Fichero

LEA, por favor

El problema de escribir es que a uno lo leen: lo piensan, lo analizan, lo descomponen, lo vuelven a armar, lo entienden. A este peligro se expuso, naturalmente, Carlos Marx. A tan influyente personaje lo han leído muchísimas personas, y hay quienes pretenden—Louis Althusser: Para leer El Capital—enseñar cómo debe ser leído.

Uno de los más acuciosos y penetrantes lectores de Marx ha sido, sin duda, Jean-Yves Calvez (Saint-Brieuc, 1927), teólogo y filósofo jesuita, que escribiera el monumental libro “El pensamiento de Carlos Marx”. (Taurus Ediciones publicó la versión española en 1958, que ocupaba 598 páginas de un dieciseisavo de pliego). Esta obra de Calvez puede ser considerada tan fundamental, y ciertamente tan fiel a Marx, como el intento del mejor exégeta marxista.

El padre Calvez estuvo en Venezuela hace casi ya cuarenta y cuatro años, para asistir a un insólito simposio organizado por el Instituto para el Desarrollo Económico y Social. (Colegio de Ingenieros, 13 al 17 de julio de 1964). Una pléyade de pensadores y expertos en el tema del desarrollo, como nunca más ha sido reunida en el país, dictó conferencias y debatió sobre el tema central: Desarrollo y Promoción del Hombre. (Hace siete semanas se reproducía acá la conferencia de Guy Lemonnier, y el 6 de septiembre de 2005 la ponencia del padre Louis-Joseph Lebret, la estrella del evento).

Calvez inició las actividades del día 15—el tercer día de la reunión, sobre el tema: De la función económica: empresa privada y Estado—con una conferencia (La solución marxista) a la que cabría, como a pocas, el calificativo de magistral. Es este texto el que se reproduce íntegro en esta Ficha Semanal #197 de doctorpolítico.

Como se desprende de su lectura, el experto en marxismo citó con la mayor familiaridad palabras del propio Carlos Marx para sostener cosas como la siguiente: “La paradoja… del marxismo, que se presenta básicamente como una filosofía de la libertad y como una filosofía de la liberación del hombre, es que no conoce medios concretos para liberarle, porque no quiere (o no puede) apoyarse en la libertad”.

La conferencia de Calvez ya daba cuenta de incipientes rectificaciones a las que se había visto forzada la Unión Soviética para la época en materia económica, que mucho más tarde se desplegarían en plenitud en el actual “comunismo” chino. Pero cuando Calvez nos enseñaba en Caracas faltaba todavía un cuarto de siglo, a casi medio siglo de estos días, para la caída del Muro de Berlín, portento de liberación que anunció la muerte del sistema soviético.

Hay todavía, sin embargo, quienes no han aprendido la lección de que el socialismo es, en el caso más benigno, un conmovedor espejismo y, en el peor, una coartada para la dominación. Quienes sinceramente creen en la posibilidad y la bondad de un tal “socialismo del siglo XXI” harán bien en leer las palabras de Calvez, como harían mucho mejor estudiando a fondo su obra más distinguida.

LEA

La solución marxista

I. ¿SOLUCIÓN MARXISTA O SOLUCIONES MARXISTAS?

No es fácil, a pesar de lo que se piensa frecuentemente, describir la solución marxista referente al problema de la gestión de la economía, tema que nos marca la agenda de hoy. ¿Será la solución marxista la que nos proporcionan los soviéticos, o más bien la constituye el experimento yugoslavo? ¿Quizá ninguna de las dos? ¿Qué pensaba el mismo Marx? ¿Que pensó Lenin? ¿Coincidían ellos? ¿Son las soluciones que se propician para el día de la revolución las definitivas para la sociedad comunista perfecta del futuro? Habremos de tener presentes todas estas cuestiones y, al menos indirectamente, las trataremos todas.

A primera vista, generalmente se piensa en dos aspectos básicos que parecen integrar la solución marxista. Éstos son: la nacionalización de todos los medios de producción y la planificación integral centralizada en el Estado.

