Cartas

En 1972 exhibieron en Caracas una rara e interesante película que se llamaba La tienda roja. La cinta fantasea sobre la aventura de una expedición italiana hacia regiones árticas inexploradas que dirigía el general Umberto Nobile (Peter Finch). Un grupo de expedicionarios voló con él en un dirigible que se estrelló en un inhóspito y desolado paraje. Allí los sobrevivientes pudieron radiodifundir señales de emergencia y pedir auxilio. Tres intentos de rescate, nos cuenta la película, fueron un rompehielos ruso que no pudo llegar a alcanzarlos, la solitaria y trágica figura del noruego Roald Amundsen (Sean Connery) que se acerca en su trineo y muere en la búsqueda, y, finalmente, un piloto alemán (Hardy Kruger) que llega hasta el sitio del accidente en un avión biplaza. Esta circunstancia significaba que podría salvarse uno de los sobrevivientes, pues el aeroplano sólo tenía puesto para una persona más. Quien se salva es Nobile, dejando atrás a sus compañeros, abandonados a una muerte prácticamente segura.

La historia sigue, muchos años más tarde, en el salón de la casa de Nobile, ya viejo. Es de noche y le visitan sus fantasmas. Su conciencia proyecta en la sala la imagen de Amundsen, la del piloto alemán, la de un grumete de la expedición que iba a casarse con la novia (Claudia Cardinale) a quien adoraba… Es un terrible tribunal que le acosa y le pregunta por qué eligió salvarse él y no salvó a cualquier otro. Nobile responde y se defiende: “Mis influencias como general servirían para organizar una partida de salvamento. Ningún otro hacía más probable el rescate posterior de todos los que quedaban. Me salvé para salvar a los demás”.

La discusión prosigue hasta que el fantasma de Amundsen lo emplaza: “Nadie hace nada por una única razón. Siempre hay más de una razón. Pero hay una que en la última instancia es la que definitivamente inclina la balanza. ¡Nobile! ¿Cuál fue esa razón para ti? ¿Cuál, entre tantas, fue la que inclinó la balanza hacia tu propia salvación?” El general calla por un momento, sin más recurso que la sinceridad, y exclama: “¡Yo pensaba en un plato de sopa y en una bañera calientes y en una cama en que dormir al abrigo del viento!”

Leigh H. Edwards escribió en 2005, para la edición de la cinta en DVD, una reseña que explica: “Como muchas otras películas de desastres antes que ella, La tienda roja inquiere qué impulsa a la gente a explorar parajes peligrosos y desolados. Y ofrece las racionalizaciones usuales: arrogancia, competencia, fama, dinero, ambición, alguna noción extraviada de pureza o belleza. Pero este filme tiene algo más en mente. Emplea la historia de la aventura para plantear filosóficamente unas pocas cuestiones, como ¿en qué consisten el liderazgo o el coraje?”

Quizás algún día haya una madrugada para una sinceridad ineludible de Hugo Chávez, cuando sea visitado por sus propios fantasmas y éstos le hagan toda clase de preguntas. Cuando nadie le esté viendo y no tenga sentido ya una teatralidad excesiva, cuando no precise guiarse por “la tendencia a hacer de nuestras vidas—define Edwards—grandes narrativas y actuar nuestras identidades”.

Hugo Chávez debe tener miles de razones en su alma, aunque sólo fuera porque es ocurrente y es incapaz de contenerse inventando centenares de decisiones, pero lo que es evidente es que su ocupación principal es hacer de su vida una narración épica, y que su liderazgo y su coraje son una actuación. De los muchos motivos aducibles para justificar el numeroso rosario de decisiones que ha caracterizado su largo gobierno, hay, como con Nobile, alguna razón preponderante, la que en última instancia es la que definitivamente inclina la balanza. Ese motivo real, que algún día, si es que llega a viejo como Umberto Nobile, deberá Chávez reconocerse a sí mismo, podemos conocerlo nosotros mucho antes que él. Veamos.

