencia en la interpretación marxista de la economía de las unidades productivas. La verdad es que la labor empresarial, erróneamente tenida por excluyente, se remunera (salvo casos especiales particularmente escandalosos) de modo muy razonable. Si se eliminara la remuneración ejecutiva y el pago de los dividendos, se “excluiría” (esta vez sí) la función imprescindible de aquel que arriesga considerablemente para obtener una justa ganancia. En nuestro caso: cada uno de los cuatro socios recibiría una alta remuneración mensual (65.000 bolívares) por la delicada gestión que implica imaginar y definir el negocio, mantenerlo unido coherentemente y dirigir sus operaciones en medio de un ambiente competitivo y estatalmente regulado. Además recibiría un dividendo que debe compensarle la inmovilización de los recursos que invierte como capital y el riesgo nada trivial de perderlo. En el ejemplo discutido, cada accionista habría tenido que aportar 19.071.429 bolívares, y recibiría por año 1.907.143 bolívares como dividendo, un 10% de su inversión.

¿Es esto algo censurable? ¿Debe esto impedirse para que cada trabajador reciba 1.589 bolívares adicionales por mes, suponiendo que la rentabilidad de la empresa seguiría siendo la misma al suprimir el incentivo al capitalista salvaje?

De nuevo, ¿son estas claras cuentas algo de dificilísima explicación a los ciudadanos de este país?

LEA

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