Puede uno referirse no solamente a lo que aconteció en Rusia y las democracias populares (con matices especiales en el caso de Yugoslavia), sino también a las medidas que proponía Marx para el día de la revolución social. Algunas de estas medidas serían, según el Manifiesto Comunista de 1848: “Expropiación de la propiedad territorial y aplicación de la renta a los gastos del Estado… Centralización del crédito en manos del Estado por medio de un banco nacional en que el capital pertenecerá al Estado y gozará de un monopolio exclusivo… Centralización en manos del Estado de todos los medios de transporte… Multiplicación de las manufacturas nacionales y de los instrumentos de producción…”, etc.

Nótese bien que se trata de multiplicación o creación de manufacturas nacionales más que de nacionalización de las ya existentes. Nótese también que se prevé una expropiación a los dueños de las tierras y una atribución de la renta a los gastos del Estado. No se dice, pero se deja traslucir, que el Estado debe quedar como propietario de las tierras. Finalmente, la palabra planificación no aparece en el contexto citado, y, de hecho, no es una palabra común en las obras de Marx. Además, cuando aparece, no se refiere a planificación estatal.

A pesar de todas estas salvedades, el texto al cual acabamos de aludir señala un estatismo; estatismo que ha sido dominante, al menos durante mucho tiempo, en todas las soluciones que llevan la etiqueta de marxistas. Aun los socialistas no marxistas, en su mayoría, han sido incapaces de concebir alguna reforma económico-social que no venga dada en términos de nacionalización. O lo que es lo mismo: exclusión de todo sector privado.

En cuanto a la palabra planificación, en este contexto, no significa tanto previsión de un futuro que se quiere construir —de tal forma es entendida hoy en varios países no marxistas— como, sencillamente, gestión de toda la actividad económica por el Estado.

II. LA GENUINA PREOCUPACIÓN DE CARLOS MARX

Antes de seguir más adelante en la descripción de la actualización de este sistema, para lo cual tomaremos como ejemplo a la Unión Soviética, vale la pena reflexionar un momento sobre la relación entre la nacionalización, la planificación y el problema central planteado por Marx.

El problema de Marx es el capitalismo en sí más que la economía privada como tal. Quiero decir que, para Marx, las alienaciones humanas radican en una alienación económica que se debe suprimir. Pero esta alienación económica viene expresada por el hecho del asalariado. Un hombre, dueño de capital, explota a otros hombres que le venden su fuerza de trabajo. Según Marx, desde el momento en que se presenta esta situación, necesariamente hay explotación. Esa tesis central de Marx es bien conocida. A pesar de esto, quiero insistir en ella para indicar, que si la alienación económica consiste en la explotación capitalista por medio del sistema del salario, la consecuencia. lógica tendría que ser la supresión del asalariado—vale decir, del capitalismo—, lo cual es distinto a suprimir toda economía privada.

Podemos pensar en el caso de un hombre que trabajase con su propio capital privado, sin emplear a otros hombres. Aquí no puede verse cómo se aplicaría la tesis de Marx. El postulado de Marx no tiene por qué llevar a la supresión de esta economía privada, como no debe llevar tampoco a la desaparición de la economía cooperativa libre.

III. MARX VS. LOS MARXISTAS

La hostilidad marxista hacia el asalariado capitalista no debiera conducir tampoco a la nacionalización estatal. Se encuentran en Marx expresiones bastante fuertes en contra del capitalismo estatal, en el cual ve él un elemento del comunismo vulgar. Tal comunismo, nota él, no es sino una generalización de la alienación que ya existe en la propiedad privada. En vez de ser explotado por el dueño privado, cada uno lo es (o lo será) por el propietario colectivo. Cada uno recibe un salario del “capitalista general”. Es decir, el asalariado no ha desaparecido.

Añadamos que esa crítica de Marx no sólo va contra el capitalismo estatal, sino también contra lo que el comunismo vulgar describe como “comunidad de trabajo”, en la que cada quien se transforma en asalariado de la misma.

A pesar de todo, se puede decir que Marx, por medio de las medidas que recomendaba para la revolución, abrió el camino a la nacionalización y a la planificación estatal integral.