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¿Qué razones ha podido tener Chávez—pudiera preguntar, de actor a actor, Sean Connery—para lanzar la enésima “misión”, ésa que ha bautizado como “Misión 13 de abril”?

Bueno, primero que nada, la razón de la elección de la etiqueta es obvia. La nueva misión del presidente misionero ha sido bautizada con la fecha del día en que Raúl Isaías Baduel repuso a Chávez en el poder. Comoquiera que el previsto currículum “bolivariano” exige que quienes estudien bachillerato reciban casi la mitad de un total de 160 contenidos en Ciencias Sociales sobre el gobierno de Hugo Chávez, allí constará que esta flamante misión, destinada al “combate contra la pobreza y la miseria” rememora uno de los más dramáticos episodios de la heroica gesta chavista.

A continuación cabe preguntarse cuál es, en la práctica, el verdadero sentido del nuevo engendro. La cosa fue presentada en reposición de uno de los papeles más aclamados en toda la carrera actoral del Presidente, el de Chávez autocrítico. Venía hablando, en plan arrepentido, de la “baja eficiencia”—¿a quién atribuirla?—de su propio gobierno “a la hora de atender los problemas más prácticos del pueblo venezolano”. Dicho esto, procedió a confundir los términos y ya no habló de eficiencia, sino de eficacia: “Debemos incrementar la eficacia”. ¿Cómo? Con la “Misión 13 de abril”, que operará “salas de batalla social, para identificar y financiar proyectos de los consejos comunales y movimientos populares para solucionar los problemas más urgentes”. Es decir, explicó, alimentación, salud, seguridad, materiales de construcción y suministro de agua y electricidad. ¿No es esto, precisamente, lo que debe hacer un gobierno normal? ¿Es que ya los mercales y pdvales no bastan para distribuir alimentos, CADAFE y la recién estatizada Electricidad de Caracas para distribuir electricidad y la policía nacional para garantizar la seguridad? ¿Es entonces la nueva misión un gobierno paralelo? (Nótese la terminología castrense: para “combatir” a la pobreza y la miseria serían necesarias “salas de batalla social”).

Pero el sentido no está completo sin reportar el contrabando añadido: la “segunda línea de acción” de la fresca misión es la de “fijar los valores socialistas” mediante la “creación de las comunas”. Te doy tu ladrillo y el cemento que ahora produciré para tu proyecto, pues ahora soy dueño de cementeras, mientras te adoctrino en el pensamiento de Carlos Marx y disuelvo tu identidad individual en una comuna.

¿Cuál es, podemos preguntar, la cama caliente de esta decisión, la que permita a Chávez dormir al abrigo del viento? Puede ser aducido el socialismo del siglo XXI, el interés por las necesidades populares, el celo zamorano, la reivindicación de los excluidos, el combate al imperio y el terrorismo mediático o alguna otra razón endógena y protagónica. Pero la verdad es que Chávez estaba representando un papel en el teatro abierto de la Avenida Urdaneta de Caracas, en fecha señalada—13 de abril—, ante miles de espectadores a los que se había regalado las entradas. Estaba actuando, y en ejercicio de su profesión dramática, del rol escogido para ese día, tenía que anunciar algo nuevo. Es uno de sus principales rasgos histriónicos su facilidad para la improvisación.

Ni siquiera es una razón de peso la próxima confrontación electoral. Chávez no necesitaba canales nuevos para hacer llegar, en soborno de votos, las ingentes cantidades de fondos a su disposición. (Que continúan creciendo como si trabajara a su favor el complaciente genio de Aladino. La Cámara Petrolera de Venezuela reportaba ayer que la cesta de crudos venezolanos había alcanzado la cota de US$ 97,34 por barril, mientras el mercado mundial sigue asistiendo a un imparable encarecimiento del petróleo, que ya rebasa el precio de US$ 115 para el principal contrato de futuros en Nueva York. Y se estima que el nuevo Impuesto sobre Precios Extraordinarios del Mercado Internacional de Hidrocarburos—a la “ganancia súbita” de transnacionales en Venezuela—pudiera reportar hasta US$ 9.000 mil millones adicionales, por encima de ingresos muy mayores que recrecen ya para la mera operación de PDVSA. Quien creyera que Chávez iba a quedarse limpio en 2008 estaba muy equivocado). Los conductos ya establecidos para la masiva distribución de transferencias bastaban. La nueva misión es, básicamente, un gesto teatral.