Pero esto nos conduce a formular otra reserva. Nadie ignora que, según Carlos Marx, la revolución socialista tiene que pasar por dos etapas distintas, y que sólo la segunda, la de la sociedad comunista post-revolucionaria es la solución verdadera.

Es para la primera fase que Marx concibió, si no la nacionalización y la planificación estatal, al menos la centralización del crédito y los medios de transporte en manos del Estado, así como la expropiación de las tierras.

¿Vale todo esto para la segunda, para la última etapa?

Parecen admitirlo todos los marxistas de hoy. Pero tengo la impresión de que Marx mismo no lo habría aceptado tan fácilmente, por dos razones:

Primera: en la sociedad comunista, el Estado, como instrumento de coerción, como un poder sobre el hombre, debe desaparecer.

Segunda razón: lo poco que indica Marx de la sociedad económica futura—poco, porque Marx no quería dar “recetas para las cocinas del futuro”—no está orientado en la dirección mencionada. Más bien, él imagina “una reunión de hombres libres trabajando con medios de producción comunes, y gastando, según el plan concertado, sus numerosas fuerzas individuales de trabajo como una sola y única fuerza de trabajo social… Una parte sirve de nuevo como medio de producción y queda, así, social; la otra parte es para el consumo y, por consiguiente, tiene que ser repartida entre todos…”, etc. Ésta es la imagen de una cooperativa de producción libre.

IV.  LA REALIZACIÓN HISTÓRICA DEL MARXISMO

¿Por qué el marxismo ha evolucionado en la dirección de un socialismo estatista a pesar de todas las reservas de Marx? Porque el propio Marx presenta una imagen del futuro del hombre que ha sido utilizada por el partido comunista en su aplicación al Estado socialista.

En la imagen de la sociedad comunista a la cual acabo de aludir, Marx piensa que el ser-individuo se vuelve paulatinamente social, sin por ello dejar de ser individuo (o persona). Pero esto se olvida fácilmente.

No solamente se olvida esto, sino que, por otra parte, se confunde el ser social del hombre con el ser estatal. De esta forma, también deja de recordarse que la intervención revolucionaria del Estado es algo transitorio, provisional, y que el Estado como tal tiene que desaparecer. A este respecto, podemos decir que el papel del Estado pensado por Marx, era el de una intervención contra el abuso de la propiedad privada, pero no se trataba de mantener esta intervención como solución permanente. Precisamente esto es lo que ha ocurrido en casi todos los países comunistas, salvo escasos esfuerzos como el de Yugoslavia.

Así, durante mucho tiempo el ideal marxista fue el concebir a la economía en su conjunto como “una única fábrica gigantesca” centralizada por el Estado (Lenin). El único sujeto económico es el Estado, el cual viene a ser, además, el único sujeto político. Sin embargo, cabe observar que en la Unión Soviética existe un pequeño sector (15 por ciento) de empresas artesanales cooperativas frente a la empresa típica estatal (85 por ciento).

Esta empresa estatal es presentada en el mercado como una persona moral con cierta independencia, aun cuando permanece fundamentalmente como órgano económico del Estado soviético. Recibe del Estado su patrimonio y asimismo le devuelve la mayor parte de sus ganancias. Trabaja dentro del marco del plan estatal, plan cuyas orientaciones son imperativas. Dentro de este marco, la empresa está obligada a tener una “contabilidad económica”, y recientemente se ha insistido mucho más sobre esta exigencia.

Se entiende fácilmente, sin embargo, que la significación de la contabilidad económica es muy reducida bajo un sistema de dependencia orgánica tan completa.

V.  CAMBIO DE RUTA

Poco a poco ha sido necesario dar mas independencia, si no a la empresa, al menos al director de la misma, lo que le confiere un status no muy diferente al de un director de grandes empresas privadas del mundo capitalista.

El director es único. Ya desde un decreto de 1920, se había suprimido todo tipo de colegiación en la función ejecutiva dentro de la empresa. Sus poderes se han ido reforzando. Lentamente, se ha hecho participar al director en las utilidades de la empresa por medio del “fondo del director”. Éste se compone de un dos por ciento del beneficio neto (ganancias planificadas) y por un cincuenta por ciento de los superbeneficios (ganancias no planificadas).

En los últimos años, se ha tratado muchas veces de descentralizar la economía. “Descentralización de la dirección con una centralización de las orientaciones directivas”, decía un decreto posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Más recientemente todavía, ha empezado una cierta descentralización regional. Se admite oficialmente que la economía y las empresas sufren (o han sufrido) de la centralización de la burocracia y de la arbitrariedad del plan. (Idealismo del plan, para Stalin en 1952).

Finalmente, el panorama de hoy es un panorama de dirección única de la empresa, semejante a la de las empresas capitalistas privadas, a lo que se añade una pesada burocracia que liga la empresa individual al conjunto de la economía.

Las apariencias de socialización están salvadas por medio de esta administración o dependencia estatal. Nos encontramos, sin embargo, muy distantes del ideal de Marx, el cual era el de una sociedad en la que cada uno desarrollaría sus capacidades personales, su libertad y su iniciativa creadora, en la misma medida en que formase parte del cuerpo social.

VI. FALLAS DEL MARXISMO

¿En qué condiciones respondería una empresa del Estado o una economía estatista a la esperanza de Marx?

Entre otras, se puede indicar al menos una condición estricta: que el Estado mismo sea una cooperativa, una cooperativa en la cual todos sean plenamente disciplinados al mismo tiempo que sean activos y capaces de toda iniciativa.

Ésta es, a la vez, la condición de desaparición del propio Estado, tal como Lenin la enunciaba. Mas se sabe que Lenin no encontraba ningún medio, bien sea político (porque todo acto político es de coacción, no de libertad), bien sea económico (porque la abundancia económica es siempre relativa), que condujese al fin del Estado. “Todo depende—decía—de la desaparición de los hombres medios de hoy y de su reemplazo por hombres capaces de auto-disciplina”. Pero ¿quién podría garantizarle esta transformación?

La falla del marxismo en este punto es que, precisamente cuando se trata de soluciones, no toma en serio el problema de la iniciativa.

Se preocupa solamente del problema de la propiedad y sus abusos, cuando hay otro problema quizá mucho mas difícil, que es el de la participación personal y libre de cada hombre en la vida económica organizada. En otras palabras, el vicio capitalista que Marx criticaba es más el hecho de que impide la iniciativa de muchos hombres que el hecho de la propiedad capitalista. La más profunda alienación económica es la supresión de la iniciativa, no la explotación salarial.

Sin embargo, a pesar de algunas alusiones en el capítulo sobre el trabajo alienado en los Manuscritos Económico-Filosóficos, Marx no sigue profundizando en la cuestión de la iniciativa. Se limita a proyectar una sociedad comunista futura, donde habría completa conciliación entre iniciativa personal y entrega a la sociedad, sin indicar jamás el medio concreto para llegar a eso. El único medio que conoce Marx es la expropiación de los poseedores, aparente-mente sin pensar que con eso no se resuelve el problema mayor. Al contrario, aquí empiezan los problemas más difíciles.

Esta falla particular tiene que ver con otra falla más general del pensamiento marxista.

En pocas palabras, se puede expresar así. De un lado, Marx hace una crítica de la realidad social presente y trata de explicarla mediante el concepto de alienación, o sea, de la pérdida del hombre por sí mismo. Del otro lado, pretende dar remedios, pero lo hace presentando para el futuro una imagen tal de la sociedad renovada, que supone que el fenómeno antes enfrentado no se daría ahora en el hombre.

Ahora bien, si la realidad humana es capaz de acabar en el resultado predicho por Marx para la última etapa, no puede entenderse cómo han podido existir las alienaciones.

Por ejemplo, Marx presenta una tendencia a la inevitable identificación total del hombre y de la naturaleza, siendo esto uno de los principales motivos de su esperanza para una plena reconciliación social de los hombres. Sin embargo, si esta tendencia fuese verdaderamente fundamental y dominante, ¿cómo ha sido posible la absurda alienación por la cual el hombre está separado (a veces duramente separado) de la naturaleza y de los otros hombres?