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Que la motivación última de anuncios como ése sea una vocación de actor, no significa que la misión que alude a la resurrección de Chávez no tenga utilidad política. Por supuesto que habrá un impacto electoral de mucha consideración, a pesar de un nuevo desarreglo que aumenta el estropicio institucional y el caos administrativo, sobre todo si el Presidente es perfectamente capaz de desempeñar o improvisar otros papeles.

Por ejemplo, el anuncio de la nueva misión sigue a los de la estatización de SIDOR y las empresas cementeras, pero sigue también a su nuevo rol de hombre discreto en el teatro de las FARC. Hace cuatro días se permitió sugerir a los guerrilleros que liberaran a todos los rehenes civiles que mantienen cautivos. (Los libretos que Chávez asume tienen notas marginales con citas de estudios de opinión. En dos platos, Chávez lee encuestas y saca las consecuencias políticas. Por esto promete que ahora guardará silencio pero seguirá trabajando por la liberación de los retenidos, y dice que “no tiene sentido” mantener a civiles como prisioneros de guerra. Esto no se le había ocurrido y tampoco se lo habían escrito en el libreto de diciembre y enero, cuando despotricaba contra el Presidente de Colombia y exigía para las FARC el status de beligerantes. Ya tiene nuevos parlamentos que pronunciar, así sean contradictorios de recientes actuaciones).

El motivo de esta última performance es transparente: su desempeño actoral en el drama—más bien la tragedia—de los cautivos de las FARC no recibió buena crítica, ni internacional ni doméstica. Había, por tanto, que corregir posturas y monólogos. Chávez se hace prudente, y el coro griego de las FARC lo ayuda a él (y también a Rafael Correa). Estos irregulares, que a las pocas horas de conocerse la muerte de Raúl Reyes emitieron un comunicado en el que decían que ella no tenía por qué afectar el proceso de intercambio “humanitario”, se contradicen ahora argumentando que Ingrid Betancourt no puede ser liberada porque de su liberación se ocupaba justamente Reyes, y que su presencia en Ecuador se debía a que planeaban entregarla a Correa.

En fin, uno puede perderse en el archipiélago de motivos que explicarían los centenares de decisiones de Hugo Chávez. En el fondo es uno el más poderoso, el que es la verdadera razón de su desempeño: Chávez es el actor de su propia epopeya. Hace de su vida una narrativa grandiosa, actuación de su identidad, y está adiestrando a Danny Glover—a quien la Asamblea Nacional acaba de aumentarle la mesada de US$ 18 millones en 50%—para que la lleve a la pantalla según su modelo.

Un hombre serio no toma centenares de decisiones; toma unas pocas y las cumple. Chávez ha tomado tantas que niega el concepto mismo de decisión. Si todo es prioritario nada es una prioridad. Si cada domingo se anuncia un nuevo megaplán, y si cada nuevo megaplán duplica la función de otros previos, es imposible que la “baja eficiencia”—que Chávez admite que caracteriza su gobierno—dé paso a una corrección que la mejore.

Pero es que Chávez no ejerce la Presidencia: la actúa. Chávez nos hace recordar, en su postiza y recargada actuación, la de un Rod Steiger de humos subidos, de cuya sobreactuada representación de Napoleón Bonaparte dijera la revista Time: “Es Rod Steiger representando a Rod Steiger representando a Napoleón”.

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