Otro ejemplo, también de Marx. que podemos criticar: si en algún momento del destino terreno del hombre puede darse una identificación total de la libertad y de la necesidad, ¿cómo puede concebirse que hayan estado separadas—violentamente en algunas ocasiones—una libertad y una necesidad tan intrínsecamente unidas?

Marx percibió algo de las alienaciones, algo que la mayoría de los hombres sufre en su vida económica: despojamiento de su producto, pero también, y quizá en mayor medida, despojamiento de su iniciativa personal, de su actividad de trabajo, de su responsabilidad, de su actividad humana en general. Lo ha descrito Marx con términos muy profundos en algunas páginas: “¿Cómo podría el obrero, de otro modo, oponerse como un extraño al producto de su actividad, si no se despojase de su individualidad en el acto mismo de la producción? El producto no es sino el resumen de la actividad de la producción. Por lo tanto, si el producto del trabajo equivale al despojo, es la propia producción la que debe ser el desposeimiento activo, el desposeimiento de la actividad…”

Dice también Marx: “… el trabajo es exterior al obrero; es decir, que no pertenece a su ser; por consiguiente, no se afirma en su trabajo, sino que, muy al contrario, reniega de él”.

Pierde su individualidad con pérdida simultánea de toda actividad libre: “El hombre (el obrero) siente que actúa libremente sólo cuando realiza sus funciones animales, como beber, comer o procrear y, cuando mucho, al aposentarse, vestirse, etc. En sus funciones, no es más que un animal. Lo que es animal, pasa a ser humano, y lo que es humano pasa a ser animal”.

Percibe así la pérdida de la iniciativa, de la actividad libre, de la individualidad, como la alienación; la pérdida del producto, el despojamiento del producto, como el resumen o resultado.

VII.  LAS INCONGRUENCIAS DE MARX

Pero es el mismo Marx el que nos ofrece finalmente un remedio, en el cual algunos aspectos que tomo en cuenta al principio son pasados completamente por alto. Todos sus remedios tocan solamente al sistema de propiedad (esto es, a aquél que representa el resultado del despojamiento fundamental).

La propiedad va a pasar de manos de particulares a las manos del Estado. Si con este remedio solamente será el hombre más libre en su trabajo, si tendrá la posibilidad de una actividad verdaderamente humana (no sólo de servicio a la máquina), si encontrará más responsabilidad e iniciativa personal… todo esto parece que ya no interesa a Marx. No digo que no le haya interesado pero, cuando propone soluciones, deja de lado algunos aspectos del problema que él mismo planteó.

La paradoja (sea en Marx, sea en Lenin) del marxismo, que se presenta básicamente como una filosofía de la libertad y como una filosofía de la liberación del hombre, es que no conoce medios concretos para liberarle, porque no quiere (o no puede) apoyarse en la libertad. Más bien confía en una necesidad de tipo natural; esto puede quizá garantizar un resultado necesario, incluso inevitable (y con eso se presenta al marxismo como “científico”, porque trata de algo necesario), pero no se puede garantizar una autoliberación auténtica. Las alienaciones no desaparecen. Parece que esto finalmente se ignora. En favor de un calculado movimiento dialéctico de la naturaleza y en favor de una reforma estatista de la propiedad, se olvida el sufrimiento del hombre alienado, que fue el punto de partida del pensamiento del mismo Marx.

VIII. MORALEJA

De esta historia crítica del pensamiento marxista sobre el tema de la gestión de la economía, se deduce algunas consecuencias muy importantes para hoy en día.

Primera: los problemas que se planteaba Marx valen mucho más que sus soluciones, en las cuales desconoce los mismos problemas, considerados por él con un realismo aún valedero. Segunda consecuencia: sin seguir a Marx en su teoría del Estado y de la dictadura revolucionaria del proletariado, se puede admitir que a veces es necesaria la intervención estatal para liberar la economía (esto es, los hombres concretos), de los abusos de las propiedades privadas monopolísticas. Además, hay hoy día otras situaciones que Marx no podía imaginar, en las cuales se hace necesaria la intervención del Estado. Por ejemplo, para iniciar e impulsar el desarrollo urgente de los recursos naturales y humanos, cuando no basta la iniciativa de los hombres particulares, bien sea individualmente o en cooperación. (Por ejemplo, en cooperativas libres.)

No obstante, no hay que olvidar que un Estado en particular no posee una mejor calificación que los hombres que integran al país en el cual está implantado. Con mucha agudeza, Arturo Lewis, economista de Jamaica, decía que la intervención estatal es requerida en las economías subdesarrolladas más que en cualquiera otra economía; pero que, al mismo tiempo, los Estados de los países subdesarrollados son los menos preparados para cumplir esta tarea.

Tampoco se debe olvidar, siguiendo un tanto a Marx, que la intervención del Estado no se puede confundir con soluciones definitivas. En muchos casos, la intervención necesaria para reformar una situación abusiva no tiene por qué terminar en una gestión directamente estatal. ¿Significa esto que no hay ni puede haber un Estado en el cual los hombres puedan confiar? No; pero, de otro lado, nunca puede el Estado ser la única y total integración social de los seres humanos, Precisamente porque, como lo reconocen los marxistas, el Estado tiene siempre un elemento coercitivo. De manera que únicamente dentro de él no puede haber la integración social libre y definitiva a la que el hombre aspira,

Se puede decir que existe una relación dialéctica, en el mejor sentido de la palabra, entre Estado y economía. Los marxistas, al desconocer esta relación dialéctica, no dejan de correr grandes peligros.

Pero no es ésta la enseñanza más importante que resulta de la historia del pensamiento marxista sobre las relaciones de la economía y el Estado. La enseñanza más útil consiste en el reconocimiento serio del difícil problema de la iniciativa libre y creadora, de la responsabilidad personal de todos los hombres dentro de una economía organizada por medio de una creciente división del trabajo. Se trata del problema del trabajo alienado, que es un vicio tanto del capitalismo clásico como del capitalismo estatal propuesto por el marxismo, en cuanto sólo sustituye al propietario privado por un “capitalista general”.

Se trata de buscar soluciones para que cada hombre pueda tomar iniciativas, desarrollarse a sí mismo libremente, según todas sus capacidades; en otras palabras, buscar soluciones para que cada hombre pueda desempeñar un papel y una responsabilidad personales. Yo diría más aún, una iniciativa y un papel y una responsabilidad empresariales. Es el Papa Pío XII quien recordaba a los empresarios que no pueden impedir a sus empleados aquel tipo de iniciativa personal, y de desarrollo de su personalidad, que parece ser la cualidad mas apreciada del verdadero empresario.

Seguramente, eso no significa que todos deben ser empresarios en el sentido estricto de la palabra. La productividad exige hoy concentraciones de fuerzas humanas incompatibles con una atomización individualista de la actividad económica. Sin embargo, en la esfera práctica hay que dar, en lo posible a todos los hombres, una igualdad de oportunidades en cuanto a la función empresarial, y también asegurar a todos, aunque muchos tengan que ser asalariados públicos o privados, una posibilidad de actividad personal y de responsabilidad de naturaleza empresarial.

Aquí estamos enfrentados a una gran tarea, que nos obliga a ir más allá, tanto del capitalismo clásico como del capitalismo estatal.

Y ésa es la respuesta que esperan los pueblos, y dentro de los pueblos, las categorías marginadas de hoy. De hecho, ellos no quieren cambiar su situación por una de asalariados dependientes del Estado como capitalista general.

Quieren ser hombres como los otros hombres; esto es, libres, capaces de iniciativa y de responsabilidad social, dentro de una sociedad en la cual sean verdaderamente todos los hombres seres más sociales, en la misma medida en la que, también ellos, sean más capaces de desarrollarse a sí mismos, según todas sus capacidades, según su libertad fundamental.

Jean-Yves Calvez

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